La campaña electoral para la IV Duma ha confirmado la apreciación del momento histórico que desde 1911 venían haciendo los marxistas. Dicha apreciación se reducía a que la primera etapa de la historia de la contrarrevolución rusa había terminado. Había comenzado la segunda etapa, caracterizada por el despertar de los «destacamentos ligeros» de la democracia burguesa (el movimiento estudiantil), por el movimiento obrero económico ofensivo, y más aún no económico, etc.

La depresión económica, la ofensiva resuelta de la contrarrevolución, el repliegue y la descomposición de las fuerzas de la democracia, el desenfreno de las ideas renegadas, «vejistas», liquidacionistas en el «campo progresista»: he ahí lo que distingue la primera etapa (1907‑1911). En cambio, la segunda etapa (1911‑1912) se distingue, tanto en el aspecto económico como en el político y en el ideológico, por rasgos opuestos: el auge de la industria, la incapacidad de la contrarrevolución para seguir pasando a la ofensiva con la fuerza o la energía anteriores, etc., el despertar de la democracia, que ha obligado a esconderse a los ánimos del vejismo, del renegadismo, del liquidacionismo.

Tal es el telón de fondo general que hay que tener presente para valorar acertadamente la campaña electoral de 1912.

## I. La «fabricación» de las elecciones

El rasgo distintivo que más salta a la vista en las elecciones a la IV Duma es la falsificación sistemática de las mismas por el gobierno. No nos proponemos aquí resumir los resultados de la «fabricación de las elecciones»; de esto ha hablado ya con suficiente amplitud toda la prensa liberal y democrática; de esto habla también la detallada interpelación de los kadetes en la IV Duma; probablemente podremos dedicar un artículo especial a esta cuestión cuando se reúnan los copiosos y cada día más numerosos datos documentales.

Por el momento señalemos sólo los resultados fundamentales de la fabricación de las elecciones y la principal importancia política de esta «fabricación».

La movilización del clero contra los terratenientes liberales y octubristas; la multiplicación por diez de las represiones y la violación más descarada de la ley, dirigida contra la democracia burguesa en las ciudades y en los campos; las tentativas de arrebatar por esos mismos medios la curia obrera a la socialdemocracia: he ahí los procedimientos fundamentales de la fabricación de las elecciones en 1912. El objetivo de toda esta política, que recuerda la política del bonapartismo, era formar una mayoría derechista‑nacionalista en la Duma, y ese objetivo, como se sabe, no se ha alcanzado. Pero veremos más abajo que al gobierno le ha sido posible «mantener» la antigua situación, la de la III Duma, en nuestro – valga la expresión – parlamento: en la IV Duma han seguido existiendo dos mayorías, la derechista‑octubrista y la octubrista‑kadete.

La ley electoral del 3 de junio de 1907 «construía» el sistema estatal de administración —y no sólo de administración— sobre el bloque de los terratenientes latifundistas feudales con las capas altas de la burguesía, conservando el primer elemento social en este bloque una preponderancia gigantesca, y estando por encima de ambos elementos el viejo poder, sin merma alguna de hecho. No es el momento de hablar de la naturaleza específica que tenía y sigue teniendo este poder, creada por la historia secular del feudalismo, etc. De todos modos, el viraje de 1905, el fracaso de lo viejo, las acciones abiertas y pujantes de las masas y de las clases obligaron a buscar la alianza con unas u otras fuerzas sociales.

Las esperanzas puestas en el «mujik gris», en el campesino, que existieron en 1905‑1906 (las leyes electorales de Buliguin y de Witte), quedaron destruidas. El sistema del 3 de junio «apostaba por los fuertes», por los terratenientes y los magnates de la burguesía. Y he aquí que la experiencia de la III Duma, en sólo unos cinco años, ¡ha empezado ya a socavar también esa «apuesta»! No se puede imaginar mayor servilismo que el de los octubristas en 1907‑1912, pero ni así «satisficieron» los octubristas. El viejo poder (la llamada «burocracia»), profundamente emparentado con ellos por su naturaleza, no pudo avenirse ni siquiera con ellos. La política burguesa en el campo (la ley del 9 de noviembre) y todo género de apoyo al capitalismo: todo eso era dirigido por los mismos Purishkévich, y los resultados han sido deplorables. El purishkévichismo, renovado, remendado, refrescado por la nueva política agraria, por el nuevo sistema de instituciones representativas, seguía oprimiéndolo todo, frenando el desarrollo.

En el sistema del 3 de junio apareció una grieta. La «fabricación» de las elecciones se hizo inevitable, como son históricamente inevitables los procedimientos del bonapartismo cuando no existe un apoyo social firme, sólido, probado, íntegro, cuando hay que maniobrar entre elementos heterogéneos. Si las clases democráticas son impotentes o están especialmente debilitadas por causas temporales, semejantes procedimientos pueden ir acompañados de «éxitos» durante una serie de años. Pero hasta los ejemplos «clásicos» de Bismarck en la década de 1860 del siglo pasado o de Napoleón III demuestran que la cosa no puede pasar sin virajes bruscos (en Prusia fue la «revolución desde arriba» y varias guerras excepcionalmente afortunadas).

## II. LA NUEVA DUMA

Para determinar los resultados de las elecciones, tomemos los datos oficiales sobre la composición por partidos de la IV Duma, comparándolos con los de la III Duma no sólo al final de su existencia (1912), sino también al comienzo (1908). Obtenemos el siguiente cuadro instructivo[40]:

La primera conclusión de estos datos es que en la IV Duma han permanecido las dos mayorías anteriores: la derechista‑octubrista, con 283 votos (65 + 120 + 98), y la octubrista‑kadete, con 226 (98 + 48 + 59 + 21).

Al gobierno autocrático le importa prácticamente, ante todo, «su» mayoría en la Duma. La diferencia entre la III y la IV Duma en este sentido es insignificante. En la III Duma, la mayoría derechista‑octubrista era de 292 votos al comienzo y de 268 al final. Ahora ha resultado un término medio entre esas cifras: 283.

Pero la caída de la mayoría derechista desde el comienzo hasta el final de la III Duma es tan considerable que el gobierno, siguiendo siendo un gobierno autocrático, no ha podido menos de recurrir a medidas extraordinarias de fabricación de las elecciones. Esta fabricación no es una casualidad ni una desviación del sistema, como les gusta presentar las cosas a los Meyendorf, Maklákov y Cía., sino una necesidad para mantener el «sistema».

Ustedes, señores liberales, con Maklákov a la cabeza, ¿hablan de la «reconciliación del poder con el país» (es decir, con la burguesía)? Si es así, una de dos: o sus discursos sobre la reconciliación no son palabras vacías, y entonces deben aceptar también la «fabricación de las elecciones», pues tal es la condición real de la reconciliación con el poder real. ¡Si son tan aficionados a la «política real»! O sus protestas contra la «fabricación de las elecciones» no son palabras vacías, y entonces deben hablar no de reconciliación, sino de algo que no se parece en nada a la reconciliación…

La segunda mayoría del sistema del 3 de junio, la octubrista‑liberal, era de 252 votos al comienzo de la III Duma, de 235 al final, y descendió a 226 en la IV Duma. En esencia, por consiguiente, la «campaña electoral» gubernamental ha triunfado; el gobierno ha conseguido lo suyo, confirmando una y otra vez en la práctica su autocracia. Pues los gritos sobre la mayoría derechista‑nacionalista no eran más que un regateo con demanda exagerada. En realidad, el gobierno necesita ambas mayorías, que se mantienen ambas en el terreno contrarrevolucionario.

Nunca se insistirá bastante en esta última circunstancia, que los liberales escamotean para engañar a la democracia, y los políticos obreros liberales (liquidacionistas), por incapacidad de comprender. El bloque de los k.‑d. con los octubristas, que tan claramente se manifestó en la elección de Rodzianko (y, acaso, este bloque se puso aún más de manifiesto en las frases indecorosas y serviles de *Rech* a propósito del discurso de Rodzianko), ese bloque no es, ni mucho menos, un asunto meramente «técnico». Ese bloque expresa la unidad de los ánimos contrarrevolucionarios de la burguesía en general, desde Guchkov hasta Miliukov; ese bloque es posible únicamente gracias a esos ánimos.

Por otra parte, también al gobierno le es necesaria la mayoría liberal‑octubrista desde el punto de vista de todo el sistema del régimen del 3 de junio. Pues la III (y la IV) Duma no es, en absoluto, una institución «de cartón», como suelen decir los populistas de «izquierda», hundidos sin remedio en el pantano de las vivencias ropshinistas{172} y de la frase «otzovista». No. La III y la IV Duma son una etapa en el desarrollo de la autocracia y en el desarrollo de la burguesía, una tentativa necesaria, después de las victorias y derrotas de 1905, de su acercamiento en la práctica. ¡Y el fiasco de esta tentativa será el fiasco no sólo de Stolypin y Makárov, no sólo de Márkov 2º y Purishkévich, sino también del «conciliador» Maklákov y Cía.!

Al gobierno le es necesaria la mayoría liberal‑octubrista para intentar hacer avanzar a Rusia conservando la omnipotencia de los Purishkévich. Y medios para refrenar, para moderar el «progresismo» liberal‑octubrista, inusitadamente rápido y demasiado celoso, el gobierno tiene cuantos quiera: el Consejo de Estado y muchas otras cosas más…

## III. Cambios dentro del sistema del 3 de junio

Los datos arriba citados ofrecen un material interesante sobre la cuestión de la evolución de los partidos, agrupaciones y corrientes políticos entre los terratenientes y la burguesía en la época de la contrarrevolución. Sobre la democracia, tanto la burguesa (campesina) como la obrera, la composición de la III y la IV Duma no dice casi nada, por la sencilla razón de que el sistema del 3 de junio está construido adrede para excluir a la democracia. De igual modo, los partidos «nacionales», es decir, los no pertenecientes a la nacionalidad «dominante», están especialmente oprimidos y sofocados por el 3 de junio.

Por eso destacaremos sólo a los derechistas, los octubristas y los liberales rusos —los partidos sólidamente instalados en el sistema del 3 de junio y protegidos por él contra la democracia— y examinaremos los cambios dentro de estos partidos.

De aquí se ve claramente cómo se deshiela el llamado «centro» entre las capas privilegiadas y cómo se refuerzan sus alas derecha y liberal. Es interesante notar que el aumento de los liberales entre los terratenientes y la burguesía avanza más aprisa que el crecimiento de los derechistas, pese a las medidas extraordinarias adoptadas por el gobierno para falsear las elecciones en favor de los derechistas.

Hay personas que, en vista de estos hechos, gustan de pronunciar altisonantes palabras sobre la agudización de las contradicciones del sistema del 3 de junio, sobre el triunfo venidero del progresismo burgués moderado, etc. Esas personas olvidan, en primer lugar, que, si bien crece el número de liberales entre los terratenientes y, sobre todo, entre la burguesía, aún más rápidamente crece el ala derecha de los liberales, la que construye toda su política por entero sobre la «reconciliación» con los derechistas. De esto hablaremos ahora en detalle. En segundo lugar, esas personas olvidan que el consabido «viraje a la izquierda de la burguesía» no es más que un síntoma del verdadero viraje a la izquierda de la democracia, la única capaz de suministrar las fuerzas motrices para un cambio serio de régimen. En tercer lugar, esas personas olvidan que el sistema del 3 de junio está especialmente calculado para utilizar, en muy amplios límites, el antagonismo de la burguesía liberal y la reacción terrateniente, siendo mucho más profundo el antagonismo general de ambas con toda la democracia y, en particular, con la clase obrera.

Además. Nuestros liberales gustan de pintar la cosa como si la derrota de los octubristas se debiera a la «fabricación de las elecciones», que habría privado de apoyo a ese —dizque— «partido de la última disposición gubernamental», etc. Los propios liberales, naturalmente, aparecen aquí en el papel de oposición honesta, de gente independiente, incluso de «demócratas», cuando en realidad la diferencia entre un Maklákov cualquiera y los octubristas es totalmente ilusoria.

Fíjense en los cambios ocurridos entre la III y la IV Duma, comparados con los ocurridos entre el comienzo y el final de la III Duma. Verán que dentro de la III Duma el partido octubrista perdió un número mayor de miembros (28) que en las elecciones a la IV Duma (22). Esto no significa, naturalmente, que no hubiera «fabricación de las elecciones»; la hubo en las proporciones más desenfrenadas, sobre todo contra la democracia. Pero sí significa que, al margen de toda fabricación de las elecciones, al margen incluso de la influencia gubernamental y de la «política» en general, avanza un proceso de deslinde partidista entre las clases poseedoras de Rusia, un proceso de separación del ala derecha, feudal‑reaccionaria de la contrarrevolución respecto del ala liberal‑burguesa de esa misma contrarrevolución.

Las diferencias entre los distintos grupos y fracciones de la mayoría dumal derechista‑octubrista (derechistas, nacionalistas, derechistas moderados, «centro», octubristas de derecha, etc.) son tan inestables, indeterminadas, casuales y, a menudo, tan artificialmente amañadas como las diferencias dentro de la mayoría octubrista‑liberal (octubristas de izquierda, progresistas, kadetes). Lo característico de la época que atravesamos no es, en absoluto, el que a los octubristas, dependientes del gobierno, los desplace un constitucionalista‑demócrata, supuestamente independiente (¡nada menos que Maklákov!). Ésa es una fábula liberal estúpida.

Lo característico es que avanza un proceso de formación de auténticos partidos de clase y, en particular, bajo el rumor de exclamaciones estridentemente oposicionistas y de melosos discursos sobre la «reconciliación del poder con el país», avanza la cohesión del partido del liberalismo contrarrevolucionario.

La prensa liberal más difundida en Rusia pone todos sus empeños en escamotear este proceso. Por ello recurriremos una vez más a los datos exactos de la estadística de la Duma. Recordemos que a los partidos, como a los individuos, hay que juzgarlos no por sus palabras, sino por sus hechos. De hecho, los k.‑d. y los progresistas marchan juntos en todo lo más importante, y unos y otros marcharon con los octubristas tanto en la III como en la IV Duma y en las elecciones recién terminadas (provincia de Ekaterinoslav: ¡bloque de Rodzianko con los k.‑d.!) en toda una serie de cuestiones.

Veamos, pues, los datos sobre estos tres partidos:

Vemos una inmensa e incesante disminución entre los octubristas; una disminución insignificante, y después un pequeño aumento, entre los k.‑d.; un inmenso e incesante aumento entre los progresistas, que casi se han duplicado en número en 5 años.

Si tomáramos para 1908 los datos que comunica el Sr. Miliukov en el *Anuario de “Rech”* de 1912, pág. 77, el cuadro resultaría aún mucho más relieve. El Sr. Miliukov considera que en la III Duma, en 1908, había 154 octubristas, 23 progresistas y 56 kadetes. En comparación con la IV Duma, esto daría un aumento insignificante del número de kadetes y más del doble de progresistas.

En 1908, los progresistas eran más de dos veces más débiles que los kadetes. Ahora, el número de progresistas representa más del 80 % del número de kadetes.

Resulta, pues, el hecho indiscutible de que en el liberalismo ruso, durante el período de la contrarrevolución (1908‑1912), lo más característico es el enorme crecimiento del progresismo.

¿Y qué son los progresistas?

Tanto por su composición como por su ideología, son un cruce de octubristas con kadetes.

En la III Duma, los progresistas se llamaban aún «renovadores pacíficos»{173}, y uno de sus jefes, el contrarrevolucionario aristocratillo Lvov, fue kadete en la I Duma. En la III Duma, el número de progresistas, según hemos visto, aumentó de 25 a 36, es decir, en 11; de estos 11 diputados, 9 se pasaron a los progresistas desde otros partidos, a saber: 1 de los kadetes, 2 de los derechistas moderados, 1 de los nacionalistas y 5 de los octubristas.

El rápido crecimiento de los progresistas entre los representantes políticos del liberalismo ruso y el éxito de *Vei* entre la «sociedad» son dos caras de la misma medalla. Los progresistas realizaban en la política práctica lo que predicaban en la teoría los *Vei*, escupiendo sobre la revolución, renegando de la democracia, glorificando el sucio enriquecimiento de la burguesía como obra de Dios en la tierra, etc., etc.

Cuando el kadete Maklákov perora sobre la reconciliación del poder con el país, no hace sino cantar lo que los progresistas hacen.

Cuanto más nos alejamos de 1905 y 1906, tanto más claro queda cuán acertados estuvieron entonces los bolcheviques al desenmascarar a los kadetes en el momento de mayor embriaguez de sus «victorias», mostrando la verdadera esencia de su partido[41], que ahora se revela cada vez con mayor claridad con toda la marcha de los acontecimientos.

La democracia rusa no podrá obtener ni una sola victoria si no socava resueltamente el «prestigio» de los k.‑d. entre las masas. Y, a la inversa, la fusión de hecho de los kadetes con los vejistas y los progresistas es una de las condiciones y uno de los síntomas de la cohesión y el fortalecimiento de la democracia bajo la dirección del proletariado.

## IV. ¿Por qué se luchó en las elecciones?

Esta cuestión es la que más queda relegada a segundo plano en el número predominante de razonamientos y artículos sobre las elecciones, o incluso se escamotea por completo. Y, sin embargo, esta es la cuestión del contenido ideológico‑político de la campaña electoral, la cuestión más importante, sin cuyo esclarecimiento todas las demás cuestiones, todos los datos habituales sobre los «porcentajes de la oposición», etc., pierden completamente su valor.

La respuesta más difundida a esta cuestión consiste en que la lucha se libró en torno a si debía haber constitución o no. Así lo consideran los derechistas. Así lo consideran los liberales. Toda la prensa derechista y toda la prensa liberal está penetrada de la idea de que luchaban, en esencia, dos campos: uno a favor y otro en contra de la constitución. El jefe del partido k.‑d., el Sr. Miliukov, y el órgano oficial de ese partido, *Rech*, enarbolaron directamente esa teoría de los dos campos, y además en nombre de la conferencia del partido k.‑d.

Veamos ahora esta «teoría» desde el punto de vista del balance de las elecciones. ¿Cómo ha resistido la prueba de la realidad?

El primer paso de la nueva Duma ha estado marcado por el bloque de los k.‑d. con los octubristas (e incluso con una parte de los derechistas) en la candidatura «constitucional» de Rodzianko, cuyo discurso, que contenía un programa supuestamente constitucional, fue saludado con entusiasmo por los kadetes[42].

El jefe de los octubristas, Rodzianko, catalogado, como se sabe, entre los octubristas de derecha, se considera constitucionalista, como también Krupenski, jefe de la «fracción del centro» o constitucionalistas conservadores.

Decir que la lucha se libró en torno a la constitución equivale a no decir nada, pues inmediatamente surge la pregunta: ¿de qué constitución se trata? ¿De una constitución al estilo de Krupenski? ¿O de Rodzianko? ¿O de Efriémov‑Lvov? ¿O de Maklákov‑Miliukov? Y más allá viene una cuestión aún más importante, la cuestión no de los deseos, declaraciones, programas —que quedan en el papel—, sino de los medios reales para alcanzar lo deseado.

Sobre este punto, el más importante (y el único serio), sigue siendo incontestable e irrefutablemente acertada la declaración del Sr. Gredeskul, reproducida en 1912 (núm. 117) por *Rech*, sobre la innecesidad de una nueva revolución, sobre la necesidad de «sólo el trabajo constitucional». Esta declaración une ideológico‑políticamente a los kadetes con los octubristas de un modo mucho más firme y profundo que como supuestamente los separan miles de declaraciones de fidelidad a la constitución e incluso… a la democracia.

De todos los periódicos que se leen en Rusia, probablemente cerca del 90 % son publicaciones octubristas y liberales. Inculcando a los lectores la idea de los dos campos, uno de los cuales está por la constitución, toda esta prensa ejerce una gigantesca acción corruptora sobre la conciencia política de las masas. ¡Vale la pena pensar que toda esta campaña termina con la declaración «constitucional» de Rodzianko, que acepta Miliukov!

Ante tal estado de cosas, nunca se insistirá bastante en la repetición de las viejas —y por muchos olvidadas— verdades de la ciencia política. ¿Qué es una constitución? Esta es la cuestión palpitante en Rusia.

La constitución es un pacto entre las fuerzas históricas de la vieja sociedad (nobiliaria, feudal, feudal, absolutista) y la burguesía liberal. Las condiciones reales de este pacto, la magnitud de las concesiones de lo viejo o de las victorias de la burguesía liberal, las determinan los éxitos de las victorias de la democracia, de las amplias masas populares (y de los obreros, en primer término) sobre las fuerzas de lo viejo.

Nuestra campaña electoral pudo encontrar su coronación en la aceptación por Miliukov de la «declaración» de Rodzianko sólo porque, en la práctica, el liberalismo no persigue la supresión de los privilegios de lo viejo (económicos, políticos, etc.), sino su reparto (hablando en pocas palabras) entre los terratenientes y la burguesía. El liberalismo teme al movimiento popular, de masas, de la democracia, más que a la reacción: de ahí proviene la sorprendente, desde el punto de vista de la fuerza económica del capital, impotencia del liberalismo en la política.

En el sistema del 3 de junio, el liberalismo tiene el monopolio de una oposición tolerada, semilegal, y el inicio de una nueva animación política (empleamos una palabra demasiado débil e inexacta) sitúa a amplias capas de la nueva democracia que crece bajo la influencia de esos monopolistas. Por eso toda la esencia de la cuestión de la libertad política en Rusia se reduce hoy precisamente a aclarar que no luchan dos campos, sino tres, pues sólo este último campo, escamoteado por los liberales, tiene realmente fuerza para realizar la libertad política.

En las elecciones de 1912, la lucha no se libró en absoluto «en torno a la constitución», pues los kadetes, el principal partido liberal, que atacó principalmente a los octubristas y los derrotó, se unieron con la declaración de Rodzianko. La lucha se libró, atenazada por las tenazas policíacas del sistema del 3 de junio, en torno al despertar, el fortalecimiento, la cohesión de la democracia autónoma, independiente de las vacilaciones y las «simpatías octubristas» del liberalismo.

He aquí por qué examinar el verdadero contenido ideológico‑político de la campaña electoral desde un punto de vista meramente «parlamentario» es un error fundamental. Cien veces más real que todos los programas y plataformas «constitucionales» es la cuestión de cómo se relacionaron los distintos partidos y grupos con el movimiento huelguístico político que señaló el año 1912.

Para separar a los partidos burgueses de cualquier país de los partidos proletarios, uno de los mejores medios de verificación es la actitud ante las huelgas económicas. Si un partido conocido, en su prensa, en sus organizaciones, en sus intervenciones parlamentarias, no lucha junto a los obreros en las huelgas económicas, ese partido es un partido burgués, por mucho que jure su «carácter popular», su «socialismo radical», etc. En Rusia, *mutatis mutandis* (con los cambios correspondientes), hay que decir lo mismo de los partidos que quieren pasar por democráticos: no jures que has escrito en tal o cual papelito la constitución, el sufragio universal, la libertad de coalición, la igualdad de derechos de las nacionalidades, etc.: esas palabras no valen un centavo, ¡muéstrame tus hechos en relación con el movimiento huelguístico político de 1912! Y este criterio aún no es completo, pero de todos modos es un criterio práctico, y no una vana promesa.

## V. La verificación por la vida de las consignas electorales

La campaña electoral presenta un interés excepcional para toda personalidad política consciente porque suministra un material objetivo sobre las opiniones, los estados de ánimo y, por consiguiente, sobre los intereses de las distintas clases de la sociedad. Las elecciones a una institución representativa pueden compararse en este sentido con un censo de población: las elecciones proporcionan una estadística política. Naturalmente, esta estadística puede ser buena (con sufragio universal, etc.) o mala (elecciones a nuestro, valga la expresión, parlamento); naturalmente, esta estadística —como cualquier otra— hay que aprender a criticarla y a utilizarla con crítica. Naturalmente, por último, esta estadística hay que tomarla en conexión con toda la estadística social en general, y, por ejemplo, la estadística de las huelgas, para quienes no están contagiados de la enfermedad del cretinismo parlamentario, resultará a menudo cien veces más seria y más profunda que la estadística de las elecciones.

Pero, pese a todas esas salvedades, sigue siendo indudable que las elecciones suministran un material objetivo. La verificación de los deseos, estados de ánimo y opiniones subjetivos mediante el cómputo de los sufragios de las masas de la población pertenecientes a distintas clases debe ser siempre valiosa para un político en el sentido medianamente serio de esta palabra. La lucha real de los partidos ante el elector, con el balance de los resultados, siempre proporciona un material que verifica nuestra comprensión de cuál es la correlación de las fuerzas sociales en el país, cuál es la importancia de unas u otras «consignas».

Intentaremos, desde este punto de vista, examinar los resultados de las elecciones.

En lo que respecta a la estadística política, lo principal que hay que decir aquí es la evidente inutilidad de la mayor parte de ella a causa de la aplicación desvergonzadísima de «medidas» administrativas: «aclaraciones», presiones, detenciones, deportaciones, etc., etc., sin fin. El Sr. Cherevanin, por ejemplo, que en *Nasha Zariá*, núms. 9‑10, hace el balance con arreglo a los datos sobre varios centenares de compromisarios de las distintas curias, se ve obligado a reconocer que «sería ridículo» tomar la disminución del porcentaje de compromisarios oposicionistas (en comparación con las elecciones a la III Duma) en la segunda curia urbana y en la campesina como prueba de un viraje a la derecha. La única curia en la que los Mymrétsov, Jvóstov, Tolmachov, Murátov y Cía. no pudieron realizar falseamientos fue la primera curia urbana. Y ésta mostró un aumento del número de compromisarios «oposicionistas» del 56 % al 67 %, con un descenso de los octubristas del 20 % al 12 % y de los derechistas del 24 % al 21 %.

Pero si las «aclaraciones» redujeron a la nada el valor de la estadística electoral sobre los compromisarios, si las clases democráticas, excluidas en general de las privilegiadas del 3 de junio, experimentaron en carne propia todo el encanto de esas aclaraciones, la actitud del liberalismo hacia la democracia se manifestó, en cambio, en las elecciones. Sobre este punto, de todos modos, se obtuvo un material objetivo que permite verificar con la experiencia de la vida lo que pensaban y decían las distintas «corrientes» antes de las elecciones.

La cuestión de la actitud del liberalismo hacia la democracia no es, en absoluto, una cuestión «sólo de partido», es decir, una cuestión que tiene importancia únicamente desde el punto de vista de una de las líneas estrictamente partidistas. No. Esta cuestión es la más esencial para todo aquel que aspire a la libertad política en Rusia. Esta cuestión versa precisamente sobre *cómo* conseguir el objeto de las aspiraciones comunes de todo lo decente y honrado en Rusia.

Al iniciar la campaña electoral en 1912, los marxistas colocaron precisamente en primer plano las consignas de un democratismo consecuente, en contraposición a la política obrera liberal. La verificación de estas consignas es posible de dos maneras: en primer lugar, por el razonamiento y la experiencia de otros países; en segundo lugar, por la experiencia de la campaña de 1912. Si las consignas de los marxistas son acertadas o no, debe verse ahora por la actitud que se ha formado en la práctica entre liberales y demócratas. El objetivismo de esta verificación de las consignas consiste precisamente en que no las hemos verificado nosotros mismos, sino las masas, y no sólo las masas en general, sino, en particular, nuestros adversarios.

¿Se formaron en las elecciones y en el balance de las elecciones las relaciones entre los liberales y la democracia tal como esperaban los marxistas? ¿O tal como esperaban los liberales? ¿O tal como esperaban los liquidacionistas?

Para comprender esta cuestión, recordemos primero esas «expectativas». A comienzos mismos de 1912, cuando la cuestión de las elecciones acababa de plantearse, cuando los k.‑d. (en su conferencia) habían enarbolado la bandera de la oposición única (es decir, de los dos campos) y de la admisibilidad de los bloques con los octubristas de izquierda, la prensa obrera planteó la cuestión de las consignas en los artículos de Mártov y Dan en *Zhivóe Delo*, de F. L‑ko y otros en *Zvezdá* (núms. 11 (47) y 24 (60), y *Zhivóe Delo*, núms. 2, 3 y 8).

Mártov enarboló la consigna: «desalojar a la reacción de sus posiciones en la Duma»; Dan: «arrancar la Duma de manos de la reacción». Mártov y Dan reprochaban a *Zvezdá* sus amenazas a los liberales y su tendencia a extorsionar puestos en la Duma a los liberales.

Se perfilaron claramente tres posiciones:

1) Los k.‑d.: por la oposición única (es decir, por 2 campos) y por admitir bloques con los octubristas de izquierda.

2) Los liquidacionistas: por la consigna «arrancar la Duma de manos de la reacción», facilitar a los k.‑d. y a los progresistas el «acceso al poder» (Mártov en el núm. 2 de *Zhivóe Delo*). No extorsionar a los liberales puestos para los demócratas.

3) Los marxistas: contra la consigna «arrancar la Duma de manos de la reacción», pues esto significa arrancar al terrateniente de manos de la reacción. «Nuestra tarea práctica en las elecciones no es en absoluto “desalojar a la reacción de sus posiciones en la Duma”, sino fortalecer a la democracia en general y a la obrera en particular» (F. L‑ko en el núm. 11 (47) de *Zvezdá*)[43]. A los liberales hay que amenazarlos, extorsionarles puestos, entablar combate con ellos, sin temer las intimidaciones con el grito del peligro de las centurias negras (el mismo, en el núm. 24 (60)[44]. Los liberales sólo «acceden al poder» cuando triunfa la democracia, a pesar de las vacilaciones del liberalismo.

La divergencia entre los marxistas y los liquidacionistas es extraordinariamente profunda e irreconciliable, por fácil que a distintos bonachones pueda parecerles la conciliación verbal de lo irreconciliable. «Arrancar la Duma de manos de la reacción» es todo un círculo de ideas, todo un sistema político que, objetivamente, significa entregar la hegemonía a los liberales. «Arrancar la democracia de manos de los liberales» es el sistema político opuesto, que se basa en que sólo una democracia que haya salido de la dependencia de los liberales es capaz de socavar de verdad a la reacción.

Veamos ahora lo que ha resultado en la práctica de la batalla sobre la que tanto se discutió y se peroró antes de su comienzo.

Tomemos como testigo que determine los resultados de la batalla al Sr. V. Levitski, de *Nasha Zariá* (núms. 9‑10). Es seguro que nadie sospechará a este testigo de parcialidad hacia la línea de *Zvezdá* y *Pravda*.

He aquí cómo determina este testigo los resultados de la batalla en la segunda curia urbana: como se sabe, la única curia en la que hubo siquiera un lejano esbozo de elecciones «europeas» y en la que existe siquiera la más mínima posibilidad de hacer balances sobre los «encuentros» del liberalismo y la democracia.

El testigo ha contado 63 intervenciones de los s.‑d., de las cuales en 5 casos hubo una renuncia forzosa a la candidatura, en 5 hubo acuerdo con otros partidos y en 53 hubo intervenciones independientes. De esos 53 casos, 4 en las 4 grandes ciudades y 49 en la elección de compromisarios.

De estos 49 casos, en 9 se desconoce contra quién lucharon los s.‑d.; en 3 casos, contra los derechistas (en los 3, victoria s.‑d.); en 1 caso, contra trudoviques (victoria s.‑d.); en los 36 casos restantes, contra los liberales (21 victorias s.‑d.; 15 derrotas).

Destacando a los liberales rusos, obtenemos 21 casos de lucha contra ellos por parte de los s.‑d. He aquí los resultados:

* Progresistas y k.‑d. junto con progresistas o trudoviques.

Así pues, el principal adversario de los s.‑d. fueron los liberales (36 casos frente a 3); las principales derrotas a los socialdemócratas se las infligieron los kadetes.

Además, de los 5 casos de acuerdo, en dos hubo un acuerdo general de la oposición contra los derechistas; en tres, «puede tratarse de un bloque de izquierda contra los k.‑d.» (cursiva mía; pág. 98 de *Nasha Zariá*, núms. 9‑10). Así pues, el número de acuerdos es inferior a 1/10 del número total de intervenciones. De los acuerdos, el 60 % son acuerdos contra los k.‑d.

Finalmente, para las 4 grandes ciudades los resultados son los siguientes:

Así pues, en las 4 grandes ciudades los s.‑d. luchan contra los kadetes, y en 1 caso los k.‑d. vencen en el ballotage con ayuda de los octubristas (incluyendo entre éstos al candidato del «partido constitucional báltico»).

Conclusiones del propio testigo:

«El monopolio kadete de la representación de la democracia urbana llega a su fin. La tarea más inmediata de los s.‑d. en esta esfera es la conquista, arrebatándosela al liberalismo, de la representación en las 5 ciudades con representación independiente. Las premisas “psicológicas”» (??) «e “históricas”» (¿y económicas?) «para ello –el “viraje a la izquierda” del elector democrático, la inconsistencia de la política k.‑d. y el nuevo despertar de la actividad independiente proletaria– ya existen» (*Nasha Zariá*, loc. cit., pág. 97).

## VI. El «fin» de las ilusiones sobre el partido k.‑d.

1. Los hechos han demostrado que el verdadero significado de la consigna kadete de la «oposición única» o de los «dos campos» consistía en engañar a la democracia, en la apropiación fraudulenta por los liberales de los frutos del despertar democrático, en la amputación, el embotamiento y el debilitamiento, por los liberales, de ese despertar de la única fuerza capaz de hacer avanzar a Rusia.

2. Los hechos han demostrado que la única lucha electoral que se parecía en algo a una lucha «abierta», «europea», consistió precisamente en arrancar la democracia de manos de los liberales. Esta consigna fue vida viva, esta consigna expresó el despertar real de la nueva democracia hacia un nuevo movimiento. En cambio, la consigna de los liquidacionistas de «arrancar la Duma de manos de la reacción» fue un podrido invento de un círculo liberal‑intelectual.

3. Los hechos han demostrado que sólo aquella lucha «furiosa» contra los k.‑d., sólo aquel «kadeteofagismo» que nos reprochaban los lacayos pusilánimes de los liberales, los liquidacionistas, expresaba la verdadera necesidad de la verdadera campaña de masas, pues los kadetes resultaron en la práctica aún peores de como los pintábamos. ¡Los kadetes resultaron aliados directos de los negros contra los s.‑d. Precaln, contra el s.‑d. Pokrovski!{174}

¡Pues esto representa un viraje histórico en Rusia: los negros, que llegaron hasta la ceguera en su odio a los k.‑d., que veían en los k.‑d. al enemigo principal, han sido llevados por la marcha de los acontecimientos a apoyar a los k.‑d. contra los s.‑d.! En este hecho, supuestamente pequeño, se expresa el máximo desplazamiento partidista, que muestra cuán superficiales eran, en esencia, los ataques de los negros contra los k.‑d. y, a la inversa, con cuánta facilidad, en el fondo, Purishkévich y Miliukov se han encontrado a sí mismos, han encontrado su unidad contra los s.‑d.

La vida ha demostrado que nosotros, los bolcheviques, no sólo no habíamos subestimado los posibles bloques con los k.‑d. (en la segunda fase, etc.), sino que más bien aún los habíamos sobreestimado, ¡pues en la práctica se dieron varios casos de bloque de los k.‑d. con los octubristas contra nosotros! Esto no significa, naturalmente, que nosotros renunciáramos (como pretendían algunos exaltados otzovistas de ayer, celosos sin razón, y sus amigos) a utilizar, en una serie de casos —en las asambleas electorales de provincia, por ejemplo—, nuestros bloques con los k.‑d. contra los derechistas. Significa que nuestra línea general (tres campos; la democracia contra los k.‑d.) ha sido confirmada y consolidada aún más por la vida.

Al respecto. Los Sres. Levitski, Cherevanin y otros colaboradores de *Nasha Zariá*, con un celo y una diligencia dignos de todo encomio, han recopilado un valioso material para nuestra estadística electoral. Lástima que no hayan reunido los datos —que, evidentemente, tenían— sobre el número de casos de bloques directos e indirectos de los k.‑d. con los octubristas y los derechistas contra los s.‑d.

Precaln y Pokrovski no son casos aislados; en las asambleas electorales de provincia hubo muchos otros casos análogos. No hay que olvidarlos. Vale la pena prestarles más atención.

Además. Nuestro «testigo», obligado a sacar las conclusiones arriba citadas sobre los k.‑d., no reflexionó en absoluto sobre qué valoración del partido k.‑d. confirmaban esas conclusiones. ¿Quién llamaba a los k.‑d. partido de la democracia urbana? ¿Y quién, desde marzo de 1906, e incluso antes, venía demostrando que ese partido liberal se mantenía engañando al elector democrático?

Ahora los liquidacionistas, como Ivanes Desmemoriados, se han puesto a cantar: «el monopolio de los k.‑d. llega a su fin»… ¿De modo que había un «monopolio»? ¿Qué significa eso? Monopolio es la eliminación de la competencia. ¿Acaso la competencia de los s.‑d. contra los k.‑d. estuvo más eliminada en 1906‑1907 que en 1912?

El Sr. V. Levitski repite una frase vulgar sin pensar en el sentido de las palabras que pronuncia. Él entiende el monopolio «simplemente» en el sentido de que predominaban los k.‑d., y ahora esto termina. Pero, señores, si ustedes pretenden ser marxistas, hay que reflexionar siquiera un poquito sobre la cuestión del carácter de clase de los partidos y no tratar con tanto desenfado sus propias declaraciones de ayer.

¡Si el partido k.‑d. es el partido de la democracia urbana, entonces su predominio no es un «monopolio», sino el resultado de los intereses de clase de la democracia urbana! Pero si su predominio resultó ser, al cabo de un par de años, un «monopolio», es decir, algo casual y anormal desde el punto de vista de las leyes generales y fundamentales del capitalismo y de la correlación de clases en la sociedad capitalista, entonces, en consecuencia, aquellas personas que tomaban a los k.‑d. por el partido de la democracia urbana eran oportunistas, se dejaban llevar por el éxito momentáneo, se postraban ante el brillo de moda del kadetismo, se apartaban de la crítica marxista de los k.‑d. para pasarse al servilismo liberal ante ellos.

La conclusión del Sr. V. Levitski confirma íntegramente, palabra por palabra, aquella resolución de Londres, de 1907, de los bolcheviques sobre la naturaleza de clase del partido k.‑d., que los mencheviques impugnaban con furia. Si la democracia urbana iba detrás de los k.‑d. «por la fuerza de la tradición y por ser directamente engañada por los liberales», como reza dicha resolución, entonces es perfectamente comprensible que las duras lecciones de 1908‑1911 disiparan las «ilusiones constitucionales», socavaran la «tradición», desenmascararan el «engaño» y con ello llevaran a su fin el «monopolio».

En nuestros días está demasiado extendido el olvido voluntario e involuntario del pasado, una actitud sumamente superficial hacia las respuestas exactas, directas y claras a todas las cuestiones importantes de la política y hacia la verificación de esas respuestas con la rica experiencia de 1905‑1907 y 1908‑1912. Nada hay tan funesto para la democracia que despierta como ese olvido y esa actitud.

## VII. Sobre un «enorme peligro para la propiedad terrateniente de la nobleza»

Al hacer el balance de la lucha electoral, el Sr. Cherevanin calcula que a la oposición «se le han arrebatado 49 escaños de un modo puramente artificial, sólo por medidas completamente excepcionales». La suma de estos escaños a los realmente conquistados da, según su opinión, la cifra de 207, es decir, tan sólo 15 menos que la mayoría absoluta. Conclusión del autor: «Sobre el terreno del sistema del 3 de junio, sin medidas extraordinarias artificiales, la reacción latifundista‑feudal habría sufrido en las elecciones una derrota completa y decisiva (??!)».

«Ante este —continúa el autor— enorme peligro para la propiedad terrateniente de la nobleza…», los choques de los popes con los terratenientes no son importantes (pág. 85 de la obra citada).

¡He ahí las consecuencias de la consigna de arrancar la Duma de manos de la reacción! Cherevanin ha castigado duramente a Mártov, llevando su consigna hasta el absurdo y plasmando, por así decirlo, junto con «los resultados de la lucha electoral», los resultados de las ilusiones liquidacionistas.

¡La mayoría progresista‑kadete en la IV Duma representaría un peligro de pogromo para la propiedad terrateniente de la nobleza! Esto es directamente una perla.

Pero no es un lapsus, sino el resultado inevitable de todo el contenido ideológico que liberales y liquidacionistas se esforzaron por imprimir a la campaña electoral.

El aumento gigantesco del papel de los progresistas en comparación con los k.‑d.; el hecho de que esos progresistas encarnaran en la política todo el renegadismo (vejismo) de los kadetes; el paso real, en silencio y a escondidas, de los propios kadetes a las posiciones del progresismo: nada de esto quisieron ver los liquidacionistas, y todo ello los condujo a la perla «cherevaniniana». «No hay que hablar demasiado del carácter contrarrevolucionario de los kadetes», así o poco más o menos escribió en cierta ocasión un trudovique (populista‑liquidacionista), el Sr. Vodovózov. Eso mismo pensaban nuestros liquidacionistas.

Olvidaron incluso la lección de la III Duma, donde el kadete Berezovski, en un discurso oficial, «aclaró» el programa agrario de los k.‑d. y demostró que era ventajoso para los nobles terratenientes. Y ahora, en 1912, esperar de una Duma terrateniente «oposicionista», de los progresistas, esos octubristas de poco refrito, «un enorme peligro para la propiedad terrateniente de la nobleza»…

Escuche, Sr. Cherevanin… fantasear, fantasear, ¡pero con medida!

Tenemos una magnífica ilustración de los resultados de las elecciones en relación con el balance cherevaniniano de la táctica liquidacionista. La IV Duma aprobó, por 132 votos contra 78, la fórmula de transición de los progresistas.

¡Nada menos que el octubrista Antónov declaró oficialmente su plena satisfacción con esa fórmula trivialísima y vacía, por considerarla una fórmula octubrista! Naturalmente, el Sr. Antónov tiene razón. Los progresistas presentaron una fórmula puramente octubrista. Los progresistas representaron su papel de conciliadores de los octubristas con los kadetes.

El octubrismo está derrotado, ¡viva el octubrismo! Está «derrotado» el octubrismo tuchkovista, viva el octubrismo efriémovsko‑lvoviano[45].

## VIII. El encubrimiento de la derrota

Sólo nos queda examinar los resultados de las elecciones en la curia más importante, la obrera.

De que esta curia está del lado de la s.‑d., no ha habido ni hay ninguna duda en nadie. La lucha no se libraba ya aquí contra los populistas: entre éstos no se halló réplica al liquidacionismo populista (*Pochín*{175} en París y los eneses en Petersburgo) ni al otzovismo populista, y esta ausencia de réplica a las corrientes decadentes convirtió a los populistas de izquierda en un cero.

En la curia obrera, la lucha se libró únicamente entre los marxistas y los políticos obreros liberales, los liquidacionistas. Los marxistas, de manera directa y clara, abierta y sin viles subterfugios, proclamaron en enero de 1912 la inadmisibilidad de acuerdos en la curia obrera (y sólo en ella) con los destructores del partido obrero[46].

Este es un hecho de todos conocido. También es de todos conocido que la Conferencia de Agosto de los liquidacionistas fue calificada incluso por el conciliador Plejánov de «lamentable», liquidacionista (pese a los juramentos de *Nasha Zariá*), y sus resoluciones, de «diplomacia», es decir, hablando más claro, de engaño.

¿Qué han demostrado, pues, los resultados de las elecciones? ¿Han suministrado o no un material objetivo sobre la cuestión de en qué relación estaban con la realidad las declaraciones de enero y de agosto? ¿A quién han seguido los elegidos de la clase obrera?

Sobre esto existe un material estadístico de máxima precisión que los liquidacionistas se esfuerzan (¡en vano!) por escamotear, ocultar, acallar a fuerza de gritos e insultos.

A partir de la segunda Duma (la primera fue boicoteada por la mayoría de los s.‑d.), existe un cómputo exacto de los diputados a la Duma de la curia obrera, distribuidos entre las distintas «corrientes» del partido s.‑d. He aquí estos datos:

Diputados de la Duma de Estado procedentes de la curia obrera:

¡Estas cifras hablan por sí solas!

En 1907, en el partido había mayoría de los bolcheviques, computada oficialmente (105 delegados bolcheviques y 97 delegados mencheviques). Esto significa que el 47 % en la curia obrera (en toda la fracción había 18 b. + 36 m. = 54) constituía alrededor del 52 % en el partido obrero.

En 1912, por primera vez, los seis diputados de la curia son todos bolcheviques. Es sabido que estas 6 provincias son las principales provincias industriales. Es sabido que en ellas se concentra una parte incomparablemente mayor del proletariado que en otras provincias. Por eso es comprensible —y está plenamente demostrado mediante la comparación con 1907— que el 67 % en la curia obrera signifique más del 70 % en el partido obrero.

Durante el período de la III Duma, cuando la intelectualidad huía del partido obrero y los liquidacionistas justificaban esa huida, los obreros huían de los liquidacionistas. La fuga del liquidacionista Beloúsov de la fracción s.‑d. de la III Duma{176} y el viraje de toda esa fracción (en sus 3/4 menchevique) del menchevismo al antiliquidacionismo[47] fueron síntomas e indicios seguros de que en el medio obrero avanzaba el mismo proceso. Y las elecciones a la IV Duma lo han demostrado.

Por eso, en *Nasha Zariá*, Oskárov, Mártov, Cherevanin, Levitski, etc., se enfadan de un modo increíble, lanzando centenares de los más purishkéviches «cumplidos» a la dirección del círculo supuestamente sectario, supuestamente leninista.

¡Buen círculo y buen sectarismo aquel de cuyo lado está el crecimiento incesante de la curia obrera en 1908‑1912, ¡hasta el 67 % de esa curia en la IV Duma! ¡Torpes polemistas, los liquidacionistas! Nos insultan[48] con toda su alma, y de ello resulta el mejor cumplido para nosotros.

Resolver las cuestiones discutibles con abundancia de vociferaciones, insultos y afirmaciones infundadas es el método habitual de los círculos intelectualoides, precisamente. Los obreros prefieren otra cosa: los datos objetivos. Y en Rusia, en su situación política actual, no hay ni puede haber otra medida objetiva de la fuerza y la influencia de una u otra corriente en las masas obreras que la prensa obrera y la curia obrera de la Duma.

Por eso, señores liquidacionistas, cuanto más alboroten e insulten en *Nasha Zariá* y *Luch*, con mayor tranquilidad plantearemos nosotros a los obreros la pregunta: indíquennos otro criterio objetivo de vínculos con las masas, aparte de la prensa obrera y la curia obrera en la Duma.

Que los lectores, a quienes atruenan con gritos sobre el «círculo sectario» «de Lenin», etc., mediten con calma sobre estos datos objetivos acerca de la prensa obrera y la curia obrera en la Duma. Estos datos objetivos muestran que los liquidacionistas gritan para encubrir su completa derrota.

Pero es particularmente instructivo comparar la aparición de *Luch* —surgido el día de las elecciones gracias a la iniciativa privada— y la de *Pravda*. La oleada de abril del movimiento obrero es una de las mayores, de las históricas oleadas del movimiento obrero de masas en Rusia. Centenares de miles de obreros, según los cálculos incluso de los fabricantes, participaron en este movimiento. Y ese mismo movimiento, como su producto colateral, creó *Pravda*: primero reforzó *Zvezdá*, haciéndola diaria bisemanal en vez de semanal, después elevó las colectas obreras para *Pravda* hasta 76 en marzo y hasta 227 en abril (contando sólo las colectas obreras de grupo).

Nos hallamos ante uno de los ejemplos clásicos de cómo un movimiento, absolutamente ajeno a un carácter reformista, da como producto colateral o reformas, o concesiones, o ampliación de los marcos, etc.

Los reformistas cometen una traición respecto al movimiento obrero cuando a su gran envergadura le anteponen consignas reformistas (como hacen nuestros liquidacionistas). Los adversarios del reformismo, en cambio, no sólo son fieles a las consignas íntegras del proletariado, sino que resultan además los mejores «prácticos»: precisamente la gran envergadura, precisamente las consignas íntegras son lo que asegura la fuerza que da como producto colateral ya una concesión, ya una reforma, ya una ampliación de marcos, ya la necesidad, siquiera temporal, de que las alturas toleren el desagradable despertar de los de abajo.

Mientras los liquidacionistas, en 1908‑1912, denostaban «la clandestinidad», justificaban la «huida» de ella, charlaban sobre el «partido abierto», los abandonó toda la curia obrera, ¡y no supieron aprovechar el primer y gran auge de la oleada de abril‑mayo!

El Sr. Mártov, en *Nasha Zariá*, reconoce esta circunstancia, triste para él, revistiendo su reconocimiento de una forma particularmente cómica. Denuesta y califica de nulos a los grupos plejanovistas y vperiodistas, a quienes los propios liquidacionistas presentaban ayer como «centros» y corrientes, contrariamente a nuestra exigencia de atenerse sólo a las organizaciones rusas. Y Mártov reconoce con amargura, con rabia, con un sinfín de venenosas (al estilo de Burenin) palabrejas, que el «círculo sectario» «leninista» «ha resistido» e «incluso pasa a la ofensiva», «afianzándose en arenas que nada tienen de común con la clandestinidad» (*Nasha Zariá*, loc. cit., pág. 74).

Pero todo este reconocimiento de Mártov provoca una sonrisa. La naturaleza humana es tal que, cuando el enemigo comete un error, nos regocijamos de su mal, y cuando da un paso acertado, a veces nos enfadamos de un modo infantil.

¡Gracias por el cumplido que ha tenido usted que dirigirnos, señor liquidacionista liberal! Desde fines de 1908 venimos insistiendo en la utilización de las formas abiertas del movimiento; en la primavera de 1909 rompimos por este motivo con un grupo de amigos{177}. Y si en esas «arenas» resultamos ser una fuerza, fue únicamente porque no sacrificamos el espíritu en aras de la forma. Para emplear a tiempo la forma, para captar el auge de abril, para conquistar la simpatía de la curia obrera, tan valiosa para un marxista, era preciso no renegar de lo viejo, no comportarse ante ello como un renegado, sino defender firmemente sus ideas, sus tradiciones, sus sustratos materiales. Precisamente esas ideas impregnaban con su espíritu el auge de abril, precisamente ellas predominaron en la curia obrera de 1912, y sólo quienes fueron fieles a ellas en todas las arenas y en todas las formas pudieron estar a la altura tanto de ese auge como de esa curia.

*Prosveschenie*, núm. 1, enero de 1913. Firmado: V. Ilín

Se publica según el texto de la revista *Prosveschenie*