En política se dan «casos» en que la esencia de un determinado orden de cosas se manifiesta con extraordinaria fuerza y claridad, de pronto, por un motivo relativamente pequeño.

Zabern es una pequeña ciudad de Alsacia. Hace más de 40 años, Alsacia fue separada de Francia por los prusianos victoriosos (en medio de encendidas protestas de un solo partido en Alemania: los socialdemócratas). Durante más de 40 años, la población francesa de Alsacia fue «germanizada» a la fuerza e introducida a empellones en la disciplina real-prusiana, de sargentos y burócratas, que llamaban «cultura alemana». Y los alsacianos respondían con su canción de protesta: «Os habéis llevado nuestra Alsacia, nuestra Lorena, podéis germanizar nuestras tierras, pero jamás conquistaréis nuestro corazón, jamás.»

Y entonces, un noble prusiano, el joven oficial Forstner, llevó las cosas al estallido. Insultó groseramente a la población alsaciana («wackes»: palabra groseramente injuriosa). Millones de veces se habían permitido los Purishkévich alemanes semejante lenguaje en los cuarteles, y todo había quedado impune. La vez un millón... ¡se desbordó!

Lo que había ido fermentando durante decenios de opresión, vejaciones e insultos, durante decenios de prusianización forzosa, estalló. No fue la cultura francesa la que se alzó contra la alemana –el asunto Dreyfus demostró en su día que la soldadesca grosera, capaz de todo tipo de barbarie, brutalidad, violencia y crímenes, no era menor en Francia que en cualquier otro país. No, no fue la cultura francesa contra la alemana, sino la democracia forjada en una serie de revoluciones francesas la que se alzó contra el absolutismo.

La tormenta en la población, la exasperación contra los oficiales prusianos, las burlas de que éstos eran objeto por parte de una multitud francesa amante de la libertad y orgullosa, la furiosa saña de los soldadotes prusianos, las detenciones arbitrarias y las palizas al público: todo esto originó en Zabern (y luego en casi toda Alsacia) la «anarquía», como dicen los periódicos burgueses. El Reichstag alemán, terrateniente, «octubrista» y clerical, aprobó por abrumadora mayoría una resolución contra el gobierno imperial alemán.

Una palabreja estúpida: «anarquía». Supone que en Alemania existía y existe un orden jurídico civil «establecido», del que –¡por alguna diabólica instigación!– se ha producido un apartamiento. La palabreja «anarquía» está enteramente saturada del espíritu de la «ciencia» (con perdón de la ciencia) universitaria alemana, oficial, lacayuna ante los terratenientes y el estamento militar, que cantaba loas a la extraordinaria «legalidad» de Alemania.

El caso de Zabern ha demostrado que tenía razón Marx cuando, hace cerca de 40 años, calificó el orden estatal alemán de «despotismo militar revestido de formas parlamentarias». Marx valoró la esencia real de la «constitución» alemana cien mil veces más profundamente que centenares de profesores, curas y publicistas de la burguesía que cantaban loas al «Estado de derecho». Ellos se arrastraban de bruces ante los éxitos y el triunfo de los advenedizos alemanes. Él enjuiciaba la esencia de clase de la política, guiándose no por tal o cual «recodo» de los acontecimientos, sino por toda la experiencia de la democracia internacional y del movimiento obrero internacional.

No fue la «anarquía» la que «surgió» en Zabern, sino que se agudizó y salió a la luz el verdadero orden de Alemania: la dominación del sable del terrateniente prusiano semifeudal. Si la burguesía alemana tuviese sentido del honor, si tuviese cabeza y conciencia, si creyese en lo que dice, si sus actos no estuviesen reñidos con sus palabras –en una palabra, si no fuese una burguesía que se alza ante millones de proletarios socialistas– se habría hecho republicana «al hilo» del «caso» de Zabern. Pero ahora la cosa se limitará a las protestas platónicas de los politicastros burgueses... en el parlamento.

Pero fuera del parlamento la cosa no se limitará a eso. En las masas de la pequeña burguesía alemana, el estado de ánimo ha cambiado y sigue cambiando. Han cambiado las condiciones, ha cambiado la situación económica, todos los cimientos del «apacible» dominio del sable de la nobleza prusiana están socavados. Contra la voluntad de la burguesía, la marcha de las cosas la arrastra hacia una profunda crisis política.

Ha pasado la época del sueño tranquilo del «Michel alemán» bajo la tutela de los Purishkévich prusianos y en medio de una marcha excepcionalmente afortunada del desarrollo capitalista de Alemania. Se avecina y se acerca inconteniblemente una quiebra general, radical…

«Za Právdu» núm. 47, 29 de noviembre de 1913. Firmado: V. I.

Se publica según el texto del periódico «Za Právdu».