En la persona de Bebel no solo ha descendido a la tumba el dirigente más influyente entre los obreros y el más querido por las masas de la socialdemocracia alemana: Bebel encarnó, en el curso de su desarrollo y de su actividad política, todo un período histórico de la vida no solo de la socialdemocracia alemana, sino también de la internacional.

En la historia de la socialdemocracia internacional se pueden distinguir dos grandes períodos. El primer período es el del nacimiento de las ideas socialistas y los gérmenes de la lucha de clases del proletariado. Una lucha larga y tenaz de doctrinas y sectas socialistas extremadamente numerosas. El socialismo busca su camino, se busca a sí mismo. La lucha de clases del proletariado, que apenas comienza a destacarse de la masa general del «pueblo» pequeñoburgués, reviste el carácter de explosiones aisladas, como la insurrección de los tejedores de Lyon. La clase obrera, en este período, también se limita a tantear su camino.

Este período es el período de preparación y nacimiento del marxismo como la única doctrina del socialismo que ha resistido las pruebas de la historia. Abarcando aproximadamente los dos primeros tercios del siglo pasado, este período termina con la victoria completa del marxismo, el hundimiento (especialmente después de la revolución de 1848) de todas las formas de socialismo premarxistas y la separación de la clase obrera de la democracia pequeñoburguesa, su ingreso en una senda histórica independiente.

El segundo período es el período de formación, crecimiento y maduración de partidos socialistas de masas, de composición clasista, proletaria. La enorme difusión del socialismo en amplitud, el crecimiento inaudito de toda clase de organizaciones del proletariado, su preparación multilateral en los más diversos terrenos para el cumplimiento de su gran objetivo histórico-universal: he aquí lo que caracteriza este período. En los últimos años llama ya a sus puertas, para sustituirlo, un tercer período, en el que las fuerzas preparadas realizarán sus objetivos en una serie de crisis.

August Bebel, obrero él mismo, se forjó a costa de una lucha tenaz una concepción socialista del mundo, entregó por entero, sin reservas, todas sus ricas fuerzas al servicio de los objetivos del socialismo, marchó durante decenios de la mano del creciente y desarrollado proletariado alemán y se convirtió en el parlamentario más talentoso de Europa, en el organizador y táctico de mayor genio, en el dirigente más influyente de la socialdemocracia internacional, hostil al reformismo y al oportunismo.

Bebel nació el 22 de febrero de 1840, en Colonia, sobre el Rin, en una familia pobre de un suboficial prusiano. Con la leche materna absorbió no pocos prejuicios salvajes, de los que después fue liberándose lenta pero firmemente. La población renana, en 1848-1849, en la época de la revolución burguesa en Alemania, era de ánimo republicano. En la escuela popular solo dos muchachitos –uno de ellos era Bebel– se declararon por la monarquía y fueron apaleados por sus compañeros por tal motivo. «Por uno apaleado dan dos sin apalear»: así se puede expresar, en traducción libre al ruso, la «moraleja» que el propio Bebel deduce al relatar en sus memorias este episodio de su infancia.

Los años sesenta del siglo pasado trajeron a Alemania la «primavera» liberal, tras largos y duros años de contrarrevolución, y un nuevo despertar del movimiento obrero de masas. Lassalle iniciaba su brillante, aunque efímera, agitación. Bebel, entonces joven oficial tornero, lee con avidez los periódicos liberales editados por los viejos militantes del 48 y se convierte en ferviente participante de las sociedades obreras de instrucción. Liberándose de los prejuicios prusianos de cuartel, Bebel se adhiere a las concepciones liberales y lucha contra el socialismo.

Pero la vida se impone, y el joven obrero, leyendo los folletos de Lassalle, va llegando gradualmente también a Marx, por muy difícil que fuera entonces en Alemania, debido a más de un decenio de opresión contrarrevolucionaria, el conocimiento de las obras de Marx. Las condiciones de la vida obrera, el estudio serio y concienzudo de las ciencias sociales empujan a Bebel hacia el socialismo. Habría llegado por sí mismo al socialismo, pero Liebknecht, que era 14 años mayor y regresó por entonces de la emigración londinense, le ayudó a acelerar este desarrollo.

Las malas lenguas entre los adversarios de Marx decían entonces que el partido de Marx se componía de tres personas: el jefe del partido – Marx, su secretario – Engels y su «agente» – Liebknecht. Pero si personas poco inteligentes rehuían a Liebknecht como «agente» de los emigrados o de los extranjeros, Bebel supo encontrar en Liebknecht lo que necesitaba: un vínculo vivo con la gran actuación de Marx en 1848, con el partido, entonces fundado, pequeño pero verdaderamente proletario, un representante vivo de las concepciones marxistas y de la tradición marxista. – «¡De este hombre, diablos, hay algo que aprender!» – así se refería, según dicen, el joven tornero Bebel a Liebknecht.

En la segunda mitad de los años 60, Bebel rompe sus vínculos con los liberales, separa la parte socialista de las uniones obreras de la democrático-burguesa y se sitúa, junto con Liebknecht, en las primeras filas del partido de Eisenach, el partido de los marxistas, que durante largos años luchó contra el otro partido obrero, el lassalleano.

La causa histórica de la escisión del socialismo alemán se reducía, en pocas palabras, a lo siguiente. Estaba a la orden del día la cuestión de la unificación de Alemania. Esta podía realizarse, dada la correlación de clases de entonces, de dos maneras: o bien por vía de la revolución, dirigida por el proletariado y que creara una república panalemana, o bien mediante las guerras dinásticas de Prusia, que consolidaran la hegemonía de los terratenientes prusianos en una Alemania unificada.

Lassalle y los lassalleanos, viendo las escasas posibilidades de la vía proletaria y democrática, seguían una táctica vacilante, adaptándose a la hegemonía del junker Bismarck. Sus errores se reducían a un viraje del partido obrero hacia una vía bonapartista-estatal-socialista. Por el contrario, Bebel y Liebknecht defendían consecuentemente la vía democrática y proletaria, luchando contra las más mínimas concesiones al prusianismo, al bismarckismo, al nacionalismo.

Y la historia dio la razón a Bebel y a Liebknecht, a pesar de que Alemania se unificó a la manera de Bismarck. Solo la táctica consecuentemente democrática y revolucionaria de Bebel y Liebknecht, solo su «intransigencia» frente al nacionalismo, solo su irreconciliabilidad respecto a la unificación de Alemania y su renovación «desde arriba» ayudaron a sentar un sólido fundamento para un partido obrero verdaderamente socialdemócrata. Y se trataba entonces precisamente del fundamento del partido.

Si los coqueteos de los lassalleanos con el bismarckismo o sus «adaptaciones» a él no causaron daño al movimiento obrero alemán, fue solo gracias a la enérgica, despiadada y tajante réplica que Bebel y Liebknecht dieron a tales veleidades.

Y cuando la cuestión quedó históricamente resuelta, cinco años después de la fundación del Imperio Alemán, Bebel y Liebknecht supieron unificar los dos partidos obreros y asegurar la hegemonía del marxismo en el partido único.

Bebel fue elegido al parlamento alemán desde su misma fundación, siendo un hombre muy joven, de 27 años. Y las bases de la táctica parlamentaria de la socialdemocracia alemana (e internacional) –que no cede ni un ápice a los enemigos, no deja escapar la más mínima posibilidad de conseguir aunque sea una pequeña mejora para los obreros y, al mismo tiempo, es consecuente en sus principios y está siempre orientada a la realización del objetivo final–, estas bases de la táctica fueron elaboradas por Bebel o con su participación y dirección directas.

La Alemania unificada a la manera de Bismarck, renovada a la prusiana y a la junker, respondió a los éxitos del partido obrero con la ley de excepción contra los socialistas. Las condiciones legales del partido de la clase obrera fueron destruidas, fue declarado fuera de la ley. Llegaron tiempos difíciles. A las persecuciones de los enemigos se sumó una crisis interna: vacilaciones en las cuestiones fundamentales de la táctica. Primero alzaron la cabeza los oportunistas, que se dejaron amedrentar por la destrucción de la legalidad y entonaron la canción del desaliento, de la renuncia a las consignas íntegras, de la autoacusación de que habíamos ido demasiado lejos, etc. Uno de los representantes de esta corriente oportunista, Höchberg, prestaba, entre otras cosas, ayuda financiera al partido, que era aún débil y no podía tenerse inmediatamente en pie por sí mismo.

Marx y Engels, desde Londres, se lanzaron furiosamente contra las vergonzosas vacilaciones oportunistas. Bebel se mostró como un auténtico dirigente del partido. Vio a tiempo el peligro, comprendió la justeza de la crítica de Marx y Engels, supo encauzar al partido por la senda de la lucha irreconciliable. Se fundó el periódico ilegal «Sozialdemokrat», que se publicaba primero en Zúrich, luego en Londres, se entregaba semanalmente en Alemania y llegó a tener hasta 10.000 suscriptores{110}. Se puso fin decisivo a las vacilaciones oportunistas.

Otra vacilación fue entonces el entusiasmo por Dühring a finales de los años 70 del siglo pasado. Durante un corto tiempo, también Bebel compartió ese entusiasmo. Los partidarios de Dühring, cuyo más destacado representante era Most, jugando al «izquierdismo», rodaban rápidamente hacia el anarquismo. La aguda y demoledora crítica de las teorías de Dühring hecha por Engels fue acogida con desaprobación en muchos círculos del partido, y en un congreso del partido se llegó incluso a proponer que se retirara esa crítica de las páginas del órgano central.

Pero todos los elementos vitales del socialismo –y a la cabeza de ellos, por supuesto, Bebel– comprendieron rápidamente toda la podredumbre de las «nuevas» teorías, rompieron con ellas y con toda clase de veleidades anarquistas. El partido, bajo la dirección de Bebel y Liebknecht, aprendió a combinar el trabajo ilegal y el legal. Cuando la fracción parlamentaria legal socialdemócrata adoptó, en su mayoría, una posición oportunista en la famosa cuestión de votar los subsidios a la compañía de vapores, el ilegal «Sozialdemokrat» se pronunció contra la fracción y, tras cuatro semanas de lucha, obtuvo la victoria.

En 1890 cayó la ley de excepción contra los socialistas, que había subsistido 12 años. La crisis del partido, de carácter aproximadamente igual a la de mediados de los años 70, se repitió de nuevo. Por un lado, los oportunistas, con Vollmar a la cabeza, estaban dispuestos a aprovechar la legalidad para renunciar a las consignas íntegras y a la táctica irreconciliable. Por otro lado, los llamados «jóvenes» jugaban al «izquierdismo» y rodaban hacia el anarquismo. Si esta crisis del partido resultó muy corta y poco seria, una gran parte del mérito corresponde precisamente a Bebel y a Liebknecht, que dieron la réplica más firme a ambas vacilaciones.

Para el partido comenzó un período de rápido crecimiento en amplitud y en profundidad, de desarrollo no solo de la organización política, sino también de la sindical, cooperativa, instructiva y demás, de las fuerzas del proletariado. El gigantesco trabajo práctico realizado en todas estas esferas por Bebel como parlamentario, agitador, organizador, no es susceptible de ser medido. Precisamente con este trabajo se conquistó Bebel la posición de dirigente indiscutible y universalmente reconocido del partido, el más cercano a las masas obreras, el más querido por ellas.

La última crisis en el partido alemán en la que Bebel tuvo que tomar una parte muy activa fue la llamada «bernsteiniada». Bernstein, antiguo marxista ortodoxo, llegó, a finales del siglo pasado, a concepciones puramente oportunistas, reformistas. Se intentaba hacer del partido de la clase obrera un partido pequeñoburgués de reformas sociales. Entre los funcionarios del movimiento obrero, entre la intelectualidad, la nueva epidemia oportunista encontró muchos partidarios.

Bebel expresó el estado de ánimo de las masas obreras y su firme convicción de la necesidad de luchar por las consignas íntegras al alzarse con toda energía contra esta epidemia. Sus discursos contra los oportunistas en los congresos del partido de Hannover y Dresde quedarán por largo tiempo como modelo de defensa de las concepciones marxistas y de lucha por el carácter verdaderamente socialista del partido obrero{111}. El período de preparación y reagrupamiento de fuerzas de la clase obrera constituye, en todos los países, una etapa necesaria en el desarrollo de la lucha liberadora mundial del proletariado. Nadie encarnó con tanto relieve las particularidades y las tareas de este período como August Bebel. Obrero él mismo, supo abrirse camino hacia firmes convicciones socialistas, supo convertirse en modelo de dirigente obrero, representante y partícipe de la lucha de masas de los esclavos asalariados del capital por un régimen mejor de la sociedad humana.

«Sévernaya Pravda» nº 6, 8 de agosto de 1913. Firmado: V. I.

Se imprime según el texto del periódico «Sévernaya Pravda»