Para tener una idea más precisa del plan de «autonomía nacional-cultural», que se reduce a dividir el sistema escolar por nacionalidades, es útil tomar datos concretos sobre la composición nacional de los alumnos en las escuelas rusas. En relación con el distrito escolar de Petersburgo, esos datos fueron recogidos por el censo escolar del 18 de enero de 1911.

He aquí los datos sobre la distribución de los alumnos de las escuelas primarias del Ministerio de Instrucción Pública según su lengua materna. Los datos corresponden a todo el distrito escolar de San Petersburgo, y entre paréntesis ofrecemos las cifras relativas a San Petersburgo. Bajo la denominación de «idioma ruso» los funcionarios confunden permanentemente el gran ruso, el bielorruso y el ucraniano («pequeñorruso», según la denominación oficial). Total de alumnos: 265 660 (48 076).

Ruso – 232 618 (44 223); polaco – 1 737 (780); checo – 3 (2); lituano – 84 (35); letón – 1 371 (113); samogitiano – 1 (0); francés – 14 (13); italiano – 4 (4); rumano – 2 (2); alemán – 2 408 (845); sueco – 228 (217); noruego – 31 (0); danés – 1 (1); holandés – 1 (0); inglés – 8 (7); armenio – 3 (3); gitano – 4 (0); yídish – 1 196 (396); georgiano – 2 (1); osetio – 1 (0); finlandés – 10 750 (874); carelio – 3 998 (2); chudio – 247 (0); estonio – 4 723 (536); lapón – 9 (0); zyriano – 6 008 (0); samoyedo – 5 (0); tártaro – 63 (13); persa – 1 (1); chino – 1 (1); desconocido – 138 (7).

Tales son los datos, relativamente precisos. Muestran la enorme diversidad nacional de la población, aun cuando se refieren a uno de los distritos más predominantemente gran rusos de Rusia. Enseguida se advierte la mayor diversidad nacional de la gran ciudad de San Petersburgo. No es un fenómeno casual, sino una ley del capitalismo en todos los países y en todos los rincones del mundo. Las grandes ciudades, las localidades fabriles, mineras, ferroviarias y, en general, los pueblos comerciales e industriales se distinguen inevitablemente por la mayor diversidad nacional de su población, y precisamente este tipo de localidades son las que crecen con mayor rapidez, arrebatando constantemente una proporción cada vez mayor de habitantes a las aldeas apartadas.

Intentemos ahora aplicar a estos datos de la vida real la utopía muerta de los pequeñoburgueses nacionalistas, esa que llaman «autonomía nacional-cultural» o (en la traducción de los bundistas) «sustracción a la jurisdicción del Estado» de los problemas de la cultura nacional, es decir, en primer lugar, la cuestión escolar.

Se «sustrae a la jurisdicción del Estado» el sistema escolar y se entrega en manos de 23 (en lo tocante a Petersburgo) «uniones nacionales» que desarrollarían, cada una, «su propia» «cultura nacional»!!

Resulta incluso ridículo gastar palabras para demostrar lo absurdo y reaccionario de semejante «programa nacional».

Está más claro que el día que la prédica de semejante plan significa, en la práctica, implantar o apoyar las ideas del nacionalismo burgués, del chovinismo y del clericalismo. Los intereses de la democracia en general, y en particular los intereses de la clase obrera, exigen exactamente lo contrario: hay que luchar por la fusión de los niños de todas las nacionalidades en escuelas únicas de cada localidad; es preciso que los obreros de todas las nacionalidades apliquen conjuntamente en la cuestión escolar esa política proletaria que tan bien expresó el diputado Samóilov, representante de los obreros de Vladímir, en nombre de la fracción obrera socialdemócrata de Rusia (POSDR) de la Duma de Estado{90}. Debemos oponernos del modo más resuelto a cualquier división del sistema escolar por nacionalidades.

No debemos preocuparnos por dividir de un modo u otro a las naciones en la cuestión escolar, sino, al contrario, por crear las condiciones democráticas básicas para la convivencia pacífica de las naciones sobre la base de la igualdad de derechos. No debemos enaltecer la «cultura nacional», sino desenmascarar el carácter clerical y burgués de esta consigna en nombre de la cultura internacional (mundial) del movimiento obrero mundial.

Pero, nos preguntarán, ¿es posible garantizar sobre la base de la igualdad de derechos los intereses de un niño georgiano entre los 48 076 escolares de Petersburgo? A esto responderemos: crear en Petersburgo una escuela georgiana especial sobre la base de la «cultura nacional» georgiana es imposible, y predicar semejante plan significa llevar ideas nocivas a las masas populares.

Pero no defenderemos nada nocivo ni perseguiremos nada imposible si exigimos para este niño un local gratuito del Estado para clases de lengua georgiana, historia de Georgia, etc., la traducción de libros georgianos para él desde la biblioteca central, el pago por el Estado de una parte de los gastos de remuneración del maestro georgiano y cosas por el estilo. Con una democracia real, con la completa expulsión del burocratismo y de la «peredonovismo»{91} de la escuela, la población puede lograr perfectamente todo esto. Y esta democracia real no puede alcanzarse si no es bajo la condición de la fusión de los obreros de todas las nacionalidades.

Predicar escuelas nacionales especiales para cada «cultura nacional» es reaccionario. Pero bajo la condición de una democracia real es perfectamente posible garantizar los intereses de la enseñanza en la lengua materna, de la historia patria, etc., sin dividir las escuelas por nacionalidades. Y una plena autoadministración local significa la imposibilidad de imponer nada por la fuerza —por ejemplo— a 713 niños carelios del distrito de Kem (donde hay sólo 514 niños rusos) o a 681 niños zyrianos del distrito de Pechora (153 rusos), o a 267 letones del distrito de Nóvgorod (más de 7 000 rusos), etc., etc.

La prédica de la irrealizable autonomía nacional-cultural es un absurdo que ya ahora divide ideológicamente a los obreros. La prédica de la fusión de los obreros de todas las nacionalidades facilita el éxito de la solidaridad proletaria de clase, capaz de garantizar la igualdad de derechos y la convivencia más pacífica de todas las nacionalidades.

«Proletárskaia Pravda» núm. 7, 14 de diciembre de 1913.

Se imprime según el texto del periódico «Proletárskaia Pravda».