Nuestro ministerio de instrucción, perdón por la expresión, «pública» se jacta extraordinariamente de que sus gastos crecen con especial rapidez. En la nota explicativa del primer ministro y del ministro de Hacienda al presupuesto de 1913 encontramos un resumen de datos sobre el presupuesto del ministerio de la presunta instrucción pública en los años posteriores a la revolución. De 46 millones de rublos en 1907, este presupuesto se elevó hasta 137 millones en 1913. ¡Un aumento enorme: casi el triple en escasos seis años!

En vano nuestros panegiristas oficiales de los «órdenes» o desórdenes policiales en Rusia olvidan que las cifras ridículamente pequeñas, en su cálculo porcentual de crecimiento, aumentan siempre con «enorme» rapidez. Si a un mendigo que tiene tres kopeks le dan una moneda de cinco, el aumento de su «patrimonio» será de inmediato «enorme»: ¡nada menos que del 167 %!

¿Acaso no debía el ministerio, si no persiguiera el objetivo de ofuscar la conciencia popular y de ocultar la situación miserable de la instrucción pública en Rusia, haber presentado otros datos? Es decir, ¿no debía haber presentado datos que comparasen no nuestra actual moneda de cinco kopeks con nuestro anterior altyn (tres kopeks), sino datos que comparasen lo que tenemos con lo que es necesario para un Estado civilizado? Todo aquel que no quiera engañarse a sí mismo ni engañar al pueblo, debe reconocer que el ministerio estaba obligado a presentar esos datos, y que, al no presentarlos, el ministerio no cumplió con su deber. En lugar de esclarecer al pueblo y a los representantes del pueblo nuestras necesidades estatales, el ministerio ofusca esas necesidades, entreteniéndose con un estúpido juego oficial de cifritas, con un mascullar oficial de viejas cifras que nada esclarecen.

No dispongo, por supuesto, ni de la centésima parte de los medios y de las fuentes de información sobre la instrucción pública con que cuenta el ministerio. Pero, aun así, he procurado conseguir al menos algunas fuentes. Y afirmo audazmente que puedo presentarles datos indiscutibles, oficiales, que aclaran realmente la situación de nuestro oficial «ofuscamiento» popular.

Tomo el «Anuario de Rusia» oficial, gubernamental, de 1910, editado por el Ministerio del Interior (San Petersburgo, 1911).

En su página 211 leo que el número total de alumnos en el Imperio Ruso, sumando las escuelas primarias, secundarias y superiores, y las instituciones de enseñanza de todo tipo, era en 1904 de 6.200.172 personas, y en 1908, de 7.095.351. El aumento es evidente. El año quinto, año del gran despertar de las masas populares en Rusia, año de la gran lucha popular por la libertad bajo la dirección del proletariado, obligó incluso a nuestro departamento oficial a salir del punto muerto.

Pero fíjense a qué miseria estamos condenados, debido a la preservación del régimen burocrático, a la omnipotencia de los terratenientes feudales, incluso en las condiciones del progreso «departamental» más rápido.

El mismo «Anuario de Rusia» calcula que en 1908 correspondían en Rusia 46,7 alumnos por cada 1.000 habitantes (en 1904 eran 44,3 alumnos por cada 1.000 habitantes).

¿Qué dice esta cifra, que el ministerio de Instrucción Pública tuvo la pereza de comunicar a la Duma a partir de las publicaciones del Ministerio del Interior? ¿Qué dice esta proporción: menos de 50 alumnos por cada 1.000 habitantes?

Dice, señores defensores del ofuscamiento popular oficial, de un increíble atraso y barbarie de Rusia debido a la omnipotencia de los terratenientes feudales en nuestro Estado. El número de niños y adolescentes en edad escolar constituye en Rusia más del 20 %, es decir, más de la quinta parte del total de habitantes. Esta cifra no habría sido difícil de averiguar incluso para los señores Kasso y Kokovtsov por medio de los funcionarios de sus departamentos.

Así pues, los niños en edad escolar son el 22 %, y los alumnos el 4,7 %, ¡es decir, casi cinco veces menos! ¡Esto significa que alrededor de las cuatro quintas partes de los niños y adolescentes en Rusia están privados de instrucción pública!

Un país tan salvaje, en el que las masas populares estén hasta tal punto despojadas en el sentido de la educación, la luz y el conocimiento, no queda ninguno en Europa, a excepción de Rusia. Y este embrutecimiento de las masas populares, en particular del campesinado, no es casual, sino inevitable bajo la opresión de los terratenientes, que se han apoderado de decenas y decenas de millones de desiatinas de tierra y también del poder estatal, tanto en la Duma como en el Consejo de Estado, y no solo en esas instituciones, comparativamente aún inferiores...

Las cuatro quintas partes de la joven generación están condenadas al analfabetismo por el régimen estatal de servidumbre de Rusia. A este embrutecimiento del pueblo por el poder de los terratenientes corresponde el analfabetismo en Rusia. El mismo «Anuario de Rusia» gubernamental calcula (en la página 88) que en Rusia solo el 21 % de la población es alfabetizada, y, descontando (de la población) a los niños de edad preescolar, es decir, hasta los 9 años, solo el 27 %.

En los países civilizados, en cambio, no hay analfabetos en absoluto, como en Suecia y Dinamarca, o solo hay un 1-2 %, como en Suiza y Alemania. Incluso la atrasada Austria-Hungría ha creado para su población eslava condiciones de vida inmensamente más cultas que la Rusia feudal: en Austria hay un 39 % de analfabetos, en Hungría un 50 %. Nuestros chovinistas, derechistas, nacionalistas y octubristas deberían reflexionar sobre estas cifras, si no tuvieran como objetivo «estatal» desacostumbrarse ellos mismos a pensar y desacostumbrar a pensar al pueblo. Pero si ellos ya se han desacostumbrado, el pueblo en Rusia aprende cada vez más a pensar, a pensar también sobre qué clase, con su dominación en el Estado, condena a los campesinos rusos a la miseria material y a la miseria espiritual.

Norteamérica no pertenece a los países avanzados por el número de alfabetizados. Allí hay casi un 11 % de analfabetos, y entre los negros, un 44 %. Pero los negros norteamericanos, aun oprimidos como están para vergüenza de la república norteamericana, están a pesar de todo más del doble de bien situados en lo que respecta a la «instrucción pública» que los campesinos rusos. Los negros norteamericanos, por mucho que estén oprimidos, son más felices que los campesinos rusos; y son más felices porque a los esclavistas norteamericanos el pueblo los derrotó completamente hace exactamente medio siglo, aplastó a esa alimaña, barrió por completo la esclavitud y el régimen estatal esclavista, los privilegios políticos esclavistas en Norteamérica.

Los señores Kasso, Kokovtsov y Maklálov enseñarán también al pueblo ruso a imitar el ejemplo norteamericano.

En Norteamérica había en 1908 17 millones de alumnos, es decir, 192 alumnos por cada mil habitantes, más del cuádruple que en Rusia. Hace cuarenta y tres años, en 1870, cuando Norteamérica apenas empezaba a construir su vida libre, tras la limpieza del país de los bisontes esclavistas, hace cuarenta y tres años había en Norteamérica 6.871.522 alumnos, es decir, más que en la Rusia de 1904, y casi la misma cantidad que en la Rusia de 1908. Pero incluso entonces, en 1870, por cada 1.000 habitantes en Norteamérica había 178 (ciento setenta y ocho) alumnos, es decir, poco menos del cuádruple que en la Rusia actual.

He ahí, señores, una nueva prueba de que a Rusia aún le queda por conquistar, mediante una tenaz lucha revolucionaria del pueblo, la libertad que los norteamericanos adquirieron hace medio siglo.

El presupuesto del ministerio de ofuscación popular en Rusia está fijado para 1913 en 136,7 millones de rublos. Esto representa, por habitante (170 millones en 1913), solo 80 kopeks. Incluso si tomamos la cifra de «la suma total de gastos del erario en instrucción» que da el señor ministro de Hacienda en la página 109 de su nota explicativa al presupuesto, es decir, la cifra de 204,9 millones de rublos, de todos modos obtenemos solo 1 rublo y 20 kopeks por habitante. En Bélgica, Inglaterra, Alemania, la suma de gastos en instrucción pública asciende a 2-3 rublos, e incluso a 3 rublos y 50 kopeks por habitante. En Norteamérica, en 1910, se gastaban en instrucción pública 426 millones de dólares, esto es, 852 millones de rublos, es decir, 9 rublos y 24 kopeks por habitante. Hace cuarenta y tres años, en 1870, la república norteamericana gastaba en instrucción pública 126 millones de rublos al año, o sea, 3 rublos y 30 kopeks por habitante.

Por supuesto, nos objetan las plumas oficiales y los servidores oficiales que Rusia es pobre, que no tiene dinero. Oh, sí, Rusia no solo es pobre, es miserable, cuando se habla de instrucción pública. En cambio, Rusia es muy «rica» en gastos para el Estado feudal dirigido por los terratenientes, en gastos para la policía, para el ejército, para rentas y sueldos de decenas de miles a los terratenientes que han alcanzado «altos» cargos, para la política de aventuras y de rapiña, ayer en Corea o en el río Yalu, hoy en Mongolia y en la Armenia turca. Rusia seguirá siendo siempre pobre y miserable en lo que respecta a los gastos en instrucción del pueblo, mientras el pueblo no se instruya lo suficiente como para derrocar la opresión de los terratenientes feudales.

Rusia es pobre cuando se habla del salario de los maestros del pueblo. Les pagan unos míseros céntimos. Los maestros del pueblo pasan hambre y se hielan en isbas sin calefacción y casi inhabitables. Los maestros del pueblo viven junto con el ganado que los campesinos meten en la isba en invierno. Los maestros del pueblo son vejados por cualquier uríadnik, cualquier centurionegro rural o guardián y soplón voluntario, por no hablar de las trabas y persecuciones por parte de los superiores. Rusia es pobre para pagar a los honrados trabajadores de la instrucción pública, pero es muy rica para tirar millones y decenas de millones en nobles parásitos, en aventuras militares, en dádivas a los fabricantes de azúcar y a los reyes del petróleo, y cosas por el estilo.

Una última cifra más de la vida norteamericana, señores, para mostrar a los pueblos oprimidos por los terratenientes rusos y su gobierno cómo vive un pueblo que supo conquistar su libertad mediante una guerra revolucionaria. En 1870, en Norteamérica había 200.515 maestros con un salario de 37,8 millones de dólares, es decir, 189 dólares o 377 rublos al año por maestro en promedio. ¡Esto era hace cuarenta años! Y ahora, en Norteamérica, hay 523.210 maestros, y perciben un salario de 253,9 millones de dólares, es decir, 483 dólares o 966 rublos al año por maestro. Y en Rusia, incluso con el nivel actual de sus fuerzas productivas, sería perfectamente posible ya hoy asegurar un salario no menos satisfactorio al ejército de maestros del pueblo que ayudan al pueblo a salir de la ignorancia, las tinieblas y el abatimiento, si... si todo el régimen estatal de Rusia, de arriba abajo, estuviera reconfigurado de manera tan democrática como el norteamericano.

O bien la miseria y el embrutecimiento bajo la omnipotencia de los terratenientes feudales, bajo los órdenes o desórdenes del 3 de junio, o bien la libertad y la civilización con la capacidad y la decisión de conquistar la libertad; he ahí la lección palpable que el presupuesto del ministerio de Instrucción Pública imparte a los ciudadanos rusos.

Pero hasta ahora me he referido casi exclusivamente al aspecto material, o incluso financiero, de la cuestión. Inconmensurablemente más triste, o, mejor dicho, más repugnante, es el cuadro del embrutecimiento espiritual, del abatimiento, la opresión y la falta de derechos de los estudiantes y los enseñantes en Rusia. Toda la actividad del ministerio de Instrucción Pública en este sentido es una continua violación de los derechos de los ciudadanos, una continua afrenta al pueblo. La indagación policial, la arbitrariedad policial, los obstáculos policiales a la instrucción del pueblo en general y de los obreros en particular, la destrucción policial de lo que hace el propio pueblo para su instrucción, he ahí a qué se reduce toda la actividad del ministerio cuyo presupuesto aprobarán los señores terratenientes, desde los derechistas hasta los octubristas inclusive.

Y para probarles a ustedes, señores miembros de la IV Duma, la justeza de mis palabras, llamaré a un testigo al que ni siquiera ustedes, señores terratenientes, podrán recusar. Este testigo es el miembro de la III y IV Duma de Estado, el octubrista señor Kliúzhev, miembro del consejo de tutela del 2.º y 3.er gimnasio femenino de Samara, miembro de la comisión escolar de la Duma municipal de Samara, miembro de la comisión revisora del zemstvo provincial de Samara, ex inspector de escuelas populares. He enumerado (según el manual oficial de la III Duma) los cargos y títulos de este octubrista para demostrarles que el propio gobierno, los propios terratenientes en nuestro zemstvo terrateniente colocaron al señor Kliúzhev en los puestos más destacados del ámbito del «trabajo» (el «trabajo» de indagación y de verdugo) de nuestro ministerio de atontamiento popular.

Si alguien, sin duda el señor Kliúzhev ha hecho toda su carrera como funcionario cumplidor de la ley y temeroso de Dios. Si alguien, sin duda el señor Kliúzhev se ha ganado con su fiel servicio sobre el terreno, en la provincia, la confianza de los señores nobles y terratenientes.

Y he aquí algunas citas de este testigo fidelísimo (desde el punto de vista feudal) de su discurso en la III Duma sobre el presupuesto del ministerio de Instrucción Pública.

El zemstvo de Samara —relataba en la III Duma el señor Kliúzhev— adoptó por unanimidad la proposición del señor Kliúzhev de solicitar la transformación de algunas escuelas rurales de dos clases en escuelas de cuatro clases. El curador del distrito —informa el cumplidor de la ley y temeroso de Dios señor Kliúzhev— lo deniega. ¿Por qué? Explicación oficial: «en vista del reducido número de niños en edad escolar».

Y he aquí la comparación que hace el señor Kliúzhev: en nuestro país (dice refiriéndose a la Rusia oprimida por los terratenientes), en nuestras aldeas de Samara no hay ni una sola escuela de cuatro clases por cada 6.000 habitantes. En la ciudad de Serdobol (Finlandia), para 2.800 habitantes hay cuatro escuelas secundarias (y superiores).

Esta es la comparación que hizo el señor octubrista y meritísimo Peredónov[15]... perdón, se me escapó... ¡el meritísimo señor Kliúzhev en la III Duma! ¡Reflexionen sobre esta comparación, señores representantes, si no populares, al menos representantes de los terratenientes! ¿Quién solicitó la apertura de escuelas? ¿Acaso los izquierdistas? ¿Acaso los mujiks? ¿Acaso los obreros? ¡Dios nos libre! Lo solicitó por unanimidad el zemstvo de Samara, es decir, los terratenientes de Samara, incluidos los más centurionegros. ¡Y el gobierno, en la persona del curador, lo deniega con el pretexto de que es «reducido» el número de niños en edad escolar! ¿Acaso no tenía yo toda la razón, plena y absolutamente, cuando dije que el gobierno obstaculiza la instrucción pública en Rusia?, ¿que el gobierno es el mayor enemigo de la instrucción pública en Rusia?

Si en Finlandia vemos cultura, civilización, libertad, alfabetización, mujeres instruidas, etc., ello se debe exclusivamente a que en Finlandia no existe una «calamidad social» como el gobierno ruso. Ahora quieren imponer también a Finlandia esta calamidad y convertir a Finlandia en un país esclavo. ¡No lo conseguirán, señores! ¡Con sus intentos de implantar por la fuerza la esclavitud política en Finlandia solo acelerarán el despertar de la esclavitud política de los pueblos de Rusia!

Citaré una declaración más del testigo octubrista señor Kliúzhev. «¿Cómo se reclutan los pedagogos?», preguntaba en su discurso el señor Kliúzhev, y él mismo dio a su pregunta la siguiente respuesta:

«Un difunto activista de Samara, Popov, legó un capital para la creación de un seminario femenino de maestras». Y ¿a quién creen que nombraron directora del seminario? Esto es lo que escribe el albacea del difunto Popov: «¡Y para el puesto de directora fue nombrada una viuda de un general de la Guardia, la cual, por confesión propia, oyó hablar por primera vez de la existencia de una institución docente llamada seminario femenino de maestras!».

No piensen, señores, que este hecho lo he tomado de la colección de fábulas de Demián Bedny, de una fábula por la que multaron a «Prosveshchenie» y a su redactor lo metieron en la cárcel{65}. No. Este hecho está tomado del discurso del octubrista Kliúzhev, que lo único que teme (en su calidad de persona temerosa de Dios y de la policía) es pensar en el significado de este hecho. Pues este hecho demuestra nuevamente, de manera incontestable, que no hay enemigo más feroz, más irreconciliable de la instrucción del pueblo en Rusia que el gobierno ruso. Y los señores donantes de capitales para la instrucción pública deben comprender que están tirando el dinero en vano, peor que en vano. Queriendo donar para la educación del pueblo, en realidad están dando dinero para generales de la Guardia y sus viudas. Tales donantes, si no quieren despilfarrar el dinero, deben comprender que deben donarlo a los socialdemócratas, que son los únicos que sabrán emplear ese dinero para proporcionar al pueblo una verdadera educación, realmente independiente de los «generales de la Guardia»... y de los medrosos y cumplidores señores Kliúzhev.

Otra cita del discurso del mismo señor Kliúzhev:

«Fue vano nuestro (de la III Duma) deseo de la Duma de Estado de que se abriera el acceso a las instituciones de enseñanza superior a los seminaristas. El ministerio no encontró posible responder a nuestros deseos». «Por lo demás, el gobierno cierra el camino hacia la enseñanza superior no solo a los seminaristas, sino también, en general, a los hijos de los estamentos campesino y pequeño-burgués. Esto no es una frase hermosa —exclamaba el funcionario octubrista del ministerio de Instrucción Pública—, es la verdad. De las 119.000 personas que estudian en los gimnasios, solo 18.000 son campesinos. Y en todas las instituciones docentes del ministerio de Instrucción Pública, los campesinos constituyen solo el 15 por ciento. En los seminarios eclesiásticos, de 20.500 alumnos, solo 1.300 son campesinos. En los cuerpos de cadetes y establecimientos semejantes no se admite en absoluto a campesinos» (estas citas del discurso de Kliúzhev se reproducen, entre otros lugares, en el artículo de K. Dobrosérdov en el n.º 6 de «Névskaya Zvezdá» de 1912, del 22 de mayo de 1912).

Así habló en la III Duma el señor Kliúzhev. Las declaraciones de este testigo no las refutarán ni siquiera los señores dueños de la IV Duma. Y el testigo, contra su voluntad e independientemente de su deseo, confirma enteramente la valoración revolucionaria de la situación actual de Rusia en general y de la instrucción pública en particular. Porque, en efecto, ¿qué merece un gobierno que, según palabras de uno de los destacados funcionarios gubernamentales y dirigentes del partido gubernamental de los octubristas, cierra el camino hacia la educación a pequeños burgueses y campesinos?

Piénsenlo bien, señores, ¡qué merece semejante gobierno desde el punto de vista de esos pequeños burgueses y campesinos!

Y no olviden que los pequeños burgueses y campesinos constituyen en Rusia el 88 por ciento de la población, es decir, poco menos de las nueve décimas partes del pueblo. Los nobles, en cambio, son solo el uno y medio por ciento. Y he aquí que el gobierno toma dinero de las nueve décimas partes del pueblo para escuelas e instituciones docentes de todo tipo, y con ese dinero instruye a los nobles, ¡cerrando el paso a los pequeños burgueses y campesinos! ¿Acaso no está claro qué merece este gobierno nobiliario? ¿Este gobierno que oprime a las nueve décimas partes de la población para salvaguardar los privilegios de una centésima parte de la población?

Por último, he aquí la última cita del discurso de mi testigo, el señor funcionario octubrista del ministerio de Instrucción Pública, miembro de la III (y IV) Duma, Kliúzhev:

«En el quinquenio 1906-1910 —dice el señor Kliúzhev—, en el distrito de Kazán fueron destituidos del servicio 21 directores de centros de enseñanza media y de escuelas populares, 32 inspectores de escuelas populares y 1.054 maestros de escuelas urbanas, y se trasladó a 870 de unos y otros. Imagínense —exclamaba el señor Kliúzhev— ¡cómo puede dormir tranquilo nuestro maestro! Durmiéndose en Astracán, no tiene la certeza de que mañana no vaya a aparecer en Viatka. ¡Pónganse en el estado psíquico de un pedagogo acosado como una liebre!».

Esta exclamación no es de un maestro «izquierdista», sino de un octubrista. Estos datos los ha presentado un servicial funcionario. ¡Es su testigo, señores derechistas, nacionalistas y octubristas! ¡Y este «su» testigo se ve obligado a reconocer la más desenfrenada, la más descarada, la más repugnante arbitrariedad del gobierno en el trato a los maestros! ¡Este testigo suyo, señores dueños de la IV Duma y del Consejo de Estado, se ve forzado a reconocer el hecho de que los maestros en Rusia están «acosados» como liebres por el gobierno ruso!

Y, basándonos en este hecho, uno entre miles y miles de hechos semejantes de la vida rusa, preguntamos al pueblo ruso y a todos los pueblos que habitan Rusia: ¿necesitamos un gobierno para que proteja los privilegios de los nobles y «acose» a los maestros del pueblo? ¿No merece ese gobierno que el pueblo lo eche?

Sí, los maestros del pueblo ruso están acosados como liebres. Sí, a las nueve décimas partes de la población de Rusia el gobierno les cierra el camino a la educación. Sí, nuestro ministerio de Instrucción Pública es un ministerio de indagación policial, de escarnio a la juventud, de afrenta a la aspiración popular al conocimiento. Pero los campesinos rusos, y en particular los obreros rusos, señores miembros de la IV Duma, no todos, ni mucho menos todos, se parecen a las liebres. La clase obrera supo demostrarlo en el año quinto, y sabrá demostrar una vez más, y demostrar de manera mucho más convincente, mucho más impresionante, mucho más seria, su capacidad para la lucha revolucionaria por la verdadera libertad y por la verdadera instrucción pública, no kassoviana ni nobiliaria, ¡sino popular!

Escrito el 27 de abril (10 de mayo) de 1913.

Publicado por primera vez en 1930 en la 2.ª-3.ª edición de las Obras de V. I. Lenin, tomo XVI.

Se publica según el manuscrito.