La carta a «Pravda» del diputado de los obreros de Kostromá, Shágov (núm. 22/226), señaló con extrema claridad las condiciones en que los obreros consideran realizable la unidad de la socialdemocracia. Las cartas de toda una serie de otros diputados de la curia obrera («Pravda» núms. 21-28) confirmaron este punto de vista. La unidad debe ser realizada por los propios obreros «desde abajo». Los liquidadores no deben luchar contra la clandestinidad, sino incorporarse ellos mismos a ella.

Cabe asombrarse de que, después de un planteamiento de las cuestiones tan claro y directo, nos encontremos con las viejas frases ampulosas, pero completamente vacuas, de Trotski en «Luch» núm. 27 (113). ¡Ni una palabra sobre el fondo del problema! ¡Ni el menor intento de aportar hechos precisos y analizarlos de manera multilateral! ¡Ni una alusión a las condiciones reales de la unidad! Meras exclamaciones, palabras grandilocuentes, salidas de tono arrogantes contra adversarios no mencionados por el autor, aseveraciones solemnemente importantes: he ahí todo el bagaje de Trotski.

Eso no vale, señores. Ustedes hablan «con los obreros» como si fueran niños: ora atemorizándolos con palabras terriblemente amenazadoras («los grilletes del círculismo», «polémica monstruosa», «el período feudal y de servidumbre de la historia de nuestro partido»), ora «persuadiéndolos», como se persuade a los niños pequeños, sin convencer ni aclarar las cosas.

Los obreros no se dejarán ni intimidar ni engatusar. Ellos mismos compararán «Luch» y «Pravda», leerán, por ejemplo, el editorial del núm. 101 de «Luch» («Las masas obreras y la clandestinidad») y, simplemente, rechazarán con un gesto la declamación de Trotski.

«En la práctica, la cuestión supuestamente de principios sobre la clandestinidad es resuelta por todos los sectores de la socialdemocracia de manera completamente idéntica...», escribe Trotski en cursiva. Los obreros de Petersburgo saben por experiencia que eso no es así. Los obreros de cualquier confín de Rusia, si leen el mencionado editorial de «Luch», verán de inmediato que Trotski se aparta de la verdad.

«Es ridículo y absurdo afirmar —leemos en él— que entre las tendencias políticas de «Luch» y de «Pravda» exista una contradicción irreconciliable.» Créanos, amable autor, que los obreros no se asustarán de la palabra «absurdo» ni de la palabra «ridículo», sino que le pedirán que les hable como a adultos, yendo al fondo: ¡exponga usted estas tendencias!, ¡demuestre usted la «reconciliabilidad» del editorial del núm. 101 de «Luch» con la socialdemocracia!

No. Con frases, aunque sean «conciliadoras», aunque sean empalagosas, no se alimenta a los obreros.

«Nuestras fracciones históricas, el bolchevismo y el menchevismo —escribe Trotski—, por su origen son formaciones puramente intelectualoides.»

Esto es una repetición del cuento liberal. En realidad, toda la realidad rusa situó a los obreros ante la cuestión de su actitud hacia los liberales y hacia el campesinado. Aunque no hubiera existido ninguna intelectualidad, los obreros no habrían podido soslayar esta cuestión: ir tras los liberales o, contra los liberales, dirigir a los campesinos.

A los liberales les conviene presentar esta base de divergencias como introducida por los «intelectualoides». Pero Trotski sólo se cubre de vergüenza al repetir el cuento liberal.

«Pravda» núm. 39, 16 de febrero de 1913.

Se imprime según el texto del periódico «Pravda».