La política agraria del gobierno después de la revolución de 1905 cambió bruscamente su carácter anterior. Anteriormente, la autocracia seguía la línea de Katkov y Pobedonóstsev, esforzándose por presentarse ante los ojos de las masas populares como situada «por encima de las clases», protegiendo los intereses de la amplia masa del campesinado, resguardándolos de la pérdida de tierras y la ruina. Naturalmente, esta hipócrita «preocupación» por el mujik encubría en realidad una política puramente feudal, que los mencionados «personajes» de la vieja Rusia prerrevolucionaria aplicaban con obtusa rectitud en todos los ámbitos de la vida social y estatal. La autocracia se apoyaba entonces por completo en el total atraso, la ignorancia y la inconsciencia de la masa campesina. Presentándose como defensor de la «inalienabilidad» de las parcelas, partidario de la «comuna», la autocracia en la época prerrevolucionaria intentaba apoyarse en la inmovilidad económica de Rusia, en el profundo sueño político de las masas de la población campesina. Toda la política agraria era entonces profundamente feudal-nobiliaria.

Ahora, la revolución de 1905 provocó un giro de toda la política agraria de la autocracia. Stolypin, cumpliendo con exactitud las órdenes del Consejo de la Nobleza Unida, decidió, según su propia expresión, «apostar por los fuertes». Esto significa que nuestro gobierno ya no podía hacerse pasar por defensor de los débiles después del poderoso despertar del proletariado y de amplias capas del campesinado democrático que trajo a Rusia la revolución del año cinco. El pueblo, que supo abrir la primera (aunque aún insuficiente) brecha en el viejo, feudal, régimen estatal de Rusia, demostró con ello que ya había despertado del sueño político hasta tal punto, que la fábula de la defensa gubernamental de la «comuna», de la «inalienabilidad de las parcelas», de la protección a los débiles por un gobierno por encima de las clases, esa fábula perdió definitivamente todo crédito entre el campesinado.

Primera página del manuscrito de V. I. Lenin «Sobre la cuestión de la política agraria (general) del gobierno actual». – 1913 (Reducido)

Hasta el año cinco, el gobierno podía esperar que le sirviera de apoyo el abatimiento y la inmovilidad de toda la masa del campesinado, incapaz de deshacerse de los prejuicios políticos, arraigados durante siglos, de la esclavitud, la paciencia, la sumisión. Mientras los campesinos permanecían sumisos y abatidos, el gobierno podía fingir que «apostaba por los débiles», es decir, que se preocupaba por los débiles, aunque en realidad se preocupaba exclusivamente por los terratenientes feudales y por la conservación de su absolutismo.

Después de 1905, los viejos prejuicios políticos se quebrantaron tan profunda y ampliamente, que el gobierno y el consejo de los nobles feudales unidos que lo dirigía vieron la imposibilidad de la anterior especulación con la ignorancia y la sumisión ovina del mujik. El gobierno vio que no podía haber paz entre él y la masa de la población campesina a la que había arruinado y llevado a la miseria completa, a la ruina y al hambre. Esta conciencia de la imposibilidad de «paz» con el campesinado fue lo que provocó el cambio de política del «Consejo de la Nobleza Unida». El Consejo decidió intentar a toda costa dividir al campesinado y crear de él una capa de «nuevos terratenientes», campesinos propietarios acomodados, que «no por miedo, sino por conciencia» defendieran de la masa la tranquilidad y la inviolabilidad de las enormes haciendas de los terratenientes, que de todos modos habían sufrido un poco por el embate de las masas revolucionarias en el año cinco.

El giro en toda la política agraria del gobierno después de la revolución no es, por consiguiente, en absoluto una casualidad. Por el contrario, este giro fue para el gobierno y para el «Consejo de la Nobleza Unida» una necesidad de clase. El gobierno no tenía otra alternativa. El gobierno vio que no podía haber «paz» entre él y la masa del campesinado, que el campesinado había despertado del sueño secular del feudalismo. Al gobierno no le quedaba otra cosa que intentar, mediante esfuerzos convulsivos, mediante cualquier ruina de la aldea, dividir al campesinado, entregar la aldea «al saqueo y pillaje» de los kulaks y campesinos acomodados, para apoyarse en la alianza de los nobles feudales con los «nuevos terratenientes», es decir, con los ricos – campesinos propietarios, con la burguesía campesina.

Stolypin, que servía con fe y verdad al «Consejo de la Nobleza Unida» y aplicaba su política, decía: «denme 20 años de tranquilidad, y reformaré Rusia». Por «tranquilidad» entendía la tranquilidad del cementerio, la tranquilidad del soportar silencioso y ovino por parte de la aldea de la ruina y miseria inauditas que se habían abatido sobre ella. Por «tranquilidad» entendía la tranquilidad de los terratenientes, que deseaban ver por parte del campesinado una total inmovilidad, abatimiento, ausencia de protesta, disposición a morir pacífica y amablemente de hambre, entregar su tierra, abandonar la aldea, arruinarse, con tal de que les fuera cómodo y agradable a los señores terratenientes. Por reforma de Rusia, Stolypin entendía un cambio tal que en la aldea quedaran sólo terratenientes satisfechos, kulaks satisfechos y sanguijuelas, y jornaleros desmembrados, abatidos, desamparados e impotentes.

Que Stolypin deseara con toda su alma para Rusia 20 años de esa tranquilidad de cementerio, es algo completamente natural y comprensible por parte de un terrateniente. Pero ahora sabemos, ahora vemos y sentimos todos, que no hubo ni «reforma» ni «tranquilidad», sino que hubo hambruna de 30 millones de campesinos, una agudización de la miseria y la ruina nunca vista (incluso en la sufrida Rusia nunca vista), y un extremadamente fuerte encono y efervescencia en el campesinado.

Para comprender las causas de este fracaso de la llamada política agraria «stolypiniana» del gobierno, que se propone a la Duma de Estado aprobar una vez más mediante la aprobación del presupuesto (y que, por supuesto, aprobarán los partidos de los terratenientes en la Duma), me detendré un poco más detalladamente en dos principales, por así decirlo, bazas de nuestra «nueva» política agraria:

en primer lugar, en los reasentamientos

y, en segundo lugar, en las famosas granjas (jutor).

En cuanto a los reasentamientos, la revolución de 1905, que mostró a los terratenientes el despertar político del campesinado, les obligó a «entreabrir» un poco la válvula y, en lugar de los anteriores obstáculos a los reasentamientos, a intentar «diluir» la atmósfera en Rusia, a intentar enviar la mayor cantidad posible de campesinos inquietos a Siberia. ¿Logró el gobierno éxito? ¿Logró alguna tranquilización del campesinado y mejoramiento de su situación en Rusia y en Siberia? Exactamente lo contrario. El gobierno sólo logró un nuevo agravamiento y empeoramiento de la situación de los campesinos tanto en Rusia como en Siberia. Se lo demostraré ahora.

En la memoria explicativa del ministro de Finanzas del proyecto de presupuesto estatal para 1913, encontramos el habitual optimismo oficial y el panegírico de los «éxitos» de la política gubernamental. Los reasentados, nos dicen, convierten distritos antes vacíos en «localidades cultas», los reasentados se enriquecen, mejoran su economía, etcétera, y todo lo demás. ¡El habitual panegírico oficial! El viejo, viejísimo «todo marcha bien», «en Shípka todo está tranquilo». ¡Lástima que en la memoria explicativa se hayan silenciado por completo los datos sobre los reasentados de regreso!! ¡Silencio extraño y significativo!

Sí, señores, el número de reasentados creció después del año cinco hasta medio millón de almas por año en promedio. Sí, para 1908 la ola de reasentamientos alcanzó su punto culminante: 665 mil reasentados en un año. Pero luego la ola cae rápidamente, llegando a 189 mil en 1911. ¿No está claro que la tan alabada «organización» gubernamental de los reasentados resultó un fiasco? ¿No está claro que apenas seis años después de la revolución, el gobierno vuelve de nuevo a la artesa rota?

Y los datos sobre el número de reasentados de regreso, –datos tan prudentemente pasados por alto por el señor ministro de Finanzas en su memoria «explicativa» (o más bien ofuscadora)–, esos datos nos muestran un monstruoso aumento del número de los que regresan, hasta el 30 y 40 por ciento en 1910 y hasta el 60 por ciento en 1911. Esta gigantesca ola de reasentados de regreso señala las calamidades desesperadas, la ruina y la miseria de los campesinos, que vendieron todas sus casas para ir a Siberia, y ahora se ven obligados a regresar de Siberia completamente arruinados y empobrecidos.

Este enorme flujo de colonos que regresan completamente arruinados nos muestra con irrefutable evidencia el fracaso total de la política gubernamental de colonización. Presentar tablas sobre la mejora de la economía de los colonos que permanecen largo tiempo en Siberia (como se hace en la nota explicativa del presupuesto de la administración de colonización) y silenciar la ruina completa y definitiva de decenas de miles de colonos que regresan, ¡significa simplemente tergiversar los datos! Significa obsequiar a los diputados de la Duma con castillos de naipes y cuentos infantiles sobre el bienestar general, cuando en realidad vemos ruina y empobrecimiento.

Ocultar en la nota explicativa del señor ministro de Finanzas los datos sobre el número de colonos que regresan, sobre su situación desesperada y miserable, sobre su ruina total, significa, señores, los intentos desesperados del gobierno por ocultar la verdad. ¡Intentos vanos! ¡La verdad no se puede ocultar! La verdad se hará reconocer. La miseria de los campesinos arruinados que regresaron a Rusia, la miseria de los antiguos residentes arruinados en Siberia, se hará oír.

Para ilustrar claramente esta conclusión mía sobre el fracaso de la política de colonización del gobierno, citaré también el testimonio de un funcionario que durante 27 años —¡veintisiete años, señores!— sirvió en Siberia en el departamento forestal, un funcionario que se familiarizó con todas las condiciones del asunto de la colonización, un funcionario que no soportó todos los abusos que se cometen en nuestro departamento de colonización.

Este funcionario es el consejero de Estado A. I. Komarov, quien, después de 27 años de servicio, no pudo sino reconocer que el famoso viaje a Siberia en 1910 de Stolypin y Krivoshein, el primer ministro y el administrador principal de agricultura y ordenación territorial, fue un «viaje bufonesco» —¡expresión textual del consejero de Estado que sirvió 27 años!— Este funcionario abandonó el servicio, incapaz de soportar el engaño a toda Rusia que se perpetra mediante tales «viajes bufonescos», y publicó un folleto especial exponiendo con veracidad todos los robos, toda la malversación, todo el absurdo, la barbarie, el carácter ruinoso de nuestra política de colonización.

Este folleto se titula «La verdad sobre el asunto de la colonización», apareció en San Petersburgo en este año de 1913, cuesta 60 kopeks —no es caro por el abundante material de denuncia. Como es costumbre, nuestro gobierno, también en el asunto de la colonización, igual que en todos los demás «asuntos» y «ramos de la administración», oculta la verdad con todas sus fuerzas y teme «sacar los trapos sucios». El funcionario Komarov tuvo que ocultarse mientras estuvo en el servicio, tuvo que escribir bajo pseudónimo sus cartas de denuncia en los periódicos, y los superiores trataban de «descubrir» al corresponsal. ¡No todos los funcionarios tienen la posibilidad de dejar el servicio y publicar folletos de denuncia que dicen la verdad! Pero por un solo folleto de estos podemos imaginar qué podredumbre y abominación de desolación reinan en general en este «reino de las tinieblas».

El funcionario A. I. Komarov no es ningún revolucionario. ¡Nada de eso! Él mismo relata su hostilidad bienintencionada hacia las teorías de los socialdemócratas y socialistas revolucionarios. No, es un funcionario ruso común, de la más pura buena intención, que se habría conformado plenamente con una honradez y decencia elementales, básicas. Es una persona hostil a la revolución del año quinto y dispuesta a servir al gobierno contrarrevolucionario.

Tanto más significativo es que incluso un hombre así se haya marchado, haya dejado el servicio, sacudiéndose el polvo de los pies. No soportó que nuestra política de colonización signifique «la derrota total de lo que se llama una economía forestal racional» (pág. 138). No soportó «la expropiación (es decir, el despojo) a los antiguos residentes de las tierras convenientes», que conduce al «empobrecimiento gradual de la población antigua» (págs. 137 y 138). No soportó «tal dilapidación estatal o, más exactamente, destrucción de las tierras y bosques siberianos, ante la cual el antiguo saqueo de las tierras bashkirias resulta una verdadera nimiedad» (pág. 3).

He aquí las conclusiones de este funcionario:

«La total falta de preparación de la administración principal de colonización para organizar los trabajos a gran escala», «la completa ausencia de planificación en los trabajos y la mala calidad de éstos», «la asignación de parcelas con suelos no aptos para la agricultura, con ausencia de agua o con agua no potable» (pág. 137).

Cuando la ola de colonizaciones aumentó, los funcionarios fueron sorprendidos desprevenidos. «Despedazaban en trozos los dominios forestales estatales, organizados casi el día anterior», «tomaban lo primero que les saltaba a la vista —con tal de colocar, con tal de quitarse de encima a aquellas decenas de personas agotadas y extenuadas que permanecen en el punto de colonización, hacen cola durante horas en la antesala de la administración de colonización» (pág. 11).

He aquí un par de ejemplos. Asignan a los colonos la parcela de colonización de Kurinsk. La forman con tierras arrebatadas a los nativos en la fábrica salinera de Altái. Los nativos son despojados. ¡Los nuevos colonos, en cambio, se encontraron con agua salada, no potable! El Estado tira dinero inútilmente en cavar pozos. Sin éxito. ¡Los nuevos colonos viajan 7-8 verstas (¡siete y ocho!) por agua! (pág. 101).

La parcela «Vieznoi» en los tramos superiores del río Mana. Asentaron a 30 familias. Después de siete penosos años, los nuevos colonos se convencieron definitivamente de la imposibilidad de la agricultura. Casi todos se dispersaron. Los pocos que quedan se dedican a la caza de animales y a la pesca (pág. 27).

Las parcelas de la región de Chuná-Angará: se planearon cientos de lotes, 900, 460 lotes, etc. No hay colonos. Es imposible vivir. Cadenas montañosas, pantanos, agua inservible.

Y he aquí que el funcionario A. I. Komarov sobre esos colonos que regresan, sobre los cuales el señor ministro de Finanzas guardó silencio, dice una verdad desagradable para el gobierno.

«No solo unos cientos de miles de almas», dice sobre esos colonos que regresan arruinados y miserables. «Regresa un elemento de tal calaña», escribe el funcionario Komarov, «al que en una futura revolución, si tal ocurre, le estará reservado desempeñar un papel terrible… No regresa aquel que toda su vida fue jornalero… regresa el antiguo propietario, aquel que nunca pudo siquiera imaginar que él y la tierra pudieran existir por separado, y este hombre, justamente presa de una sangrienta ofensa porque no supieron acomodarlo, sino que solo supieron arruinarlo, este hombre es terrible para cualquier régimen estatal» (pág. 74).

Así escribe el señor funcionario Komarov, que siente horror ante la revolución. En vano piensa el señor Komarov que solo son posibles los «regímenes estatales» terratenientes. En los mejores y más cultos Estados se las arreglan también sin terratenientes. También Rusia se habría arreglado sin ellos, para beneficio del pueblo.

Komarov revela la ruina de los antiguos residentes. La «mala cosecha» —y en verdad, el hambre ha comenzado a visitar, a causa de este saqueo a los antiguos residentes, incluso la «Italia siberiana», es decir, el distrito de Minusinsk. El señor Komarov revela el saqueo del erario por los contratistas, el carácter completamente ficticio, es decir, inventado, de los informes y planes elaborados por los funcionarios, la inutilidad de sus trabajos como el canal Ob-Yenisei que devoró millones, el despilfarro en vano de cientos de millones de rublos.

Toda nuestra colonización —dice el temeroso de Dios y modesto funcionario— es «una anécdota continua y repugnante» (pág. 134).

¡He aquí cuál es la verdad sobre los colonos que regresan, sobre la cual calló el señor ministro de Finanzas! ¡He aquí cómo es en realidad el completo fracaso de nuestra política de colonización! Ruina y empobrecimiento tanto en Rusia como en Siberia. Dilapidación de tierras, destrucción de la ordenación forestal, informes mentirosos y falsedad e hipocresía oficiales.

Paso a la cuestión de los khutores (granjas individuales).

También sobre esta cuestión la nota explicativa del señor ministro de Finanzas nos proporciona los mismos datos (mejor dicho, supuestos datos) generales, que no dicen nada, oficialmente hipócritas, que sobre la cuestión de las colonizaciones.

Se nos comunica que para 1912 ya más de 1,5 (uno y medio) millones de familias habían abandonado definitivamente la comuna; que más de un millón de familias se había separado en khutores.

¡Sobre cuál es la economía real de los granjeros no se dice en ninguna parte en los informes gubernamentales ni una sola palabra veraz!

Mientras tanto, ya sabemos ahora —por las descripciones de la nueva ordenación territorial hechas por observadores honrados (como el difunto Iván Andreevich Konovalov), lo sabemos también por nuestras propias observaciones del campo y de la vida campesina— que los granjeros son de dos categorías completamente distintas. El gobierno, al mezclar estas categorías, al presentar datos globales, solo engaña al pueblo.

Un grupo de granjeros aislados, una minoría insignificante, son los campesinos acomodados, los kulaks, que ya vivían de maravilla antes del nuevo ordenamiento agrario. Estos campesinos, al separarse y comprar las parcelas de los pobres, se enriquecen indudablemente a costa ajena, arruinando y esclavizando aún más a la masa de la población. Pero tales granjeros aislados, repito, son muy pocos.

Predomina, y predomina en proporciones enormes, otro grupo de granjeros aislados: los campesinos indigentes y arruinados que se fueron a las granjas aisladas por necesidad, porque no tenían a dónde ir. "Si no hay salida, pues a las granjas aisladas": así dicen estos campesinos. Hambrientos y atormentados en su economía miserable, se agarraron a la última paja, en busca del subsidio para el traslado, del préstamo para establecerse. Forcejean en las granjas aisladas como pez fuera del agua; venden todo el grano para reunir la cuota del banco; están siempre endeudados; padecen una miseria desesperada; viven como mendigos; los expulsan de las granjas aisladas por falta de pago y se convierten finalmente en vagabundos sin hogar.

Si la estadística oficial, en lugar de obsequiarnos con cuadros insulsos de un bienestar inventado, informara verazmente sobre el número de estos granjeros aislados indigentes que viven en zemliankas, que tienen el ganado en el mismo lugar donde penan las personas, desnutridos, con niños harapientos y enfermos, entonces sí veríamos "la verdad sobre las granjas aisladas".

Pero el quid de la cuestión es que el gobierno oculta por todos los medios esta verdad sobre las granjas aisladas. Los observadores independientes de la vida campesina son perseguidos y expulsados del campo. Los campesinos que escriben a los periódicos tienen que enfrentar una arbitrariedad, opresiones y persecuciones de la policía y las autoridades inauditas incluso para Rusia.

¡A un puñado de granjeros aislados ricachones los presentan como la masa de campesinos que se enriquecen! ¡La mentira oficial sobre los kulaks la hacen pasar por la verdad sobre el campo! Pero el gobierno no logrará ocultar la verdad. Los intentos del gobierno de ocultar la verdad sobre el campo que se arruina y padece hambre solo provocan una ira y una indignación legítimas entre el campesinado. Cuando decenas de millones de campesinos padecen hambre, como en el año pasado y el antepasado, este hecho, mejor que largas disertaciones, pone al descubierto la falsedad y la hipocresía de los cuentecillos sobre el influjo benéfico de las granjas aisladas. Este hecho muestra más claro que el agua que el campo ruso, aún después del cambio de la política agraria por el gobierno y aún después de las célebres reformas de Stolypin, sigue estando igual de oprimido por el yugo, la explotación, la miseria y la falta de derechos que bajo el derecho feudal. La "nueva" política agraria del consejo de la nobleza unificada dejó intactos a los viejos terratenientes feudales y el yugo de sus inmensas propiedades de miles y decenas de miles de desiatinas. La "nueva" política agraria enriqueció a los viejos terratenientes y a un puñado de la burguesía campesina, arruinando aún más a la masa de los campesinos.

"Apostamos por los fuertes", exclamaba el difunto Stolypin para explicar y justificar su política agraria. Vale la pena señalar y recordar estas palabras como palabras excepcionalmente veraces, como una rara excepción de sinceridad en un ministro. Los campesinos entendieron bien e hicieron carne propia estas palabras veraces, que significan que las nuevas leyes y la nueva política agraria son leyes escritas para los ricos y por los ricos, una política conducida para los ricos y por los ricos. Los campesinos comprendieron la "simple" mecánica de que la Duma señorial da leyes señoriales, de que el gobierno es un órgano de la voluntad y un órgano del dominio de los terratenientes feudales sobre Rusia.

Si con esto Stolypin quiso enseñar a los campesinos mediante su "célebre" (tristemente célebre) sentencia: "apostamos por los fuertes", estamos seguros de que Stolypin encontró y encontrará buenos alumnos entre la masa de los arruinados y los indignados, quienes, al hacer carne propia por quién apuesta el gobierno, comprenderán tanto mejor por quién deben apostar ellos: por la clase obrera y su lucha por la libertad.

Para no ser infundado, daré algunos ejemplos, extraídos de la viva realidad por un observador tan hábil y entregado con abnegación a su causa como Iván Andréievich Konoválov (Iván Konoválov: "Ensayos sobre el campo contemporáneo", San Petersburgo, 1913. Precio 1 rublo 50 kopeks. En las citas se indican las páginas).

En el uyezd de Livny de la gobernación de Oriol fueron repartidas en granjas aisladas cuatro propiedades: la del gran duque Andréi Vladímirovich, 5000 desiatinas; la de Poliakov, 900 desiatinas; la de Nabókov, 400 desiatinas; la de Korf, 600 desiatinas. En total, unas 7000 desiatinas. La extensión de las granjas aisladas se fijó en 9 desiatinas y, solo por excepción, hasta 12 desiatinas, de modo que en total hay poco más de seiscientas granjas aisladas.

Para explicar más gráficamente el significado de estas cifras, citaré datos de la estadística oficial de 1905 sobre la gobernación de Oriol. Cinco personas de la nobleza en esta gobernación poseían 143.446 desiatinas de tierra, es decir, como promedio cada uno 28 mil desiatinas. Es evidente que tales propiedades monstruosas no son trabajadas íntegramente por sus dueños, sino que solo sirven para oprimir y esclavizar a los campesinos. En 1905, en la gobernación de Oriol había 44.500 hogares de antiguos campesinos terratenientes con parcelas de hasta 5 desiatinas por hogar, y estos poseían 173 mil desiatinas de tierra. El terrateniente posee 28 mil desiatinas, el mujik "terrateniente" de entre los pobres, 4 desiatinas.

En la gobernación de Oriol, en 1905, había 378 nobles que poseían 500 o más desiatinas de tierra, y entre todos tenían 592 mil desiatinas, es decir, como promedio cada uno más de mil quinientas desiatinas largas. Y los campesinos "antiguos terratenientes" en la gobernación de Oriol con parcelas de hasta 7 desiatinas por hogar suman 124 mil hogares, y estos poseen 647 mil desiatinas, es decir, 5 desiatinas por hogar.

Se puede juzgar por esto hasta qué punto los campesinos de Oriol están aplastados por las propiedades feudales, y qué gota en el mar de la necesidad y la miseria resultaron ser las cuatro propiedades del uyezd de Livny repartidas en granjas aisladas. Pero, ¿cómo viven los granjeros aislados en sus parcelas de 9 desiatinas?

La tierra está valuada a 220 rublos la desiatina. Al año hay que pagar 118 rublos 80 kopeks (o sea, alrededor de 20 rublos por desiatina de siembra). Un campesino pobre no puede afrontar ese pago. Arrienda una parte de la tierra muy barata, solo para conseguir algo de dinero. Vende todo el grano para pagar la cuota al banco. No le queda ni para semilla ni para comer. Pide prestado, se esclaviza de nuevo. Tiene un solo caballejo, la vaca la vendió. Los aperos de labranza son viejos. En mejorar la hacienda no hay ni que pensar. "Los muchachitos ya olvidaron qué color tiene la leche, no solo cómo se la come" (pág. 198). Por la falta de pago a tiempo, a este campesino lo echan de la parcela, y la ruina resulta total.

El señor ministro de finanzas se esmeró en disimular bondadosamente en su nota explicativa esta ruina de los campesinos por el nuevo ordenamiento agrario o, más exactamente, desordenamiento agrario.

En la página 57 de la segunda parte de la nota explicativa, el señor ministro aduce los datos oficiales sobre el número de campesinos que vendieron tierra hasta finales de 1911. Esta cifra es de 355.407 familias.

Y el señor ministro "consuela": el número de compradores (362.840) "está muy cerca del número de vendedores" (385.407) [sic, debe ser 355.407]. A un vendedor le corresponden 3,9 desiatinas, y a un comprador, 4,2 desiatinas (pág. 58 de la nota explicativa).

¿Qué hay de consolador aquí? En primer lugar, incluso estos datos oficiales muestran que el número de compradores es menor que el número de vendedores. Significa que aumentan la ruina y el empobrecimiento del campo. Y, en segundo lugar, ¿quién no sabe que los compradores de parcelas eluden la ley que prohíbe la compra masiva por encima de una pequeña cantidad, comprando a nombre de la esposa, de parientes, de testaferros? ¿Quién no sabe que entre los campesinos, por necesidad, está sumamente desarrollado el sistema de venta de tierra bajo la apariencia de toda clase de otros tratos, como el arriendo y demás? Vean ustedes al menos las producciones del semikadete-semioctubrista príncipe Obolenski en "Rússkaya Mysl", y verán que incluso este terrateniente con puntos de vista enteramente terratenientes reconoce el hecho de la compra masiva de parcelas por los ricachones y el encubrimiento de esta compra con miles de diferentes subterfugios de la ley.

¡No, señores! La "nueva" política agraria del gobierno y de la nobleza es todo lo que pudieron hacer los señores nobles, dejando intacta su propiedad y sus rentas (a menudo incluso aumentando sus rentas mediante el alza artificial de los precios de venta de la tierra y miles de concesiones del "banco campesino" a los nobles).

Y esa totalidad nobiliaria resultó ser una nulidad. La aldea está aún más arruinada, aún más exasperada. La exasperación en la aldea es terrible. Lo que llaman bandolerismo es, en lo fundamental, consecuencia de la increíble exasperación de los campesinos y de las formas iniciales de su protesta. Ninguna persecución, ningún endurecimiento de los castigos eliminarán esta exasperación y esta protesta de millones de campesinos hambrientos, arruinados ahora por los «organizadores de la tierra» con una rapidez, una rudeza y una crueldad nunca vistas.

No, la política agraria nobiliaria o stolypiniana no es una salida, sino solo la antesala más dolorosa hacia una nueva solución de la cuestión agraria en Rusia. Cómo debe ser esa solución lo muestra indirectamente incluso el destino de Irlanda, donde, tras miles de postergaciones, dilaciones y trabas por parte de los terratenientes, la tierra pasó de todas maneras a manos de los granjeros.

Cuál es la esencia de la cuestión agraria en Rusia lo muestran con la mayor claridad los datos sobre la gran propiedad territorial nobiliaria. Estos datos figuran en las estadísticas oficiales del gobierno de 1905, y tiene que detenerse en ellos con atención quien se preocupa seriamente por la suerte del campesinado ruso y por el estado de cosas en toda la política de nuestro país.

Veamos la gran propiedad territorial nobiliaria en la Rusia europea. Más de 500 desiatinas poseen 27.283 terratenientes, ¡y concentran en sus manos 62 millones de desiatinas de tierra! Si añadimos aquí las tierras del infantado y los mayores latifundios de los industriales de los Urales, obtenemos 70 millones de desiatinas en manos de menos de 30.000 terratenientes. Esto da un promedio de más de 2.000 desiatinas por cada gran terrateniente. Hasta qué dimensiones llegan los latifundios, es decir, las mayores propiedades de Rusia, se ve por el hecho de que 699 terratenientes poseen más de 10.000 desiatinas cada uno, sumando en total 20.798.504 desiatinas. ¡A cada uno de estos magnates o dignatarios le corresponden casi 30.000 desiatinas (29.754)!

No es fácil encontrar en Europa, e incluso en todo el mundo, un país donde se conserve en proporciones tan monstruosas la gran propiedad territorial de tipo feudal.

Y lo más importante es que en estas tierras solo en parte se practica una economía capitalista, es decir, el cultivo de la tierra con jornaleros y aperos del propietario. En su mayor parte, la explotación sigue siendo feudal, esto es, los terratenientes mantienen al campesinado en una relación de servidumbre, como hace cien, trescientos y quinientos años, obligándolos a cultivar la tierra del señor con sus caballos y aperos de campesino.

Esto no es capitalismo. Esto no es un modo de explotación europeo; tomen nota de ello, señores de derecha y octubristas, ustedes que se jactan de su deseo de «europeizar» (es decir, reorganizar al modo europeo) la agricultura en Rusia. No, esto no tiene nada de europeo. Es propio de la vieja China. Es propio de Turquía. Es propio del feudalismo.

No es una agricultura perfeccionada, sino usura territorial. Es la más vieja y rancia servidumbre. El campesino miserable, que sigue miserable y medio muerto de hambre incluso en el mejor año, con un caballo débil y famélico, con aperos viejos, lamentables, de mendigo, va a caer en la servidumbre del terrateniente, del «señor», porque al mujik no le queda otro remedio.

El «señor» no cede ni tierra en arriendo, ni derecho de paso, ni abrevadero, ni prados, ni materiales del bosque sin que el campesino caiga en la servidumbre. Sorprenden al campesino en una tala «ilegal» en el bosque, ¿y qué ocurre? Es molido a golpes por los guardabosques, por los circasianos, etc., y luego el «señor», el mismo que en la Duma pronuncia encendidos discursos sobre el progreso de nuestra agricultura y sobre la imitación de Europa, ese señor le propone al mujik apaleado que elija: ¡o la cárcel, o labrar, arar, sembrar y recoger dos o tres desiatinas! Lo mismo sucede con los daños del ganado a los cultivos. Lo mismo con el préstamo invernal de grano. Lo mismo por los prados o pastizales, y así sin fin.

Esto no es una gran explotación de los terratenientes. Esto es la servidumbre del mujik. ¡Esto es la explotación feudal de millones de campesinos empobrecidos mediante propiedades de miles de desiatinas, propiedades de los terratenientes, que han atenazado y asfixiado al mujik por todas partes!

Los cutores [granjas individuales en propiedad privada] emancipan a un puñado de ricos. Pero la masa sigue pasando hambre como antes. ¿Por qué en Europa, señores terratenientes, hace ya mucho que no hay hambrunas? ¿Por qué allí solo durante la vigencia del derecho feudal hubo hambrunas tan terribles como las que padecimos nosotros en 1910-1911?

¡Porque en Europa no existe la servidumbre feudal! En Europa hay campesinos ricos y medios, hay jornaleros, pero no hay millones de campesinos arruinados hasta los tuétanos, empobrecidos y enloquecidos por la eterna zozobra y el trabajo forzado, privados de derechos, apaleados, dependientes del «señor».

¿Qué hacer? ¿Dónde está la salida?

La salida es una sola: liberar a la aldea de la opresión de estos latifundios feudales, el traspaso de esos setenta millones de desiatinas de tierra de los terratenientes a los campesinos, y además un traspaso gratuito.

Solo esta salida haría que Rusia se pareciera realmente a un país europeo. Solo esta salida permitiría respirar y reponerse a millones de campesinos rusos. Solo esta salida daría la posibilidad de transformar Rusia, de país de campesinos mendigos, aplastados por la servidumbre terrateniente y eternamente hambrientos, en un país de «progreso europeo»; de país de analfabetos, en un país alfabetizado; de país de atraso y estancamiento sin esperanza, en un país capaz de desarrollarse y marchar hacia adelante; de país sin derechos y esclavo, en un país libre.

Y el partido de la clase obrera, consciente de que fuera de las instituciones libres y democráticas no hay ni puede haber otro camino hacia el socialismo, señala como salida del callejón sin salida al que ha vuelto a arrastrar a Rusia el gobierno con su política agraria, el traspaso gratuito de toda la tierra de los terratenientes a los campesinos y la conquista de la plena libertad política mediante una nueva revolución.

Escrito en junio, no después del 7 (20) de 1913.

Publicado por primera vez en 1930 en la 2.ª y 3.ª edición de las Obras de V. I. Lenin, tomo XVI

Se publica según el manuscrito