Recientemente, el órgano de los millonarios de nuestra industria, el Consejo de Congresos, «Industria y Comercio», con un hipócrita estupidez o una estúpida hipocresía, suspiraba por el hecho de que Rusia resulta ser vecina de uno de los países más atrasados, España, cuando se trata del consumo per cápita de los productos más importantes.

En lo que respecta al hierro —uno de los principales productos de la industria moderna, uno de los fundamentos, puede decirse, de la civilización—, el atraso y la barbarie de Rusia son particularmente grandes.

«El carro de ejes de hierro —reconocía el órgano de los millonarios— es todavía una rareza en la aldea rusa».

Pero si esta «rareza» de la cultura en la aldea rusa depende de la frecuencia de las relaciones de servidumbre y de la omnipotencia de los terratenientes feudales (ante los cuales se arrastran tan servilmente los «magnates» de nuestro capitalismo), sobre esto los millonarios guardan modestamente silencio.

Charlar sobre la cultura, sobre el desarrollo de las fuerzas productivas, sobre la elevación de la economía campesina, etc., somos grandes maestros y grandes aficionados. Pero en cuanto se trata de eliminar la piedra que impide la «elevación» de millones de campesinos empobrecidos, oprimidos, hambrientos, descalzos, sumidos en la barbarie, a nuestros millonarios se les pega la lengua al paladar.

He aquí los datos de la estadística agrícola húngara, que muestran de manera evidente la importancia de la opresión de los campesinos por los terratenientes en la cuestión de las dimensiones del consumo de hierro, es decir, de la solidez del fundamento de hierro de la cultura en un país determinado.

Hungría, como se sabe, es la más cercana a Rusia no sólo geográficamente, sino también por la omnipotencia de los terratenientes reaccionarios, que han conservado desde la Edad Media gigantescas cantidades de tierra.

En Alemania, por ejemplo, las explotaciones que tienen más de 100 hectáreas de tierra son 23 mil de 5,5 millones, y poseen menos de 1/4 de toda la tierra; en cambio, en Hungría esas explotaciones son 24 mil de 2,8 millones, ¡¡y poseen el 45 % de toda la tierra del país!! Cuatro mil magnates húngaros tienen cada uno más de 1.000 desiatinas, y en total poseen casi una tercera parte de la tierra. Como veis, esto ya no dista mucho de la «madrecita Rusia».

La estadística húngara (de 1895) investigó de manera especialmente detallada la cuestión del hierro en la economía campesina. Y resultó que de 2,8 millones de explotaciones, un millón y medio de explotaciones de campesinos jornaleros (o proletarios) (de hasta 5 yugadas, es decir, hasta 2,85 desiatinas), así como un millón de pequeñas explotaciones campesinas (de hasta 20 yugadas, es decir, hasta 11 desiatinas), están condenadas a contentarse con productos de madera.

En estos 2,5 millones de explotaciones (de un total de 2,8 millones) predominan de manera absoluta los arados con timón de madera, las gradas con bastidor de madera y están difundidos casi en la mitad los carros de ejes de madera.

Respecto a Rusia no hay datos completos. Por los datos disponibles sobre localidades aisladas se ve que la miseria, el primitivismo y el abandono de la inmensa mayoría de nuestras explotaciones campesinas son aún incomparablemente más fuertes que en Hungría.

No puede ser de otra manera. Para que el carro de ejes de hierro no sea una rareza, se necesita un agricultor libre, culto, audaz, capaz de vérselas con los esclavistas, un granjero capaz de romper con la rutina, que disponga de toda la tierra del Estado. Y esperar «cultura» de un campesino oprimido hasta ahora por los Márkov y Purishkévich con su propiedad territorial, es como esperar humanidad de Saltychija.

Los millonarios de nuestra industria prefieren compartir con los Purishkévich sus privilegios medievales y suspirar por la liberación de la «patria» de la incultura medieval…

«Sévernaia Pravda» núm. 16, 21 de agosto de 1913. Firmado: N. N.