En los Estados occidentales está extendido no poco número de prejuicios podridos de los que está libre la santa madrecita Rusia. Allí suponen, por ejemplo, que las enormes bibliotecas públicas, con centenares de miles y millones de volúmenes, no deben constituir en modo alguno patrimonio tan solo de un puñado de sabios o de pseudosabios que las utilizan. Allí se proponen un objetivo extraño, incomprensible, descabellado: hacer esas enormes, inabarcables bibliotecas accesibles no a la cofradía de los sabios, los profesores y otros especialistas por el estilo, sino a la masa, a la multitud, a la calle.

¡Qué profanación de la labor bibliotecaria! ¡Qué falta de “orden”, del que con razón podemos enorgullecernos nosotros! En lugar de reglamentos discutidos y elaborados por una decena de comisiones de funcionarios que inventan centenares de formalismos y restricciones para el uso de los libros, dirigir la atención a que incluso los niños puedan disfrutar de las ricas colecciones de libros; preocuparse de que los lectores puedan leer en su propia casa los libros públicos; considerar el orgullo y la gloria de la biblioteca pública no en cuántas rarezas hay en ella, en cuántas ediciones del siglo XVI o manuscritos del siglo X, sino en cuán ampliamente circulan los libros entre el pueblo, en cuántos nuevos lectores se han atraído, en la rapidez con que se satisface cualquier solicitud de un libro, en cuántos libros se han prestado a domicilio, en cuántos niños se han incorporado a la lectura y al uso de la biblioteca… Extraños prejuicios están extendidos en los Estados occidentales, y no puede uno menos de alegrarse de que nuestras solícitas autoridades nos protejan cuidadosa y esmeradamente de la influencia de esos prejuicios, ¡protejan nuestras ricas bibliotecas públicas de la calle, de la plebe!

Tengo ante mí la memoria de la Biblioteca Pública de Nueva York correspondiente a 1911.

En ese año la Biblioteca Pública de Nueva York se trasladó de dos viejos edificios a uno nuevo, construido por la ciudad. El número total de volúmenes alcanza ahora aproximadamente los dos millones. Ocurrió que el primer libro que se solicitó de la sala de lectura para los visitantes fue en lengua rusa. Se trataba de la obra de N. Grot: “Los ideales morales de nuestro tiempo”. La papeleta de solicitud del libro se presentó a las 9 horas y 8 minutos de la mañana. El libro se entregó al lector a las 9 horas y 15 minutos.

En el año la biblioteca recibió 1.658.376 visitantes. En la sala de lectura hubo 246.950 lectores, que tomaron para lectura 911.891 volúmenes.

Pero esto no es aún más que una pequeña parte del movimiento de libros de la biblioteca. Visitar la biblioteca pueden solo unos pocos. La organización racional de la obra educativa se mide por cuántos libros se prestan a domicilio a los lectores, por las facilidades que se ofrecen a la mayoría de la población.

La Biblioteca Pública de Nueva York cuenta en los tres distritos de Nueva York –Manhattan, Bronx y Richmond (con una población total de casi tres millones de personas)– con cuarenta y dos sucursales, y próximamente tendrá 43. De modo sistemático se persigue con ello el objetivo de que cada habitante, a no más de tres cuartos de versta de su casa –es decir, a no más de diez minutos de camino– disponga de una sucursal de la biblioteca pública que sea centro de todo tipo de instituciones y actividades de educación popular.

En 1911 se prestaron a domicilio casi ocho millones de volúmenes –7.914.882–, cuatrocientos mil más que en 1910. Por cada cien habitantes, de todas las edades y de ambos sexos, corresponden 267 libros prestados en el año para leer en casa.

Cada una de las 42 sucursales de la biblioteca no solo ofrece la posibilidad de leer in situ libros de consulta y obtener libros a domicilio, sino que sirve también de local para conferencias nocturnas, para reuniones populares, para entretenimientos razonables.

En la Biblioteca Pública de Nueva York hay unos 15.000 libros en lenguas orientales, unos 20.000 en hebreo y unos 16.000 en lenguas eslavas. En la sala de lectura principal, en estanterías abiertas, hay para el uso libre y general unos 20.000 volúmenes.

Para los niños, la Biblioteca Pública de Nueva York ha organizado una sala de lectura especial –central–, y progresivamente se van abriendo otras similares también en las sucursales. Los bibliotecarios se preocupan de toda clase de comodidades para los niños y les proporcionan información. En total, los niños tomaron en préstamo a domicilio 2.859.888 volúmenes, poco menos de tres millones (más de un tercio del total). El número de niños que fueron visitantes de la sala de lectura alcanzó 1.120.915.

En cuanto a la pérdida de libros, la Biblioteca Pública de Nueva York cifra el número de libros extraviados en 70–80–90 por cada 100.000 prestados a domicilio.

Este es el orden de cosas que existe en Nueva York. ¿Y entre nosotros?

«Rabóchaya Pravda» núm. 5, 18 de julio de 1913. Firmado: W.

Se imprime según el texto del periódico «Rabóchaya Pravda».