En el Congreso Pirogov de médicos{85}, la cuestión del aborto, es decir, de la provocación de abortos artificiales, suscitó gran interés y numerosos debates. El ponente, Lichkus, aportó datos sobre la enorme difusión del aborto provocado en los hoy llamados Estados cultos.

En Nueva York, en un solo año, se practicaron 80.000 abortos artificiales; en Francia, se producen hasta 36.000 mensuales. En Petersburgo, el porcentaje de abortos artificiales se ha más que duplicado en cinco años.

El Congreso Pirogov de médicos adoptó la decisión de que la persecución penal de la madre por aborto artificial no debe tener lugar nunca, y que los médicos deben ser perseguidos por ello solo en caso de «fines lucrativos».

En los debates, la mayoría, al pronunciarse por la no punibilidad del aborto, tocó naturalmente también la cuestión del llamado neomalthusianismo{86} (medidas artificiales que impiden la concepción), abordándose asimismo el aspecto social del asunto. Por ejemplo, según la reseña de «Rússkoie Slovo», el señor Vigdorchik declaraba que «las medidas que impiden la concepción merecen ser bienvenidas», y el señor Astraján exclamaba, arrancando estruendosos aplausos:

«¡Debemos convencer a las madres de que den a luz hijos para que los mutilen en las instituciones educativas, para que les organicen sorteos, para que los lleven hasta el suicidio!».

Si es cierta la información de que esta declamación del señor Astraján provocó estruendosos aplausos, el hecho no me sorprende. El auditorio era burgués, medio y pequeño, con psicología pequeñoburguesa. ¿Qué otra cosa cabía esperar de ellos sino el liberalismo más trivial?

Pero desde el punto de vista de la clase obrera, difícilmente podría encontrarse una expresión más gráfica de todo el espíritu reaccionario y toda la miseria del «neomalthusianismo social» que la frase citada del señor Astraján.

«…Dar a luz hijos para que los mutilen…» ¿Solo para eso? ¿Por qué no para que luchen, mejor, más unida, más consciente y más decididamente que nosotros, contra las condiciones de vida actuales, que mutilan y destruyen a nuestra generación?

He aquí precisamente la diferencia radical entre la psicología del campesino, del artesano, del intelectual, en una palabra, del pequeño burgués en general, y la psicología del proletario. El pequeño burgués ve y siente que perece, que la vida se torna cada vez más difícil, la lucha por la existencia cada vez más despiadada, la situación suya y de su familia, cada vez más desesperada. Es un hecho indiscutible. Y el pequeño burgués protesta contra ello.

Pero ¿cómo protesta?

Protesta como representante de una clase que perece sin esperanza, que ha perdido la fe en su porvenir, oprimida y medrosa. No hay nada que hacer; ojalá hubiera menos hijos que sufran nuestro tormento y nuestra condena, nuestra miseria y nuestras humillaciones: tal es el grito del pequeño burgués.

El obrero consciente está infinitamente lejos de este punto de vista. No permitirá que su conciencia se nuble con semejantes lamentos, por sinceros y sentidos que sean. Por lo demás, nosotros, los obreros, y la masa de los pequeños propietarios, llevamos una vida llena de una opresión y sufrimientos insoportables. Nuestra generación lo tiene más difícil que nuestros padres. Pero en un aspecto somos mucho más felices que nuestros padres. Hemos aprendido, y seguimos aprendiendo rápidamente, a luchar, y a luchar no en solitario, como lucharon los mejores de nuestros padres, no en nombre de consignas internamente ajenas a nosotros, las consignas de los charlatanes burgueses, sino en nombre de nuestras propias consignas, las consignas de nuestra clase. Luchamos mejor que nuestros padres. Nuestros hijos lucharán aún mejor, y vencerán.

La clase obrera no perece, sino que crece, se fortalece, madura, se cohesiona, se instruye y se templa en la lucha. Somos pesimistas respecto a la servidumbre, al capitalismo y a la pequeña producción, pero somos fervientes optimistas respecto al movimiento obrero y sus objetivos. Ya estamos colocando los cimientos del nuevo edificio, y nuestros hijos lo terminarán.

He aquí por qué —y solo por ello— somos enemigos incondicionales del neomalthusianismo, esa corriente propia de la parejita pequeñoburguesa, anquilosada y egoísta, que murmura asustada: «Con tal de aguantar nosotros de alguna manera, que Dios nos ayude, mejor que no haya hijos».

Por supuesto, esto no nos impide en absoluto exigir la derogación incondicional de todas las leyes que persiguen el aborto o la difusión de obras médicas sobre los métodos anticonceptivos, etc. Tales leyes no son más que hipocresía de las clases dominantes. Estas leyes no curan las llagas del capitalismo, sino que las convierten en particularmente malignas, particularmente duras para la masa oprimida. Una cosa es la libertad de la propaganda médica y la salvaguardia de elementales derechos democráticos del ciudadano y la ciudadana. Otra cosa es la doctrina social del neomalthusianismo. Los obreros conscientes siempre librarán la lucha más despiadada contra los intentos de imponer esta doctrina reaccionaria y medrosa a la clase más avanzada, más fuerte y mejor preparada para las grandes transformaciones de la sociedad actual.

Escrito el 6 (19) de junio de 1913.

Publicado el 16 de junio de 1913 en el periódico «Pravda», núm. 137. Firmado: V. I.

Se publica según el texto del periódico.