El discurso del Sr. Salazkin en Nizhni Nóvgorod, en nombre de los comerciantes de toda Rusia, exponiendo al primer ministro la «imperiosa necesidad» de reformas políticas radicales, ya ha sido señalado y valorado por la prensa obrera. No obstante, vale la pena detenerse en él para destacar dos circunstancias importantes.

¡Con qué rapidez han intercambiado los papeles la nobleza unida y los comerciantes de toda Rusia! Hasta 1905, durante más de cuarenta años, la nobleza coqueteaba con el liberalismo y recordaba respetuosamente la constitución, mientras que los comerciantes parecían más satisfechos, menos opositores.

Después de 1905 se produjo lo contrario. La nobleza se volvió archirreaccionaria. Está plenamente satisfecha con la Constitución del 3 de junio y, si acaso, desea modificarla sólo hacia la derecha. Por el contrario, los comerciantes se convirtieron en una franca oposición liberal.

Rusia, de golpe, se «europeizó», por así decirlo, es decir, se aproximó a la correlación entre el señor feudal y el burgués habitual en Europa. Por supuesto, esto sólo pudo ocurrir porque las agrupaciones políticas en Rusia se basaban desde hacía tiempo en relaciones puramente capitalistas. Dichas relaciones venían madurando desde 1861 y terminaron de madurar rápidamente en el fuego de 1905. Toda la fraseología populista acerca de cualquier supuesta originalidad de principio de Rusia, todos los intentos de discursos supraclasistas o extraclasistas sobre la política y la economía rusas perdieron de inmediato todo interés, se convirtieron en una antigualla aburrida, absurda y ridícula por anticuada.

Esto es un paso adelante. Es la liberación de un perjudicial autoengaño, la liberación de infantiles esperanzas de conseguir algo sensato y serio sin lucha de clases. Ponerse del lado de una u otra clase, ayudar a la conciencia y al desarrollo de una u otra política de clase: he aquí la severa pero provechosa lección que el año cinco dio en forma positiva y que la experiencia del sistema del 3 de junio confirmó en forma negativa.

La palabrería extraclasista de los intelectuales liberales y los populistas pequeñoburgueses ha sido barrida del camino de la historia. Y es magnífico que haya sido barrida. ¡Ya era hora!

Veamos, por otra parte, el reformismo de los comerciantes liberales de toda Rusia. Estos declaran la «imperiosa necesidad de las reformas» señaladas en el manifiesto del 17 de octubre. Todo el mundo sabe que allí se señalan «las bases inquebrantables de la libertad civil», «la inviolabilidad efectiva de la persona», «la libertad de conciencia, de palabra, de reunión y de asociación», además del «ulterior desarrollo del principio del sufragio universal».

Está claro que estamos ante una verdadera lista de reformas políticas radicales. Está claro que la realización, aunque fuera de una sola de estas reformas por separado, significaría un enorme cambio para mejor.

Y he aquí que todas estas reformas son exigidas por el conjunto de los comerciantes de toda Rusia, la clase económicamente más poderosa de la Rusia capitalista. ¿Por qué, entonces, esa exigencia topa con la más completa indiferencia, parece simplemente poco seria... para todos, desde el primer ministro, que escuchó, bebió, picoteó algo, respondió, dio las gracias y se marchó, hasta aquel comerciante moscovita que declaró que las palabras de Salazkin eran excelentes, pero que de ellas no saldría nada?

¿Por qué?

Porque Rusia atraviesa esa situación histórica peculiar que hace ya mucho tiempo no existía en los grandes Estados europeos (pero que, en su momento, se dio en cada uno de ellos): aquella en la que el reformismo resulta particularmente torpe, ridículo, impotente y, por ello, repulsivo. Es indudable que la realización de cualquiera de las reformas exigidas por los comerciantes —ya sea la libertad de conciencia, la libertad de asociación u otra libertad— significaría un enorme cambio para mejor. Cualquier clase de vanguardia —incluida, y en primer lugar, la clase obrera— se aferraría con ambas manos a la más mínima posibilidad reformista de llevar a cabo cualquier cambio para mejor.

Esta simple verdad no pueden entenderla en modo alguno los oportunistas que ponen por las nubes sus sapientísimas «reivindicaciones parciales»... aunque el ejemplo de los obreros, que se aferraron muy bien a la reforma «parcial» (pero real) de los seguros, debería enseñar a cualquiera.

Pero el quid de la cuestión está precisamente en que no hay nada «real» en el reformismo de los liberales respecto a las reformas políticas. En otras palabras: todos saben perfectamente —tanto los comerciantes como los octubristas y los kadetes que constituyen la mayoría en la Duma— que no existe, ni puede existir, la menor vía reformista hacia ninguna de las reformas exigidas por Salazkin. Todos lo saben, lo comprenden y lo sienten.

Por eso hay mucho más realismo histórico, más realidad y eficacia históricas en la simple indicación de que no existe una vía reformista, que en la declamatoria, inflada y pomposa palabrería sobre cualquier tipo de reformas. Quien sabe con firmeza que no hay vía reformista y comunica este conocimiento a los demás, en la práctica hace mil veces más por aprovechar tanto los seguros como cualquier «posibilidad», en aras del progreso de la democracia, que esos charlatanes de las reformas que ni siquiera creen en sus propias palabras.

Para la Rusia actual es particularmente cierta aquella verdad confirmada centenares de veces por la historia mundial, a saber: que las reformas sólo son posibles como resultado colateral de un movimiento completamente libre de toda estrechez reformista. Por eso está tan muerto el reformismo liberal. Por eso es tan vital el desprecio de la democracia y de la clase obrera hacia el reformismo.

*Sévernaya Pravda*, núm. 21, 27 de agosto de 1913. *Nash Put*, núm. 3, 28 de agosto de 1913. Firmado: V. Ilín

Se publica según el texto del periódico *Sévernaya Pravda*, cotejado con el texto del periódico *Nash Put*.