El principal partido de la burguesía liberal rusa, el kadete, cuenta en su estado mayor con no pocas personas de formación europea. En nuestro tiempo no se puede ser una persona culta sin tener un conocimiento general del marxismo y del movimiento obrero de Europa occidental.

Entre los kadetes rusos, dada la abundancia de intelectuales burgueses en su partido, existe, por supuesto, tal conocimiento; incluso hay una serie de personas que en su juventud fueron marxistas o casi marxistas y que con los años «se hicieron más listas» y se convirtieron en filisteos liberales.

Todo esto explica la diferencia en la actitud hacia la socialdemocracia de los viejos liberales europeos y de los nuevos liberales rusos. Los primeros lucharon contra su surgimiento, negaron su derecho a la existencia; los segundos se ven obligados a resignarse al hecho: «no dudamos —escribe el editorial de *Rech* (núm. 287)— que la socialdemocracia está destinada a convertirse en Rusia en un partido político abierto del proletariado». Por eso, la lucha contra la socialdemocracia ha adoptado entre nuestros liberales la forma de lucha por el oportunismo dentro de la socialdemocracia.

Impotentes para impedir el surgimiento y el crecimiento de la socialdemocracia, nuestros burgueses liberales han dirigido toda su atención a que crezca de un modo liberal. De aquí los esfuerzos sistemáticos y de largos años de nuestros kadetes por apoyar el oportunismo (y en particular el liquidacionismo) en las filas de la socialdemocracia; en ese apoyo los liberales ven acertadamente el único medio para defender la influencia liberal sobre el proletariado, para hacer que la clase obrera dependa de la burguesía liberal.

Por eso resulta muy instructiva la valoración que hacen los liberales de la lucha de los seis diputados obreros contra los siete liquidadores. Los liberales, observando desde fuera, se ven obligados a reconocer abiertamente el hecho fundamental: los siete son «los elementos parlamentarios de la socialdemocracia», son «el partido del trabajo parlamentario», en sus filas está «toda la intelectualidad de la socialdemocracia de la Duma». Esta es la línea de la «evolución de la socialdemocracia hacia un partido parlamentario abierto», línea vinculada a una «orientación táctica» especial. «*Nóvaya Rabóchaya Gazeta* es el órgano de los parlamentarios socialdemócratas».

Por el contrario, *Za Pravdu* es «el órgano de los intransigentes», escribe *Rech*. No es el partido del trabajo parlamentario, sino un «partido opuesto».

El partido de los «diputados intelectuales» contra los «diputados obreros», tal es la valoración de *Rech*. *Rech* asegura con remilgos que no se puede saber a quién sigue la mayoría de los obreros, pero acto seguido se desdice a sí misma en la siguiente y muy instructiva frase:

«Cuanto más —escribe— se prolongue el tránsito a esa existencia normal» (es decir, abierta, legal), «tantos más motivos habrá para esperar que la mayoría parlamentaria de la intelectualidad socialdemócrata se vea obligada a ceder ante la mayoría obrera extraparlamentaria con su estado de ánimo actual. Hemos visto las tristes consecuencias de semejante distribución de orientaciones a finales de 1905. Y sea cual sea la opinión de cada cual sobre el desenlace próximo del actual callejón sin salida, difícilmente se encontrarán defensores de los errores cometidos por los inexpertos conductores del estado de ánimo espontáneo de las masas en aquellos meses de invierno». Así escribe *Rech*.

Hemos subrayado lo que en este reconocimiento nos interesa especialmente ahora.

La mayoría obrera extraparlamentaria contra la «mayoría parlamentaria de la intelectualidad socialdemócrata»: tal es la esencia del litigio entre los seis y los siete, que ha quedado al descubierto incluso para los liberales.

Los siete y *Nóvaya Rabóchaya Gazeta* son la mayoría de una intelectualidad que se autodenomina socialdemócrata, contra la «mayoría obrera extraparlamentaria», contra el partido.

El viejo partido no existe, el viejo partido no hace falta, nos las arreglaremos sin partido, solo con un periódico y el trabajo en la Duma, predicando el futuro partido abierto: tal es la esencia de la posición de los siete y de la posición de todos los liquidadores.

Se comprende por qué los liberales miman tanto a los siete y a los liquidadores, elogiándolos por su comprensión de las condiciones parlamentarias, calificando su táctica de «compleja, reflexiva, no simplificada». Los siete y los liquidadores introducen las consignas liberales en el medio obrero; ¿cómo no van a elogiarlos los liberales? Los liberales no necesitan otra cosa que la formación de un baluarte de intelectuales, parlamentarios y legalistas contra el viejo partido, contra la «mayoría obrera extraparlamentaria».

—Que ese baluarte se llame socialdemócrata —razona la ilustrada burguesía, y razona, desde su punto de vista, con toda razón—; lo esencial no es el nombre, sino su política obrera liberal.

Los liberales han comprendido (y han ido de hocico) lo que han comprendido hace tiempo todos los obreros conscientes y de vanguardia, a saber: que el grupo de *Nóvaya Rabóchaya Gazeta* y los siete que lo siguen constituyen un baluarte escindido del partido socialdemócrata y que niega el partido, que insulta la clandestinidad, un baluarte de la intelectualidad liberal que aplica una política sistemática de concesiones al reformismo burgués, al nacionalismo burgués, etc.

La unidad de la «mayoría obrera extraparlamentaria», auténticamente partidaria, auténticamente independiente de la burguesía liberal, es impensable sin una lucha resuelta contra ese baluarte intelectual de los liquidadores del partido obrero.

*Za Pravdu*, núm. 20, 26 de octubre de 1913.

Se publica según el texto del periódico *Za Pravdu*.