Primer extraño. Yo observo, con toda la atención que puedo, la lucha entre los obreros por la «sexteta y la septeta». Procuro seguir ambos periódicos{25}. Comparo, en la medida de lo posible, los comentarios de la prensa burguesa y reaccionaria... ¿Y saben qué? Me parece que la lucha adquiere formas graves, que degenera en riñas, en mezquindades, y que el resultado será —en todo caso— una enorme desmoralización.

Segundo extraño. No entiendo nada. ¿Dónde se ha visto en el mundo una lucha por algo serio que no adoptara formas graves? Precisamente porque la lucha decide un problema serio, aquí no se puede salir del paso con una «pequeña» «disputa». Quienes se han acostumbrado a negar y siguen negando los principios de la construcción del partido no se rendirán sin una resistencia desesperada. La resistencia desesperada, en todas partes y siempre, engendra «formas graves», engendra intentos de desviar la polémica del terreno de los principios al de la riña. ¿Y qué? ¿Acaso por eso se ha de renunciar a la lucha por los principios fundamentales de la construcción del partido?

Primer extraño. Usted se desvía un poco de la cuestión que yo he planteado y se apresura demasiado a «pasar a la ofensiva». Cada círculo obrero de uno y otro lado se apresura a «vomitar» una resolución, y se desarrolla casi una competencia por ver quién supera a quién con palabras más fuertes. ¡Cuántos insultos, que alejan de la prensa obrera a las masas de trabajadores que buscan la luz del socialismo, y que tal vez tiran el periódico con un sentimiento ya de perplejidad, ya de una especie de vergüenza por el socialismo... Quizás incluso se desilusionen del socialismo por mucho tiempo. La competencia en improperios crea una atmósfera de cierta «selección antinatural» que sitúa en primer plano a los «especialistas del boxeo»... Se fomenta la bravuconería al atropellar al adversario, tanto de un lado como del otro. ¿Es esa la educación que un partido socialista debe dar al proletariado? ¿No resulta esto una aprobación o, al menos, una tolerancia al oportunismo, puesto que oportunismo es sacrificar los intereses cardinales del movimiento obrero a un éxito momentáneo? Ambas partes están sacrificando los intereses cardinales del movimiento obrero a un éxito momentáneo... En lugar de alegría por el trabajo socialista, de impregnarse de él, de una actitud seria hacia él, resulta que los socialistas alejan a las masas del socialismo. Involuntariamente vienen a la memoria las amargas palabras de que el proletariado llegará al socialismo a pesar de los socialistas.

Segundo extraño. Usted y yo somos ambos personas ajenas, es decir, no participamos directamente en la lucha. Pero las personas ajenas, al examinar lo que ocurre ante sus ojos, pueden relacionarse con la lucha de dos maneras. Mirando desde fuera, se puede ver sólo el aspecto exterior, por decirlo así, de la lucha: en sentido figurado, se pueden ver sólo los puños cerrados, los rostros contraídos, escenas feas; se puede condenar todo eso, llorar y lamentarse por ello. Pero, mirando desde fuera, también se puede comprender el significado de la lucha que tiene lugar, que es, perdóneme, un poco más interesante e históricamente más significativo que las escenitas y cuadros de los llamados «excesos» o «extremismos» en la lucha. No hay lucha sin pasión. No hay pasión sin extremismos; y, en lo que a mí respecta, odio sobre todo a la gente que, en la lucha de clases, de partidos, de fracciones, ve ante todo los «extremismos». Siempre me dan ganas —perdón— de gritar a esa gente: «Por mí, más vale que bebas, pero que entiendas el asunto».

Y lo que aquí se está forjando es algo grande, históricamente grande. Se está constituyendo el partido obrero. La independencia obrera, la influencia de los obreros sobre su propia fracción, la solución por los propios obreros de los problemas de su partido: he ahí el gran significado histórico de lo que está ocurriendo, he ahí cómo lo que era un deseo piadoso se convierte ante nuestros ojos en un hecho. A usted le asustan y entristecen los «extremismos», mientras que yo contemplo con entusiasmo la lucha en la que de hecho madura y se templa la clase obrera de Rusia; me enfurezco sólo porque soy un extraño, porque no puedo lanzarme al corazón mismo de esta lucha…

Primer extraño. ¿Y al corazón mismo de los «extremismos», verdad? Y si los «extremismos» llegan hasta la fabricación de resoluciones, ¿también proclamará usted «odio» hacia quienes lo señalan, se indignan por ello y exigen, cueste lo que cueste, poner fin a eso?

Segundo extraño. ¡No me asuste, por favor! ¡No me asustará! Palabra de honor, usted empieza a parecerse a esas personas que están dispuestas a condenar la publicidad con motivo de la publicación de informaciones falsas. Recuerdo que una vez apareció en «Pravda» una noticia sobre la falta de honradez política de un socialdemócrata, noticia que fue desmentida mucho después. ¡Imagino lo que tuvo que pasar ese socialdemócrata desde la publicación hasta la refutación! Pero la publicidad es una espada que cura por sí misma las heridas que inflige. ¿Habrá fabricaciones de resoluciones? A los falsificadores se les desenmascarará y se les echará fuera. Eso es todo. No hay batallas serias en escena sin hospitales de campaña junto al campo de batalla. Pero dejarse asustar o alterar los nervios por las escenas «de hospital de campaña» es algo del todo imperdonable. Quien teme a los lobos, no entra en el bosque.

Y en cuanto al oportunismo, es decir, al olvido de los objetivos cardinales del socialismo, usted está descargando la culpa de su cabeza enferma en la sana. A usted le resulta que esos objetivos cardinales son algo así como un «ideal angélico», desvinculado de la «pecaminosa» lucha por la causa del día, por la maldad del momento. Mirar así significa convertir el socialismo en una frasecita almibarada, en un empalagoso melindre. En toda lucha por toda maldad del día hay que meter un vínculo indisoluble con los objetivos cardinales. Sólo esta comprensión del sentido histórico de la lucha permite, al profundizarla y agudizarla, desechar lo malo, la «bravuconería», el «boxeo», que es inevitable donde hay multitud, ruido, gritos, aglomeración, pero que se desecha por sí mismo.

Usted habla del partido socialista que educa al proletariado. Pero la cuestión que se ventila en esta lucha es precisamente la de defender los principios fundamentales del espíritu de partido. Ante cada círculo obrero se alza, en forma tajante, irreconciliable, que exige una respuesta inmediata y directa, la cuestión de qué política quiere seguir en la Duma, cómo se relaciona con el partido legal y con la clandestinidad, si considera que la fracción de la Duma está por encima del partido o al revés. Todo esto es el abecé de la existencia del partido, es la cuestión de ser o no ser del partido.

El socialismo no es un sistema acabado con el que se beneficiará a la humanidad. El socialismo es la lucha de clases del proletariado actual, que va de un objetivo hoy a otro mañana en nombre de su objetivo cardinal, aproximándose a él cada día. El socialismo atraviesa hoy, en el país llamado Rusia, una etapa de culminación de la construcción del partido obrero por los propios obreros conscientes, a despecho de los intentos de la intelectualidad liberal y de la «intelectualidad socialdemócrata de la Duma» de sabotear esta construcción.

Los liquidadores sabotean la construcción por los obreros de su partido obrero: tal es el sentido y significado de la lucha de la «sexteta contra la septeta». Pero no lograrán sabotearla. La lucha es dura, pero el éxito está asegurado para los obreros. Que los débiles o los amedrentados vacilen con motivo de los «extremismos» de la lucha; mañana mismo verán por sí mismos que, sin pasar por esto, no se podía dar ni un paso más.

Escrito en marzo-abril de 1913.

Publicado por primera vez el 5 de mayo de 1932 en el periódico «Pravda» n.º 123. Firmado: K—v.