Toda la política del gobierno está impregnada del espíritu del nacionalismo. Se intenta conceder todo tipo de privilegios a la nacionalidad «dominante», es decir, a la gran rusa, a pesar de que los grandes rusos son una minoría de la población de Rusia, concretamente solo el 43 %.

A todas las demás naciones que pueblan Rusia se les intenta recortar cada vez más sus derechos, aislarlas unas de otras y encender la hostilidad entre ellas.

La manifestación extrema del nacionalismo contemporáneo es el proyecto de nacionalización de la escuela judía. Este proyecto surgió del curador del distrito educativo de Odesa y fue acogido con simpatía en el ministerio de «ilustración» pública. ¿En qué consiste, pues, esta nacionalización?

En que se quiere segregar a los judíos en establecimientos educativos judíos especiales (secundarios). En cuanto a todos los demás establecimientos educativos, tanto privados como gubernamentales, se les quiere cerrar completamente las puertas a los judíos. ¡Para rematar este plan «genial» se propone limitar el número de alumnos en los gimnasios judíos con la famosa «norma porcentual»!

En todos los países europeos, medidas y leyes semejantes contra los judíos existieron solo en la sombría época de la Edad Media, de la Inquisición, de la quema de herejes y otras delicias. En Europa, los judíos obtuvieron hace tiempo la plena igualdad de derechos y se fusionan cada vez más con el pueblo en medio del cual viven.

En nuestra política en general, y en el proyecto expuesto en particular, además de la opresión y el agravio a los judíos, lo más perjudicial es el afán de encender el nacionalismo, de aislar a una de las nacionalidades del Estado respecto a otra, de intensificar su distanciamiento, de dividir sus escuelas.

Los intereses de la clase obrera —como en general los intereses de la libertad política— exigen, por el contrario, la más plena igualdad de derechos de todas las nacionalidades del Estado sin excepción, y la eliminación de toda clase de barreras entre las naciones, la unión de los niños de todas las nacionalidades en escuelas únicas, etc. Solo desechando todos los salvajes y estúpidos prejuicios nacionales, solo fusionando en una sola unión a los trabajadores de todas las naciones, puede la clase obrera convertirse en una fuerza, ofrecer resistencia al capital y conseguir una mejora seria de su vida.

Mirad a los capitalistas: ellos se esfuerzan por encender la hostilidad nacional en el «pueblo llano», mientras que ellos mismos arreglan estupendamente sus negocios: en una misma sociedad anónima hay rusos, ucranianos, polacos, judíos y alemanes. ¡Contra los obreros están unidos los capitalistas de todas las naciones y religiones, mientras que a los obreros intentan dividirlos y debilitarlos mediante la hostilidad nacional!

El perjudicialísimo proyecto de nacionalización de la escuela judía muestra, entre otras cosas, cuán erróneo es el plan de la llamada «autonomía nacional-cultural», es decir, de sustraer los asuntos escolares de manos del Estado y entregarlos a cada nación por separado. No es en absoluto a esto a lo que debemos aspirar, sino a la unión de los obreros de todas las naciones en la lucha contra todo nacionalismo, en la lucha por una escuela común verdaderamente democrática y por la libertad política en general. El ejemplo de los países avanzados del mundo entero —ya sea Suiza en Europa occidental o Finlandia en Europa oriental— nos muestra que solo las instituciones estatales consecuentemente democráticas aseguran la convivencia más pacífica y humana (y no bestial) de diferentes nacionalidades, sin la división artificial y perjudicial de la enseñanza por nacionalidades.

«Sévernaya Pravda» n.º 14, 18 de agosto de 1913. Firmado: V. I.

Se imprime según el texto del periódico «Sévernaya Pravda»