Los capitalistas no son amigos de hablar con franqueza de sus ingresos. El «secreto comercial» se guarda con rigor, y a los no iniciados les resulta muy difícil penetrar en los «secretos» de cómo se crean las riquezas. La propiedad privada es sagrada: nadie puede inmiscuirse en los asuntos de un propietario. Tal es el principio del capitalismo.

Pero el capital ha desbordado hace tiempo los marcos de la propiedad privada y ha conducido a la formación de empresas por acciones. Cientos y miles de accionistas, desconocidos entre sí, constituyen una empresa única; y los señores propietarios privados más de una vez tuvieron que llevarse chascos cuando, bajo el manto del «secreto comercial», hábiles negociantes se escondían para limpiar los bolsillos de sus compañeros de empresa.

La sagrada propiedad privada tuvo que sacrificar una pequeña parte de su santidad: fue necesario obligar por ley a las sociedades por acciones a llevar una contabilidad correcta y a publicar los balances principales de sus informes. Como es natural, el engaño al público no cesó por ello, sino que tan solo adoptó otras formas, se hizo más astuto. El gran capital, agregando poco a poco los pequeños capitales de accionistas dispersos por todos los confines del mundo, se hizo aún más poderoso. Mediante las sociedades anónimas, el millonario dispone hoy no solo de su millón, sino también de un capital adicional, digamos, de 800 mil rublos, reunido quizás procedente de 8000 pequeños propietarios.

Pero, en cambio, lo absurdo del capitalismo se va haciendo cada vez más claro y más evidente para la masa de la población.

He aquí, por ejemplo, los balances de los informes publicados de las sociedades de seguros en Rusia durante 10 años, de 1902 a 1911.

El capital social era en 1902 de 31 1/3 millones de rublos (en 21 sociedades anónimas), y en 1911 (las mismas 21 empresas) de 34,8 millones de rublos. Comúnmente ocurre que la mayor parte del capital pertenece a un puñado de millonarios. Tal vez 10 o 20 magnates tengan acciones por valor de 18 millones de rublos y, hallándose en mayoría, dispongan de manera incontrolada de los 13 o 16 millones restantes pertenecientes a los «pequeños» accionistas.

Los profesores, defensores del capitalismo, parlotean sobre el aumento del número de propietarios al ver crecer la cifra de pequeños accionistas. Pero en realidad lo que crece es el poder (y el ingreso) de los magnates millonarios sobre el capital de los «pequeños».

Fijaos en cómo se han desarrollado en diez años nuestros reyes de los seguros. ¡El dividendo sobre el capital social fue, por término medio en los 10 años, superior al 10 por ciento! No está mal la ganancia, ¿verdad? En el peor año del decenio «ganaron» 6 kopeks por rublo, ¡y en los mejores años, hasta 12 kopeks!

Los capitales de reserva se duplicaron: en 1902 sumaban 152 millones de rublos, y en 1911, 327 millones. El patrimonio casi se duplicó: en 1902 había 44 millones, en 1911, 76 millones.

En total, ¡32 millones de nuevo patrimonio en diez años en veintiuna empresas!

¿Quién ha «ganado» este patrimonio?

Quienes no han trabajado, es decir, los accionistas, en primer lugar los magnates millonarios que poseen la mayoría de las acciones.

Cientos de empleados trabajaron realizando recorridos de inspección, organizando a los asegurados, examinando sus bienes, afanándose con los cálculos. Estos empleados siguieron siendo empleados. No reciben nada, excepto el salario (que para la mayoría, como es sabido, no alcanza ni siquiera para el sustento decoroso de una familia). No pueden acumular ningún patrimonio.

Si alguno de los magnates ha puesto su mano a la «labor» — la de director —, ha sido recompensado especialmente por ello con un sueldo ministerial y gratificaciones.

Los señores accionistas, en cambio, se han enriquecido precisamente por no haber trabajado. Recibían, por término medio en el decenio, tres millones al año de beneficio neto, «trabajando» en cortar cupones, y además acumularon un capitalito adicional de 32 millones de rublos.

Escrito el 19 de mayo (1 de junio) de 1913.

Publicado el 9 de junio de 1913 en el periódico «Pravda» núm. 131. Firmado: V. I.

Se publica según el texto del periódico.