Quien sinceramente se interesa por la suerte del movimiento de liberación en nuestro país no puede por menos de interesarse ante todo por nuestro movimiento obrero. Los años de auge, al igual que los años de contrarrevolución, han demostrado con la mayor claridad que la clase obrera marcha a la cabeza de todas las fuerzas de liberación y que, por consiguiente, la suerte del movimiento obrero se entrelaza del modo más estrecho con la suerte del movimiento social ruso en general.

Tómese la curva que representa el movimiento huelguístico de los obreros en los últimos ocho años. E inténtese trazar una línea curva semejante que represente el ascenso y la decadencia de todo el movimiento de liberación ruso en general durante estos años. Ambas curvas coincidirán por completo. Entre el movimiento de liberación en su conjunto, por un lado, y el movimiento obrero, por otro, existe el vínculo más estrecho e indisoluble.

Examínense los datos sobre el movimiento huelguístico en Rusia a partir de 1905.

¿Acaso esos datos no muestran de la manera más patente que el mejor barómetro de toda la lucha liberadora del pueblo en Rusia es el movimiento huelguístico de los obreros rusos?

El mayor auge (1905) da cerca de tres millones de huelguistas. En 1906 y 1907 el movimiento decae, pero se mantiene aún a un nivel muy alto, con un promedio de un millón de huelguistas. Luego el movimiento comienza a descender rápidamente y cae hasta 1910 inclusive; 1911 es un año de viraje. La curva comienza a subir, aunque todavía tímidamente. 1912 es el año de un nuevo y enorme auge. La curva asciende de manera firme y decidida hasta el nivel de 1906 y evidentemente mantiene el rumbo hacia aquel año en que la cifra de tres millones batió el récord mundial.

Ha comenzado una nueva época. De ello no puede haber ahora duda alguna. El comienzo de 1913 es la mejor garantía de ello. De cuestiones particulares y aisladas la masa obrera pasa al planteamiento de una cuestión general. La atención de las más amplias masas ya no se concentra únicamente en tal o cual desajuste de nuestra vida rusa. Se plantea la cuestión del conjunto de estos desajustes, en su totalidad; ya no se trata de reformas, sino de una reforma de fondo.

La vida enseña. La lucha viva resuelve mejor que nada aquellas cuestiones que hasta hace poco eran tan discutibles. Véase ahora, después de 1912, por ejemplo, nuestras disputas acerca de la «campaña de peticiones» y de la consigna «libertad de coalición». ¿Qué ha demostrado la experiencia?

Reunir tan sólo unas decenas de miles de firmas de obreros bajo una petición muy moderada resultó imposible. En cambio, el hecho fue un millón de participantes únicamente en las huelgas políticas. Las charlas sobre que no hay que ir más allá de la consigna de «libertad de coalición», porque de lo contrario las masas no nos comprenderían ni se movilizarían, resultaron charlas vacuas y ociosas de gente desligada de la vida. Mientras que las masas vivas, reales, de millones, se movilizaron precisamente bajo las fórmulas más amplias, viejas, no recortadas. Sólo esas fórmulas encendieron el entusiasmo de las masas. Quién marchaba de hecho junto con las masas y quién sin ellas y en contra de ellas, es cosa que la vida ha mostrado ahora de manera suficientemente convincente.

El movimiento vigoroso, fresco y pujante de las masas mismas desecha como un trapo inservible las recetas artificiales incubadas en los gabinetes y avanza sin cesar.

He ahí el sentido histórico de este grandioso movimiento que se desarrolla ante nuestros ojos.

«Pravda» nº 15, 19 de enero de 1913.

Se publica según el texto del periódico «Pravda».