El liquidador A. Ermanski, en *Nasha Zaria*, se ha lanzado con extraordinaria abundancia de palabras iracundas contra mi crítica de su punto de vista (y el de Gushka) sobre el papel político de la gran burguesía comercial e industrial (*Prosveschenie*, núms. 5-7)[25].

El señor Ermanski, con insultantes salidas de tono y recuerdos de «ofensas» infligidas anteriormente (incluida la «ofensa» infligida al señor Dan y Cía., que intentaron sin éxito escindir la organización socialdemócrata en San Petersburgo en 1907), trata de escamotear la verdadera esencia de la cuestión.

Pero no permitiremos de todos modos que el señor Ermanski escamotee la esencia de la actual polémica con recuerdos de ofensas inmerecidas y derrotas de los liquidadores. Pues la actual polémica afecta a una importantísima cuestión de principio, que se plantea una y otra vez con mil motivos diferentes.

Se trata precisamente de la cuestión de la falsificación liberal del marxismo, de la sustitución del punto de vista marxista, revolucionario, sobre la lucha de clases por el punto de vista liberal. No nos cansaremos de esclarecer esta base ideológica de todas las polémicas entre marxistas y liquidadores.

El señor A. Ermanski escribe:

«El “marxista” Ilin no está en modo alguno de acuerdo en ver en la actividad de las organizaciones industriales una lucha de clases “a escala nacional general (en parte incluso internacional)”, como yo (Ermanski) la había caracterizado en mi artículo. ¿Por qué? Porque aquí “falta el rasgo fundamental de lo nacional general y de lo estatal general: la organización del poder estatal”...» (*Nasha Zaria*, pág. 55).

¡He aquí la exposición de la esencia de la cuestión, hecha por el mismo A. Ermanski, que hace todo lo posible y lo imposible por eludir esta esencia! Por más que me acuse de tergiversar sus puntos de vista y de todos los pecados mortales, por más que dé vueltas, refugiándose incluso «al amparo» de los recuerdos de la escisión de 1907, la verdad se impone de todos modos.

Así pues, mi tesis es clara: el rasgo fundamental de lo nacional general es la organización del poder estatal.

¿No comparte usted este punto de vista, mi iracundo contrincante? ¿No considera usted que éste es el único punto de vista marxista?

Entonces, ¿por qué no lo dice usted directamente? ¿Por qué al punto de vista erróneo no contrapone usted el correcto? Si a su juicio es marxismo sólo entre comillas la afirmación de que el rasgo fundamental de lo nacional general es la organización del poder estatal, ¿por qué no refuta usted mi error y no expone clara, nítidamente, sin rodeos, su concepción del marxismo?

La respuesta a estas preguntas quedará clara para el lector si citamos los razonamientos del señor A. Ermanski inmediatamente posteriores a los aducidos:

«Ilin quiere que la gran burguesía rusa lleve de otro modo su lucha de clases, que trate ineludiblemente de modificar todo el régimen estatal. Ilin quiere, pero la burguesía no quiere, y de ello tiene la culpa, claro está, el “liquidador” Ermanski, que “sustituye el concepto de lucha de clases en el sentido de Marx por el concepto liberal de lucha de clases”».

Hela aquí íntegra la tirada del señor Ermanski, que permite ver al liquidador que da largas en el lugar mismo del delito.

Las largas son evidentes.

¿Señalé yo certeramente o no el «rasgo fundamental» de lo nacional general? El propio señor A. Ermanski se ha visto obligado a reconocer que señalé precisamente esta esencia de la cuestión.

Y el señor Ermanski escurre el bulto, ¡sintiendo que ha caído!

Soslayando la cuestión de si es correcto o incorrecto el rasgo fundamental que señalé, el señor Ermanski, «cazado», da un salto por encima de esta cuestión y pasa a la de qué «quiere» Ilin y qué la burguesía. Pero por audaces y desesperados que sean los saltos del señor Ermanski, no conseguirá ocultar con ellos que ha caído.

¿¡Y a qué viene el “querer”, mi estimado oponente, si la polémica versa sobre el concepto de lucha de clases!? Usted mismo tuvo que reconocer que yo le acuso de sustituir el concepto de Marx por el concepto liberal y que señalé el «rasgo fundamental» del concepto de Marx, que incluye la organización del poder estatal en la lucha de clases a escala nacional general.

¡El señor A. Ermanski es un polemista tan torpe, aunque iracundo, que con su propio ejemplo ha ilustrado de manera gráfica la ligazón del liquidacionismo en general, y de los errores de él, Ermanski, en particular, con el concepto liberal de la lucha de clases!

La cuestión de la lucha de clases es una de las más fundamentales del marxismo. Por eso precisamente vale la pena detenerse más detalladamente en el concepto de lucha de clases.

Toda lucha de clases es una lucha política{79}. Es sabido que los oportunistas, esclavizados por las ideas del liberalismo, entendían torcidamente estas profundas palabras de Marx y trataban de interpretarlas de manera tergiversada. Entre los oportunistas figuraban, por ejemplo, los «economistas», hermanos mayores de los liquidadores. Los «economistas» creían que cualquier choque entre clases es ya una lucha política. Los «economistas» reconocían por tanto como «lucha de clases» la lucha por cinco kopeks por rublo, sin querer ver una lucha de clases más elevada, desarrollada, a escala nacional general, por la política. Los «economistas» reconocían, así, la lucha de clases embrionaria, sin reconocerla en su forma desarrollada. Los «economistas» reconocían, dicho de otro modo, en la lucha de clases sólo aquello que era más tolerable desde el punto de vista de la burguesía liberal, negándose a ir más allá de los liberales, negándose a reconocer una lucha de clases más elevada, inaceptable para los liberales. Los «economistas» se convertían con ello en políticos obreros liberales. Los «economistas» renunciaban así al concepto marxista, revolucionario, de la lucha de clases.

Prosigamos. No basta con que la lucha de clases se convierta en verdadera, consecuente, desarrollada, sólo cuando abarca la esfera de la política. En política también se puede uno limitar a menudos detalles, y se puede ir más a fondo, hasta lo fundamental. El marxismo reconoce la lucha de clases como plenamente desarrollada, «a escala nacional general», sólo cuando no abarca únicamente la política, sino que en la política toma lo más esencial: la organización del poder estatal.

Por el contrario, el liberalismo, cuando el movimiento obrero se ha fortalecido un tanto, ya no se atreve a negar la lucha de clases, pero trata de reducir, recortar, castrar el concepto de lucha de clases. El liberalismo está dispuesto a reconocer la lucha de clases también en la esfera de la política, pero con una condición: que en su esfera no entre la organización del poder estatal. No es difícil comprender qué intereses de clase de la burguesía suscitan esta tergiversación liberal del concepto de lucha de clases.

Y he aquí que, cuando el señor Ermanski, al exponer el trabajo del moderado y puntual funcionario Gushka, se solidarizaba con él, sin advertir (¿o sin querer ver?) la castración liberal del concepto de lucha de clases, yo señalé al señor Ermanski este pecado teórico radical y de principio general suyo. El señor A. Ermanski empezó a enfadarse y a insultar, a dar largas y a hacer piruetas, sin estar en condiciones de refutar mi indicación.

¡El señor A. Ermanski resultó ser un polemista tan torpe que se desenmascaró a sí mismo de manera particularmente gráfica! «Ilin quiere, pero la burguesía no quiere», escribe. Ahora sabemos qué peculiaridades del punto de vista proletario (marxismo) y burgués (liberalismo) provocan estas diferencias de «querer».

La burguesía «quiere» recortar la lucha de clases, tergiversar y reducir su concepto, embotar su filo. El proletariado «quiere» que este engaño sea desenmascarado. El marxista quiere que quien se compromete a hablar en nombre del marxismo de la lucha de clases de la burguesía, desenmascare la estrechez, y además la estrechez egoísta, del concepto burgués de la lucha de clases, y no que se limite a aducir cifras, no que se limite a entusiasmarse con las «grandes» cifras. El liberal «quiere» valorar a la burguesía y su lucha de clases de manera que se silencie su estrechez, se silencie la no inclusión en esta lucha de lo «fundamental» y más esencial.

El señor A. Ermanski cayó en la trampa de razonar a la manera liberal sobre las interesantes cifras que el señor Gushka había compilado sin ideas o servilmente. Es comprensible que, una vez desenmascarado esto, al señor A. Ermanski no le quedara más que insultar y dar largas.

Prosigamos la cita del artículo del señor A. Ermanski donde la interrumpimos:

«Está claro que, en realidad, aquí sólo es Ilin quien sustituye el estudio de la situación real de las cosas por sus calificaciones, y además (¡¡nada menos!!) por un rasero estereotipado según modelos escolares de la historia de la gran revolución francesa».

¡El señor A. Ermansky se ha enredado de tal modo, que se «hunde» a sí mismo cada vez más despiadadamente! ¡No se da cuenta de hasta qué punto su liberalismo queda desenmascarado y al descubierto con esta furiosa salida contra los «moldes» de la gran revolución francesa!

¡Apreciado señor Ermansky, comprenda usted (por difícil que le sea a un liquidador entenderlo) que no se puede «estudiar la situación real de las cosas» sin cualificarla, sin valorarla a la manera marxista, o a la manera liberal, o a la manera reaccionaria, etcétera!

Usted, señor Ermansky, cualificó y cualifica el «estudio» del buen funcionario Gushka a la manera liberal, y yo a la manera marxista. Esta es toda la esencia. Al detener su análisis crítico en el umbral de la cuestión de la estructura del poder estatal, usted ha demostrado con ello la limitación liberal de su concepto de la lucha de clases.

Eso era lo que había que demostrar.

Su salida contra el «molde» de la gran revolución francesa le delata por completo. Pues cualquiera comprenderá que aquí no se trata del molde ni del modelo francés —huelgas, por ejemplo, a gran escala, en aquella época, en las condiciones del «molde y modelo», no las había ni podía haberlas, sobre todo políticas.

La cuestión es que, al convertirse en liquidador, usted ha desaprendido a aplicar el punto de vista revolucionario a la valoración de los acontecimientos sociales. ¡Ahí está el quid de la cuestión! Marx, en modo alguno, limitaba su pensamiento a los «moldes y modelos» de fines del siglo XVIII, pero aplicaba siempre el punto de vista revolucionario, valorando («cualificando», si le gusta a usted una palabra más «erudita», ¡apreciado señor Ermansky!) la lucha de clases siempre del modo más profundo, descubriendo siempre si afecta a lo «fundamental», flagelando siempre sin piedad toda timidez de pensamiento, todo encubrimiento de una lucha de clases subdesarrollada, castrada, interesadamente falseada.

A fines del siglo XVIII, la lucha de clases nos mostró cómo se convierte en política, cómo alcanza formas verdaderamente «nacionales-generales». Desde entonces, el nivel de desarrollo, tanto del capitalismo como del proletariado, ha cambiado en grado gigantesco. Los «moldes» de lo viejo no detendrán a nadie en el estudio, por ejemplo, de las nuevas formas de lucha, en parte ya señaladas por mí más arriba.

Pero el punto de vista del marxista siempre exigirá una «valoración» profunda, y no superficial, siempre pondrá al descubierto la miseria de las tergiversaciones liberales, de las reticencias, de los encubrimientos cobardes.

Saludamos al señor A. Ermansky por la abnegada y magnífica ilustración de cómo los liquidadores sustituyen el concepto marxista de la lucha de clases por el liberal, desaprendiendo a mirar los fenómenos sociales desde el punto de vista revolucionario.

«Prosveshchenie» nº 5, mayo de 1913. Firmado: V. Ilín

Se imprime según el texto de la revista «Prosveshchenie»