Uno de los más destacados y ricos comerciantes de América, un tal Edward Albert Filene, vicepresidente del congreso internacional de las cámaras de comercio, está realizando ahora un recorrido por París, Berlín y otros grandes centros de Europa para relacionarse personalmente con los representantes más influyentes del mundo comercial.

En los banquetes que, como es costumbre, ofrecen los hombres más ricos de Europa a uno de los ricos de América, este último desarrolla sus «nuevas» ideas sobre la potencia mundial del comerciante. El órgano del capital bursátil de Alemania, el «Frankfurter Zeitung»{109}, relata detalladamente los pensamientos del «progresista» millonario americano.

—Estamos viviendo —peroraba— un gran movimiento histórico que terminará con el traspaso de todo el poder sobre el mundo moderno a los representantes del capital comercial. Somos las personas más responsables del mundo, por lo tanto debemos ser las más influyentes también en política.

—Crece la democracia, crece la fuerza de las masas —razonaba el señor Filene (quizás un poco inclinado a considerar a estas «masas» como simplonas). Crece la carestía de la vida. El parlamentarismo y la prensa diaria, difundida en millones de ejemplares, informan cada vez con más detalle a las masas populares.

Las masas pugnan por participar en la vida política, por la ampliación del derecho electoral, por la introducción del impuesto sobre la renta, etc. A manos de las masas, es decir, a manos de nuestros empleados —concluía el honorable orador— debe pasar el poder sobre todo el mundo.

Los dirigentes naturales de las masas deben ser los empresarios y los comerciantes, que aprenden cada vez mejor a comprender la comunidad de sus intereses y los de las masas. (Observemos entre paréntesis que el hábil señor Filene, propietario de una gigantesca casa comercial con 2.500 empleados, ha «organizado» a sus empleados en una organización «democrática» con participación en los beneficios, etc. Considerando a sus empleados como rematados simplones, el señor Filene está seguro de que ellos se sienten plenamente satisfechos y están infinitamente agradecidos al «padre benefactor»...)

—El aumento del salario, la mejora de las condiciones de trabajo —decía el señor Filene— es lo que vinculará a nosotros a los empleados, lo que nos asegurará el poder sobre todo el mundo. A nuestro servicio vendrá todo lo que haya de talentoso en el mundo.

—Necesitamos organización y, además, organización —exclamaba el americano—, una organización fuerte, democrática, tanto nacional como internacional. Y llamaba al mundo comercial de París, Berlín, etc., a reorganizar las cámaras de comercio internacionales. Éstas deben unir a los comerciantes y empresarios de todos los países civilizados en una organización única y poderosa. Todas las cuestiones internacionales serias deben ser discutidas y resueltas por ella.

Tales son las ideas del «progresista» capitalista, el señor Filene.

El lector verá que estas ideas son una pequeña, estrecha, unilateral y mezquino-egoísta aproximación a las ideas del marxismo, expuestas hace más de 60 años. «Nosotros» somos tan maestros en despedazar y refutar a Marx; «nosotros», comerciantes civilizados y profesores de economía política, ¡lo hemos refutado por completo!... Y al mismo tiempo lo despojamos en pequeñeces y nos jactamos ante todo el mundo de nuestro «progresismo»...

¡Honorable señor Filene! ¿Está usted completamente seguro de que los obreros de todo el mundo son ya completamente unos simplones?

«Pravda Obrera» nº 4, 17 de julio de 1913. Firmado: W.

Publicado según el texto del periódico «Pravda Obrera».