(bien acogida) por la burguesía democrática, precisamente por eso es la abominación más peligrosa, la «infección» más infame. Un millón de pecados, vilezas, violencias e infecciones físicas son muchísimo más fáciles de descubrir por la masa y, por tanto, muchísimo menos peligrosos que la idea sutil, espiritual, ataviada con los más elegantes ropajes «ideológicos» del diosecillo. El pope católico que corrompe a las muchachas (sobre el cual acabo de leer casualmente en un periódico alemán) es muchísimo menos peligroso precisamente para la «democracia» que el pope sin sotana, el pope sin religión burda, el pope ideológico y democrático, que predica la creación y la construcción del diosecillo. Porque al primer pope es fácil desenmascararlo, condenarlo y expulsarlo, mientras que al segundo no se le puede expulsar tan simplemente, es mil veces más difícil desenmascararlo y ningún filisteo «frágil y lastimosamente vacilante» consentirá en «condenarlo».

¡Y usted, conociendo la «fragilidad y lastimosa vacilación» (¿rusa? ¿y por qué rusa? ¿acaso la italiana es mejor?) del alma pequeñoburguesa, turba usted esa alma con el veneno más dulzón y más recubierto de caramelos y de todo tipo de papelitos de colores!

De verdad, esto es terrible.
«Ya bastan los autoescupimientos que sustituyen entre nosotros a la autocrítica».

Y el constructivismo divino, ¿no es acaso la peor forma de autoescupimiento? Todo hombre que se ocupa de la construcción de dios o incluso que sólo admite semejante construcción, se escupe a sí mismo de la peor manera, ocupándose en lugar de «actos» precisamente de autocontemplación, de autoadmiración, y además ese hombre «contempla» los rasgos o rasguecillos más sucios, torpes y serviles de su propio «yo», divinizados por el constructivismo divino.

Desde el punto de vista no personal, sino social, todo constructivismo divino es precisamente la autocontemplación amorosa del torpe filisteísmo, de la frágil mentalidad pequeño burguesa, del soñador «autoescupimiento» de los filisteos y de los pequeños burgueses, «desesperados y cansados» (como usted tuvo a bien decir muy acertadamente sobre el alma; sólo que no habría que decir «rusa», sino pequeñoburguesa, pues el alma judía, italiana, inglesa, todo es la misma porquería, en todas partes el asqueroso filisteísmo es igualmente infame, y el «filisteísmo democrático», ocupado en la necrofilia ideológica, es doblemente infame).

Al leer con detenimiento su artículo e indagar de dónde pudo surgirle este lapsus, me quedo perplejo. ¿Qué es esto? ¿Restos de la «Confesión», que usted mismo desaprobaba? ¿Ecos de ella?

¿O es otra cosa; por ejemplo, un intento fallido de doblegarse hasta el punto de vista democrático general en lugar del punto de vista proletario? ¿Quizás, para hablar con la «democracia en general», quiso usted (perdone la expresión) ponerse meloso, como se ponen melosos con los niños? ¿Quizás, «para una exposición popular» ante los filisteos, quiso usted admitir por un minuto sus prejuicios o los de ellos, los de los filisteos?

¡Pero éste es un procedimiento incorrecto en todos los sentidos y en todos los aspectos!

He escrito más arriba que en los países democráticos sería absolutamente inapropiado que un escritor proletario lanzase un llamamiento «a la democracia, al pueblo, al espíritu cívico y a la ciencia». Y bien, ¿y en nuestra Rusia? Semejante llamamiento no es del todo apropiado, pues también halaga de algún modo los prejuicios pequeño burgueses. Es un llamamiento de un carácter tan general que raya en lo nebuloso: incluso Izgóiev, de «Rúskaia Mysl», lo suscribiría con las dos manos. ¿Para qué enarbolar entonces consignas que usted mismo sabe diferenciar magníficamente del izgóievismo, pero que el lector no estará en condiciones de diferenciar? ¿Para qué cubrir al lector con un velo democrático en lugar de establecer un claro deslinde entre los pequeñoburgueses (frágiles, lastimosamente vacilantes, cansados, desesperados, autocontemplativos, dioscontemplativos, constructivistas divinos, condescendientes con dios, autoescupientes, absurdamente anarquizantes —¡una palabra maravillosa!—, etcétera, etcétera) y los proletarios (que saben estar alertas no de palabra, que saben diferenciar «la ciencia y el espíritu cívico» de la burguesía de los suyos propios, la democracia burguesa de la proletaria)?

¿Por qué hace usted esto?

Es terriblemente ofensivo.

Suyo, V. I.