En el n.º 8 de *Zhivaya Zhizn*{15}, del 19 de julio de 1913, se publicó un notable artículo de V. Zasúlich en defensa del liquidacionismo («A propósito de una cuestión»). Llamamos la atención de todos aquellos interesados en las cuestiones del movimiento obrero y la democracia sobre este artículo, valioso tanto por su contenido como por la franqueza explícita de su autorizado autor.

## I

Ante todo, V. Zasúlich, al igual que todos los liquidacionistas, se esfuerza por difamar al partido, pero la franqueza del autor lo desenmascara con sorprendente claridad. «El Partido Obrero Socialdemócrata de Rusia —leemos en V. Zasúlich— es una organización clandestina de intelectuales, fundada en el segundo congreso e inmediatamente dividida, para la propaganda y la agitación entre los obreros». En realidad, el partido fue fundado en 1898{16} y se apoyaba en el despertar del movimiento obrero de masas en 1895-1896. Decenas y cientos de obreros (como el difunto Babushkin en Petersburgo) no solo escuchaban conferencias en los círculos, sino que ellos mismos realizaban agitación ya en 1894-1895, y después trasladaban las organizaciones obreras a otras ciudades (la fundación de las organizaciones de Ekaterinoslav por Babushkin, expulsado de Petersburgo, etc.).

El predominio relativo de los intelectuales al comienzo del movimiento se observó en todas partes, no solo en Rusia. Al convertir este hecho en una especie de libelo contra el partido obrero, V. Zasúlich aniquila el liquidacionismo ante todos los obreros conscientes que vivieron la agitación y las huelgas de 1894-1896.

«...En 1903 —escribe V. Zasúlich— los círculos clandestinos que realizaban este trabajo se unieron en una sociedad secreta con un estatuto jerárquico. Es difícil decir si la nueva organización, como tal, ayudaba o dificultaba el trabajo corriente...»

Cualquiera que no quiera ser un Iván el Desmemoriado sabe que los grupos de intelectuales y obreros no solo en 1903, sino desde 1894 (y a menudo incluso antes) ayudaban tanto a la agitación económica como a la política, a las huelgas y a la propaganda. Declarar públicamente: «es difícil decir si la organización ayudaba o dificultaba el trabajo» significa no solo admitir una grandísima y flagrante falsedad histórica. Significa renegar del partido.

En efecto, ¿para qué valorar al partido si es difícil decir si ayudaba o dificultaba el trabajo? ¿No está claro que el sábado es para el hombre, y no el hombre para el sábado?

El repudio del partido en el pasado, con carácter retroactivo, es necesario para los liquidacionistas para justificar el repudio del mismo en el presente.

Hablando de este presente, de la época del tres de junio, V. Zasúlich escribe: «he oído relatos de cómo se vaciaban las secciones de distrito de la organización...».

El hecho es indiscutible. Se vaciaban tanto las secciones de distrito como todas las demás secciones de la organización. La cuestión estriba en cómo explicar este fenómeno de huida de la organización y cómo posicionarse ante él.

V. Zasúlich responde: «se vaciaban porque en aquel momento no había nada que hacer allí».

Una respuesta tajante, que equivale a una condena tajante de la clandestinidad y a una justificación de la huida de ella. ¿Cómo demuestra V. Zasúlich su afirmación? 1) Los propagandistas no tenían nada que hacer, porque «muchos obreros se habían formado», a partir de las publicaciones de los días de libertad, «bibliotecas enteras que aún no les había confiscado la policía».

Es curiosa esta capacidad de V. Zasúlich para no darse cuenta de que se refuta a sí misma. Si la policía «confiscaba» las bibliotecas, ¡significa que la discusión de lo leído, su asimilación, el estudio ulterior, suscitaban precisamente el trabajo clandestino! V. Zasúlich quiere demostrar que «no había nada que hacer», pero de sus propios reconocimientos se deduce que había algo que hacer.

2) «Sobre la posibilidad de la agitación política clandestina en este tiempo, no hay ni que hablar. Además, la iniciativa de tales 'acciones' no entraba en los derechos y deberes de los distritos».

V. Zasúlich repite las palabras de los liquidacionistas sin conocer el asunto. Que era difícil, más difícil que antes, en la época descrita, es indiscutible. Pero el trabajo de los marxistas siempre es «difícil», y ellos se distinguen de los liberales precisamente en que no declaran imposible lo difícil. El liberal califica de imposible el trabajo difícil para encubrir su abandono del mismo. Al marxista, la dificultad del trabajo le impulsa a esforzarse por una cohesión más estrecha de los mejores elementos para superar las dificultades.

El hecho objetivo de que este trabajo era posible y se llevaba a cabo en la época descrita lo demuestran, por ejemplo, las elecciones a la III y IV Duma de Estado. ¿No creerá realmente V. Zasúlich que los partidarios de la clandestinidad podían entrar en la Duma de Estado sin la participación de la misma?

3) «... No había nada que hacer en los grupos clandestinos, y fuera de ellos había una masa de trabajo social necesario...» Clubes, todo tipo de sociedades, congresos, conferencias, etc.

Tal es el razonamiento de todos los liquidacionistas, repetido por V. Zasúlich. ¡Su artículo puede recomendarse directamente para las clases en los círculos obreros, para analizar las desventuras del liquidacionismo!

La clandestinidad era necesaria, entre otras cosas, precisamente porque con ella estaba vinculado el trabajo marxista en los clubes, las sociedades, los congresos, etc.

Compárese este razonamiento mío con el razonamiento de V. Zasúlich. Piénsese qué fundamentos tiene V. Zasúlich para presentar el trabajo en las sociedades legales como un trabajo que se realiza «al margen» del trabajo de los grupos clandestinos. ¿Por qué «al margen», y no «en estrecha relación», no «en la misma dirección»?

V. Zasúlich no tiene ni sombra de fundamentos reales, pues todo el mundo sabe que no había, seguramente, casi ninguna sociedad legal, etc., en la que no participaran miembros de los grupos clandestinos. El único fundamento de las afirmaciones de V. Zasúlich es el estado de ánimo subjetivo de los liquidacionistas. Los liquidacionistas tenían tal estado de ánimo que no tenían nada que hacer en la clandestinidad, que simpatizaban con el trabajo solo al margen de la clandestinidad, solo al margen de su orientación ideológica. Dicho de otro modo, ¡el «fundamento» de V. Zasúlich se reduce a justificar la huida de los liquidacionistas de la clandestinidad!

Un fundamento lamentable.

Pero no podemos limitarnos a señalar los fundamentos subjetivos de los escritos de V. Zasúlich, los errores fácticos y lógicos de los que literalmente está plagada cada frase de su artículo. Debemos buscar los fundamentos objetivos del hecho indiscutible de que «los distritos se vaciaban», de que se huía de la clandestinidad.

No hay que buscar muy lejos. Es de sobra conocido que en la época descrita la sociedad burguesa y pequeñoburguesa de Rusia estaba poseída en grado sumo por estados de ánimo contrarrevolucionarios. Es de sobra conocido el profundo antagonismo entre la burguesía y el proletariado que se reveló en los días de libertad y engendró este estado de ánimo contrarrevolucionario, junto con la descomposición, el abatimiento y el desánimo de muchos amigos inestables del proletariado.

Esta relación objetiva de clases en la época descrita nos explica plenamente por qué la burguesía en general, y la burguesía liberal en particular (pues se le arrebató de las manos la hegemonía sobre las masas populares) debía odiar la clandestinidad, declararla inútil e «incapaz» (expresión de V. Zasúlich), condenar y rechazar la agitación política clandestina, así como la realización del trabajo legal en el espíritu de la clandestinidad, en consonancia con sus consignas, en indisoluble vinculación ideológica y organizativa con ella.

De la clandestinidad huyó ante todo y en primer lugar la intelectualidad burguesa, que sucumbió al estado de ánimo contrarrevolucionario, aquellos «compañeros de viaje» del movimiento obrero socialdemócrata que, también entre nosotros, como en Europa, se entusiasmaban con el papel liberador del proletariado (en Europa: de la plebe en general) en la revolución burguesa. Es conocido el hecho de la gran cantidad de marxistas que se apartaron de la clandestinidad después de 1905 y se dispersaron por toda clase de niditos legales de intelectuales.

Sean cuales fueren las subjetivamente «buenas» intenciones de V. Zasúlich, los razonamientos de los liquidacionistas que ella repite se reducen objetivamente a un refrito de las ideas liberales contrarrevolucionarias. Gritando más que nadie sobre la «iniciativa obrera», etc., los liquidacionistas en la práctica representan y defienden precisamente a los intelectuales que se han escindido del movimiento obrero y se han pasado al lado de la burguesía.

La huida de la clandestinidad pudo ser en algunas personas el resultado del cansancio y el quebrantamiento. A tales personas solo se las puede compadecer; hay que prestarles ayuda, en la medida en que pase su quebranto y se manifieste de nuevo en ellas la atracción, desde el filisteísmo, desde los liberales y desde la política obrera liberal, hacia la clandestinidad obrera. Pero cuando los cansados y quebrantados se suben a la tribuna del periodismo y declaran que su huida no es manifestación de cansancio, ni de debilidad, ni de mezquindad intelectual, sino un mérito propio, y encima echan la culpa a la clandestinidad «incapaz», o «inútil», o «mortecina», etc., entonces estos fugitivos se convierten en renegados repulsivos, en apóstatas. Entonces estos fugitivos se convierten en los peores consejeros y, por tanto, en peligrosos enemigos del movimiento obrero.

Cuando uno se topa entre los liquidacionistas con la defensa y el ensalzamiento de semejantes elementos, junto con juramentos y votos de que ellos, los liquidacionistas, están por la unidad, no le queda a uno más que encogerse de hombros y preguntarse: ¿a quién piensan engañar con estas bondadosas tonterías y esta hipocresía? ¿No está claro que la existencia de un partido obrero es imposible sin una lucha decidida contra el ensalzamiento de la apostasía respecto al partido?

Los liquidacionistas (y con ellos V. Zasúlich) se regodean llamando a estos apóstatas y fugitivos «fuerzas vivas de la clase obrera». Pero estas argucias de los intelectuales liberales han sido refutadas desde hace tiempo por hechos indiscutibles a escala de toda Rusia. De los diputados de la curia obrera, los bolcheviques obtuvieron el 47 % en la II Duma, el 50 % en la III y el 67 % en la IV. He aquí una prueba irrefutable del alejamiento de los obreros respecto a los liquidacionistas en la época de 1907-1913. Y la aparición del primer diario obrero y los fenómenos que se observan ahora en los sindicatos refuerzan aún más esta prueba. Las fuerzas vivas de la clase obrera, si nos atenemos a los hechos objetivos y no a las jactanciosas e infundadas declaraciones de los intelectuales liberales, pertenecen al número de los partidarios de la clandestinidad, de los adversarios del liquidacionismo.

Pero todos los razonamientos de V. Zasúlich sobre el pasado no son más que florecillas. Las bayas vendrán después. La defensa del renegadismo y del repudio del partido es solo la introducción a la defensa de la destrucción del partido. Pasemos ahora a estas importantísimas secciones del artículo de V. Zasúlich.

## II

«...La organización clandestina —leemos en el artículo— ha sido siempre el lado más débil de la socialdemocracia rusa...» (¡nada más y nada menos que «siempre»!). Son audaces historiadores nuestros liquidacionistas. «Siempre» significa: también en 1883-1893, antes del inicio del movimiento obrero de masas bajo la dirección organizada del partido; significa también en 1894-1904. ¿Y en 1905-1907?

«...Pero aunque hubiera sido diez veces mejor, no habría resistido entonces la revolución y la contrarrevolución. No recuerdo en la historia de Europa ninguna organización revolucionaria que, habiendo sobrevivido a la revolución, resultara capaz de actuar en el momento de la reacción».

¡Este razonamiento es una riqueza tal de «perlas» que uno no sabe por cuál perla empezar el análisis!

V. Zasúlich «no recuerda» el caso que le interesa en la historia de Europa. Pero, ¿recuerda V. Zasúlich en la «historia de Europa» una revolución burguesa que se produjera en un entorno de partidos obreros independientes, con cientos de miles y un millón de miembros en los países vecinos, y en una alta etapa de desarrollo del capitalismo que hubiera creado en el país en cuestión un proletariado industrial cohesionado y un movimiento obrero a escala nacional?

V. Zasúlich no puede «recordar» tal caso, porque no lo hubo en la «historia de Europa». No lo hubo ni pudo haberlo en esa historia hasta el siglo XX, que en una revolución burguesa desempeñara un papel decisivo la huelga política de masas.

¿Qué obtenemos entonces? Obtenemos el siguiente resultado. El liquidacionista se remite al ejemplo de la «historia de Europa», en la que durante las revoluciones burguesas no existían partidos proletarios independientes con huelgas de masas, se remite a este ejemplo para renegar de las tareas o para menospreciar, cercenar, acortar, mutilar las tareas de un país donde esas dos condiciones fundamentales señaladas (partido proletario independiente y huelgas de masas de carácter político) existían y existen.

V. Zasúlich no comprende —y esta incomprensión es extremadamente característica del liquidacionismo— que ella, con otras palabras, por otro motivo, abordando la cuestión desde otro lado, ha repetido la idea del liberal Prokopóvich. Este liberal, precisamente en el momento en que, siendo un «economista» extremo (1899){17}, rompía con la socialdemocracia, expresó la idea de que «a los liberales, la lucha política, y a los obreros, la lucha económica».

A esta idea se inclina, en esta idea tropieza todo el oportunismo en el movimiento obrero de Rusia de 1895-1913. En la lucha contra esta idea, precisamente, creció —y solo pudo crecer— la socialdemocracia en Rusia. La lucha contra esta idea, el arrancar a las masas de la influencia de esta idea, eso es precisamente la lucha por el movimiento obrero independiente en Rusia.

Prokopóvich expresó esta idea en aplicación a las tareas del presente, en forma imperativa o desiderativa.

V. Zasúlich repite esta idea en forma de un razonamiento pretendidamente histórico, retrospectivo, o de un repaso de los acontecimientos.

Prokopóvich hablaba directa, francamente, clara y tajantemente: ¡abandonad la idea de la independencia política, hermanos obreros! V. Zasúlich, sin comprender a dónde la ha llevado el liquidacionismo, llega al mismo abismo, yendo en zigzags: por decirlo así, también según el ejemplo de Europa no os corresponde, hermanos obreros, tener una organización «capaz» de vuestro viejo y probado tipo, del mismo tipo que era vuestra organización en 1905. Los liberales abandonaron desde 1905 los vanos sueños sobre la «clandestinidad», crearon una organización «capaz», abierta, que aunque no está legalizada por el sistema del tres de junio, es tolerada por él, conserva su fracción parlamentaria, su prensa legal, sus comités locales, de hecho conocidos por todos. En cuanto a vosotros, hermanos obreros, vuestra vieja organización es incapaz, y según las lecciones de la «historia de Europa» debe ser incapaz, y una nueva, un «partido abierto», nosotros, los liquidacionistas, os la prometemos y os la auguramos cada día. ¿Qué más queréis? Conformaos con nuestras promesas liquidacionistas, insultad con más fuerza a vuestra vieja organización, escupid sobre ella, renegad de ella y quedaos por ahora (hasta que se cumpla nuestra promesa del «partido abierto») ¡sin organización alguna!

Este es precisamente el verdadero sentido de los razonamientos liquidacionistas de V. Zasúlich, un sentido determinado no por su voluntad y conciencia, sino por la correlación de clases en Rusia, por las condiciones objetivas del movimiento obrero. Y esto es exactamente lo que quieren los liberales. ¡V. Zasúlich no hace más que repetir a Prokopóvich!

A diferencia de la Europa de finales del siglo XVIII y la primera mitad del siglo XIX, Rusia precisamente ha dado ejemplo de un país en el que la vieja organización ha demostrado su vitalidad y su capacidad de acción. Esta organización se ha mantenido también en los tiempos de reacción, a pesar de la deserción de los liquidacionistas y de una multitud de filisteos. Esta organización, conservando su tipo fundamental, ha sabido adaptar su forma a las condiciones cambiadas, ha sabido modificar esta forma en correspondencia con las exigencias del momento, que marca «un paso más por el camino de la transformación en una monarquía burguesa»{18}.

La prueba objetiva de esta adaptación de la vieja organización la vemos —por tomar una de las pruebas más simples, más evidentes, más accesibles a la comprensión liberal— en el resultado de las elecciones a la IV Duma. La vieja organización obtuvo, como ya se ha indicado, 2/3 de los diputados de la curia obrera, y entre ellos, la totalidad del grupo de las seis principales provincias industriales. En estas provincias hay cerca de un millón de obreros fabriles. Todo lo vivo, todo lo consciente, todo lo influyente de esta auténtica masa, de la masa proletaria, participó en las elecciones, cambiando al mismo tiempo la forma de su vieja organización, modificando las condiciones de su actividad, pero conservando su orientación, sus bases ideológico-políticas y el contenido de su actividad.

Nuestra posición es clara. Y se ha definido de manera irrevocable desde 1908. En cuanto a los liquidacionistas —y en esto radica su desgracia— no tienen ninguna posición, mientras no tengan una nueva organización. Solo tienen suspiros sobre el mal pasado y ensoñaciones sobre un buen futuro.

## III

«...La organización es necesaria para el partido», escribe V. Zasúlich. Ella ya no está satisfecha con la resolución de Estocolmo (1906){19}, cuando los mencheviques predominaban y se vieron obligados a adoptar el famoso primer párrafo de los estatutos.

Si esto es cierto (y es absolutamente cierto), entonces V. Zasúlich no tiene razón, y tendrá que renegar de la resolución menchevique de Estocolmo. La organización no solo «es necesaria para el partido»: esto lo reconoce cualquier liberal y cualquier burgués que desee «utilizar» al partido obrero para una política antiobrera. El partido es la suma de organizaciones unidas en un todo. El partido es una organización de la clase obrera, desmembrada en toda una red de organizaciones locales y especiales, centrales y generales.

Aquí, una vez más, los liquidacionistas resultan no tener ninguna posición. En 1903 defendían un concepto de afiliación al partido tal que resultaban miembros del partido no solo quienes entraban en las organizaciones, sino también quienes trabajaban (al margen de las organizaciones) bajo su control. V. Zasúlich recuerda este episodio, considerándolo, evidentemente, importante. Ella escribe:

«... ya en el segundo congreso, hace diez años, los mencheviques sintieron la imposibilidad de meter a todo el partido en la organización clandestina...»

Si en 1903 los mencheviques sintieron aversión por la clandestinidad, ¿por qué en 1906, en la época de un partido inconmensurablemente más «abierto», ellos mismos, teniendo el predominio en el congreso, derogaron la resolución menchevique adoptada por ellos en 1903 e hicieron aprobar la bolchevique? ¡V. Zasúlich escribe la historia del partido de tal manera que a cada paso uno se topa con una sorprendente e increíble tergiversación de los hechos!

Es un hecho indiscutible que en 1906, en Estocolmo, los mencheviques adoptaron la definición bolchevique del partido como suma de organizaciones, y si V. Zasúlich y sus amigos han vuelto a cambiar de opinión, si consideran ahora su decisión de 1906 nuevamente como un error, ¿por qué no decirlo directamente? ¡Pues V. Zasúlich, en general, concede a esta cuestión, al parecer, importancia, ya que ella misma la ha planteado, ella misma ha recordado el año 1903!

El lector ve que no hay nada más desvalido y confuso que las opiniones de los liquidacionistas sobre la cuestión organizativa. Es una ausencia total de criterio. Es un modelo de falta de carácter y de vacilación. V. Zasúlich se enfada, exclamando: «oportunismo organizativo es una palabra estúpida». Pero «con el corazón» no se arregla nada. Si fue el propio Cherevanin quien publicó que en 1907, en las reuniones de la fracción menchevique en Londres, se señaló el «anarquismo organizativo» de los futuros liquidacionistas. Tanto entonces como ahora, los más destacados de los liquidacionistas se han encontrado y se encuentran en una situación tan original que aniquilaban a los liquidacionistas.

«...La organización es necesaria para el partido», escribe V. Zasúlich. «Pero englobar en sí a todo el partido por un tiempo más o menos prolongado y existir pacíficamente (!) en una misma forma, con unos mismos estatutos» (¡escuchad!) «solo podrá cuando, alcanzado y consolidado un orden jurídico (si es que alguna vez se consolida en Rusia), la vida social rusa marche por fin por un camino llano, dejando atrás ese abrupto sendero por el que, a ritmo acelerado, avanza durante todo un siglo, ya subiendo a las alturas, ya precipitándose al abismo de la reacción para, una vez repuesta de los golpes recibidos, comenzar de nuevo a trepar a la montaña...»

He aquí uno de los razonamientos de los liquidacionistas que merece un premio, como modelo de confusión. A ver si se entiende, ¿qué quiere el autor?

¿Cambios de los «estatutos»? Pero entonces, ¡decid, por el amor de Dios, señores, de qué cambio de estatutos estáis hablando! Y no os pongáis en ridículo, no os lancéis a demostrar «filosóficamente» que los estatutos no son algo inmutable.

Pero, al mencionar «unos mismos estatutos» (por cierto, fueron cambiados precisamente en 1912[4]), V. Zasúlich no propone ningún cambio.

¿Qué quiere entonces V. Zasúlich? Quiere decir que el partido llegará a ser organización cuando para Rusia termine el abrupto sendero y comience el camino llano. Esta es una pensamiento muy respetable, liberal y vejista: hasta que llegue el camino llano, todo es malo y perverso, y el partido no es partido, y la política no es política. Con el «camino llano» todo estará «en orden», y con el «abrupto sendero» todo es un caos.

Estos razonamientos los hemos leído hace tiempo entre los liberales. Desde el punto de vista del odio de los liberales a la clandestinidad y al «abrupto sendero», estos razonamientos son comprensibles, naturales, legítimos. Los hechos están tergiversados aquí (pues ha habido toda una serie de partidos-organizaciones en Rusia bajo la clandestinidad), pero comprendemos cómo en los liberales el odio a la clandestinidad les ofusca los ojos, les tapa los hechos.

Mas —una vez más— ¿qué quiere V. Zasúlich? En nuestro país, supuestamente, el partido-organización es imposible... ¿por lo tanto? Oscuridad de pensamiento y medias palabras, embrollo del asunto con largos y atormentadoramente pesados períodos, evasivas y remisiones de Poncio a Pilatos{20}. Uno siente solo que el autor se aproxima a la negación de toda organización. Y aproximándose a esto, V. Zasúlich ha acabado por decir... he aquí la coronación de sus pensamientos:

«Tenemos una amplia capa de obreros que con pleno derecho ocuparía un puesto en cualquier partido socialista de Occidente. En esta capa, que crece rápidamente, y a la que, para formar un partido, solo le falta la posibilidad de ingresar formalmente en él, están todas las fuerzas, y la llamemos como la llamemos, pensaremos y hablaremos de ella como de un partido».

Así pues, cuando se discute sobre la liquidación del partido, hay que saber que los liquidacionistas entienden por partido algo diferente. ¿Qué entienden por partido?

Resulta que: «una amplia capa de obreros a la que, para formar un partido (¡!), solo (!) le falta la posibilidad de ingresar formalmente en él».

Esto es incomparable. El partido son aquellos a quienes «les falta la posibilidad de ingresar formalmente en el partido». El partido son los que están fuera del partido.

Realmente, V. Zasúlich nos ha reunido unas perlas maravillosas, diciendo con franqueza aquello en torno a lo que vagan todos los liquidacionistas.

## IV

En Alemania hay ahora cerca de 1 millón de afiliados al partido. Los que votan a los socialdemócratas son allí cerca de 4 1/4 millones, y los proletarios, cerca de 15 millones. He aquí un sencillo y vivo modelo para desentrañar lo que los liquidacionistas han embrollado. Un millón es el partido. Un millón entra en las organizaciones del partido. Los 4 1/4 millones son la «capa amplia». Esta es, de hecho, muchas veces más amplia aún, porque carecen de derecho de voto las mujeres, carecen de él muchos obreros privados del censo de residencia, del censo de edad, etc., etc.

Esta «capa amplia» es casi toda ella socialdemócrata, y sin ella el partido sería impotente. Esta capa amplia, en cualquier intervención, se ensancha aún 2 o 3 veces más, porque entonces sigue al partido una masa de no socialdemócratas.

¿Acaso no está claro esto? ¡Da realmente un poco de reparo tener que masticar el abecé!

¿En qué se diferencia Alemania de Rusia? ¡En absoluto en que nosotros no tengamos diferencia entre el «partido» y la «capa amplia»! Para comprender esto, tomemos primero a Francia.

Allí veremos (aproximadamente; cifras más exactas solo reforzarían mi conclusión):

|                    | PARTIDO | VOTOS POR LOS S.-D. | PROLETARIOS |
|--------------------|---------|---------------------|-------------|
| Alemania           | 1 mill. | 4 1/4               | ~15 mill.   |
| Francia            | 69 mil* | 0,9 mill.           | ~10 mill.   |

\* Cifra exacta según el informe del último congreso de Brest de 1913{21}: 68.903.

¿Y en Rusia? El partido: 150.000 en 1907 (contados y verificados en el congreso de Londres). Ahora: se desconoce cuántos. Seguramente bastante menos, pero no se puede determinar si 30.000 o 50.000.

La «capa amplia» en nuestro país: 300-500 mil, si se calcula aproximadamente el número de votantes socialdemócratas. Finalmente, de proletarios tenemos, probablemente, cerca de 20 millones. Repito, también aquí las cifras son aproximadas, pero cualesquiera otras cifras que alguien intentara fundamentar con mayor precisión solo reforzarían aún más mis conclusiones.

Las conclusiones consisten en que en todos los países, siempre y en todas partes, existe, además del «partido», una «capa amplia» de elementos próximos al partido y una masa enorme de la clase que forma, destaca y nutre al partido. Al no comprender esta cosa simple y clara, los liquidacionistas repiten el error de los «economistas» de 1895-1901; los «economistas» no podían comprender de ninguna manera la diferencia entre el «partido» y la «clase».

El partido es la capa consciente, la vanguardia de la clase, su destacamento de avanzada. La fuerza de esta vanguardia es diez veces, cien veces y más mayor que su número.

¿Es esto posible? ¿Puede la fuerza de una centena superar a la fuerza de un millar?

Puede superarla, y la supera, cuando la centena está organizada.

La organización multiplica por diez las fuerzas. Esta verdad, pardiez, no es nueva. Pero no es culpa nuestra si, para V. Zasúlich y los liquidacionistas, hay que empezar desde el principio.

La conciencia del destacamento de vanguardia se manifiesta, entre otras cosas, en que sabe organizarse. Y al organizarse, obtiene una voluntad única, y esta voluntad única de la vanguardia de mil, de cien mil, de un millón se convierte en la voluntad de la clase. El mediador entre el partido y la clase es la «capa amplia» (más amplia que el partido, pero más estrecha que la clase): la capa de los que votan por la socialdemocracia, la capa de los que ayudan, la capa de los que simpatizan, etc.

En los distintos países, la relación del partido con la clase es diferente en función de las condiciones históricas y de otro tipo. En Alemania, por ejemplo, está organizado en el partido alrededor de 1/15 de la clase; en Francia, alrededor de 1/140. En Alemania, por cada afiliado al partido hay 4-5 socialdemócratas de la «capa amplia»; en Francia, 14. En Francia no ha habido nunca, en esencia, un partido de cien mil afiliados, con una organización «abierta» y libertad política.

Toda persona sensata comprende que existen condiciones históricas, existen causas objetivas que han permitido en Alemania organizar en el partido a 1/15 de la clase, mientras que en Francia lo han dificultado, y en Rusia lo dificultan aún más.

¿Qué diríais de ese francés que pretendiera declarar: nuestro partido es un círculo estrecho, no un partido. Al partido no se le puede encerrar en una organización. El partido es la capa amplia, en ella están todas las fuerzas, etc.? Seguramente expresaríais vuestra sorpresa de que ese francés no estuviera en un hospital para enfermos mentales.

En cambio en Rusia, entre nosotros, se quiere que se tome en serio a personas que, sintiendo, viendo y sabiendo que nuestro camino sigue siendo abrupto, es decir, que las condiciones de organización son más difíciles, declaran que «ellos pensarán y hablarán de la capa amplia (¡no organizada!) como del partido». Estas personas son fugitivos desorientados del partido, socialdemócratas desorientados apartidistas o próximos al partido que no resistieron la presión de las ideas liberales de decadencia, abatimiento y renuncia.

## V

«Para ser una fuerza útil, esta clandestinidad —escribe V. Zasúlich en la frase final de su notable artículo—, incluso si fuera la única que se llamara partido, debe relacionarse con esta socialdemocracia obrera» (es decir, con aquella capa amplia en la que V. Zasúlich ve «todas las fuerzas» y sobre la cual ha declarado: «pensaremos y hablaremos de ella como de un partido») «como los funcionarios se relacionan con el partido».

Medítese sobre este razonamiento, que es una perla entre las perlas en el rico en perlas artículo de V. Zasúlich. En primer lugar, ella comprende perfectamente lo que se llama partido en la Rusia contemporánea. Y decenas de escritores liquidacionistas han asegurado y aseguran al público que ellos no comprenden esto, con el resultado de que las disputas sobre la liquidación del partido son embrolladas por estos señores hasta lo increíble. Pues bien, en contra de los liquidacionistas vulgares y adocenados, que los lectores interesados en los destinos del movimiento obrero acudan al artículo de V. Zasúlich y obtengan de ella la respuesta a la cuestión oscurecida y que se oscurece sobre qué es el partido.

En segundo lugar, examínese la conclusión de V. Zasúlich. La clandestinidad debe relacionarse con la capa amplia como los funcionarios con el partido, se nos dice. Se pregunta: ¿en qué consiste la esencia de la relación de los funcionarios de cualquier sociedad con esa sociedad? Evidentemente, en que los funcionarios realizan no su voluntad personal (o de grupo o de círculo), sino la voluntad de esa sociedad.

¿De qué manera, entonces, se puede determinar la voluntad de una capa amplia de varios cientos de miles o de varios millones de personas? Es absolutamente imposible determinar la voluntad de una capa amplia si no está organizada en una sola organización: esto lo comprenderá incluso un niño. Ese es precisamente el problema de V. Zasúlich, como de otros liquidacionistas, que, al emprender el plano inclinado del oportunismo organizativo, se deslizan constantemente hacia el pantano del más puro anarquismo.

Porque eso es precisamente anarquismo, en el sentido más pleno y más exacto de la palabra, cuando V. Zasúlich, habiendo reconocido ella misma que a la «capa amplia» «le falta la posibilidad de ingresar formalmente en el partido» y que por eso «le falta la posibilidad» de «formar un partido», declara al mismo tiempo que los liquidacionistas pensarán y hablarán de esta capa amplia como de un partido, y que la clandestinidad debe relacionarse con ella como con una instancia superior, como con el árbitro supremo de la cuestión sobre los «funcionarios», etc., etc.

Cuando se apela a las amplias capas o a la masa en contra de la organización, reconociendo la imposibilidad de organizar a esas amplias capas o a esa masa, eso es anarquismo puro. Los anarquistas constituyen uno de los elementos más nocivos del movimiento obrero precisamente porque, gritando siempre sobre la masa de las clases oprimidas (o incluso sobre la masa de los oprimidos en general), destruyendo siempre el buen nombre de cualquier organización socialista, ellos mismos no pueden contraponer ni crear ninguna otra organización.

Los marxistas tienen una visión de principio diferente sobre la relación de la masa no organizada (e imposible de organizar durante un tiempo prolongado, a veces decenios) con el partido, con la organización. Precisamente para que la masa de una clase determinada pueda aprender a comprender sus intereses, su situación, pueda aprender a conducir su política, para eso es necesaria la organización de los elementos de vanguardia de la clase, inmediatamente y a cualquier precio, aunque al principio estos elementos constituyan una fracción insignificante de la clase. Para servir a la masa y expresar sus intereses correctamente conscientes, el destacamento de avanzada, la organización, debe desarrollar toda su actividad en el seno de la masa, atrayendo de ella todas las mejores fuerzas sin excepción, verificando a cada paso, minuciosa y objetivamente, si se mantiene la vinculación con las masas, si está viva. Así, y solo así, el destacamento de avanzada educa e ilustra a la masa, expresando sus intereses, enseñándole a organizarse, orientando toda la actividad de la masa por el camino de la política de clase consciente.

Si como resultado de la actividad política de toda la masa, atraída directa o indirectamente a las elecciones o participando en ellas, resulta que todos los representantes obreros elegidos son partidarios de la clandestinidad y de su línea política, partidarios del partido, entonces obtenemos un hecho objetivo que demuestra la vitalidad de los vínculos con las masas, que demuestra el derecho de esta organización a ser y a llamarse la única representante y portavoz de los intereses de clase de la masa. Cualquier obrero políticamente consciente, o, más exactamente, cualquier grupo de obreros, podía participar en las elecciones, orientándolas de una u otra manera; y si como resultado, precisamente la organización escarnecida, denostada, tratada con desprecio por los liquidacionistas, arrastró tras de sí a la masa, eso significa que la actitud de nuestro partido hacia las masas es de principio correcta, marxista.

La teoría de la «capa amplia a la que, para formar un partido, solo le falta la posibilidad de ingresar formalmente en él» es anarquismo. La clase obrera en Rusia no podrá consolidar y desarrollar su movimiento sin luchar del modo más implacable contra esta teoría que corrompe a las masas, que destruye el concepto mismo de organización, el principio mismo de organización.

La teoría de la «capa amplia» en vez del partido es la justificación de la mayor arbitrariedad y escarnio contra el movimiento obrero de masas (y los que escarnecen, cada cinco palabras mencionan obligatoriamente a la «masa» y declinan la palabra «de masas»). Todos saben que mediante esta teoría los liquidacionistas se hacen pasar a sí mismos, a su círculo de intelectuales, por representantes y portavoces de la «capa amplia». ¡Qué nos importa a nosotros, dicen, el partido «estrecho», si nosotros representamos a la «capa amplia»! ¡Qué nos importa a nosotros una u otra clandestinidad que arrastra a las elecciones a un millón de obreros, cuando nosotros representamos a la capa amplia —deben ser millones y decenas de millones.

Los hechos objetivos —tanto las elecciones a la IV Duma, como la aparición de periódicos obreros y las colectas para ellos, como el sindicato de metalúrgicos en Petersburgo, como el congreso de dependientes de comercio{22}— demuestran con evidencia que los liquidacionistas son un círculo de intelectuales desprendidos de la clase obrera. Y la «teoría de la capa amplia» permite eludir todos los hechos objetivos y llenar los corazones de los liquidacionistas con el orgulloso sentimiento de su no reconocida grandeza...

## VI

El artículo de V. Zasúlich es tal cúmulo de curiosidades desde el punto de vista de la lógica y del abecé del marxismo, que al lector, naturalmente, puede ocurrírsele la idea: ¿acaso no habrá, sin embargo, algún otro sentido en este sinsentido? Y nuestro análisis quedaría incompleto si no señaláramos que hay un punto de vista desde el cual el artículo de V. Zasúlich es plenamente comprensible, lógico y correcto. Ese es el punto de vista de la escisión.

La historia del movimiento obrero está llena de ejemplos de partidos fracasados, inservibles, incluso nocivos. Admitid por un minuto que nuestro partido es así. Entonces es nocivo y criminal transigir con su existencia, y más aún con sus representantes. Entonces es obligatorio luchar por la destrucción de este partido y por su sustitución por un partido nuevo.

Entonces es comprensible y natural, desde el punto de vista de una profunda convicción en el carácter nocivo de la clandestinidad, entonces serán comprensibles también declaraciones del tipo de que «se desconoce si ella (el partido) ayudaba o dificultaba», si ayuda o dificulta. Justificaremos y ensalzaremos[5] a quienes se van de ella, explicaremos esto por la «incapacidad de acción» del viejo partido. Apelaremos de este viejo partido a los apartidistas para que entren en el nuevo.

V. Zasúlich no ha expresado plenamente este punto de vista de la escisión. Puede que subjetivamente para el autor este hecho sea importante y significativo. Pero objetivamente es de poca importancia. Si un escritor dice a, b, c, y enumera todas las letras del alfabeto menos la última, se puede apostar que 999 lectores de cada 1000 añadirán por sí mismos (en voz alta o mentalmente) la última letra. Todos los liquidacionistas se encuentran en esta situación ridícula: presentan una colección completa de argumentos a favor de la escisión, y después o callan, o añaden que están «por la unidad».

Por nuestra parte, tanto a propósito del artículo de V. Zasúlich como de decenas de artículos similares de L. S., Dan, Levitski, Ezhov, Potrésov, Mártov, respondemos una cosa: la primera condición de la unidad es la condena categórica de la «teoría de la capa amplia en vez del partido», la condena de todas las salidas de tono contra la clandestinidad, la condena del artículo de V. Zasúlich y el repudio total de todas las intervenciones de ese tipo. El partido no puede ser «uno» si no lucha contra quienes impugnan la necesidad de su existencia.

Desde el punto de vista de la escisión, el artículo de V. Zasúlich es lógico y correcto. Si los liquidacionistas consiguen fundar un nuevo partido y si ese nuevo partido resulta ser mejor que el viejo, entonces el artículo de V. Zasúlich (como toda la literatura de los liquidacionistas) resultará históricamente justificado. Sería un sentimentalismo tontorrón negar el derecho de los fundadores de un partido mejor, auténtico, verdaderamente obrero, a destruir el viejo partido, incapaz e inservible. Pero si los liquidacionistas no forman ningún partido nuevo, no crean ninguna otra organización de los obreros, entonces toda su literatura y el artículo de V. Zasúlich quedarán como un monumento del desconcierto de intelectuales sin carácter, desprendidos del partido, arrastrados por la corriente contrarrevolucionaria del abatimiento, la incredulidad y el filisteísmo, y que marchan a rastras de los liberales.

O lo uno, o lo otro. No hay término medio. Aquí no se puede «conciliar» nada; no se puede «enterrar un poquito» al viejo partido ni «fundar un poquito» uno nuevo.

La peculiaridad del momento histórico que vive Rusia se refleja, entre otras cosas, precisamente en que un núcleo de partido relativamente pequeño, que ha sabido mantenerse durante las tormentas y defenderse a pesar de todas las rupturas de los hilos organizativos aislados aquí y allá, que ha sabido asegurarse una influencia extraordinariamente fuerte sobre enormes masas de obreros (en comparación, no con la Europa actual, naturalmente, sino con la Europa de 1849-1859), este núcleo está rodeado por una gran multitud de socialdemócratas antipartido, apartidistas, extrapartidistas y próximos al partido, y de cuasi socialdemócratas.

Así deben estar precisamente las cosas en un país junto al cual se alza el Mont Blanc de la socialdemocracia alemana, y dentro de este país... dentro, incluso los liberales no ven camino fuera del «abrupto sendero», mientras que los señores Struve y Cía. han educado durante más de diez años a cientos y miles de intelectuales pequeñoburgueses que revisten los pensamientos liberales con palabras cuasi marxistas.

Tomad al Sr. Prokopóvich. Una figura destacada en nuestro periodismo y actividad social. En esencia, un indudable liberal. Pero hay motivos para temer que él mismo se considere un socialdemócrata, antipartido. Tomad al Sr. Majnovets (Akimov). Un liberal de temperamento más melancólico y con un mayor amor a los obreros. Él mismo se considera, sin duda, un socialdemócrata, apartidista. Tomad a los escritores de *Kíevskaya Mysl* y de *Nasha Zariá*{23}, de *Luch*{24}, etc. Es toda una colección de socialdemócratas extrapartidistas y próximos al partido. Unos se dedican principalmente a soñar con la fundación de un partido nuevo, abierto, pero todavía no han resuelto definitivamente la cuestión de si no será demasiado deshonroso si se emprende «prematuramente» la realización del genial plan. Otros se especializan en juramentadas afirmaciones de que ellos no liquidan nada, están por la unidad y están plenamente de acuerdo... con la socialdemocracia alemana. Tomad la fracción socialdemócrata de la Duma. Una de las figuras más destacadas es Jjeídze, a quien Nekrásov parecía haber previsto proféticamente cuando escribía:

Hay personas, que en nombre del gran principio de la unidad proletaria aconsejan al partido un acuerdo con uno u otro grupo de cuasi socialdemócratas próximos al partido, que quieren «pasar de lado» o vacilan en la cuestión de si enterrar lo viejo o fortalecerlo. No es difícil comprender que estas personas vacilan ellas mismas o están muy mal familiarizadas con la situación real. Un partido que quiere existir no puede permitir las más mínimas vacilaciones en la cuestión de su existencia ni ningún acuerdo con quienes pueden enterrarlo. No hay número para los que desean desempeñar el papel de mediadores en semejante acuerdo, pero todas estas personas, usando una vieja expresión, queman aceite en vano y pierden el tiempo en balde.

P. S. El artículo final de P. B. Axelrod en el n.º 13 de *Zhivaya Zhizn* (del 25 de julio de 1913), bajo el título *Antes y ahora*, ha dado una confirmación sorprendentemente brillante de nuestras palabras. La esencia práctica de este aguado artículo consiste, por supuesto, no en el divertido reclamo publicitario de la conferencia liquidacionista de agosto, sino en el nuevo planteamiento de la cuestión del congreso obrero. Naturalmente, P. B. Axelrod prefiere no recordar su amarga y triste experiencia con la idea del congreso obrero en 1906-1907: ¡para qué remover lo viejo! Tampoco aborda P. B. Axelrod las condiciones particulares del momento actual, cuando han resultado posibles congresos obreros de carácter especial, por decirlo así, y por motivos especiales (el congreso de dependientes de comercio hoy, mañana quizás un congreso de seguros o sindical, etc.). La experiencia del congreso de dependientes, en el que la mayoría (según el reconocimiento forzado de los propios liquidacionistas en *Zhivaya Zhizn*) estaba contra los liquidacionistas, probablemente no le gusta a P. B. Axelrod.

Axelrod no habla de lo que fue ni de lo que es. Prefiere fantasear sobre el futuro «deshielo», ¡con la ventaja de que no podemos conocer sus condiciones concretas! Fantasea sobre la convocatoria de «si no un congreso obrero socialdemócrata de toda Rusia, sí un congreso obrero socialdemócrata panruso», que más adelante es llamado ya directamente panruso.

Así pues, dos modificaciones del anterior plan genial: en primer lugar, no simplemente un congreso obrero, sino un congreso obrero socialdemócrata. Esto es un progreso. Saludamos a P. B. Axelrod por este paso adelante en el transcurso de 6 años. Le saludamos si se ha convencido del carácter nocivo de los planes proyectistas de «unificación» con los populistas de izquierda. En segundo lugar, la sustitución del congreso de toda Rusia por un congreso panruso. Esto significa la renuncia a la unión plena con los obreros de nacionalidad no rusa en Rusia (¡el fracaso de la idea del congreso obrero en su medio es considerado por Axelrod como definitivo!). Esto representa dos pasos atrás. Esto es la consagración del separatismo en el movimiento obrero.

Pero las bayas están aún por venir. ¿Para qué le ha hecho falta a P. B. Axelrod la ensoñación sobre un congreso obrero? Pues para esto:

«...El congreso obrero culminará el proceso liquidacionista que se está produciendo en los últimos años del viejo régimen de partido, formado sobre la base histórica atrasada del Estado feudal y del régimen sociopolítico estamental, y al mismo tiempo dará comienzo a una época completamente nueva en la existencia histórica de la socialdemocracia rusa, una época de desarrollo sobre exactamente las mismas bases que los partidos socialdemócratas occidentales».

Todos saben que esas «exactamente las mismas bases» son las bases de un partido legal. Es decir, hablando sin rodeos, ¡el congreso obrero es necesario a los liquidacionistas para «culminar la liquidación» del viejo partido y para fundar uno nuevo, legal!

Tal es el breve sentido de los largos discursos de P. B. Axelrod.

¡He aquí la última palabra de la socialdemocracia próxima al partido! Que los miembros del partido deben trabajar en el partido y fortalecerlo: esta vieja, anticuada idea, ha sido archivada por P. B. Axelrod. Nosotros no liquidamos nada, eso es una calumnia, nosotros solo estamos «al margen» y gritamos a los cuatro vientos sobre la «culminación del proceso de liquidación del partido». Juramos y perjuramos al mismo tiempo que mañana seremos excelentes miembros del futuro partido legal.

Estos simpáticos socialdemócratas próximos al partido de 1913 se parecen mucho a aquellos liberales de 1903 que aseguraban ser completamente socialdemócratas y que sin falta se convertirían en miembros del partido socialdemócrata... naturalmente, cuando este se convirtiera en un partido legal.

No dudamos ni por un minuto de que en Rusia llegará una época de libertad política y de que entonces tendremos un partido socialdemócrata legal. En él entrarán, probablemente, algunos de los actuales socialdemócratas próximos al partido.

Así pues, ¡hasta la vista en las filas del futuro partido legal, nuestros futuros camaradas! Pero mientras tanto —disculpad— no compartimos camino, porque mientras tanto vosotros realizáis una labor no marxista, sino liberal, señores socialdemócratas próximos al partido.

*Prosveshchenie* n.º 9, septiembre de 1913.  
Firmado: V. Ilín

Publicado según el texto de la revista *Prosveshchenie*