Hace unos días, el periódico oficioso «Rossia» publicó los resultados de un examen realizado en el verano de 1912 por el ministerio del Interior acerca de la movilización de las tierras de asignación, es decir, de su compraventa, de su traspaso de unas manos a otras.

El ministerio del Interior escogió para el examen cuatro gubernias: Vítebsk, Perm, Stávropol y Samara (distrito de Nikoláievsk). Es significativo que no se incluyeran en el examen las gubernias del «centro» agrícola de la Rusia europea poblado por grandes rusos, las gubernias donde más huellas quedan del derecho de servidumbre, donde la situación del campesinado es más penosa, donde más fuerte es la opresión de los terratenientes feudales. ¡Está claro que el ministerio no quería tanto examinar como engañar, no tanto estudiar el asunto como tergiversarlo.

Las estadísticas recopiladas por el ministerio del Interior y expuestas por «Rossia» se distinguen por una asombrosa negligencia, heterogeneidad y primitivismo: tenemos ante nosotros la habitual «labor oficial» de los funcionarios rusos, que no pueden sino estropear cualquier asunto por sencillo que sea. ¡Examinaron para toda Rusia una centena de miles de hogares y no supieron ni elaborar un programa detallado, ni contratar a estadísticos competentes, ni siquiera aplicar uniformemente en todas partes un mismo programa, aunque fuese incompleto!

Los resultados generales del examen son los siguientes. En las cuatro gubernias mencionadas, hasta el 1 de enero de 1912 habían abandonado la comuna y afianzado la tierra para sí 108.095 hogares. Del número total de «afianzadores», que en la actualidad probablemente asciende a dos millones de hogares en Rusia (de un total de 12 a 13 millones de hogares), se ha examinado, por tanto, apenas una veinteava parte. Por supuesto, incluso un examen así es valioso, siempre que sea concienzudo, es decir, siempre que no lo realicen funcionarios rusos, bajo la situación política rusa.

De los más de cien mil hogares de «afianzadores», vendieron la tierra 27.588 hogares, es decir, más de la cuarta parte (25,5%). Esta enorme proporción de afianzadores que venden la tierra muestra de inmediato que en nuestra Rusia la tan cacareada «propiedad privada» de la tierra es, ante todo, un instrumento para desprender a los campesinos de la tierra. En efecto, más de diez mil hogares (10.380) de entre los afianzadores que vendieron la tierra no se dedicaban en absoluto a la agricultura. La vieja comuna semimedieval los mantenía artificialmente ligados a la tierra. La reivindicación de los socialdemócratas — conceder la libre salida de la comuna — era la única correcta: sólo ella podía, sin injerencia de la policía, de los jefes de los zemstvos y de otras amables «autoridades», garantizar a los campesinos lo que exige imperiosamente la vida social capitalista. No se puede mantener en la tierra, y es absurdo mantener, a quien no tiene fuerzas para explotarla.

Si el número de afianzadores en toda Rusia alcanza los 2 millones de hogares, los datos aducidos permiten suponer que alrededor de 200 mil de estos hogares, al no dedicarse a la agricultura, vendieron la tierra de inmediato. ¡La «propiedad privada» arrojó de golpe a centenares de miles de agricultores ficticios del campo! Sobre a qué precio (probablemente irrisorio) vendieron la tierra estos pobres, las estadísticas del ministerio del Interior no dicen ni media palabra. ¡Vaya estadística de pacotilla!

¿Qué causas impulsaban a los afianzadores-campesinos a vender la tierra? De 17.260 de estos afianzadores, solo 1.791, es decir, una minoría insignificante, vendieron la tierra para mejorar su explotación o para comprar nuevas parcelas. Toda la masa restante vende la tierra porque no puede mantenerse en ella: 4.117 hogares venden al emigrar a Siberia; 768 venden por cambiar de ocupación; 5.614 venden por necesidad, «embriaguez» (¡en opinión de los estadísticos oficiales!) y malas cosechas; 2.498 venden por enfermedad, vejez, soledad; 2.472 por «otras» causas.

¡Los estadísticos deshonestos intentan presentar sólo a los 5.614 hogares como «verdaderamente desposeídos»! Por supuesto, es el recurso lamentable de personas a las que han ordenado gritar hurra. En realidad, como vemos, la enorme mayoría de los que venden la tierra se desposeen y se arruinan. No en vano venden la tierra en su mayor parte los que tienen poca: esto lo reconocen incluso las estadísticas oficiales, aunque rehúyen, naturalmente, los datos precisos y completos. Vaya estadística de pacotilla…

De los 27.588 afianzadores que vendieron tierra, más de la mitad (14.182) vendieron toda la tierra, los demás una parte. Los compradores de tierra fueron 19.472. La comparación del número de compradores con el de vendedores muestra claramente que se está produciendo una concentración de la tierra, su acumulación en un menor número de manos. Los pobres venden, los ricos compran. Los esfuerzos de las plumas oficiales por atenuar este hecho son impotentes.

En la gubernia de Stávropol vendieron tierra 14.282 afianzadores, y compraron tierra 7.489 personas. De ellas, 3.290 compraron más de 15 desiátinas — de las cuales 580 compraron de 50 a 100 des., 85 de 100 a 500 des., 7 de 500 a 1.000 des. En el distrito de Nikoláievsk de la gubernia de Samara: 142 compradores de 50 a 100 des., 102 de 100 a 500 des., 2 de 500 a 1.000 des.

Compraron tierra en dos o más transacciones 201 personas en la gubernia de Perm, 2.957 en la de Stávropol, de las cuales 562 en 5 a 9 transacciones, ¡y 168 incluso en 10 o más transacciones!

La concentración de la tierra se está produciendo en proporciones enormes. Hemos visto con claridad cuán lamentables, insensatas y reaccionarias son todas las tentativas de restringir la movilización de la tierra, tentativas aplicadas por la III Duma y el gobierno, y defendidas por los funcionarios «liberales» encarnados en el partido de los kadetes. En nada se revela tanto el carácter retrógrado y la obtusidad burocrática de los kadetes como en la defensa de «medidas» contra la movilización de la tierra de los campesinos.

Sin extrema necesidad, el campesino no vende la tierra. Intentar restringir sus derechos significa ser un hipócrita vil y empeorar para el campesino las condiciones de venta de la tierra, porque la vida siempre elude con mil ardides semejantes restricciones.

Los populistas, al no comprender la inevitabilidad de la movilización de la tierra bajo el capitalismo, se sitúan en un punto de vista mucho más democrático al exigir la abolición de la propiedad privada de la tierra. Sólo los ignorantes pueden considerar tal abolición como una medida socialista. No tiene absolutamente nada de socialismo. En Inglaterra, uno de los países capitalistas más desarrollados, los farmers (arrendatarios capitalistas) explotan tierras ajenas que pertenecen a los landlords (grandes terratenientes). Si esas tierras pertenecieran al Estado, el capitalismo en la agricultura se desarrollaría aún con mayor amplitud y más libremente. No habría trabas por parte del terrateniente. No haría falta sustraer de la producción el capital invertido en la compra de tierra. La movilización de la tierra, su incorporación al giro comercial, sería aún más fácil, pues el traspaso de la tierra de unas manos a otras se produciría de un modo más libre, más sencillo y más barato.

Cuanto más pobre es un país, cuanto más lo oprime y ahoga el yugo de la gran propiedad feudal de la tierra, tanto más imperiosa es la necesidad (desde el punto de vista del desarrollo del capitalismo y del crecimiento de las fuerzas productivas) de abolir la propiedad privada de la tierra, de dar plena libertad a su movilización y de destruir el viejo espíritu de rutina y estancamiento en la agricultura.

Pero entre nosotros la legislación agraria de Stolypin no sólo no libra a los campesinos de la ruina ni a su tierra de la movilización, sino que agudiza cien veces más esa ruina, hace aún más penosa (en una medida muy por encima de la «general» capitalista) la situación de los campesinos, los obliga, al vender la tierra, a aceptar condiciones peores.

«Pravda Obrera» núm. 12, 26 de julio de 1913. Firmado: V. I.

Se publica según el texto del periódico «Pravda Obrera».