La revista *Rússkoe Bogatstvo* nos muestra precisamente esas dos corrientes en el flujo o tendencia populista o trudovique de la vida rusa, que también pueden rastrearse a través de otras fuentes de conocimiento político más directas e inmediatas.

Recordemos, por ejemplo, los debates en la I y II Duma. Lamentablemente, los informes taquigráficos de ambas han sido retirados de la venta. Pero, de una manera u otra, el enorme material político para el estudio de las opiniones y aspiraciones del campesinado ruso y del trudoviquismo ruso, contenido en esos informes, en parte ya se ha convertido, y en parte se convertirá en el futuro, en patrimonio de toda persona culta. La principal conclusión que se desprende de este material es que los intelectuales trudoviques (incluyendo aquí a los intelectuales eseristas) y los campesinos trudoviques representan corrientes políticas esencialmente diferentes.

Los intelectuales populistas tienden a la frase conciliadora o «universal». Siempre se percibe en ellos al liberal. El punto de vista de la lucha de clases les es orgánicamente ajeno. Son razonadores. Arrastran al campesinado democrático hacia atrás, desde la lucha viva y directa contra su enemigo de clase hacia la nebulosa, artificiosa e impotente frase seudosocialista.

Los campesinos populistas en las dos primeras Dumas son fuego, pasión. Están llenos del anhelo de una acción inmediata y decisiva. Son ignorantes, incultos, ingenuos, pero se alzan contra su enemigo de clase con tal franqueza, irreconciliabilidad y odio que uno siente la presencia de una fuerza social de la mayor seriedad.

En otras palabras: los intelectuales populistas son pésimos socialistas y demócratas desmagnetizados. Los campesinos trudoviques no juegan en absoluto al socialismo, que les es absolutamente ajeno, pero son demócratas «viscerales», sinceros, ardientes y fuertes. Nadie puede predecir si triunfará la democracia campesina en Rusia, pues esto depende de condiciones objetivas demasiado complejas. Pero es absolutamente indudable que el campesinado trudovique solo puede vencer *a pesar de* aquellas tendencias que la intelectualidad populista introduce en su movimiento. Una democracia vital, fresca y sincera está en condiciones de vencer, en una coyuntura histórica favorable, mientras que la frase «socialista», el razonamiento populista, jamás podrá vencer.

Esta conclusión me parece una de las lecciones más importantes de la revolución rusa, y no pierdo la esperanza de fundamentarla algún día mediante un análisis detallado de los discursos de los populistas en las dos primeras Dumas y de otro material político de los años 1905-1907. Por ahora, quisiera señalar una notable confirmación de esta conclusión en el último número (núm. 12, 1912) de *Rússkoe Bogatstvo*, el principal y más sólido órgano populista.

Dos artículos de este número producen una impresión indudablemente típica. El artículo del Sr. A. V. P. («¿Socialismo popular o proletario?») es un modelo de los razonamientos intelectualoides de los «socialistas populares» y eseristas.

Si fuera inevitable que la fuerza masiva del campesinado ruso se orientara tal como «resulta» según los razonamientos de los Sres. A. V. P. y Cía., la causa de la democracia burguesa rusa estaría irremediablemente perdida. Porque de frases y razonamientos no puede surgir acción histórica. La impotencia de tal populismo es definitiva.

En el artículo del Sr. Kriúkov, «Sin fuego», un cura meloso habla sobre el campesinado, la vida campesina y la psicología campesina, retratando al campesinado precisamente tal como él mismo se ha manifestado y se manifiesta. Si esta descripción es correcta, entonces a la democracia burguesa rusa –encarnada justamente en el campesinado– le está destinada una gran acción histórica, que, en una coyuntura aunque sea mínimamente favorable de los fenómenos concomitantes, tiene todas las posibilidades de ser victoriosa.

Para aclarar esto, caractericemos brevemente las «ideas» del Sr. A. V. P. y citemos algunos pasajes de las descripciones del campesinado ruso hechas por el cura meloso.

El Sr. A. V. P. defiende los fundamentos del populismo frente al escritor de *Zavety*, Sujánov, quien cede al marxismo toda una serie de premisas teóricas cardinales del populismo, predicando al mismo tiempo algo así como una unificación de marxistas y populistas.

El Sr. A. V. P. no es reacio a la unificación, pero no tiene intención de «ceder» los principios del populismo. Y precisamente esta defensa de la pureza y firmeza de principios del populismo por parte de un populista tan indudablemente competente y destacado como el Sr. A. V. P., muestra más claro que el agua la completa desesperanza de su posición, la absoluta falta de vitalidad de tal populismo.

El Sr. Sujánov ha llegado a decir que la única clase socialista por naturaleza es el proletariado. Por supuesto, si se piensa con un mínimo de coherencia, esto significa reconocer el marxismo y renunciar por completo al socialismo populista.

El Sr. A. V. P. se subleva contra el Sr. Sujánov, pero sus argumentos son algo de una miseria nunca vista. Son puras salvedades, enmiendillas, signos de interrogación, observaciones eclécticas sobre el tema de que el revisionismo «exagera desmesuradamente» las correcciones de la vida a la teoría, mientras que la ortodoxia las refuta en vano. La papilla que sirve el Sr. A. V. P. se parece como dos gotas de agua a las objeciones habituales en todos los países europeos de los burgueses «humanitarios» contra la lucha de clases y el socialismo de clase.

El hecho fundamental y archiconocido de que en todo el mundo solo el proletariado sostiene una lucha sistemática y cotidiana contra el capital, de que precisamente él constituye la base de masas de los partidos socialistas, el Sr. A. V. P. no se atreve a negarlo. Que el campesinado revela tanto menos, aunque sea una pizca, de espíritu socialista cuanto más libre es políticamente el país, el Sr. A. V. P. no puede ignorarlo. Y él simplemente juega con retazos de ideas de profesores burgueses y oportunistas europeos para embrollar el asunto, sin siquiera intentar oponer al marxismo algo que se parezca a una teoría social íntegra, directa y clara.

Por eso no hay nada más aburrido que el artículo del Sr. A. V. P. No hay nada más demostrativo de la completa muerte ideológica del socialismo populista en Rusia. Ha muerto. Las «ideas» del Sr. A. V. P. las encontrará usted íntegramente en cualquier publicación burguesa sociorreformista de Occidente. Ni siquiera es interesante refutarlas.

Pero si el socialismo populista ha muerto en Rusia, si lo mató la revolución de 1905 y lo enterraron los Sres. A. V. P., si de él solo queda una frase pútrida, entonces la democracia campesina en Rusia, en absoluto socialista, sino tan burguesa como lo fue la democracia de los Estados Unidos de la década de 1860, de Francia de finales del siglo XVIII, de Alemania de la primera mitad del siglo XIX, etc., etc., esta democracia está viva.

El relato del cura meloso sobre la aldea, transmitido por el Sr. Kriúkov, lo confirma plenamente. Y lo que comunica Kriúkov –observemos de paso– se desprende quizás aún con mayor relieve y precisión de las observaciones de un enemigo declarado de la democracia, el vejista Bulgákov, en *Rússkaya Mysl* (núm. 11, 1912: «En las elecciones»).

«¡Servilismo y cobardía –dice el cura en el relato de Kriúkov sobre el clero ruso–, siempre fue así!... Pero la diferencia está en que nunca hubo un apartamiento tan espantosamente tranquilo y silencioso de la iglesia como ahora. Es como si el espíritu de la vida se hubiera extinguido en la iglesia. Repito: no solo se ha ido la intelectualidad, el pueblo se ha ido... hay que reconocerlo, –pues yo fui cura rural durante dos años.»

El cura meloso recuerda el año cinco. El cura explicaba entonces el manifiesto a los campesinos.

«Yo esperaba –se lamenta– clarividencia, unión estrecha, amor, sobriedad, sana conciencia, despertar, energía... La clarividencia pareció llegar, pero en lugar de unión y alianza: rencor y discordia intestina. Y lo primero que hizo la aldea fue darme un empujón a mí también, y bueno. Parecía que yo estaba con ella en cuerpo y alma... Les explicaba esas mismas libertades y todo lo demás. ¡Y cómo escuchaban! Yo pensaba que más amplio de lo que yo les abría, no se podía abrir, pero no... penetraron en la aldea otros discursos. Y los nuevos explicadores cocinaron una papilla mucho más espesa: sobre la tierrita, el reparto y los señores. Claro, los mujiks comprendieron y asimilaron esto al momento. Y lo primero que hicieron fue venir a mí y declararme que por el estipendio me pagarían no doscientos, sino cien...

... Sin embargo, lo que más me afligió no fue este hecho –lo de los cien rublos–, sino el conjunto de todo lo que tan raudamente compuso la nueva fisonomía de la aldea. ¡Cómo se esforzaron por todos lados en abrirle los ojos, en liberarla de la venda, en iluminar sus tinieblas! Y, a decir verdad, lo consiguieron. El hombre ciego vio por fin un poquito de luz y desde ese momento ya no es ciego... aunque tampoco recobró la vista. Pero con esta semivisión le llegó solo el conocimiento más amargo y el rencor más sofocante... Y a veces, quizás, suspire por su oscura ignorancia. Tal rencor ha crecido en la aldea, tal rencor, que parece que ahora todo el aire está saturado de él... El cuchillo, la estaca, el gallo rojo. La evidencia de la impotencia, las ofensas candentes e inultas, la lucha intestina, el odio indiscriminado, la envidia hacia todo lo más próspero, lo más acomodado, lo más pudiente. Antes también, por supuesto, existían la envidia, el rencor, la aflicción y el pecado hediondo, pero la gente creía en la voluntad divina y en la vanidad de los bienes mundanos, creía y encontraba fuerzas para soportar en la esperanza de una recompensa ultraterrena. Hoy esa fe ya no existe. Hoy la fe allí es esta: nosotros somos los esclavizadores, ellos son los esclavizados. De todas las interpretaciones sobre la libertad, en el suelo de la aldea han brotado cizaña y estramonio... Y ahora, esta nueva ley sobre la tierra: ¡hermano contra hermano se ha alzado, hijo contra padre, vecino contra vecino! Han comenzado tal rencor y confusión, que la aldea se sofocará en ellos, indefectiblemente se sofocará».

Hemos subrayado en esta característica descripción de la aldea por el cura de melosa labia (¡purísimo populista intelectualoide!) algunas palabras especialmente características.

El cura es partidario del «amor», enemigo del «odio». En este sentido, comparte plenamente el punto de vista tolstoiano (también podría decirse: cristiano) profundamente reaccionario que desarrollan constantemente nuestros kadetes y los kadetes de tendencia similar. Soñar con alguna «socialización de la tierra», charlar sobre el significado «socialista» de las cooperativas, sobre las «normas de tenencia de la tierra», tal cura, seguramente, no tiene nada en contra; pero cuando la cosa llegó al odio en lugar del «amor», entonces se acobardó de inmediato, se desinfló y se echó a lloriquear.

El «socialismo» verbal y fraseológico («popular, no proletario»), todo el que quieran, cualquier pequeñoburgués alfabetizado de Europa lo aprobará. Pero cuando la cosa llegó al «odio» en lugar del «amor», ahí se acabó. El socialismo de la frase humanitaria: estamos a favor; la democracia revolucionaria: estamos en contra.

Lo que dice el cura meloso sobre el manido tema del «vandalismo» en la aldea no presenta, desde el punto de vista fáctico, absolutamente nada nuevo. Pero de su propio relato se ve claramente que el «vandalismo» es un concepto introducido por los partidarios del régimen feudal. «Ofensas candentes e inultas»: he ahí lo que constata el cura meloso. Y esto, indudablemente, es algo muy, muy alejado del «vandalismo».

Los marxistas han considerado desde hace tiempo como su tarea, en la lucha contra el populismo, destruir el manilovismo, las frases empalagosas, el punto de vista sentimental por encima de las clases, el trivial socialismo «popular», digno de cualquier «radical-socialista» francés, curtido en enfoques pragmáticos y negocios turbios. Pero al mismo tiempo, los marxistas han considerado desde hace tiempo como una tarea igualmente obligatoria separar el núcleo democrático de las concepciones populistas. El socialismo populista es carroña podrida y maloliente. La democracia campesina en Rusia, si la retrata fielmente el cura meloso de Kriúkov, es una fuerza viva. Y no puede no ser una fuerza viva mientras manden los Purishkévich, mientras treinta millones pasen hambre.

«Odio indiscriminado», nos dicen. En primer lugar, eso no es toda la verdad. La «discriminación» no la ven los Purishkévich, no la ven los funcionarios, no la ven los intelectuales de hermoso corazón. En segundo lugar, incluso en los inicios del movimiento obrero en Rusia hubo un cierto elemento de «odio indiscriminado», por ejemplo, en forma de destrucción de máquinas durante las huelgas de los años 60-80 del siglo pasado. Eso desapareció rápidamente. El quid no está ahí. Sería una vulgaridad exigir «guantes blancos» a personas que pierden la paciencia en una situación dada.

Lo esencial es la profunda ruptura con la vieja y desesperadamente reaccionaria concepción del mundo, la profunda asimilación precisamente de aquella doctrina sobre los «esclavizados», que es la garantía no de un sueño mortal, sino de una vida viva.

Se ha podrido el socialismo populista hasta en su ala más izquierdista. Está viva y es vital la tarea de depuración, esclarecimiento, despertar y cohesión de la democracia sobre la base de una ruptura consciente con las doctrinas del «amor», la «paciencia», etc. El cura meloso se entristece. Nosotros, en cambio, tenemos todas las razones para alegrarnos del rico campo de trabajo vigoroso.

*Prosveshchenie* núm. 2, febrero de 1913. Firmado: V. I.

Se imprime según el texto de la revista *Prosveshchenie*