Los principales momentos históricos en el desarrollo de las opiniones de los socialdemócratas rusos sobre el problema agrario los he señalado en el parágrafo 1 del folleto _Revisión del programa agrario del partido obrero_[1]. Debemos detenernos con mayor detalle en el análisis de cuál fue el error de los anteriores programas agrarios de la socialdemocracia rusa, es decir, de los programas de 1885 y 1903.

**1. ¿En qué consiste el error de los anteriores programas agrarios de los socialdemócratas rusos?**

En el proyecto del grupo «Emancipación del Trabajo», que apareció en 1885, el programa agrario se expone de la siguiente manera: «Revisión radical de nuestras relaciones agrarias, es decir, de las condiciones de rescate de la tierra y de su adjudicación a las comunidades campesinas. Concesión del derecho a renunciar al nadiel y a salir de la comuna a aquellos campesinos que lo encuentren conveniente, etc.».

Esto es todo. El error de este programa no consiste en que contenga principios falsos o reivindicaciones parciales falsas. No. Sus principios son correctos, y la única reivindicación parcial que plantea (el derecho a renunciar al nadiel) es tan indiscutible que hoy ha resultado realizada gracias a la peculiar legislación de Stolypin. El error de este programa es su abstracción, la ausencia de toda visión concreta del asunto. Propiamente, no es un programa, sino la declaración marxista más general. Por supuesto, sería absurdo imputar este error a los redactores del programa, que por primera vez exponían ciertos principios mucho antes de la formación del partido obrero. Al contrario, hay que subrayar especialmente que en este programa, veinte años antes de la revolución rusa, se reconoce la inevitabilidad de una «revisión radical» de la reforma campesina.

El desarrollo de este programa debía haber consistido, desde el punto de vista teórico, en aclarar cuáles son las bases económicas de nuestro programa agrario, en qué puede y debe apoyarse la reivindicación de una revisión radical, a diferencia de una no radical, reformista, y, por último, en la definición concreta del contenido de esta revisión desde el punto de vista del proletariado (esencialmente distinto del punto de vista radical en general). Desde el punto de vista práctico, el desarrollo del programa debía tener en cuenta la experiencia del movimiento campesino. Sin la experiencia de un movimiento campesino de masas, y más aún: de alcance nacional, el programa del partido obrero socialdemócrata no podía llegar a ser concreto, pues la cuestión de hasta qué punto nuestro campesinado se ha descompuesto ya en sentido capitalista, y hasta qué punto es capaz de una revolución democrático-burguesa, era demasiado difícil o imposible de resolver basándose únicamente en consideraciones teóricas.

En 1903, cuando el II Congreso de nuestro partido aprobó el primer programa agrario del POSDR, tampoco teníamos semejante experiencia sobre el carácter, la amplitud y la profundidad del movimiento campesino. Las insurrecciones campesinas de la primavera de 1902 en el sur de Rusia no fueron más que una explosión aislada. De ahí que sea comprensible la contención de los socialdemócratas al elaborar el programa agrario: «inventar» un programa de este tipo para la sociedad burguesa no es en absoluto tarea del proletariado, y seguía siendo desconocido hasta qué punto podía desarrollarse precisamente un movimiento del campesinado contra los restos del feudalismo, un movimiento merecedor del apoyo del proletariado.

El programa de 1903 intenta definir concretamente el contenido y las condiciones de aquella «revisión» de la que, en 1885, los socialdemócratas hablaban en términos generales. Este intento –en el punto principal del programa, el concerniente a las «tierras recortadas»– se basaba en una separación aproximada entre las tierras que servían para la explotación feudal y de servidumbre («recortadas a los campesinos en 1861») y las tierras explotadas de manera capitalista. Tal separación aproximada era completamente errónea, pues en la práctica el movimiento de las masas campesinas no podía dirigirse contra categorías especiales de tierras de los terratenientes, sino únicamente contra la propiedad terrateniente en general. El programa de 1903 plantea una cuestión no planteada aún en 1885, a saber: la cuestión de la lucha de los intereses campesinos y terratenientes en el momento de aquella revisión de las relaciones agrarias que todos los socialdemócratas reconocían como inevitable. Pero el programa de 1903 resuelve esta cuestión de manera incorrecta, pues, en lugar de contraponer el modo consecuentemente campesino y el modo consecuentemente junker de realizar la revolución burguesa, construye artificialmente algo intermedio. Es cierto que también aquí hay que tener en cuenta que la ausencia de un movimiento de masas abierto no permitía entonces resolver la cuestión a base de datos precisos, y no a base de frases, deseos inocentes o utopías pequeñoburguesas, como la resolvían los _socialistas-revolucionarios_. Nadie podía decir de antemano con seguridad hasta qué punto se había estratificado el campesinado bajo la influencia del paso parcial de los terratenientes de la prestación personal al trabajo asalariado. Nadie podía calcular cuán grande era la capa de obreros agrícolas creada después de la reforma de 1861, y en qué medida se habían diferenciado sus intereses de los de la masa arruinada del campesinado.

El error fundamental del programa agrario de 1903 fue, en todo caso, la falta de una idea precisa de por qué podía y debía desencadenarse la lucha agraria en el proceso de la revolución burguesa rusa, y cuáles eran los tipos de evolución capitalista agraria objetivamente posibles en caso de vencer unas u otras fuerzas sociales en esta lucha.

**2. El actual programa agrario del POSDR**

El actual programa agrario del partido socialdemócrata, aprobado en el Congreso de Estocolmo, da un gran paso adelante en una cuestión importante en comparación con el precedente. A saber: al reconocer la confiscación de las tierras de los terratenientes[2], el partido socialdemócrata se colocó así decididamente en el camino de reconocer la revolución agraria campesina. Las palabras del programa: «apoyando las acciones revolucionarias del campesinado, incluida la confiscación de las tierras de los terratenientes…», expresan este pensamiento de manera completamente definida. En los debates del Congreso de Estocolmo, uno de los ponentes, Plejánov, quien, junto con John, sacó adelante el presente programa, habló directamente de la necesidad de dejar de temer a la «revolución agraria campesina» (véase el informe de Plejánov en las _Actas_ del Congreso de Estocolmo, M. 1907, pág. 42).

Este reconocimiento de que nuestra revolución burguesa en el terreno de las relaciones agrarias debe ser considerada como una «revolución agraria campesina», al parecer, debería poner fin a las mayores divergencias entre los socialdemócratas sobre el programa agrario. En realidad, sin embargo, surgieron divergencias sobre la cuestión de si los socialdemócratas deben apoyar el reparto de las tierras de los terratenientes en propiedad de los campesinos, la municipalización de dichas tierras o la nacionalización de todas las tierras. Y debemos, por consiguiente, ante todo, establecer la tesis, olvidada con extraordinaria frecuencia por los socialdemócratas, de que estas cuestiones pueden resolverse correctamente sólo desde el punto de vista de la revolución agraria campesina en Rusia. No se trata, por supuesto, de que la socialdemocracia renuncie a la determinación independiente de los intereses del proletariado, como clase especial, en esta revolución campesina. No. Se trata de representarse claramente el carácter y la importancia precisamente de la revolución agraria campesina, como uno de los tipos de revolución burguesa en general. No podemos «inventar» ningún «proyecto» especial de reforma. Debemos estudiar las condiciones objetivas de la revolución agraria campesina en la Rusia que se desarrolla capitalísticamente, separar, a base de este análisis objetivo, la ideología errónea de determinadas clases del contenido real de las transformaciones económicas, y determinar qué exigen los intereses del desarrollo de las fuerzas productivas y los intereses de la lucha de clase del proletariado sobre la base de estas transformaciones económicas reales.

En el actual programa agrario del POSDR se reconoce (bajo una forma especial) la propiedad social sobre las tierras confiscadas (nacionalización de los bosques, las aguas y el fondo de colonización, municipalización de las tierras de propiedad privada), por lo menos para el caso de un «desarrollo victorioso de la revolución». Para el caso de «condiciones desfavorables», se reconoce el reparto de las tierras de los terratenientes en propiedad de los campesinos. En todos los casos se reconoce la propiedad de los campesinos y de los pequeños terratenientes en general sobre sus tierras actuales. Por consiguiente, el programa establece un doble régimen de tierras en la renovada Rusia burguesa: propiedad privada sobre la tierra y (por lo menos para el caso de un desarrollo victorioso de la revolución) propiedad social en forma de municipalización y nacionalización.

¿Cómo explicaban los autores del programa esta dualidad? Ante todo y sobre todo, por los intereses y las reivindicaciones del campesinado, por el temor de separarse del campesinado, de levantar al campesinado contra el proletariado y contra la revolución. Al esgrimir este argumento, los autores y partidarios del programa se colocaban con ello mismo en el terreno del reconocimiento de la revolución agraria campesina, en el terreno del apoyo por el proletariado a determinadas reivindicaciones campesinas. ¡Y este argumento lo esgrimían los partidarios más influyentes del programa, encabezados por el camarada John! Para convencerse de ello, basta con examinar las actas del Congreso de Estocolmo.

El camarada John, en su informe, esgrimió directa y decididamente este argumento. «Si la revolución –dijo– condujera a la tentativa de nacionalizar las tierras de nadiel de los campesinos o de nacionalizar las tierras confiscadas de los terratenientes, como propone el camarada Lenin, tal medida llevaría a un movimiento contrarrevolucionario no sólo en la periferia, sino también en el centro. No tendríamos una sola Vendée, sino un levantamiento general del campesinado contra la tentativa de intervención del Estado en la disposición de las _propias_ (subrayado de John) tierras de nadiel de los campesinos, contra la tentativa de nacionalizarlas» (pág. 40 de las _Actas_ del Congreso de Estocolmo).

Parece claro: ¡la nacionalización de las propias tierras de los campesinos llevaría a un levantamiento general del campesinado! He aquí la razón por la cual el proyecto municipalizador inicial de X, que proponía entregar a los zemstvos no sólo las tierras de propiedad privada, sino, «de ser posible», todas las tierras (citado por mí en el folleto _Revisión del programa agrario del partido obrero_[3]), fue sustituido por el proyecto municipalizador de Máslov, que excluía las tierras campesinas. ¡En efecto, cómo no tomar en consideración este hecho, revelado después de 1903, sobre la inevitabilidad de un levantamiento campesino contra las tentativas de nacionalización total! ¡Cómo no colocarse entonces en el punto de vista de otro destacado menchevique, Kóstrov, que exclamaba en Estocolmo:

«Ir hacia los campesinos con ella (la nacionalización) significa apartarlos de nosotros. El movimiento campesino marchará al margen o contra nosotros, y nosotros quedaremos fuera de la revolución. La nacionalización debilita a la socialdemocracia, la separa del campesinado y debilita así también la revolución» (pág. 88).

No se puede negar fuerza de convicción a esta argumentación. ¡Intentar nacionalizar contra la voluntad del campesinado sus propias tierras en una revolución agraria campesina! No es de extrañar que el Congreso de Estocolmo rechazara esta idea, puesto que creyó a John y a Kóstrov.

Pero, ¿acaso no les creyó en vano?

En vista de la importancia de la cuestión de una Vendée rusa contra la nacionalización, no está de más aportar una pequeña referencia histórica.

**3. Verificación por la vida del principal argumento de los municipalistas**

Las categóricas declaraciones de John y Kóstrov que he citado se refieren a abril de 1906, es decir, a la víspera de la Primera Duma. Yo demostraba (véase mi folleto sobre la _Revisión_[4]) que el campesinado está a favor de la nacionalización. Se me replicaba que las resoluciones de los congresos de la Unión Campesina[5] no eran probatorias, que estaban inspiradas por los ideólogos del eserismo, que la masa campesina jamás seguiría tales reivindicaciones.

Desde entonces, la Primera y la Segunda Duma resolvieron documentalmente esta cuestión. Los representantes del campesinado de todos los confines de Rusia intervinieron en la Primera, y especialmente en la Segunda Duma. Sólo los publicistas de _Rossía_[6] o de _Nóvoye Vremia_ podrían negar que las reivindicaciones políticas y económicas de las masas campesinas encontraron su expresión en ambas Dumas. Al parecer, ¡la idea de la nacionalización de las tierras campesinas debería quedar definitivamente enterrada ahora, después de las intervenciones independientes de los diputados campesinos ante los demás partidos! Al parecer, ¡a los partidarios de John y Kóstrov nada les costaba levantar en la Duma el clamor de los diputados campesinos sobre lo inadmisible de la nacionalización! Al parecer, ¡la socialdemocracia, dirigida por los mencheviques, debería realmente «separar» de la revolución a los partidarios de la nacionalización, que estaban levantando una Vendée contrarrevolucionaria en toda Rusia!

En realidad, sucedió algo distinto. En la Primera Duma, quienes se preocuparon por las _propias_ (subrayado de John) tierras campesinas fueron Stishinski y Gurkó. En ambas Dumas, la extrema derecha defendió la propiedad privada sobre la tierra, junto con los representantes del gobierno, rechazando toda forma de propiedad social sobre la tierra, tanto la municipalización, como la nacionalización, como la socialización por igual. En ambas Dumas, los diputados campesinos de todos los confines de Rusia se pronunciaron… a favor de la nacionalización.

El camarada Máslov escribía en 1905: «La nacionalización de la tierra, como medio para resolver (?) el problema agrario, no puede ser reconocida en Rusia en el momento actual, _ante todo_» (nótese este «ante todo») «porque es irremediablemente utópica. La nacionalización de la tierra presupone la entrega de todas las tierras en manos del Estado. Pero, ¿acaso los campesinos consentirán en entregar sus tierras a alguien voluntariamente, sobre todo los campesinos propietarios individuales?» (P. Máslov, _Crítica de los programas agrarios_, M. 1905, pág. 20).

Así pues, en 1905, la nacionalización era «ante todo» irremediablemente utópica, porque los campesinos no consienten.

En 1907, en marzo, el mismo Máslov escribía: «Todos los grupos populistas (trudovikis, socialistas-populares y socialistas-revolucionarios) se pronuncian a favor de la nacionalización de la tierra en una u otra forma» (_Obrazovánie_, 1907, núm. 3, pág. 100).

¡He ahí la nueva Vendée! ¡He ahí el levantamiento ruso general de los campesinos contra la nacionalización!

Pero en lugar de reflexionar sobre la ridícula situación en que cayeron quienes hablaban y escribían sobre una Vendée campesina contra la nacionalización, después de la experiencia de las dos Dumas; en lugar de buscar una explicación a su error cometido en 1905, P. Máslov obró como Iván el Desmemoriado. ¡Prefirió olvidar tanto las palabras citadas por mí como los discursos en el Congreso de Estocolmo! Y no sólo eso. Con la misma ligereza con que en 1905 afirmaba que los campesinos no consentirían, ahora se puso a afirmar lo contrario. Escuchemos:

«…Los populistas, que reflejan los intereses y las esperanzas de los pequeños propietarios (¡escuchen!), debían pronunciarse a favor de la nacionalización» (_Obrazovánie_, ibídem).

¡He aquí una muestra de la probidad científica de nuestros municipalistas! Resolviendo una cuestión difícil antes de las intervenciones políticas de los elegidos del campesinado de toda Rusia, afirmaban una cosa a nombre de los pequeños propietarios, y después de esta intervención en dos Dumas, afirman precisamente lo contrario sobre esos mismos «pequeños propietarios».

Como curiosidad particular, hay que mencionar que Máslov explica esta inclinación de los campesinos rusos a la nacionalización no por las condiciones especiales de la revolución agraria campesina, sino por las propiedades generales del pequeño propietario en la sociedad capitalista. Parece increíble, pero es un hecho:

«El pequeño propietario –sentencia Máslov– teme sobre todo la competencia y el dominio del gran propietario, el dominio del capital…». ¡Se confunde usted, señor Máslov! Colocar al mismo nivel al gran propietario (feudal) de la tierra y al propietario del capital significa repetir los prejuicios del pequeñoburgués. El campesino lucha con tanta energía contra los latifundios feudales precisamente porque es, en el actual momento histórico, el representante de la libre evolución capitalista de la agricultura.

«…No pudiendo luchar contra el capital en el terreno económico, el pequeño propietario cifra esperanzas en el poder gubernamental, que debe acudir en ayuda del pequeño propietario contra el grande… Si el campesino ruso esperó durante siglos la protección del poder central contra los terratenientes y los funcionarios, si en Francia Napoleón, apoyándose en los campesinos, estranguló la república, lo hizo gracias a las esperanzas del campesinado en el apoyo del poder central» (_Obrazovánie_, pág. 100).

¡Magníficamente razona Piotr Máslov! En primer lugar, si el campesino ruso manifiesta en el momento histórico actual las mismas propiedades que el campesino francés bajo Napoleón, ¡entonces qué tiene que ver la nacionalización de la tierra! El campesino francés nunca estuvo bajo Napoleón a favor de la nacionalización ni podía estarlo. ¡Resulta incoherente lo que usted dice, señor Máslov!

En segundo lugar, ¿qué tiene que ver aquí la lucha contra el capital? Se trata de comparar la propiedad campesina de la tierra con la nacionalización de toda la tierra, incluida la campesina. El campesino francés se aferraba fanáticamente bajo Napoleón a la pequeña propiedad, viendo en ella una defensa contra el capital, y el campesino ruso… Otra vez, ¿dónde está la conexión entre el principio y el final en su razonamiento, estimadísimo señor?

En tercer lugar, al hablar de la esperanza en el poder gubernamental, Máslov presenta el asunto como si los campesinos no comprendieran el daño de la burocracia, no comprendieran la importancia del autogobierno, mientras que él, el avanzado Piotr Máslov, sí lo valora. ¡Es una crítica demasiado simplificada de los populistas! Basta con consultar el conocido proyecto agrario de los trudovikis (proyecto de los 104), presentado tanto en la Primera como en la Segunda Duma[7], para ver la falsedad del razonamiento (¿o de la insinuación?) de Máslov. Al contrario, los hechos dicen que en el proyecto de los trudovikis los principios de autogobierno y la hostilidad a la solución burocrática del problema agrario están expresados con mayor claridad que en el programa socialdemócrata escrito según Máslov. En efecto, en nuestro programa sólo se habla de «principios democráticos» de elección de los órganos locales, mientras que en el proyecto de los trudovikis (§ 16) se habla precisa y directamente de la elección de los autogobiernos locales «por sufragio universal, igual, directo y secreto». Y no sólo eso. En el mismo proyecto se plantean los comités agrarios locales, apoyados, como es sabido, por los socialdemócratas, que deben ser elegidos por el mismo sufragio y que deben (§§ 17–20) organizar la discusión de la reforma agraria y prepararla. El método burocrático de realización de la reforma agraria lo defendían los cadetes, no los trudovikis; los burgueses liberales, no los campesinos. ¿Para qué pudo necesitar Máslov tergiversar estos hechos de todos conocidos?

En cuarto lugar, en su notable «explicación» de por qué los pequeños propietarios «debían pronunciarse a favor de la nacionalización», Máslov subraya la esperanza del mujik en la protección del poder central. Este es el punto de diferencia entre la municipalización y la nacionalización; allí, poderes locales; aquí, poder central. Esta es la idea favorita de Máslov, que analizaremos detalladamente más abajo en lo que respecta a su significado económico y político. Aquí señalemos sólo que Máslov se escabulle de la cuestión que le ha planteado la historia de nuestra revolución, precisamente la cuestión de por qué los campesinos no temen la nacionalización de sus tierras. ¡Este es el quid de la cuestión!

Pero esto no es todo. Es especialmente picante en este intento de Máslov de explicar las raíces de clase de la nacionalización trudovikista, a diferencia de la municipalización, la siguiente circunstancia. ¡Máslov oculta al lector que la cuestión de la disposición directa de las tierras los populistas la resolvieron también a favor de los autogobiernos locales! Las disquisiciones de Máslov sobre el tema de la «esperanza» del mujik en el poder central son simple y llanamente un chisme intelectualoide sobre el mujik. Léase el § 16 del proyecto agrario de los trudovikis, presentado en ambas Dumas. He aquí el texto de este parágrafo:

«La administración del fondo nacional de tierras deberá ser encomendada a los autogobiernos locales, elegidos por sufragio universal, igual, directo y secreto, los cuales actuarán autónomamente dentro de los límites establecidos por la ley».

Compárese con esto la correspondiente reivindicación de nuestro programa: «…El POSDR exige:… 4) la confiscación de las tierras de propiedad privada, excepto la pequeña propiedad agraria, y su transferencia a disposición de los grandes órganos de autogobierno local elegidos sobre bases democráticas (que abarcan –punto 3– los distritos urbanos y rurales)…»

¿Qué diferencia hay aquí desde el punto de vista de los derechos del poder central y local? ¿En qué se diferencian la «administración» y la «disposición»?

¿Por qué Máslov tuvo que ocultar a los lectores –y quizás a sí mismo– el contenido de este § 16 al hablar de la actitud de los trudovikis hacia la nacionalización? Porque destruye por completo toda su absurda «municipalización».

Examínense los argumentos de Máslov a favor de esta municipalización ante el Congreso de Estocolmo, léanse las actas de este congreso, y se encontrará una infinidad de referencias a la imposibilidad de oprimir a las nacionalidades, de vejar a la periferia, de soslayar las diferencias de intereses locales, etc., etc. Ya antes del Congreso de Estocolmo yo señalaba a Máslov (véase arriba, _Revisión_, pág. 18[8]) que todos los argumentos de este género son un «puro malentendido», pues nuestro programa –decía yo– reconoce ya tanto el derecho de las nacionalidades a la autodeterminación como un amplio autogobierno local y regional. Por consiguiente, desde este punto de vista, no hay ni puede haber necesidad de inventar «garantías» adicionales contra la centralización excesiva, la burocratización y la reglamentación, ya que esto o sería vacío de contenido, o se interpretaría en un espíritu antiproletario, federalista.

Los trudovikis demostraron a los municipalistas que yo tenía razón.

¡Máslov debe reconocer ahora que todos los grupos que expresan los intereses y el punto de vista del campesinado se han pronunciado a favor de la nacionalización en una forma tal que los derechos y las atribuciones de los autogobiernos locales están salvaguardados en sus proyectos no menos que en el de Máslov! La ley sobre los límites de los derechos de los autogobiernos locales debe ser promulgada por el parlamento central; Máslov no lo dice, pero ningún esconder la cabeza bajo el ala servirá aquí, pues no se puede imaginar otro orden de cosas.

Las palabras «transferir a disposición» introducen una gran confusión. No se sabe quién es el propietario[9] de las tierras confiscadas de los terratenientes. Y al no saberse esto, el propietario sólo puede ser el Estado. En qué debe consistir la «disposición», cuáles son sus límites, formas y condiciones, debe determinarlo de nuevo el parlamento central. Esto es evidente por sí mismo, y en el programa de nuestro partido, además, se destacan particularmente tanto «los bosques de importancia estatal general» como «el fondo de colonización». Es comprensible que sólo el poder estatal central esté en condiciones de separar de la masa total de bosques aquellos que tengan «importancia estatal general», y de la masa total de tierras el «fondo de colonización».

En una palabra, el programa de Máslov, que se ha convertido ahora, en una forma particularmente tergiversada, en el programa de nuestro partido, es completamente absurdo si se le compara con el programa de los trudovikis. No es de extrañar que Máslov tuviera que hablar, a propósito de la nacionalización, incluso del campesino napoleónico, ¡sólo para ocultar al público en qué situación tan absurda nos ha colocado nuestra confusa «municipalización» ante los representantes de la democracia burguesa!

La única diferencia, plenamente real e incondicional, es la actitud hacia las tierras de nadiel de los campesinos. Estas tierras, Máslov las excluía sólo porque temía una «Vendée». ¡Y resultó que los diputados campesinos, enviados tanto a la I como a la II Duma, se burlaron de los temores de los socialdemócratas colistas, pronunciándose a favor de la nacionalización de sus propias tierras!

Los municipalistas deben ahora ir contra los trudovikis-campesinos, demostrándoles que no deben nacionalizar sus tierras. La ironía de la historia ha hecho caer los argumentos de Máslov, John, Kóstrov y Cía sobre sus propias cabezas.

**4. El programa agrario del campesinado**

Intentemos analizar la cuestión (¿por qué todos los grupos políticos que reflejan los intereses y las esperanzas de los pequeños propietarios debían pronunciarse a favor de la nacionalización?) en la que tan impotente se debatía P. Máslov.

Analicemos ante todo hasta qué punto expresa realmente el proyecto agrario de los 104, es decir, de los trudovikis de la Primera y Segunda Duma, las reivindicaciones del campesinado de toda Rusia. De ello da testimonio el carácter de la representación en ambas Dumas y el carácter de la lucha política que se desarrolló en la arena «parlamentaria» en torno a la cuestión agraria entre los portavoces de los intereses de las distintas clases. La idea de la propiedad territorial en general, y de la propiedad campesina en particular, no sólo no fue relegada a segundo plano en la Duma, sino que, por el contrario, fue constantemente puesta en primer plano por determinados partidos. Tanto el gobierno, en la persona de los señores Stishinski, Gurkó, todos los ministros y toda la prensa oficial, defendía esta idea, dirigiéndose especialmente a los diputados campesinos. Y los partidos políticos de derecha, empezando por el «famoso» Sviatopolk-Mirski en la II Duma, repetían constantemente a los campesinos las bondades de la propiedad campesina de la tierra. La distribución fáctica de fuerzas sobre esta cuestión se perfiló con datos tan amplios que no hay posibilidad alguna de dudar de su exactitud (desde el punto de vista de los intereses de clase). El partido de los cadetes en la I Duma, cuando los liberales consideraban al pueblo revolucionario como una fuerza y coqueteaban con él, fue arrastrado por la corriente general también hacia la nacionalización de la tierra. Como es sabido, en el proyecto agrario de los cadetes de la Primera Duma figura el «fondo estatal de tierras», al que pasan todas las tierras expropiadas y del que se transfieren en usufructo a largo plazo. Por supuesto, los cadetes no plantearon esta reivindicación en la I Duma por principio alguno –es ridículo hablar de principios en el partido cadete–; no, esta reivindicación apareció en los liberales como un débil eco de las reivindicaciones de la masa campesina. Los diputados campesinos ya en la Primera Duma empezaron a separarse inmediatamente en un grupo político especial, y el proyecto agrario de los «104» se convirtió en la principal y fundamental plataforma de todo el campesinado ruso que actuaba como fuerza social consciente. Los discursos de los diputados campesinos en la I y II Duma, los artículos de los periódicos «trudoviques» (_Izvestia Krestiánskij Deputátov_[10], _Trudováya Rossía_[11]) mostraron que el proyecto de los 104 expresa fielmente los intereses y esperanzas campesinos. Por eso es necesario detenerse en este proyecto con mayor detalle.

Es interesante, dicho sea de paso, examinar la composición de los diputados que lo firmaron. En la I Duma vemos aquí a 70 trudovikis, 17 sin partido, 8 campesinos que no dieron información alguna sobre su orientación política, cinco cadetes[12], tres socialdemócratas[13] y un lituano autonomista. En la II Duma, el proyecto de los «104» tiene 99 firmas, y descontando las repeticiones, 91; de ellas, 79 trudovikis, 4 socialistas-populares, 2 socialistas-revolucionarios, 2 del grupo cosaco, 2 sin partido, 1 a la izquierda de los cadetes (Petersen) y 1 cadete (Odnokózov, campesino). Los campesinos predominan en el número de firmantes (no menos de 54 de 91 en la II Duma, no menos de 52 de 104 en la I). Es interesante señalar que las especiales expectativas de P. Máslov respecto a los campesinos propietarios individuales (citado más arriba[14]), que no pueden consentir en la nacionalización, también fueron completamente refutadas por la representación campesina en ambas Dumas. Por ejemplo, en la provincia de Podolia, casi todos los campesinos son propietarios individuales (en 1905, 457.134 hogares de campesinos propietarios individuales, y sólo 1.630 comuneros). Bajo el proyecto agrario de los «104» firmaron 13 podolianos (en su mayoría campesinos agricultores) en la I Duma y 10 en la segunda. De otras provincias con propiedad individual de la tierra, señalaremos Vilna, Kovno, Kiev, Poltava, Besarabia, Volinia, cuyos diputados firmaron el proyecto de los 104. La diferencia entre comuneros y propietarios individuales desde el punto de vista de la nacionalización de la tierra puede parecer importante y esencial sólo a los partidarios de los prejuicios populistas; y estos prejuicios, dicho sea de paso, recibieron en general un fortísimo golpe con la primera intervención de los diputados campesinos de toda Rusia con un programa agrario. En realidad, la reivindicación de la nacionalización de la tierra no es suscitada en absoluto por una forma especial de propiedad agraria, ni por los «hábitos e instintos comunales» de los campesinos, sino por las condiciones generales de toda la pequeña propiedad campesina (tanto comunal como individual), aplastada por los latifundios feudales.

Entre los diputados de la I y II Duma que presentaron el proyecto nacionalizador de los 104, vemos representantes de todas las regiones de Rusia, no sólo del centro agrícola y de las provincias industriales no chernoziómicas, no sólo de las del norte (Arjánguelsk, Vólogda –en la II Duma), de las orientales y meridionales (Astracán, Besarabia, Don, Yekaterinoslav, Kubán, Táurida, Stávropol), sino también de provincias de la Pequeña Rusia, del suroeste, del noroeste, de Polonia (provincia de Suvalki) y de Siberia (provincia de Tobolsk). Es evidente que el agobio del pequeño campesino por la propiedad terrateniente feudal, expresado con mayor fuerza e inmediatez en el centro agrícola puramente ruso, se hace sentir en toda Rusia, provocando en todas partes entre los pequeños agricultores el apoyo a la lucha por la nacionalización de la tierra.

El carácter de esta lucha tiene claros rasgos de individualismo pequeñoburgués. A este respecto, es necesario subrayar especialmente un hecho que con demasiada frecuencia se ignora en nuestra prensa socialista, a saber: que el «socialismo» de los socialistas-revolucionarios sufrió el golpe más fuerte en la primera aparición del campesinado en la arena política abierta de toda Rusia con un programa agrario independiente. A favor del proyecto eserista de socialización de la tierra (proyecto de los «33» en la I Duma)[15] se pronunció una minoría de los diputados campesinos avanzados. La inmensa mayoría se alineó del lado de los 104, del proyecto de los socialistas-populares, de cuyo programa los propios eseristas dicen que es individualista.

Todo esto es justo. Sólo que en vano piensan los eseristas que con palabras «fuertes» pueden disimular el hecho de que la esencia del asunto no está en el oportunismo de los señores Peshejónov y Cía., sino en el individualismo del pequeño agricultor. No se trata de que los Peshejónov ensucien la corriente ideológica del eserismo, sino de que la mayoría de los diputados campesinos avanzados reveló el verdadero contenido económico del populismo, las verdaderas aspiraciones de los pequeños agricultores. El fracaso del eserismo en la primera aparición ante una amplia representación, verdaderamente de toda Rusia, de las masas campesinas: he ahí lo que nos mostraron los proyectos agrarios de los 104 en la I y en la II Duma[16].

Al pronunciarse a favor de la nacionalización de la tierra, los trudovikis revelan muy claramente en su proyecto las aspiraciones «egoístas e individualistas» de los pequeños agricultores. Las tierras de nadiel y las pequeñas tierras de propiedad privada las dejan en manos de los actuales poseedores (§ 3 del proyecto agrario de los 104), con la única salvedad de que se tomen medidas legislativas que aseguren «su paso gradual a la propiedad de todo el pueblo». Esto significa, traducido al lenguaje de las relaciones económicas reales, lo siguiente: partimos de los intereses de los verdaderos agricultores, reales y no sólo nominales, pero queremos que su actividad económica se desarrolle con plena libertad en la tierra nacionalizada[17]. El parágrafo 9 del proyecto, que dice que «en el turno se da preferencia a la población local sobre la foránea y a la agrícola sobre la no agrícola», muestra una vez más que los intereses de los pequeños propietarios rurales ocupan el primer plano entre los trudovikis. «El derecho igual a la tierra» es una frase; los préstamos y subsidios estatales «a las personas que no tengan medios suficientes para adquirir todo lo necesario para la hacienda» (§ 15 del proyecto agrario de los 104) son deseos inocentes, pero en la práctica ganan inevitable e ineluctablemente quienes ahora pueden convertirse en propietarios sólidos, pueden transformarse de agricultores sojuzgados en agricultores libres y acomodados. Por supuesto, los intereses del proletariado exigen el apoyo a aquellas medidas que más contribuyan al paso de la agricultura en Rusia de las manos de los terratenientes feudales y de los agricultores sojuzgados, agobiados por la ignorancia, la miseria y la rutina, a las manos de los granjeros. Y el proyecto de los «104» no es más que la plataforma de lucha por la transformación de la parte acomodada del campesinado sojuzgado en un granjerismo libre.

**5. La propiedad territorial medieval y la revolución burguesa**

Cabe preguntarse ahora: ¿existen en las condiciones económicas de la revolución agraria democrático-burguesa rusa bases materiales que obliguen a los pequeños propietarios a reivindicar la nacionalización de la tierra, o esta reivindicación es también sólo una frase, sólo un deseo inocente del mujik ignorante, un sueño vano del agricultor patriarcal?

Para responder a esta pregunta, debemos primero representarnos de manera más concreta las condiciones de toda revolución democrático-burguesa en la agricultura, y luego confrontar con estas condiciones los dos caminos de evolución capitalista agraria que son posibles para Rusia, como señalamos más arriba.

Marx habla de manera muy elocuente sobre las condiciones de la revolución burguesa en la agricultura, desde el punto de vista de las relaciones de propiedad territorial, en el último tomo de las _Teorías de la plusvalía_ (_Theorien über den Mehrwert_, II. Band, 2. Teil, Stuttgart, 1905).

Después de analizar las opiniones de Rodbertus, de mostrar toda la limitación de la teoría de este terrateniente pomeraniano, de enumerar detalladamente cada manifestación particular de su estupidez (II, 1. Teil, S. 256–258, erster Blödsinn – sechster Blödsinn des Herrn Rodbertus[18]), Marx pasa a la teoría de la renta de Ricardo (II, 2. Teil, § 3 b) «Condiciones históricas de la teoría de Ricardo»)[19].

«Ambos –dice Marx a propósito de Ricardo y Anderson– parten de un punto de vista que en el continente parece muy extraño, a saber: 1) que no existe en absoluto la propiedad territorial como un obstáculo a cualquier aplicación de capital a la tierra; 2) que los agricultores pasan de las tierras mejores a las peores. En Ricardo esta premisa tiene un valor absoluto, si no se tienen en cuenta las interrupciones en el desarrollo derivadas de la intervención de la ciencia y de la industria; en Anderson esta premisa es relativa, pues el peor suelo se convierte de nuevo en el mejor; 3) que siempre hay capital disponible, hay una masa suficiente de capital para ser aplicada a la agricultura.

En lo que respecta a los puntos 1 y 2, a los habitantes del continente les debe parecer inevitablemente muy extraño que en un país en el que, según su representación, se ha conservado con mayor fuerza la propiedad territorial feudal, los economistas –tanto Ricardo como Anderson– partan del supuesto de la no existencia de la propiedad sobre la tierra. Esta circunstancia se explica:

en primer lugar, por la peculiaridad de la _law of enclosures_ inglesa (ley de cercamientos, es decir, de cercamiento de la tierra comunal), que no tiene absolutamente nada en común con el reparto continental de las tierras comunales;

en segundo lugar, en ninguna parte del mundo la producción capitalista, desde la época de Enrique VII, despachó tan despiadadamente con los ordenamientos agrícolas tradicionales, en ninguna parte creó para sí condiciones tan perfectas (adecuadas = idealmente correspondientes), en ninguna parte sometió estas condiciones hasta tal punto. Inglaterra es, en este aspecto, el país más revolucionario del mundo. Todos los ordenamientos históricamente heredados, allí donde contradecían las condiciones de la producción capitalista en la agricultura o no correspondían a estas condiciones, fueron despiadadamente barridos: no sólo se cambió la disposición de los asentamientos rurales, sino que fueron barridos estos mismos asentamientos; no sólo fueron barridas las viviendas y lugares de asentamiento de la población agrícola, sino esta población misma; no sólo fueron barridos los centros económicos ancestrales, sino esta economía misma. Entre los alemanes, por ejemplo, los ordenamientos económicos resultaron determinados por las relaciones tradicionales de las tierras comunales (Feldmarken), por la disposición de los centros económicos, por determinados lugares de concentración de la población. Entre los ingleses, los ordenamientos históricos de la agricultura resultaron creados gradualmente por el capital, a partir del siglo XV. La expresión técnica habitual en el Reino Unido «clearing of estates» (literalmente = limpieza de fincas o limpieza de tierras) no se encuentra en ningún país continental. ¿Y qué significa este «clearing of estates»? Significa que no se tenía absolutamente ninguna consideración con la población sedentaria –se la expulsaba–, ni con las aldeas existentes –se las arrasaba–, ni con las construcciones económicas –se las demolía–, ni con los tipos dados de agricultura –se los cambiaba de golpe, transformando, por ejemplo, los campos de labor en pastos para el ganado–; en una palabra, no se tomaban todas las condiciones de producción tal como existían por tradición, sino que se creaban históricamente estas condiciones en una forma tal que respondieran en cada caso dado a las exigencias de la aplicación más ventajosa del capital. Por consiguiente, en este sentido, no existe realmente propiedad sobre la tierra, pues esta propiedad permite al capital –al granjero– administrar libremente, interesándose exclusivamente en la obtención de un ingreso monetario. Cualquier terrateniente pomeraniano, que no tiene en la cabeza más que las tierras comunales heredadas de sus antepasados (angestammten), los centros económicos, el colegio de agricultura, etc., puede por eso llevarse las manos a la cabeza horrorizado ante la concepción “anti-histórica” de Ricardo sobre el desarrollo de los ordenamientos agrícolas. Pero con esto sólo demuestra que confunde ingenuamente las condiciones pomeranianas con las inglesas. Por otro lado, de ningún modo se puede decir que Ricardo, que parte en este caso de las condiciones inglesas, sea tan limitado como el terrateniente pomeraniano, que piensa dentro de los límites de las relaciones pomeranianas. Pues las condiciones inglesas son las únicas condiciones en las que se desarrolló adecuadamente (con perfección ideal) la propiedad moderna de la tierra, es decir, la propiedad sobre la tierra modificada por la producción capitalista. La teoría inglesa es, en este punto, clásica para el modo de producción moderno, es decir, capitalista. La teoría pomeraniana, por el contrario, juzga las condiciones desarrolladas desde el punto de vista de una forma de relaciones históricamente más baja, aún no plenamente constituida (no adecuada)» (Seiten 5–7)[20].

Esta es una reflexión notablemente profunda de Marx. ¿Han meditado alguna vez sobre ella nuestros «municipalistas»?

Marx ya señalaba en el tomo III de _El Capital_ (2. Teil, S. 156) que la forma de propiedad territorial que encuentra en la historia el modo de producción capitalista en sus comienzos no corresponde al capitalismo. El capitalismo crea por sí mismo las formas correspondientes de relaciones agrarias a partir de las viejas formas: de la feudal terrateniente, de la campesina comunal, de la propiedad clanil de la tierra, etc.[21]. En el pasaje citado, Marx contrapone los distintos modos de creación por el capital de las formas de propiedad agraria que le corresponden. En Alemania, la recreación de las formas medievales de propiedad territorial procedió, por así decirlo, de manera reformista, adaptándose a la rutina, a la tradición, a las fincas feudales que lentamente se transforman en haciendas junker, a las parcelas rutinarias de los campesinos gandules[22], que atraviesan la difícil transición de la barshchina al knecht y al grossbauer. En Inglaterra, esta recreación procedió de manera revolucionaria, violenta, pero las violencias se realizaron en favor de los terratenientes, se ejercieron sobre las masas campesinas, que eran extenuadas a impuestos, expulsadas de las aldeas, desplazadas, extinguidas y emigradas. En América, esta recreación procedió de manera violenta en relación con las haciendas esclavistas de los estados del Sur. Aquí la violencia se aplicó contra los terratenientes feudales. Sus tierras fueron repartidas, la propiedad territorial de gran feudal empezó a transformarse en pequeña burguesa[23]. Y en relación con la masa de tierras «libres» americanas, este papel de crear nuevos ordenamientos agrarios para el nuevo modo de producción (es decir, para el capitalismo) lo desempeñó el «reparto negro americano», el movimiento de los años 40 contra la renta (Anti-Rent-Bewegung), la legislación sobre los homesteads[24], etc. Cuando el comunista alemán Hermann Kriege predicaba en 1846 el reparto igualitario de la tierra en América, Marx se burló de los prejuicios eseristas y de la teoría pequeñoburguesa de ese cuasi-socialismo, pero valoró la importancia histórica del movimiento americano contra la propiedad territorial[25] como un movimiento que expresa progresivamente los intereses del desarrollo de las fuerzas productivas, los intereses del capitalismo en América.

**6. ¿Por qué los pequeños propietarios en Rusia debían pronunciarse a favor de la nacionalización?**

Examinen desde el punto de vista indicado la evolución agraria de Rusia a partir de la segunda mitad del siglo XIX.

¿Qué es nuestra «gran» reforma campesina, el recorte de tierras a los campesinos, el traslado de los campesinos a «los arenales», la introducción de nuevos ordenamientos agrarios mediante la fuerza militar, los fusilamientos y las ejecuciones? Es la primera violencia masiva contra el campesinado en interés del capitalismo naciente en la agricultura. Es la «limpieza de tierras» terrateniente para el capitalismo.

¿Qué es la legislación agraria de Stolypin según el artículo 87, ese fomento del saqueo de las comunas por los kulaks, esa ruptura de las viejas relaciones agrarias en favor de un puñado de propietarios acomodados a costa de la rápida ruina de la masa? Es el segundo gran paso de violencia masiva contra el campesinado en interés del capitalismo. Es la segunda «limpieza de tierras» terrateniente para el capitalismo.

¿Y qué es la nacionalización trudovikista de la tierra en la revolución rusa?

Es la «limpieza de tierras» campesina para el capitalismo.

En esto consiste la fuente fundamental de todas las necedades de nuestros municipalistas: no comprenden la base económica de la revolución agraria burguesa en Rusia en las dos variantes posibles de esta revolución, la terrateniente-burguesa y la campesina-burguesa. Sin la «limpieza» de las relaciones y ordenamientos agrarios medievales, en parte feudales, en parte asiáticos, no puede producirse la revolución burguesa en la agricultura, pues el capital debe –en el sentido de la necesidad económica debe– crear para sí nuevos ordenamientos agrarios, adaptados a las nuevas condiciones de la agricultura comercial libre. Esta «limpieza» de la vieja basura medieval en el terreno de las relaciones agrarias en general, y de la vieja propiedad agraria en primer lugar, debe afectar principalmente a las tierras de los terratenientes y a las tierras de nadiel de los campesinos, pues tanto una como otra propiedad agraria, en su forma actual, están adaptadas a las prestaciones personales, a la herencia de la barshchina, a la servidumbre de deudas, y no a la economía libre que se desarrolla capitalísticamente. La «limpieza» de Stolypin se halla, sin duda, en la línea del desarrollo capitalista progresivo de Rusia, pero esta limpieza está adaptada por entero a los intereses de los terratenientes: que los campesinos ricos paguen el triple al banco «campesino» (léase: terrateniente), nosotros, a cambio de eso, les daremos libertad para saquear la comuna, para expropiar violentamente a la masa, para redondear sus parcelas, para expulsar a los campesinos pobres, para socavar las bases mismas de la vida de aldeas enteras, para crear, a toda costa, pese a todo, despreciando la economía y la vida de cualquier número de agricultores de nadiel «ancestrales», nuevas parcelas de otrub, fundamento de la nueva agricultura capitalista. Esta línea tiene un sentido económico indiscutible, expresa correctamente el curso real del desarrollo, tal como debe ser bajo el dominio de los terratenientes que se transforman en junkers.

¿Cuál es, pues, la otra línea, la campesina? O bien es económicamente imposible –y entonces todas las conversaciones sobre la confiscación por los campesinos de la tierra de los terratenientes, sobre la revolución agraria campesina, etc., no son más que charlatanería o vano sueño. O bien es económicamente posible, a condición de la victoria de un elemento de la sociedad burguesa sobre otro elemento de la sociedad burguesa –y entonces debemos representarnos claramente y mostrar claramente al pueblo las condiciones concretas de este desarrollo, las condiciones de la recreación campesina de las viejas relaciones de propiedad agraria de un modo nuevo, capitalista.

Aquí surge naturalmente la idea: esta línea campesina es precisamente el reparto de las tierras de los terratenientes en propiedad del campesinado. Excelente. Pero para que este reparto en propiedad corresponda realmente a las nuevas condiciones capitalistas de la agricultura, es necesario que el reparto se produzca de un modo nuevo, y no de un modo viejo. La base del reparto no debe ser la vieja tierra de nadiel, distribuida entre los campesinos cien años atrás por voluntad de los mayordomos de los terratenientes o de los funcionarios del despotismo asiático; la base deben ser las exigencias de la agricultura comercial libre. El reparto, para satisfacer las exigencias del capitalismo, debe ser un reparto entre los granjeros, y no un reparto entre los campesinos «gandules», cuya inmensa mayoría administra según la rutina, la tradición, de acuerdo con las condiciones patriarcales y no las capitalistas. El reparto según las viejas normas, es decir, de acuerdo con la vieja propiedad de nadiel, no será una limpieza de la vieja propiedad agraria, sino su perpetuación; no será la liberación del camino para el capitalismo, sino su sobrecarga con una masa de «gandules» inadaptados e inadaptables que no pueden convertirse en granjeros. El reparto, para ser progresivo, debe basarse en una nueva división entre los campesinos agricultores, en una división que separe a los granjeros de la basura inservible. Y esta nueva división es precisamente la nacionalización de la tierra, es decir, la destrucción completa de la propiedad privada sobre la tierra, la plena libertad de la economía en la tierra, la libertad de formación de granjeros a partir del viejo campesinado.

Imagínense la economía campesina actual y el carácter de la propiedad de nadiel, es decir, de la vieja propiedad campesina. «Unidos por la comuna en minúsculas uniones administrativo-fiscales y de propiedad agraria, los campesinos están fragmentados por una masa de diversas divisiones en categorías, en clases según la magnitud del nadiel, según el volumen de los pagos, etc. Tómese, por ejemplo, una compilación estadística de los zemstvos de la provincia de Sarátov; el campesinado se divide aquí en las siguientes categorías: donatarios, propietarios, propietarios plenos, campesinos del Estado, campesinos del Estado con posesión comunal, campesinos del Estado con posesión en cuartos, campesinos del Estado provenientes de los terratenientes, campesinos de la Corona, arrendatarios de parcelas del fisco, sin tierra, propietarios ex-terratenientes, en predio de rescate, propietarios ex-de la Corona, colonos-propietarios, inmigrantes, donatarios ex-terratenientes, propietarios ex-campesinos del Estado, libertos, libres de pago, cultivadores libres, temporalmente obligados, ex-fabriles, etc., y luego además campesinos adscritos, forasteros, etc.[26]. Todas estas categorías se distinguen por la historia de las relaciones agrarias, por la magnitud de los nadieles y de los pagos, etc., etc. Y dentro de las categorías hay una masa de diferencias similares: a veces incluso los campesinos de una misma aldea están divididos en dos categorías completamente distintas: “los ex del señor N. N.” y “los ex de la señora M. M.” Toda esta heterogeneidad era natural y necesaria en la Edad Media»[27]. Si el nuevo reparto de las tierras de los terratenientes se produjera de acuerdo con esta propiedad feudal –ya sea en el sentido de complementar hasta una norma única, es decir, el reparto por igual, o en el sentido de alguna proporcionalidad entre lo nuevo y lo viejo, o de cualquier otro modo–, este reparto no sólo no garantizaría la correspondencia de las parcelas repartidas con las exigencias de la agricultura capitalista, sino que, por el contrario, consolidaría una manifiesta inadecuación. Tal reparto dificultaría la evolución social, ligaría lo nuevo a lo viejo, en lugar de liberar lo nuevo de lo viejo. La verdadera liberación es únicamente la nacionalización de la tierra, que permite que se formen granjeros, que se constituya la economía granjera sin vinculación con lo viejo, sin ninguna relación con la propiedad medieval de nadiel.

La evolución capitalista en las tierras medievales de nadiel del campesinado se desarrolló en la Rusia posterior a la reforma de tal manera que los elementos económicos progresivos se liberaban de la influencia determinante del nadiel. Por un lado, se liberaban los proletarios, cediendo los nadieles, abandonándolos, dejando las tierras. Por otro lado, se liberaban los propietarios, liberándose mediante la compra y el arrendamiento de tierras, construyendo una nueva economía a base de distintos pedazos de la vieja propiedad medieval. La tierra en la que administra el campesino ruso moderno más o menos acomodado, es decir, aquel que es realmente capaz de convertirse, en caso de un desenlace favorable de la revolución, en un granjero libre, esta tierra se compone en parte de su propio nadiel, en parte del nadiel arrendado de un vecino comunero, en parte, quizás, de un arriendo a largo plazo del fisco, del arriendo anual al terrateniente, de la tierra comprada al banco, etc. El capitalismo exige que todas estas diferencias de categorías desaparezcan, que toda economía en la tierra se construya exclusivamente de acuerdo con las nuevas condiciones y exigencias del mercado, las exigencias de la agricultura. La nacionalización de la tierra cumple esta exigencia por el método revolucionario-campesino, sacudiendo del pueblo de golpe y por completo toda la vieja hojarasca de todas las formas de propiedad territorial medieval. No debe haber ni propiedad terrateniente, ni propiedad de nadiel, debe haber sólo una nueva propiedad agraria libre: tal es la consigna del campesino radical. Y esta consigna expresa de la manera más fiel, más consecuente y más resuelta los intereses del capitalismo (del que el campesino radical se protege por ingenuidad con la señal de la cruz), los intereses del mayor desarrollo de las fuerzas productivas de la tierra bajo la producción mercantil.

Se puede juzgar por esto sobre el ingenio de Piotr Máslov, ¡para quien toda la diferencia del programa agrario respecto al programa campesino trudovikista se reducía a consolidar la vieja propiedad territorial medieval de nadiel! La tierra de nadiel campesina es un gueto en el que se asfixia y del que pugna por salir el campesinado hacia la tierra libre[28]. Y Piotr Máslov, contrariamente a las reivindicaciones campesinas de una tierra libre, es decir, nacionalizada, perpetúa este gueto, consolida lo viejo, subordina las mejores tierras, confiscadas a los terratenientes y transferidas al uso público, a las condiciones de la vieja propiedad agraria y de la vieja economía. El campesino trudovik –en la práctica, el más resuelto revolucionario burgués; de palabra, un utopista pequeñoburgués que imagina que el «reparto negro» es el punto de partida de la armonía y la fraternidad[29] y no del granjerismo capitalista. Piotr Máslov –en la práctica, un reaccionario que consolida, por miedo a una Vendée de la futura contrarrevolución, los actuales elementos antirrevolucionarios de la vieja propiedad agraria, que perpetúa el gueto campesino; de palabra, suelta frases no meditadas, aprendidas sin sentido, sobre el progreso burgués. Las condiciones reales del progreso realmente libre-burgués, y no stolypiniano-burgués, de la agricultura rusa, ni Máslov ni Cía. las han comprendido en absoluto.

La diferencia entre el marxismo vulgar de Piotr Máslov y los métodos de investigación que realmente aplicó Marx se puede ver con la mayor claridad en la actitud hacia las utopías pequeñoburguesas de los populistas (incluidos los socialistas-revolucionarios). En 1846, Marx desenmascaró despiadadamente el pequeñoburguesismo del eserista americano Hermann Kriege, que proponía un verdadero reparto negro para América, llamando a este reparto «comunismo». La crítica dialéctica y revolucionaria de Marx desechaba la cáscara de la doctrina pequeñoburguesa y extraía el núcleo sano de los «ataques contra la propiedad territorial» y el «movimiento contra la renta». Nuestros marxistas vulgares, al criticar el «reparto igualitario», la «socialización de la tierra», el «derecho igual a la tierra», se limitan a refutar la doctrina y muestran con ello su torpe doctrinario, que no ve la vida viva de la revolución campesina bajo la doctrina muerta de la teoría populista. Máslov y los mencheviques han llevado este torpe doctrinario, expresado en nuestro programa «municipalizador» de consolidación de la más atrasada propiedad territorial medieval, hasta el punto de que en la Segunda Duma podían decirse, en nombre del partido socialdemócrata, cosas verdaderamente vergonzosas: «…Si en la cuestión del modo de expropiación de la tierra nosotros (los socialdemócratas) estamos mucho más cerca de estas fracciones (populistas) que de la fracción de la libertad popular, en la cuestión de las formas de usufructo de la tierra estamos más lejos de ellas que de aquélla» (47.ª sesión, 26 de mayo de 1907, pág. 1230 del acta estenográfica).

Efectivamente, en la revolución agraria campesina, los mencheviques están más lejos de la nacionalización campesina revolucionaria y más cerca de la preservación liberal-terrateniente de la propiedad de nadiel (y no sólo de nadiel). La preservación de la propiedad de nadiel es la preservación del sojuzgamiento, del atraso, de la servidumbre de deudas. ¡Es natural que el terrateniente liberal, soñando con el rescate, se desviva por la propiedad de nadiel[30]… junto a la preservación de una buena porción de la propiedad terrateniente! Y el socialdemócrata, confundido por los «municipalizadores», no comprende que el sonido de las palabras se desvanece, mientras que la cosa permanece. El sonido de las palabras sobre la igualdad, la socialización, etc., se desvanecerá, pues no puede haber igualdad en la producción mercantil. Pero la cosa permanecerá, es decir, permanecerá la mayor ruptura posible bajo el capitalismo con la antigüedad feudal, con la propiedad territorial medieval de nadiel, con toda rutina y tradición de toda índole. Cuando se dice: «del reparto igualitario no saldrá nada», el marxista debe comprender que esta «nada» se refiere exclusivamente a las tareas socialistas, exclusivamente al hecho de que esto no eliminará el capitalismo. Pero de las tentativas de tal reparto, incluso de la idea de tal reparto, saldrá mucho en provecho de la revolución democrático-burguesa.

Pues esta revolución puede producirse o bien con el predominio de los terratenientes sobre los campesinos –y esto exige la preservación de la vieja propiedad y su reforma stolypiniana, exclusivamente por la fuerza del rublo. O bien se producirá mediante la victoria del campesinado sobre los terratenientes –y esto es imposible, en virtud de las condiciones objetivas de la economía capitalista, sin la destrucción de toda la propiedad medieval sobre la tierra, tanto la terrateniente como la campesina. O bien la reforma agraria de Stolypin, o bien la nacionalización revolucionaria campesina. Sólo estas soluciones son económicamente reales. Todo lo intermedio, desde la municipalización menchevique hasta el rescate cadete, es mezquindad pequeñoburguesa, torpe tergiversación de la doctrina, mala invención.

**7. Los campesinos y los populistas sobre la nacionalización de las tierras de nadiel**

Los propios campesinos reconocen con toda claridad que la abolición de la propiedad sobre las tierras de nadiel es la condición de la creación de una economía campesina libre, correspondiente a las nuevas condiciones capitalistas. El señor Gromán, que describe detallada y precisamente los debates en los congresos campesinos[31], cita la siguiente notable opinión de un campesino:

«Al discutirse la cuestión del rescate, un delegado, sin encontrar objeciones en lo sustancial, dijo: “Se ha dicho que sin rescate sufrirían muchos de los campesinos que compraron tierra con su dinero del trabajo. Tales hay pocos, no mucha es su tierra, y ellos de todos modos recibirán tierra en el reparto”. He aquí la fuente de la disposición a renunciar al derecho de propiedad tanto sobre las tierras de nadiel como sobre las tierras compradas».

Y un poco más adelante (pág. 20), el señor Gromán repite esto como opinión general de los campesinos.

¡«De todos modos recibirán en el reparto»! ¿Acaso no está claro qué necesidad económica dictó este argumento? El nuevo reparto de toda la tierra, tanto la terrateniente como la de nadiel, no puede disminuir la propiedad agraria de las nueve décimas (y más exactamente: de las noventa y nueve centésimas) del campesinado; no hay que temerlo. Y es necesario porque dará la posibilidad a los verdaderos y genuinos propietarios de organizar su usufructo de la tierra de acuerdo con las nuevas condiciones, de acuerdo con las exigencias del capitalismo («los dictados del mercado» para los productores individuales), sin someterse a aquellas relaciones medievales que determinaron la magnitud, la ubicación, la distribución precisamente de la propiedad de nadiel.

El señor Peshejónov, práctico y sobrio «socialista-popular» (léase: social-cadete), que supo, como hemos visto, adaptarse a las reivindicaciones de la masa de pequeños propietarios de toda Rusia, expresa este punto de vista de manera aún más definida.

«Las tierras de nadiel –escribe–, esta parte del territorio, la más importante en el aspecto productivo, están adscritas al estamento y, peor aún: a sus pequeños grupos, a hogares y aldeas separadas. Gracias a esto, dentro incluso del área de nadiel, el campesinado en su masa no puede asentarse libremente… Una distribución de la población incorrecta, que no responde a las exigencias del mercado (¡nótese esto!)… Es necesario levantar la prohibición sobre las tierras fiscales, es necesario liberar de las trabas de la propiedad las tierras de nadiel, es necesario deslindar las de propiedad privada. Es necesario devolver al pueblo ruso su tierra, y entonces él se asentará en ella como lo exigen sus necesidades económicas» (A. V. Peshejónov: _El problema agrario en relación con el movimiento campesino_, San Petersburgo, 1906, págs. 83, 86, 88–89. Subrayado nuestro).

¿Acaso no está claro que por boca de este «socialista-popular» habla el granjero que desea ponerse en pie por sí mismo? ¿Acaso no está claro que la «liberación de las tierras de nadiel de las trabas de la propiedad» le es realmente necesaria para una nueva distribución, para una nueva formación de parcelas de tierra, «que responda a las exigencias del mercado», es decir, a las exigencias de la agricultura capitalista? Pues el señor Peshejónov –recordémoslo una vez más– es tan sobrio que rechaza toda socialización, rechaza toda adaptación al derecho comunal –¡no en vano lo maldicen como individualista los socialistas-revolucionarios!–, rechaza toda prohibición del trabajo asalariado en la economía campesina.

El carácter reaccionario del apoyo a la propiedad campesina de nadiel ante este género de aspiraciones nacionalizadoras del campesinado se vuelve completamente evidente. A. Finn, que en su folleto cita algunos de los razonamientos del señor Peshejónov que nosotros hemos aducido, lo critica como populista, le demuestra la inevitabilidad del desarrollo del capitalismo a partir de la economía campesina y dentro de la economía campesina (pág. 14 y siguientes en el folleto citado). Esta es una crítica insatisfactoria, pues, ¡por la cuestión general del desarrollo del capitalismo, A. Finn omitió la cuestión concreta de las condiciones de un desarrollo más libre de la agricultura capitalista en las tierras de nadiel! A. Finn se limita únicamente a plantear la cuestión del capitalismo en general y logra una fácil victoria sobre un populismo derrotado hace tiempo. ¡Pero se trata de una cuestión más concreta[32]: la del tipo terrateniente y campesino de «deslindamiento» (expresión del señor Peshejónov), de «limpieza» de la tierra para el capitalismo!

En la Segunda Duma, el orador oficial del partido de los socialistas-revolucionarios, el señor Múshenko, que pronunció el discurso de clausura sobre la cuestión agraria, expresó con la misma precisión que el señor Peshejónov la esencia capitalista de aquella nacionalización de la tierra que los socialistas pequeñoburgueses gustan de llamar «socialización», establecimiento del «derecho igual a la tierra», etc.

«El asentamiento correcto –dijo el señor Múshenko– es posible sólo cuando la tierra esté deslindada, cuando se hayan eliminado todos los tabiques que le han sido impuestos por el principio de la propiedad privada sobre la tierra» (47.ª sesión, 26 de mayo de 1907, pág. 1172 del acta estenográfica). ¡Exactamente! El asentamiento «correcto» es el que exige el mercado, el capitalismo. Al asentamiento «correcto» de los propietarios «correctos» se opone tanto la propiedad terrateniente como la propiedad de nadiel.

Una observación más sobre las declaraciones de los delegados de la Unión Campesina merece nuestra atención. El señor Gromán escribe en el folleto mencionado:

«La tan manida cuestión de la “comuna” –esa piedra angular del viejo y del nuevo populismo– no fue planteada en absoluto y quedó resuelta tácitamente en sentido negativo: la tierra debe estar en usufructo de personas y de asociaciones, rezan las resoluciones tanto del primero como del segundo congreso» (pág. 12).

Así pues, los campesinos se pronunciaron clara y decididamente contra la vieja comuna, a favor de las asociaciones libres y del usufructo individual de la tierra. De que esta es realmente la voz de todo el campesinado no puede haber duda, pues el proyecto del Grupo Trudovique (los 104) tampoco menciona para nada la comuna. ¡Y la comuna es la unión para la posesión de la tierra de nadiel!

Stolypin destruye esta comuna violentamente en provecho de un puñado de ricos. El campesinado quiere destruirla, sustituyéndola por asociaciones libres y el usufructo de «personas particulares» sobre la tierra de nadiel nacionalizada. ¡Y Máslov y Cía., en nombre del progreso burgués, van contra la reivindicación fundamental de este mismo progreso y defienden la propiedad territorial medieval! ¡Líbranos Dios de semejante «marxismo»!

**8. El error de M. Shanin y de otros partidarios del reparto**

M. Shanin, que abordó la cuestión en su folleto[33] desde un ángulo algo distinto, dio, contra su voluntad, una confirmación más de la nacionalización que tanto odia. Con el ejemplo de Irlanda, con el análisis de las condiciones del reformismo burgués en la agricultura, M. Shanin demostró una sola cosa: la incompatibilidad de los principios de la propiedad territorial con la posesión social o estatal de la tierra (pero esta incompatibilidad hay que demostrarla también con un análisis teórico general, que Shanin ni siquiera recordó), y demostró además, quizá, la necesidad del reconocimiento de la propiedad para toda actividad estatal-reformista en la agricultura que se desarrolla capitalísticamente. Pero todas estas pruebas de Shanin dan completamente en el vacío: por supuesto, en las condiciones del reformismo burgués, sólo es concebible la propiedad privada sobre la tierra; por supuesto, la conservación de la propiedad privada sobre la masa principal de las tierras del Reino Unido no dejaba otro camino para una parte de ellas que el camino de la propiedad privada. Pero, ¿qué relación tiene esto con la «revolución agraria campesina» en Rusia? Shanin, si se quiere, señaló un camino correcto, pero señaló el camino correcto para la reforma agraria stolypiniana, y no para la revolución agraria campesina[34]. En Shanin no hay ni una chispa de conciencia de la diferencia entre una y otra, ¡y sin aclarar esta diferencia es ridículo hablar del programa agrario socialdemócrata en la revolución rusa! Y cuando Shanin, siguiendo, por supuesto, las mejores intenciones, defiende la confiscación contra el rescate, pierde toda perspectiva histórica. Olvida que en la sociedad burguesa la confiscación, es decir, la expropiación sin rescate, es tan absolutamente incompatible con el reformismo como la nacionalización de la tierra. Hablar de confiscación y admitir una solución reformista, y no revolucionaria, del problema agrario, es como presentar una solicitud a Stolypin para que aniquile la propiedad terrateniente.

Otra faceta del folleto de Shanin es la enfatización del carácter agronómico de nuestra crisis agrícola, de la necesidad indiscutible del paso a formas superiores de economía, de la elevación de la técnica agrícola, increíblemente baja en Rusia, etc. Estas justas tesis, Shanin las desarrolló de manera tan unilateralmente inverosímil, silenció hasta tal punto la destrucción de los latifundios feudales y el cambio de las relaciones de propiedad agraria como condición de esta revolución técnica, que la perspectiva resultó radicalmente falsa. Pues la reforma agraria stolypiniana también conduce, y correctamente desde el punto de vista de los intereses de los terratenientes, a la elevación técnica de la agricultura. El desmembramiento violento de la comuna por las leyes del 9 de noviembre de 1906, etc., el fomento de los jutores y el subsidio de la economía de otrub, no es en absoluto un espejismo, como dicen a veces los charlatanes irreflexivos del periodismo democrático; es la realidad del progreso económico sobre la base de la conservación del poder y de los intereses de los terratenientes. Es un camino increíblemente lento e increíblemente penoso para las más amplias masas del campesinado y para el proletariado, pero este camino es el único camino posible para la Rusia capitalista si no vence la revolución agraria campesina.

Examinen la cuestión planteada por Shanin desde el punto de vista de tal revolución. La nueva técnica agrícola exige la recreación de todas las condiciones de la economía campesina anquilosada en la tradición, embrutecida, ignorante, miserable, en la tierra de nadiel. Debe ser arrojada por la borda la rotación trienal, y los instrumentos de trabajo primitivos, y la falta patriarcal de dinero del agricultor, y la ganadería rutinaria, y el ingenuo y zafio desconocimiento de las condiciones y exigencias del mercado. ¿Y qué? ¿Es posible esta revolucionarización de la economía conservando la propiedad agraria? ¡Y el reparto entre los actuales propietarios de nadieles es la conservación, aunque sea a medias[35], de la propiedad territorial medieval! El reparto podría ser progresivo si consolidara la nueva economía, la nueva agricultura, echando por la borda lo viejo. Pero el reparto no puede desempeñar el papel de impulso hacia la nueva agricultura si se basa en la vieja propiedad de nadiel. El camarada Borísov, partidario del reparto, decía en Estocolmo: «Nuestro programa agrario es un programa para el período de revolución en desarrollo, un período de ruptura del viejo orden y de organización de un nuevo régimen social y político. Esta es su idea fundamental. La socialdemocracia no debe atarse con decisiones que la obliguen a apoyar una forma cualquiera de economía. En esta lucha de las nuevas fuerzas sociales contra las bases del viejo régimen, hay que cortar de un golpe resuelto el nudo enredado» (pág. 125 de las _Actas_). Todo esto es plenamente justo y magníficamente expresado. Y todo esto habla a favor de la nacionalización, pues sólo ella «rompe» realmente toda la vieja propiedad territorial medieval, sólo ella corta realmente el nudo enredado, dejando a las nuevas economías plena libertad para constituirse en la tierra nacionalizada. Cabe preguntarse: ¿dónde está el criterio para saber si la nueva agricultura se ha constituido ya lo bastante como para adaptar a ella el reparto de la tierra, y no consolidar con el reparto los viejos obstáculos a la nueva economía? Sólo puede haber un criterio: la práctica. Ninguna estadística en el mundo puede calcular en qué medida precisamente han «endurecido» los elementos de la burguesía campesina en un país dado, para ajustar la propiedad agraria a la economía en la tierra. Sólo los propios productores en su masa pueden calcularlo. Y la imposibilidad de tal cálculo en el momento actual ha sido probada por la intervención de la masa campesina en nuestra revolución con el programa de nacionalización de la tierra. El pequeño agricultor está siempre y en todo el mundo consustanciado hasta tal punto con su economía (si es que ésta es realmente _su_ economía, y no un pedacito de la economía terrateniente basada en la prestación personal, como sucede a menudo en Rusia), que la defensa «fanática» de la propiedad agraria es en él inevitable en un determinado período histórico y por un cierto tiempo. Si en la masa de los campesinos rusos, en la época actual, en lugar del fanatismo de los propietarios –fanatismo inculcado por todas las clases gobernantes, por todos los políticos liberal-burgueses–, se ha difundido y afirmado la reivindicación de la nacionalización de la tierra, sería puerilidad o pedantería estúpida explicarlo por la influencia de los publicistas de _Rússkoye Bogatstvo_[36] o de los folletitos del señor Chernov. Esto se explica por el hecho de que las condiciones reales de vida del pequeño agricultor, del pequeño propietario en la aldea, le plantean la tarea económica no de consolidar la nueva agricultura ya constituida mediante el reparto de las tierras en propiedad, sino de despejar el suelo para la formación (a partir de los elementos existentes) de una nueva agricultura en la tierra «libre», es decir, nacionalizada. El fanatismo del propietario puede y debe aparecer a su tiempo, como la reivindicación de asegurar su economía por parte del granjero ya salido del cascarón. La nacionalización de la tierra debía convertirse en la revolución rusa en una reivindicación de las masas campesinas, como consigna de los granjeros que quieren romper la cáscara medieval. Por eso, la prédica del reparto por los socialdemócratas, dirigida a la masa campesina de ánimo nacionalizador, que precisamente empieza a entrar en las condiciones de la «división» definitiva que debe destacar a los granjeros capaces de crear la agricultura capitalista, tal prédica es una clamorosa torpeza histórica, una incapacidad de valorar el momento histórico concreto.

Nuestros socialdemócratas «repartidistas», los camaradas Finn, Borísov, Shanin, están libres de aquel dualismo teórico en que caen los «municipalistas», hasta su ramplona crítica de la teoría de la renta de Marx (de esto hablaremos más abajo), pero cometen un error de otro tipo, un error de perspectiva histórica. Manteniéndose en el aspecto teórico en una posición justa general (y distinguiéndose en esto de los «municipalistas»), repiten el error de nuestro programa de «tierras recortadas» de 1903. La fuente de este último error era que, al definir correctamente la dirección del desarrollo, definimos incorrectamente el momento del desarrollo. Supusimos que los elementos de la agricultura capitalista ya se habían constituido plenamente en Rusia, constituido tanto en la economía terrateniente (menos las «tierras recortadas» de servidumbre; de ahí la reivindicación de las tierras recortadas), como en la economía campesina, que parecía haber destacado a una sólida burguesía campesina y ser incapaz, por tanto, de una «revolución agraria campesina». No fue el «miedo» a la revolución agraria campesina lo que engendró el programa erróneo, sino la sobreestimación del grado de desarrollo capitalista en la agricultura rusa. Los restos del feudalismo nos parecían entonces un detalle nimio, y la economía capitalista en la tierra de nadiel y en la tierra de los terratenientes, un fenómeno plenamente maduro y consolidado.

La revolución puso al desnudo este error. Confirmó la dirección del desarrollo que habíamos definido. El análisis marxista de las clases de la sociedad rusa ha sido confirmado tan brillantemente por todo el curso de los acontecimientos en general y por las dos primeras Dumas en particular, que el socialismo no marxista está socavado definitivamente. Pero los restos del feudalismo en el campo resultaron ser mucho más fuertes de lo que pensábamos; provocaron un movimiento nacional del campesinado, hicieron de este movimiento la piedra de toque de toda la revolución burguesa. El papel de hegemonía, siempre señalado por la socialdemocracia revolucionaria al proletariado en el movimiento de liberación burgués, hubo que definirlo con mayor precisión como el papel de jefe que conduce tras sí al campesinado. ¿Que conduce hacia qué? Hacia la revolución burguesa en su forma más consecuente y resuelta. La corrección del error consistió en que, en lugar de la tarea parcial de lucha contra los restos de lo viejo en el régimen agrícola, debimos plantearnos las tareas de lucha contra todo el viejo régimen agrícola. En lugar de la limpieza de la economía terrateniente, planteamos su destrucción.

Pero esta corrección, hecha bajo la influencia del curso impresionante de los acontecimientos, no obligó a muchos de nosotros a reflexionar hasta el final sobre la nueva definición del grado de desarrollo capitalista en la agricultura rusa. Si la reivindicación de la confiscación de todas las tierras de los terratenientes resultó históricamente justa –y sin duda resultó serlo–, esto significaba que el amplio desarrollo del capitalismo exige nuevas relaciones de propiedad agraria, que los gérmenes del capitalismo en la economía terrateniente pueden y deben ser sacrificados al amplio y libre desarrollo del capitalismo sobre la base de la pequeña economía renovada. Aceptar la reivindicación de la confiscación de las tierras de los terratenientes significa reconocer la posibilidad y la necesidad de la renovación de la pequeña economía agrícola bajo el capitalismo.

¿Es admisible esto? ¿No es una aventura el apoyo a la pequeña economía bajo el capitalismo? ¿No es un sueño vano esta renovación de la pequeña agricultura? ¿No es una «captación de campesinos» demagógica, Bauernfang? Así, indudablemente así, pensaban muchos camaradas. Pero se equivocaban. La renovación de la pequeña economía es posible también bajo el capitalismo, si la tarea histórica consiste en la lucha contra el régimen precapitalista. Así renovó la pequeña economía América, al destruir revolucionariamente los latifundios esclavistas y crear las condiciones para el desarrollo más rápido y más libre del capitalismo. En la revolución rusa, la lucha por la tierra no es más que la lucha por un camino renovado de desarrollo capitalista. La consigna consecuente de tal renovación es la nacionalización de la tierra. Excluir de ella las tierras de nadiel es económicamente reaccionario (hablaremos del carácter políticamente reaccionario de tal exclusión por separado). Y los «repartidistas» se saltan la tarea histórica de la revolución dada, suponen resuelto aquello por lo que la lucha campesina de masas apenas acaba de empezar. En lugar de impulsar hacia adelante el proceso de renovación, en lugar de esclarecer al campesinado las condiciones de una renovación consecuente, le cortan ya la bata al granjero renovado y tranquilizado[37].

«Cada cosa a su tiempo». La socialdemocracia no puede renunciar al apoyo del reparto. En otro momento histórico, en otra etapa de la evolución agraria, el reparto puede resultar inevitable. Pero las tareas de la revolución democrático-burguesa en la Rusia de 1907, el reparto las expresa de manera completamente incorrecta.