En el editorial de *Luch* (n.º 122) encontramos una valoración profundamente incorrecta de este importante discurso. «Doctrinarismo kadete»: eso fue lo que vio en él *Luch*. El diputado Maklakov es comparado con un animal que con su cola borra sus propias huellas. «Mediante una serie de interpolaciones en su discurso anuló por completo su contenido opositor» –y *Luch* cita las palabras del señor V. Maklakov de que «la reacción es una ley histórica», de que se debe (según las enseñanzas de Bismarck) saber distinguir los momentos en que es necesario gobernar liberalmente de aquellos en que es necesario gobernar despóticamente.

«Tales discursos puede pronunciarlos un profesor –concluye *Luch*–, pero no un político que defiende el derecho de la democracia a la autodeterminación» (?).

No, el señor V. Maklakov no es en absoluto un doctrinario y su discurso no es en absoluto profesoral. Y esperar de V. Maklakov la defensa de los derechos de la democracia es simplemente ridículo. Es un hombre de negocios liberal-burgués que reveló sin temor las propias «entrañas» de la política de su clase. El señor V. Maklakov acusaba al gobierno de que este «pudo comprender (cuando se calmó la revolución) con qué se puede rematar la revolución», pero no lo comprendió.

«Cuando el gobierno lucha contra la revolución, tiene razón, es su deber» –exclamaba el señor V. Maklakov, añadiendo: «lo mismo ocurrirá con la revolución cuando triunfe: luchará contra la contrarrevolución» (aquí el «experimentado» orador cometió un lapsus ridículo, utilizando por alguna razón exclusivamente el tiempo futuro). El señor V. Maklakov repetía varias veces que acusa al gobierno «no por la lucha contra la sedición, contra la revolución, sino por la lucha contra el propio orden».

El señor V. Maklakov comparaba a Stolypin con un bombero que rompe los cristales en una casa en llamas.

De aquí se ve claramente que el tono fundamental y el contenido principal de este significativo discurso no es en modo alguno profesoral ni doctrinario, sino una contrarrevolucionariedad ardiente e insistente. Tanto más necesario es detenerse en esto cuanto más celosamente el ruido periodístico sobre los pequeños detalles del «conflicto» oculta la esencia del asunto. No se puede comprender la política del liberalismo y sus raíces de clase sin asimilar este rasgo característico fundamental suyo.

Una incomprensión del asunto sorprendente y cómica muestra *Luch* cuando exclama: «¿acaso la peor forma de doctrinarsimo no consiste en la admiración por la sabiduría estatal de Bismarck, quien, dígase lo que se diga, siempre fue un hombre de hierro y sangre?»

Pero ¿qué tiene que ver aquí el doctrinarsimo, señores? Esto viene completamente fuera de lugar. V. Maklakov dice más claro que claro que aprueba «la lucha contra la sedición y contra la revolución», aprueba al «bombero» y, por supuesto, V. Maklakov comprende perfectamente que esto significa precisamente: hierro y sangre. V. Maklakov dice más claro que claro que él está precisamente a favor de tal política ¡con la condición de su éxito! Hay que romper los cristales –enseña él–, no teman romper los cristales, no somos personas sentimentales, ni profesores, ni doctrinarios, pero hay que romperlos como Bismarck, es decir, con éxito, fortaleciendo la alianza de la burguesía con los terratenientes.

Y ustedes –se dirige V. Maklakov al gobierno– rompen los cristales en vano, como un gamberro, y no como un bombero.

Bismarck fue el representante de los terratenientes contrarrevolucionarios de Alemania. Comprendió que salvarlos (por unas décadas) solo era posible mediante una sólida alianza con la burguesía liberal contrarrevolucionaria. Logró esa alianza porque la resistencia del proletariado resultó débil y guerras afortunadas ayudaron a resolver la tarea inmediata: la unificación nacional de Alemania.

Entre nosotros hay terratenientes contrarrevolucionarios. Hay burgueses liberales contrarrevolucionarios. V. Maklakov es el primero de entre ellos. Demostró con su discurso su disposición a un ilimitado servilismo y a una bajeza infinita ante los Purishkévich y Cía. Pero para el éxito de la «unión conyugal» esto no es suficiente. Hay que resolver la tarea histórica inmediata, que entre nosotros no consiste en absoluto en la unificación nacional (de esta nos sobra...), sino en la cuestión agraria, bajo una resistencia más fuerte del proletariado.

Sobre esto, el lamentable liberal V. Maklakov, que suspira por un Bismarck ruso, no supo decir ni una sola palabra clara.

Escrito el 4 (17) de junio de 1913.

Publicado por primera vez en 1937 en la Recopilación Leninista XXX. Firmado: W.

Se imprime según el manuscrito.