En nuestro movimiento de las Centurias Negras hay un rasgo sumamente original y sumamente importante al que no se le ha prestado suficiente atención. Es el oscuro democratismo campesino, el más tosco, pero también el más profundo.

Por más que las clases dominantes se esfuercen en aislar del pueblo a nuestros partidos políticos, tanto mediante la ley electoral del 3 de junio{12} como a través de mil «peculiaridades» de nuestro régimen estatal, la vida se impone. Todo partido político, incluso los de extrema derecha, se ve obligado a buscar una u otra forma de vínculo con el pueblo.

Los de extrema derecha son el partido de los terratenientes. Pero no pueden limitarse a los vínculos únicamente con los terratenientes. Se ven forzados a encubrir ese vínculo y a fingir que defienden los intereses de todo el pueblo, que salvaguardan las «buenas y viejas» costumbres de la «estable» vida agrícola. Se ven forzados a apelar a los prejuicios más arraigados del campesino más retrógrado, a explotar su oscurantismo.

Semejante juego no transcurre sin riesgos. De vez en cuando, irrumpe la voz de la auténtica vida campesina, el democratismo campesino, a través de todo el rancio adiestramiento centurinegro. Entonces los derechistas se ven obligados a expulsar al «incómodo» demócrata campesino. Y una expulsión o eliminación así de los centurinegros más monárquicos del propio campo de la extrema derecha por su democratismo, por supuesto, no deja de ejercer una influencia esclarecedora sobre las masas.

Por ejemplo, el obispo Nikon, de extrema derecha, se vio obligado a abandonar el trabajo en la Duma. ¿Por qué?

A esto da una respuesta clara la carta del propio obispo Nikon en *Yeniseiskaya Mysl*{13}. Por supuesto, el obispo Nikon no se atreve a hablar directamente de las causas de su alejamiento. Pero, al citar la carta de cierto campesino, el obispo Nikon escribe: «los problemas de la tierra, del pan y otros importantísimos problemas de nuestra realidad rusa y de la región, como que no llegan a las manos ni a los corazones ni de las autoridades ni de la Duma. Estos problemas, su solución factible, se consideran “utópicos”, “arriesgados”, inoportunos. ¿Por qué callan y qué esperan? ¡¿Acaso esperan descontentos, motines, por los que se fusilará a esos mismos campesinos “mal alimentados”, hambrientos, desdichados?! Aquí se temen las “grandes” obras y reformas, se limitan a minucias, pequeñeces, aunque sean buenas».

Así escribe el obispo Nikon. Así razonan muchos, muchísimos campesinos centurinegros. Y es perfectamente comprensible por qué tuvieron que apartar al obispo Nikon de los asuntos y las intervenciones en la Duma por tales discursos.

En esencia, el obispo Nikon expresa su democratismo centurinegro con un razonamiento sumamente, sumamente incorrecto. Tanto el problema de la tierra, como el del pan y todos los demás problemas importantes llegan perfectamente a las manos, a los corazones (y a los bolsillos) tanto de «las autoridades» como de la Duma.

La solución «factible» de estos problemas la dan tanto «las autoridades» como la Duma, sólo que precisamente una solución factible, que corresponde a los intereses y a la fuerza de los terratenientes, que predominan tanto entre las autoridades como en la Duma.

El obispo Nikon siente que sus concepciones centurinegras son echadas por tierra por la vida misma; las echa por tierra lo que a él le toca observar tanto en la Duma como en la actitud de «las autoridades», etc. Y el obispo Nikon no puede, o no se atreve, a comprender por qué sucede esto.

Pero la vida se impondrá, y de diez correligionarios del obispo Nikon en cualquier aldea, nueve, con toda seguridad, no serán al fin y al cabo tan duros de mollera para asimilar las lecciones de la vida como el obispo Nikon.

*Pravda Trudá* núm. 14, 26 de septiembre de 1913.

Se publica según el texto del periódico *Pravda Trudá*.