Ha pasado un año desde los sucesos del Lena y del primer y decisivo ascenso del movimiento obrero revolucionario después del golpe de Estado del 3 de junio. La centuria negra zarista y los terratenientes, la horda de burócratas y la burguesía celebraron el 300 aniversario del saqueo, de las incursiones tártaras y del deshonor de Rusia por los Romanov. Se reunió y comenzó su "labor", sin creer ella misma en ella y habiendo perdido su antigua energía contrarrevolucionaria, la IV Duma. El desconcierto y el aburrimiento se apoderaron de la sociedad liberal, que rumia lánguidamente llamamientos a las reformas – y al mismo tiempo reconoce la imposibilidad incluso de una apariencia de reformas.

Y he aquí que la concentración obrera del primero de mayo de la clase obrera de Rusia – que primero dio un ensayo en Riga, y luego, el primero de mayo según el viejo estilo en Petersburgo, una acción decisiva – esta concentración obrera, como un relámpago en una atmósfera lúgubre, opaca y melancólica, rasgó el aire. Ante los cientos de viejos revolucionarios, a quienes aún no han rematado ni quebrantado las persecuciones de los verdugos y la renegación de los amigos – ante los millones de la nueva generación de demócratas y socialistas, surgieron de nuevo, en toda su grandeza, las tareas de la próxima revolución y se perfilaron las fuerzas de la clase avanzada que la dirige.

Ya varias semanas antes del primero de mayo, el gobierno parecía haber perdido la cabeza, y los señores fabricantes se comportaban como personas totalmente descerebradas. Las detenciones y los registros parecían haber puesto patas arriba todos los barrios obreros de la capital. La provincia no se quedaba atrás del centro. Los fabricantes se agitaban, convocando reuniones, lanzando consignas contradictorias, ora amenazando con represalias y lock-outs, ora cediendo de antemano y aceptando cerrar las fábricas, ora azuzando al gobierno para que cometiera atrocidades, ora reprochando al gobierno y llamándolo a incluir el primero de mayo en el número de días "feriados".

Pero, por mucho que se esforzó la gendarmería, por mucho que "limpió" los suburbios fabriles, por mucho que detuvo a diestro y siniestro según las últimas de sus "listas de sospechosos", nada sirvió. Los obreros se reían de la ira impotente de la banda zarista y de la clase de los capitalistas, ironizaban sobre las amenazantes y ridículas "proclamas" del gobernador de la ciudad, escribían y hacían circular de mano en mano – o transmitían de boca en boca – versos satíricos y conseguían, como salidos de debajo de la tierra, nuevos y nuevos puñados de pequeñas "hojitas" mal editadas, cortas y simples, pero comprensibles, con llamamientos a la huelga y a la manifestación, con el recordatorio de las viejas consignas revolucionarias, no recortadas, de la socialdemocracia, que dirigió en el año cinco el primer embate de las masas contra la autocracia y contra la monarquía.

Cien mil huelguistas el primero de mayo – decía al día siguiente la prensa gubernamental. Ciento veinticinco mil – informaban los periódicos burgueses, según las primeras informaciones telegráficas ("Kíevskaya Mysl"). Ciento cincuenta mil – telegrafiaba desde Petersburgo el corresponsal del órgano central de la socialdemocracia alemana. Y al día siguiente, toda la prensa burguesa daba ya la cifra de 200-220 mil. ¡El número de huelguistas llegó de hecho a 250 mil!

Pero, aparte del número de huelguistas del primero de mayo, aún mucho más impresionantes – y mucho más significativas – fueron las manifestaciones callejeras revolucionarias de los obreros. Con cánticos revolucionarios, con fuertes llamamientos a la revolución en todos los suburbios de la capital y en todos los rincones de la ciudad, con banderas rojas, las multitudes obreras lucharon durante varias horas contra las fuerzas de policía y de la guardia, movilizadas con energía diez veces mayor por el gobierno. Y los obreros supieron hacer sentir a los más celosos de los opríchniks zaristas que la lucha iba en serio, que ante la policía no había un puñado de personajillos de juguete, eslavófilos, sino que se habían levantado verdaderamente las masas de la clase trabajadora de la capital.

La manifestación abierta de las aspiraciones revolucionarias del proletariado – de sus fuerzas revolucionarias, templadas y reforzadas por las nuevas generaciones – de los llamamientos revolucionarios al pueblo y a los pueblos de Rusia, resultó verdaderamente brillante. Si el año pasado el gobierno y los fabricantes podían consolarse con que no se podía prever la explosión del Lena, con que no se podía preparar de inmediato para la lucha contra sus consecuencias, ahora la previsión por parte de la monarquía fue la más precisa, el tiempo para la preparación fue el más largo, las "medidas" tomadas fueron las más "enérgicas" – y como resultado, la revelación total de la impotencia de la monarquía zarista ante el despertar revolucionario de las masas proletarias.

Sí, el año de lucha huelguística después del Lena, este año mostró – en contra de los lastimeros lamentos de los liberales y de sus comparsas contra el "furor huelguístico", contra las huelgas "sindicalistas", contra la combinación de la huelga económica con la política y viceversa – este año mostró qué arma grandiosa e insustituible forjó el proletariado socialdemócrata en la época revolucionaria para la agitación en las masas, para su despertar, para atraerlas a la lucha. La huelga revolucionaria de masas no daba al enemigo ni descanso ni tregua. Golpeaba al enemigo en el bolsillo, pisoteaba ante el mundo entero el prestigio político del supuestamente "fuerte" gobierno zarista. Daba a nuevas y nuevas capas de obreros la posibilidad de recuperar al menos una parte de las conquistas del año cinco y atraía a la lucha a nuevas capas de trabajadores, abarcando a los más atrasados. No agotaba las fuerzas de los obreros, siendo a menudo una acción breve y demostrativa – y al mismo tiempo preparaba nuevas acciones abiertas de las masas aún más impresionantes y más revolucionarias, en forma de manifestaciones callejeras.

En ningún país del mundo se ha observado en el último año un número tal de huelguistas políticos como en Rusia, tal tenacidad, tal diversidad, tal energía de las huelgas. Este solo hecho muestra toda la miseria, toda la despreciable estupidez de esos sabios liberales y liquidacionistas que querían "corregir" la táctica de los obreros rusos de 1912-1913 según la medida de los períodos constitucionales "europeos", períodos principalmente de trabajo preparatorio de educación y formación socialista de las masas.

Pues la enorme superioridad de las huelgas rusas sobre las huelgas de los países europeos más avanzados no demuestra en absoluto cualidades especiales o capacidades especiales de los obreros de Rusia, sino únicamente las condiciones especiales de la Rusia contemporánea en el sentido de la existencia de una situación revolucionaria, de la maduración de una crisis directamente revolucionaria. Cuando en Europa se aproxime un momento análogo de maduración de la revolución (allí será la revolución socialista, y no democrático-burguesa como entre nosotros), entonces el proletariado de los países más capitalistas desplegará una energía aún incomparablemente mayor de huelgas revolucionarias, manifestaciones y lucha armada contra los defensores de la esclavitud asalariada.

La huelga de mayo del año en curso, como toda una serie de huelgas en el último año y medio en Rusia, tiene un carácter revolucionario a diferencia no solo de las huelgas económicas habituales, sino también de las huelgas demostrativas y de aquellas huelgas políticas con reivindicaciones de reformas constitucionales, como lo fue, por ejemplo, la última huelga belga. Esta peculiaridad de las huelgas rusas, totalmente condicionada por el estado revolucionario de Rusia, no pueden comprenderla de ninguna manera las personas cautivadas por las concepciones liberales del mundo y que han desaprendido a mirar las cosas desde un punto de vista revolucionario. La época de la contrarrevolución y del desenfreno de los ánimos renegados ha dejado demasiadas personas así, también entre quienes desean llamarse socialdemócratas.

Rusia vive un estado revolucionario porque la opresión de la grandísima mayoría de la población, no solo del proletariado, sino también de las nueve décimas partes de los pequeños productores, especialmente del campesinado, se ha agudizado en grado máximo, y esta opresión agudizada, las hambrunas, la miseria, la falta de derechos, la vejación del pueblo se encuentran en una desproporción flagrante tanto con el estado de las fuerzas productivas de Rusia, como con el grado de conciencia y de exigencias de las masas, despertadas por el año cinco, y con la situación en todos los países vecinos, no solo europeos, sino también asiáticos.

Pero esto no es suficiente. La opresión por sí sola, por grande que sea, no siempre crea una situación revolucionaria en un país. En la mayoría de los casos, para la revolución no basta con que los de abajo no quieran vivir como antes. Para ella se requiere, además, que los de arriba no puedan gobernar y administrar como antes. Es precisamente esto lo que vemos ahora en Rusia. La crisis política madura ante los ojos de todos. La burguesía ha hecho todo lo que de ella dependía para apoyar la contrarrevolución y crear sobre este suelo contrarrevolucionario un "desarrollo pacífico". La burguesía dio dinero a los verdugos y a los señores feudales cuanto quisieron, la burguesía denigró la revolución y renegó de ella, la burguesía lamió la bota de Purishkévich y el látigo de Márkov 2º, se convirtió en su lacayo, la burguesía creó teorías de fundamentación "europea", que cubren de lodo a la revolución del año cinco, tachándola de "intelectualoide", declarándola pecaminosa, ladrona, antiestatal, etcétera, etcétera.

Y a pesar de todos estos sacrificios de su bolsillo, de su honor y de su conciencia, la burguesía misma reconoce, desde los kadetes hasta los octubristas, que la autocracia y los terratenientes no han podido asegurar el "desarrollo pacífico", no han podido garantizar las condiciones elementales de "orden" y "legalidad" sin las cuales no puede vivir en el siglo XX un país capitalista, junto a Alemania y la nueva China.

La crisis política de escala nacional en Rusia es evidente y, además, es una crisis que concierne precisamente a las bases del régimen estatal, y no a cualesquiera de sus particularidades, concierne a los cimientos del edificio, y no a tal o cual anexo, ni a tal o cual piso. Y por más que charlaten nuestros liberales y liquidacionistas con frases sobre el tema de que "tenemos, gracias a Dios, una constitución" y que el orden del día son tales o cuales reformas políticas (la estrecha relación del primer planteamiento con el segundo solo la ignoran personas muy limitadas), por más que se derrame esta agüilla reformista, la situación sigue siendo tal que ni un solo liquidacionista ni un solo liberal puede señalar ninguna salida reformista de la situación.

Y la situación de las masas de la población en Rusia, y el agravamiento de su situación por la nueva política agraria (a la que, como a la última salvación, tuvieron que aferrarse los terratenientes feudales), y las condiciones internacionales, y el carácter de la crisis política general que se ha creado entre nosotros, he ahí la suma de condiciones objetivas que hacen que la situación de Rusia sea revolucionaria debido a la imposibilidad de resolver las tareas de la transformación burguesa por el camino dado y con los medios dados (al gobierno y a las clases explotadoras).

Tal es la base social, económica y política, tal es la correlación de clases en Rusia que ha engendrado entre nosotros huelgas peculiares, imposibles en la Europa actual, de la que todo tipo de renegados desean tomar prestado el ejemplo no de las revoluciones burguesas de ayer (con destellos de la revolución proletaria de mañana), sino de la situación "constitucional" de hoy. Ni la opresión de los de abajo ni la crisis de los de arriba crearán todavía una revolución – crearán solo la descomposición del país – si no hay en ese país una clase revolucionaria, capaz de transformar el estado pasivo de opresión en un estado activo de indignación y de sublevación.

Ese papel de clase verdaderamente de vanguardia, que realmente levanta a las masas para la revolución, realmente capaz de salvar a Rusia de la descomposición, lo desempeña el proletariado industrial. Esta tarea la realiza precisamente con sus huelgas revolucionarias. Estas huelgas, odiadas por los liberales e incomprendidas por los liquidacionistas, son (como dice la resolución de febrero del POSDR) "uno de los medios más eficaces para superar la apatía, la desesperación y la dispersión del proletariado agrícola y del campesinado, para incorporarlo a acciones revolucionarias lo más unidas, simultáneas y amplias posible".

La clase obrera incorpora a las acciones revolucionarias a las masas de trabajadores y explotados, privados de derechos elementales y llevados a un estado desesperado. La clase obrera les enseña la lucha revolucionaria, los educa para la acción revolucionaria, les explica dónde y en qué reside la salida y la salvación. La clase obrera les enseña no con palabras, sino con hechos, con el ejemplo y, además, con el ejemplo no de aventuras de héroes aislados, sino con el ejemplo de la acción revolucionaria de masas, que une reivindicaciones políticas y económicas.

¡Qué simples, qué comprensibles, qué cercanos son estos pensamientos a todo obrero honrado que capte aunque sea los rudimentos de la doctrina del socialismo y la democracia! Y qué ajenos son a esos intelectuales traidores al socialismo y renegados de la democracia, que en los periódicos liquidacionistas denigran o ridiculizan la "clandestinidad", asegurando a los pobres cándidos que ellos son "también socialdemócratas".

La concentración obrera del primero de mayo del proletariado de Petersburgo, y tras él de toda Rusia, ha mostrado una y otra vez palpablemente a quienes tienen ojos para ver y oídos para oír, la gran importancia histórica de la clandestinidad revolucionaria en la Rusia actual. La única organización partidaria del POSDR en Petersburgo, el Comité de Petersburgo, obligó, tanto antes de la concentración de mayo como antes del 9 de enero, como antes del 300 aniversario de los Romanov, como el 4 de abril, incluso a la prensa burguesa a constatar el hecho de que las hojitas del Comité de Petersburgo aparecían una y otra vez en las fábricas y talleres.

Inmensos sacrificios cuestan estas hojitas. A veces su apariencia es modesta. Algunas de ellas, por ejemplo los llamamientos a la manifestación del 4 de abril, consisten en la indicación de la hora y el lugar de la manifestación, en seis líneas, compuestas, al parecer, a escondidas y con extrema prisa en diversas imprentas y con distinta tipografía. Hay entre nosotros personas ("también socialdemócratas") que, teniendo en cuenta estas condiciones de trabajo de la "clandestinidad", preguntan, con risita maliciosa o frunciendo los labios con desprecio: "Si el partido se agotara en la clandestinidad, ¿cuántos miembros contaría? ¿2-3 centenares?". (Véase el nº 95 (181) del órgano de los renegados "Luch", en la defensa editorial del Sr. Sedov, que tiene el triste valor de ser un liquidacionista abierto. ¡Este número de "Luch" salió cinco días antes de la concentración de mayo, es decir, justo en el momento de la confección de las hojitas por la clandestinidad!)

Los señores Dan y Potrésov y Cía., que escriben estas cosas vergonzosas, no pueden no saber que miles de proletarios estaban ya en el partido en 1903, 150 mil en 1907, que también ahora miles y decenas de miles de obreros editan y distribuyen hojitas clandestinas, como miembros de las células clandestinas del POSDR. Pero los señores liquidacionistas saben que están protegidos por la "legalidad" de Stolypin contra la refutación legal de su vil mentira y de sus aún más viles "muecas" respecto a la clandestinidad.

¡Mirad hasta qué punto se han desprendido del movimiento obrero de masas, del trabajo revolucionario en general, estas personas lamentables! Tomad incluso su medida, a sabiendas falseada para complacer a los liberales. Admitid por un minuto que "dos o tres centenares" de obreros en Petersburgo participaron en la confección y distribución de estas hojitas clandestinas.

¿Qué se deduce de esto? "Dos o tres centenares" de obreros, la flor del proletariado de Petersburgo, personas que no solo se llaman a sí mismas socialdemócratas, sino que trabajan como socialdemócratas, personas respetadas y valoradas por ello por toda la clase obrera de Rusia, personas que no se dedican a la verborrea sobre un "partido amplio", sino que constituyen de hecho el único partido socialdemócrata clandestino que existe en Rusia, estas personas preparan y reparten las hojitas clandestinas. Los liquidacionistas de "Luch" se ríen con desprecio (bajo la protección de los censores stolypinianos) de los "2-3 centenares", de la "clandestinidad", de la "exageración" de su importancia, etc.

Y de repente, ¡oh, milagro! Por decisión, redactada por cinco a siete miembros de la comisión ejecutiva del Comité de Petersburgo, por una hojita, confeccionada y repartida por "dos o tres centenares", se levantan, como un solo hombre, doscientos cincuenta mil en Petersburgo.

No del "partido obrero abierto", no de la "libertad de coalición" y otras reformas semejantes, con cuyos fantasmas embaucan los liberales al pueblo, hablan estas hojitas, hablan los discursos revolucionarios de los obreros en los mítines y en la manifestación. Hablan de la revolución, como única salida de la situación. Hablan de la república, como única consigna que, en contraposición a la mentira liberal sobre las reformas, señala el cambio que garantiza la libertad, señala las fuerzas capaces de alzarse conscientemente por ella.

Todo Petersburgo, con sus dos millones de habitantes, ve y oye estos llamamientos a la revolución, que calan profundamente en el corazón de cada capa de trabajadores y oprimidos. Todo Petersburgo ve en un ejemplo vivo y de masas, dónde está la salida y dónde la mentira de la charlatanería liberal sobre las reformas. Por toda Rusia, miles de vínculos obreros – y centenares de periódicos burgueses, obligados a relatar aunque sea a retazos la concentración de masas de Petersburgo – difunden la noticia de la tenaz lucha huelguística del proletariado capitalino. Y a la masa campesina y al ejército campesino llega esta noticia sobre las huelgas, sobre las reivindicaciones revolucionarias de los obreros, sobre su lucha por la república y por la confiscación de la tierra de los terratenientes en favor de los campesinos. Lenta, pero firmemente, la huelga revolucionaria remueve, despierta, ilustra y organiza a las masas populares para la revolución.

Los "dos o tres centenares" de "clandestinistas" expresan los intereses y las necesidades de millones y decenas de millones, diciéndoles la verdad sobre su situación sin salida, abriéndoles los ojos a la necesidad de la lucha revolucionaria, infundiéndoles fe en ella, dándoles las consignas correctas, arrancando a estas masas de la influencia de las consignas reformistas, grandilocuentes y completamente falsas, de la burguesía. Mientras que "dos o tres" decenas de intelectuales liquidacionistas, embaucando a los obreros poco desarrollados con el dinerillo recaudado en el extranjero y de los comerciantes liberales, introducen en el medio obrero las consignas de esa burguesía.

La huelga de mayo, como todas las huelgas revolucionarias de 1912-1913, nos muestra palpablemente los tres campos políticos en que se divide la Rusia contemporánea. El campo de los verdugos y los señores feudales, de la monarquía y de la Ojrana. Ha hecho todo lo que ha podido en materia de atrocidades. Ya es impotente frente a las masas obreras. El campo de la burguesía, que toda ella, desde los kadetes hasta los octubristas, grita y gime, llamando a las reformas y declarándose a sí misma "en ridículo" por haber admitido la idea de la posibilidad de reformas en Rusia. El campo de la revolución, el único que expresa los intereses de las masas oprimidas.

Todo el trabajo ideológico, todo el trabajo político en este campo lo realiza únicamente la socialdemocracia clandestina, que sabe utilizar cada posibilidad legal precisamente en su espíritu y está indisolublemente ligada a la clase de vanguardia, el proletariado. Nadie puede decir de antemano si esta clase de vanguardia logrará conducir a las masas hasta una revolución victoriosa. Pero su deber de guiar a las masas hacia tal salida, esta clase lo cumple a pesar de todas las vacilaciones y traiciones de los liberales y de los "también socialdemócratas". Todo lo que hay de vivo y viable en el socialismo ruso y en la democracia rusa, todo ello se educa exclusivamente con el ejemplo de la lucha revolucionaria del proletariado y bajo su dirección.

La concentración obrera de mayo del año en curso ha mostrado al mundo entero que el proletariado ruso marcha firmemente por su camino revolucionario, fuera del cual no hay salvación para una Rusia que se asfixia y se descompone en vida.

*Social-Demokrat* nº 31, 15 (28) de junio de 1913

Se publica según el texto del periódico *Social-Demokrat*