La cuestión del lema de la «cultura nacional» tiene para los marxistas una importancia enorme, no solo porque determina el contenido ideológico de toda nuestra propaganda y agitación en el problema nacional, a diferencia de la propaganda burguesa, sino también porque todo el programa de la famosa autonomía cultural-nacional está construido sobre este lema.

El pecado fundamental, de principio, de este programa es que aspira a llevar a la práctica el nacionalismo más refinado y más absoluto, llevado hasta sus últimas consecuencias. La esencia de este programa: cada ciudadano se inscribe en una u otra nación, y cada nación constituye un todo jurídico, con derecho a imponer contribuciones obligatorias a sus miembros, con parlamentos nacionales (dietas), con «secretarios de Estado» (ministros) nacionales.

Tal idea, aplicada al problema nacional, se parece a la idea de Proudhon aplicada al capitalismo. No suprimir el capitalismo y su base –la producción mercantil–, sino limpiar esta base de abusos, de excrecencias, etc.; no suprimir el intercambio y el valor de cambio, sino, al contrario, «constituirlo», hacerlo universal, absoluto, «justo», privado de oscilaciones, crisis, abusos: tal es la idea de Proudhon.

Así como Proudhon es pequeñoburgués, así como su teoría absolutiza, convierte en la perla de la creación el intercambio y la producción mercantil, así es pequeñoburguesa la teoría y el programa de la «autonomía cultural-nacional», que absolutiza, convierte en la perla de la creación el nacionalismo burgués, limpiándolo de violencia e injusticias, etc.

El marxismo es irreconciliable con el nacionalismo, sea este el más «justo», «limpio», refinado y civilizado. El marxismo coloca en lugar de todo nacionalismo el internacionalismo, la fusión de todas las naciones en una unidad superior, que crece ante nuestros ojos con cada versta de ferrocarril, con cada trust internacional, con cada unión obrera (internacional por su actividad económica, y luego también por sus ideas, por sus aspiraciones).

El principio de la nacionalidad es históricamente inevitable en la sociedad burguesa, y, teniendo en cuenta esta sociedad, el marxista reconoce plenamente la legitimidad histórica de los movimientos nacionales. Pero, para que este reconocimiento no se convierta en una apología del nacionalismo, es necesario que se limite estrictamente solo a lo que hay de progresivo en esos movimientos, para que este reconocimiento no conduzca a oscurecer la conciencia proletaria con la ideología burguesa.

Es progresivo el despertar de las masas del letargo feudal, su lucha contra toda opresión nacional, por la soberanía del pueblo, por la soberanía de la nación. De ahí la obligación incondicional para el marxista de defender el democratismo más decidido y consecuente en todas las partes del problema nacional. Esta es una tarea, sobre todo, negativa. Y el proletariado no puede ir más allá de ella en el apoyo al nacionalismo, porque más allá empieza la actividad «positiva» (afirmativa) de la burguesía, que aspira a fortalecer el nacionalismo.

Derrocar toda opresión feudal, toda opresión de las naciones, todo privilegio de una de las naciones o de una de las lenguas es una obligación incondicional del proletariado como fuerza democrática, un interés incondicional de la lucha de clases proletaria, que queda oscurecida y frenada por la gresca nacional. Pero ayudar al nacionalismo burgués más allá de esos límites, estrictamente limitados y puestos en determinados marcos históricos, significa traicionar al proletariado y ponerse del lado de la burguesía. Aquí hay una frontera que a menudo es muy fina y de la que se olvidan por completo los nacional-sociales bundistas y ucranianos.

Lucha contra toda opresión nacional: sí, incondicionalmente. Lucha por todo desarrollo nacional, por la «cultura nacional» en general: incondicionalmente no. El desarrollo económico de la sociedad capitalista nos muestra en todo el mundo ejemplos de movimientos nacionales subdesarrollados, ejemplos de formación de grandes naciones a partir de una serie de pequeñas o en perjuicio de algunas pequeñas, ejemplos de asimilación de naciones. El principio del nacionalismo burgués es el desarrollo de la nacionalidad en general, de ahí la exclusividad del nacionalismo burgués, de ahí la insalvable gresca nacional. El proletariado, en cambio, no solo no se compromete a defender el desarrollo nacional de cada nación, sino que, al contrario, previene a las masas contra tales ilusiones, defiende la más completa libertad de la circulación capitalista, saluda toda asimilación de naciones excepto la que es violenta o se apoya en privilegios.

Fijar el nacionalismo en una esfera determinada, delimitada «con justicia», «constituir» el nacionalismo, separar firme y sólidamente a todas las naciones entre sí mediante una institución estatal especial: tal es la base ideológica y el contenido de la autonomía cultural-nacional. Esta idea es de principio a fin burguesa y de principio a fin falsa. El proletariado no puede apoyar ninguna fijación del nacionalismo; al contrario, apoya todo lo que ayuda a borrar las diferencias nacionales, a derribar las barreras nacionales, todo lo que hace más y más estrechos los vínculos entre las nacionalidades, todo lo que conduce a la fusión de las naciones. Obrar de otro modo significa ponerse del lado de la reaccionaria pequeña burguesía nacionalista.

Cuando el proyecto de autonomía cultural-nacional fue discutido por los socialdemócratas austriacos en su congreso de Brünn (en 1899){55}, casi no se prestó atención a la valoración teórica de este proyecto. Pero es instructivo señalar que se adujeron dos argumentos contra este programa: 1) conduciría a reforzar el clericalismo; 2) «su resultado sería la perpetuación del chovinismo, su introducción en cada pequeña comunidad, en cada pequeño grupo» (pág. 92 de las actas oficiales del congreso de Brünn en lengua alemana. Hay traducción rusa en edición del partido nacionalista judío «Serp»{56}).

No cabe duda de que la «cultura nacional» en el sentido habitual de esta palabra, es decir, escuelas, etc., se encuentra actualmente bajo la influencia predominante de los clericales y de los chovinistas burgueses en todos los países del mundo. Cuando los bundistas, defendiendo la autonomía «cultural-nacional», dicen que la constitución de las naciones hará que la lucha de clases en su interior quede limpia de toda consideración extraña, esto es una sofística evidente y ridícula. La lucha de clases seria en toda sociedad capitalista se libra ante todo en el terreno económico y político. Separar de ahí el terreno escolar, en primer lugar, es una utopía absurda, porque desprender la escuela (como la «cultura nacional» en general) de la economía y la política es imposible, y en segundo lugar, precisamente la vida económica y política del país capitalista obliga a cada paso a romper las absurdas y anticuadas barreras y prejuicios nacionales, mientras que la separación del asunto escolar, etc., conservaría, agudizaría, reforzaría precisamente el «puro» clericalismo y el «puro» chovinismo burgués.

En las sociedades anónimas se sientan juntos, fusionándose plenamente unos con otros, capitalistas de diferentes naciones. En la fábrica trabajan juntos obreros de diferentes naciones. En todo problema político realmente serio y profundo, la agrupación se produce por clases y no por naciones. La «sustracción a la competencia del Estado» del asunto escolar, etc., y su transferencia a las naciones significa precisamente el intento de separar de la economía, que fusiona a las naciones, la esfera de la vida social más, por así decirlo, ideológica, donde es más fácil la «pura» cultura nacional o el cultivo nacional del clericalismo y el chovinismo.

En su realización práctica, el plan de la autonomía «extraterritorial» (no territorial, no vinculada a la tierra en que vive tal o cual nación) o «cultural-nacional» significaría una sola cosa: la división del asunto escolar por nacionalidades, es decir, la introducción de curias nacionales en el asunto escolar. Basta con representarse claramente esta esencia real del famoso plan bundista para comprender todo su carácter reaccionario incluso desde el punto de vista de la democracia, por no hablar ya del punto de vista de la lucha de clases del proletariado por el socialismo.

Un ejemplo y un proyecto de «nacionalización» del asunto escolar aclararán de forma gráfica en qué consiste el asunto. En los Estados Unidos de Norteamérica se mantiene hasta ahora, en toda la vida, la división de los estados en norteños y sureños; los primeros, con las mayores tradiciones de libertad y lucha contra los esclavistas; los segundos, con las mayores tradiciones de esclavitud, con residuos de persecución de los negros, con su opresión económica, su humillación cultural (44 % de analfabetos entre los negros y 6 % entre los blancos), etc. Pues bien, en los estados del Norte los negros estudian junto con los blancos, en las mismas escuelas. En el Sur hay escuelas especiales –«nacionales» o raciales, como se quiera– para los negros. Parece ser este el único ejemplo de «nacionalización» de la escuela en la práctica.

En el este de Europa hay un país donde hasta ahora son posibles asuntos como el caso Beilis, donde los judíos están condenados por los señores Purishkévich a una situación peor que la de los negros. En este país surgió hace poco en el ministerio un proyecto de nacionalización de la escuela judía. Por suerte, esta utopía reaccionaria difícilmente se realizará, al igual que la utopía de los pequeños burgueses austriacos, que, desesperando de realizar una democracia consecuente, de poner fin a la gresca nacional, inventaron estuches para las naciones en el asunto escolar, para que no pudieran pelearse por el reparto de las escuelas…, sino «constituirse» para la eterna gresca de una «cultura nacional» contra otra.

En Austria, la autonomía cultural-nacional quedó en grado considerable como una invención de literatos, que los propios socialdemócratas austriacos no tomaron en serio. En cambio, en Rusia la adoptaron en su programa todos los partidos burgueses de la comunidad judía y algunos elementos pequeñoburgueses, oportunistas, de diferentes naciones –por ejemplo, los bundistas, los liquidacionistas en el Cáucaso, la conferencia de los partidos nacionales rusos de tendencia neopopulista de izquierda. (Esta conferencia –señalemos entre paréntesis– tuvo lugar en 1907, y su resolución fue aprobada con la abstención de los socialistas-revolucionarios rusos y de los sociálpatriotas polacos, el P.P.S.{57}. La abstención: ¡manera sorprendentemente característica de actitud de los eseristas y los p.p.-sistas ante la importantísima cuestión de principio en el terreno del programa nacional!).

En Austria fue precisamente Otto Bauer, el principal teórico de la «autonomía cultural-nacional», quien dedicó un capítulo especial de su libro a demostrar la imposibilidad de plantear ese programa para los judíos. En Rusia, precisamente en la comunidad judía, todos los partidos burgueses –y su portavoz el Bund– adoptaron ese programa[19]. ¿Qué significa esto? Significa que la historia ha desenmascarado, con la práctica política de otro Estado, el absurdo de la invención de Bauer, del mismo modo que los bernsteinianos rusos (Struve, Tugán-Baranovski, Berdiáiev y Cía.) desenmascararon, con su rápida evolución del marxismo al liberalismo, el verdadero contenido ideológico de la bernsteiniada alemana.

Ni los socialdemócratas austriacos ni los rusos han adoptado en su programa la autonomía «cultural-nacional». Pero los partidos burgueses de la comunidad judía en el país más atrasado y una serie de grupos pequeñoburgueses supuestamente socialistas la han adoptado, para llevar, en forma refinada, las ideas del nacionalismo burgués al medio obrero. Este hecho habla por sí solo.

Ya que hemos tenido que rozar el programa austriaco sobre el problema nacional, es imposible no restablecer la verdad, a menudo falseada por los bundistas. En el congreso de Brünn fue presentada la pura programa de la «autonomía cultural-nacional». Es el programa de la socialdemocracia sudeslava; su § 2 dice: «Cada pueblo que vive en Austria, sin relación al territorio ocupado por sus miembros, constituye un grupo autónomo que gestiona con toda independencia todos sus asuntos nacionales (lingüísticos y culturales)». Este programa fue defendido no solo por Kristan, sino también por el influyente Ellenbogen. Pero fue retirada, no obtuvo ni un solo voto. Fue adoptado un programa territorialista, es decir, que no crea ningún grupo nacional «sin relación al territorio ocupado por los miembros de la nación».

En el programa adoptado, el § 3 dice: «Las regiones autónomas de una misma nación forman juntas una unión nacional única, que decide sus asuntos nacionales de forma plenamente autónoma» (cf. *Prosveschenie*, 1913, n.º 4, pág. 28{58}). Está claro que incluso este programa de compromiso es incorrecto. Aclaremos con un ejemplo. La comunidad alemana de colonos en la gobernación de Sarátov más el suburbio alemán de obreros en Riga o en Lodz más el poblado alemán cerca de Petersburgo, etc., forman una «unión nacional única» de alemanes en Rusia. Es evidente que los socialdemócratas no pueden exigir cosa semejante ni fijar tal unión, aunque no niegan en absoluto, naturalmente, la libertad de toda clase de uniones, incluida la unión de cualesquiera comunidades de cualquier nacionalidad en un Estado dado. Pero de la separación, por ley estatal, de alemanes, etc., de diferentes localidades y clases de Rusia en una única unión nacional alemana pueden ocuparse los popes, los burgueses, la pequeña burguesía, cualquiera, menos los socialdemócratas.