Para valorar correctamente las condiciones en que se halla la pequeña producción agrícola bajo el capitalismo, lo más importante es la cuestión de la situación del trabajador, su salario, la cantidad de trabajo, las condiciones de vida; luego, el estado del ganado y la calidad de su cuidado; y, por último, los métodos de cultivo de la tierra, su abonado, el agotamiento de sus fuerzas, etc.

Es fácil comprender que, soslayando estas cuestiones (como hace a menudo la economía política burguesa), obtendremos una idea completamente tergiversada de la economía campesina, pues su efectiva «viabilidad» depende precisamente de la situación del trabajador, de las condiciones de mantenimiento del ganado y del cuidado de la tierra. Suponer gratuitamente que en estos aspectos la pequeña producción está en igualdad de condiciones que la grande, significa dar por demostrado justamente lo que se requiere demostrar, significa adoptar de inmediato el punto de vista burgués.

La burguesía quiere probar que el campesino es un «propietario» auténtico y viable, y no un esclavo del capital, oprimido igual que el obrero asalariado, pero más atado, más enredado que este último. Si se buscan seria y concienzudamente datos para resolver la cuestión controvertida, hay que indagar indicadores sistemáticos y objetivos de las condiciones de vida y de trabajo en la pequeña y en la gran producción.

Entre tales indicadores —y, además, de los especialmente importantes— figura el grado de empleo del trabajo infantil. Cuanto mayor es la explotación del trabajo infantil, tanto peor es, indudablemente, la situación del trabajador, tanto más penosa es su vida.

Los censos agrícolas de Austria y Alemania proporcionan datos sobre el número de niños y adolescentes entre el total de personas ocupadas en la agricultura. En Austria, además, se ha contado por separado a todos los trabajadores y trabajadoras menores de 16 años. Resultaron ser 1,2 millones de 9 millones, es decir, el 13 %. En Alemania, en cambio, solo se han destacado los menores de hasta 14 años, y de estos resultó haber seiscientos mil (601.637) de quince millones (15.169.549), es decir, el 3,9 %.

Está claro que los datos austriacos y alemanes no son comparables. Pero sí son plenamente comparables las relaciones entre las explotaciones proletarias, campesinas y capitalistas que se revelan al respecto.

Por explotaciones proletarias entendemos las minúsculas parcelas de tierra (de hasta dos hectáreas, es decir, casi dos desiatinas por explotación), que proporcionan un ingreso auxiliar a los obreros asalariados. Por explotaciones campesinas entendemos las que tienen de 2 a 20 hectáreas; en ellas el trabajo familiar predomina sobre el asalariado. Por último, las capitalistas son las explotaciones más grandes, en las que el trabajo asalariado predomina sobre el familiar.

He aquí los datos sobre el trabajo infantil en las explotaciones de estos tres tipos:

De aquí vemos que en ambos países la explotación del trabajo infantil es más intensa precisamente en las explotaciones campesinas en general y, en particular, justamente en las explotaciones campesinas medias (5-10 hectáreas, es decir, 41/2-9 desiatinas de tierra).

Así, pues, no solo la pequeña producción se halla en peores condiciones que la grande. Vemos además que, específicamente, la economía campesina se halla en peores condiciones no solo que la capitalista, sino incluso que la proletaria.

¿Cómo explicar este fenómeno?

En la economía proletaria, la agricultura se practica en una parcela de tierra tan insignificante que, propiamente, no cabe hablar en serio de «explotación». Aquí la agricultura es una ocupación auxiliar; lo principal es el trabajo asalariado en la agricultura y en la industria. La influencia de la industria, en general, eleva el nivel de vida del trabajador y, en particular, reduce la explotación del trabajo infantil. Por ejemplo, en Alemania el censo contabilizó en la industria solo un 0,3 % de trabajadores de hasta 14 años (es decir, diez veces menos que en la agricultura) y solo un 8 % de hasta 16 años.

En la economía campesina, en cambio, la influencia de la industria es la más débil, y la competencia con la agricultura capitalista, la más intensa. El campesino no puede sostenerse sin deslomarse trabajando él mismo y sin obligar a sus hijos a trabajar el doble de duro. La necesidad obliga al campesino a suplir con su propio esfuerzo la falta de capital y de perfeccionamientos técnicos. Y si en la economía campesina son los niños quienes más duramente trabajan, esto significa también que el ganado campesino tiene que trabajar pesadamente y ser peor alimentado: la necesidad de tensar todas las fuerzas y de «economizar» en todo se manifiesta inevitablemente en todos los aspectos de la economía.

La estadística alemana muestra que entre los obreros asalariados es donde más niños hay (casi un 4 %: 3,7 %) en las grandes explotaciones capitalistas (100 y más desiatinas). Y entre los trabajadores familiares, donde más niños hay es entre los campesinos, a saber: cerca del 5 % (4,9 % - 5,2 %). Entre los obreros asalariados temporeros, el porcentaje de niños llega al 9,0 % en los grandes capitalistas, ¡mientras que entre los trabajadores familiares temporeros este porcentaje en los campesinos alcanza el 16,5 % - 24,4 %!

En la temporada de mayor trabajo, el campesino sufre por falta de fuerza de trabajo; solo puede contratar obreros en pequeña cantidad; tiene que recurrir de todos modos al trabajo de sus propios hijos. El resultado es que en la agricultura alemana, en general, el porcentaje de niños entre los trabajadores familiares supera casi en una vez y media a este porcentaje entre los obreros asalariados. Entre los trabajadores familiares hay un 4,4 % de niños, y entre los asalariados, un 3,0 %.

El campesino tiene que esforzarse en el trabajo más que el obrero asalariado. Este hecho, confirmado por miles de observaciones aisladas, ha sido ahora plenamente demostrado por la estadística de países enteros. El capitalismo condena a los campesinos a la mayor opresión y a la ruina. No hay otra salvación que la adhesión a la lucha de clase de los obreros asalariados. Pero, para comprender esta conclusión, el campesino necesita pasar largos años de desengaños en las engañosas consignas burguesas.

Escrito el 8 (21) de junio de 1913.

Publicado el 12 de junio de 1913 en el periódico «Pravda» n.° 133. Firmado: V. I.

Se publica según el texto del periódico.