La sociedad capitalista actual oculta en su seno multitud de casos de miseria y opresión que no saltan inmediatamente a la vista. Las familias desmembradas de los pequeño-burgueses, artesanos, obreros, empleados, pequeños funcionarios padecen una indigencia indecible, llegando a duras penas a fin de mes en los mejores tiempos. Millones y millones de mujeres en esas familias viven (o, mejor dicho, penan) la vida de «esclavas domésticas», esforzándose por alimentar y vestir a la familia con unas perras gordas, a costa de cotidianos esfuerzos desesperados y de «economizar» en todo, excepto en su propio trabajo.

De entre estas mujeres, el capital prefiere tomar a sus trabajadoras a domicilio, dispuestas por un salario monstruosamente bajo a «ganar un sobresueldo» para un pedazo de pan para ellas y su familia. De entre estas mismas mujeres, los capitalistas de todos los países toman (al igual que los esclavistas de la antigüedad y los terratenientes feudales de la Edad Media) cualquier número de concubinas por el precio más «asequible». Y ninguna «indignación moral» (hipócrita en 99 de cada 100 casos) respecto a la prostitución podrá hacer nada contra este tráfico de cuerpos femeninos: mientras exista la esclavitud asalariada, inevitablemente existirá también la prostitución. Todas las clases oprimidas y explotadas en la historia de las sociedades humanas siempre se han visto forzadas (en esto consiste su explotación) a entregar a los opresores, en primer lugar, su trabajo no retribuido y, en segundo lugar, a sus mujeres como concubinas de los «señores».

La esclavitud, la servidumbre y el capitalismo son iguales a este respecto. Solo cambia la forma de la explotación; la explotación permanece.

En París, «la capital del mundo», centro de la civilización, se ha abierto actualmente una exposición de productos de «trabajadoras a domicilio explotadas».

En cada objeto expuesto vemos una etiqueta que indica cuánto cobra por su confección la trabajadora a domicilio y cuánto puede ganar con ello al día y a la hora.

¿Y qué resulta? Más de 1 1/4 de franco, es decir, 50 kopeks, en ninguna mercancía puede ganar la trabajadora a domicilio. Y la inmensa mayoría de los trabajos proporciona un salario aún incomparablemente más bajo. He aquí, por ejemplo, las pantallas de lámparas. La paga: 4 kopeks por docena. O las bolsas de papel: 15 kopeks por millar; el salario, seis kopeks por hora. He aquí pequeños juguetes con cintas, etc.: 2 1/2 kopeks por hora. He aquí trabajos de flores: dos o tres kopeks por hora. He aquí ropa interior femenina y masculina: de dos a seis kopeks por hora. Y así hasta el infinito.

También nuestras sociedades obreras y sindicatos deberían organizar una «exposición» similar. No proporcionará las colosales ganancias que recogen las exposiciones de la burguesía. La exposición de la miseria e indigencia femeninas proletarias aportará otro beneficio: ayudará a los trabajadores asalariados y a las esclavas asalariadas a comprender su situación, a volver la vista hacia su «vida», a reflexionar sobre las condiciones para librarse de esa eterna opresión de la necesidad, la miseria, la prostitución y toda clase de ultrajes contra los desposeídos.

Escrito el 27 de abril (10 de mayo) de 1913.

Publicado el 5 de mayo de 1913 en el periódico «Pravda» núm. 102.

Se publica según el texto del periódico.