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Breilsford 95 comp. extractos de la pág. 164

Breilsford II

BREILSFORD. “LA GUERRA DEL ACERO Y DEL ORO”

Henry Noel Breilsford. “La guerra del acero y del oro”

Estudio de la paz armada. Londres, 1914. (El libro está fechado en marzo de 1914) (pág. 317)

«Es muy probable que en los Balcanes Austria, apoyada por la influencia dominante de la Triple Alianza, hubiera aprovechado una de las crisis que siguieron a la revolución de los Jóvenes Turcos para abrirse camino hacia Salónica y anexionar al menos una parte de Macedonia. ...

Europa tuvo una prolongada experiencia de la “hegemonía” alemana durante el cuarto de siglo transcurrido desde la caída del Imperio Francés hasta la conclusión de la alianza franco-rusa. No ocurrió nada catastrófico. Ninguno de los pequeños estados fue invadido, ninguna frontera vecina fue modificada, ningún trono fue derrocado, ninguna libertad nacional o religiosa fue amenazada» (pág. 34).

«La época de las conquistas en Europa ha terminado; y si no se cuentan los Balcanes y, quizás, las periferias de los imperios Austriaco y Ruso, se puede, con la máxima certeza posible en política, afirmar que las fronteras de nuestros

modernos estados nacionales están establecidas definitivamente. Personalmente, creo que no habrá más guerras entre las seis grandes potencias» (pág. 35).

«La actual estructura territorial de Europa discurre, con pocas excepciones, por las fronteras nacionales» (pág. 35).

«¿Debe Alemania extraer mineral de hierro de las laderas del Atlas y enviarlo en forma de rieles de acero a Bagdad? Ésta es una cuestión típica de la diplomacia moderna y, razonando con sensatez, es considerablemente más importante que la típica cuestión del viejo mundo sobre quién debe ser rey de España: Borbón o Habsburgo. Para resolver tanto ésta como otras cuestiones del mismo orden, la juventud de Europa pasa por el adiestramiento militar, se construyen buques de guerra y se dilapidan los impuestos. No hay nada en juego que pueda afectar los destinos o la posesión de un solo acre de tierra europea. Nada cambiaría en la política, la religión o la vida social de cualquier estado europeo si estas cuestiones se resolvieran de otra manera o no se resolvieran en absoluto» (pág. 36).

«Pero ¿a quién en Inglaterra le interesaría si el mineral de hierro de Marruecos se destinará a la fundición de cañones alemanes en Essen y no a cañones franceses en Creusot?» (pág. 36).

«La Entente Cordiale entre Inglaterra y Francia, que marcó el comienzo de la tensión en las relaciones con Alemania, se basó, por lo que sabe la opinión pública mundial, únicamente en un documento, que no era sino una regulación práctica de los intereses franceses e ingleses en Egipto y Marruecos» (pág. 37).

«La firma alemana “Hermanos Mannesmann” puede jactarse con razón de haber obtenido la concesión exclusiva para la explotación de todas las minas de Marruecos como compensación por el dinero prestado durante las guerras civiles al sultán, que se hallaba en una situación difícil. Que esto era precisamente el objeto de la disputa lo demuestran las condiciones discutidas más de una vez en las negociaciones entre París y Berlín para regular el conflicto. La “solución”, o arreglo temporal, del conflicto se alcanzó en 1910 mediante un acuerdo que constaba de un solo artículo: que los círculos financieros alemanes participarían, junto con los franceses, en diversas

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empresas y compañías cuyo objetivo era la “valorización” de Marruecos mediante la construcción de puertos, ferrocarriles, minas y otras obras públicas. Este acuerdo no dio ningún resultado real, y la irritación creciente en Alemania por las dilaciones de la diplomacia francesa y de los círculos financieros franceses se expresó en el envío del cañonero “Panther” a Agadir como preludio de nuevas “negociaciones”. Sabemos por las investigaciones posteriores de la comisión del senado cómo habrían terminado estas negociaciones si el Sr. Caillaux hubiera permanecido en el poder. No solo habría armonizado los intereses coloniales franceses y alemanes, sino que habría llevado a cabo un acuerdo general que abarcara toda la gama de relaciones franco-alemanas. Todos los puntos sobre los que inició negociaciones eran de carácter económico, siendo el principal la propuesta de poner fin al boicot del ferrocarril de Bagdad por parte de los círculos financieros franceses y permitir que los valores alemanes cotizaran en la bolsa de París. La alarma que este audaz paso del Sr. Caillaux provocó tanto entre los patriotas franceses como entre los imperialistas ingleses no ha sido olvidada, y sus ecos se oían tanto en Londres como en París cuando, a finales de 1913, el Sr. Caillaux volvió al gobierno. En estas negociaciones oficiosas inició una revisión de las relaciones franco-alemanas que habría tenido que cambiar no solo la política francesa, sino también la europea, si el Sr. Caillaux hubiera seguido siendo primer ministro unos meses más. Los patriotas franceses dieron la voz de alarma, temiendo que se dispusiera a arrebatarles el sueño de la revancha por 1870. Los imperialistas ingleses lo atacaron en nuestra prensa conservadora por miedo a que, si Francia arreglaba su disputa con Alemania, Inglaterra quedara aislada. En una frase durante los debates (27 de noviembre de 1911) que siguieron a la crisis de Agadir, Sir Edward Grey recurrió a expresiones que muestran que nuestra diplomacia compartía los temores de la prensa conservadora. Según sus palabras, existía el riesgo de que Francia pudiera ser arrastrada a la órbita de la diplomacia alemana. Fue por esta razón, y no porque nos interesaran realmente las dimensiones de las compensaciones concedidas por Francia a Alemania en el Congo por la ocupación de Marruecos, por lo que estábamos dispuestos a apoyar la diplomacia menos conciliadora

de los sucesores del Sr. Caillaux, incluso por la fuerza de las armas si era necesario. Éste fue, quizás, el incidente más instructivo de la historia reciente de la diplomacia europea» (págs. 38-40).

«El banco francés Perier prestó recientemente al gobierno turco un millón de libras, que éste empleó en el primer pago de un crucero dreadnought construido en Newcastle. A los pocos días se anunció que el mismo banco, obviamente en concepto de comisión, había obtenido la concesión del ferrocarril Esmirna-Dardanelos. Reconociendo que la exportación de capital no puede realizarse sin cierto movimiento de mercancías, desde el punto de vista de la sociología de las clases debemos trazar una nítida frontera entre la operación financiera y el simple intercambio de mercancías. El comercio basado en un crédito desarrollado es más ventajoso para las clases inversoras que el simple intercambio que se produce entre naciones situadas en el mismo nivel de desarrollo económico. Si enviamos carbón de Gales a Francia y recibimos a cambio flores artificiales, el capital obtiene una doble ganancia: la ganancia de los propietarios ingleses de las minas de carbón y la ganancia de los explotadores franceses. Pero si prestamos dinero a Argentina, con el que nos compra rieles para luego, a fin de pagar los intereses del préstamo, exportarnos carne para vendérnosla, entonces el capital obtendrá una triple ganancia: la ganancia de la industria siderúrgica inglesa, la ganancia del comercio de carne argentino y la ganancia de los banqueros e inversores ingleses. Esta tercera ganancia es la que más valora la clase que vive de rentas no laborales, y el desarrollo de este tipo de comercio, que requiere tal base crediticia, es decir, el comercio con naciones deudoras más débiles, es el objetivo del imperialismo» (págs. 73-74).

«El Sr. Mulhall calculó para el “Diccionario de Economía Política” que nuestras inversiones exteriores y coloniales crecieron de 1882 a 1893 con asombrosa rapidez: un 74% al año. Pero la prueba decisiva la aportó Sir Robert Giffen. Calculó que en 1899 la ganancia de todo nuestro comercio exterior de mercancías con estados extranjeros y colonias fue de solo 18 millones de libras esterlinas. La ganancia de las inversiones extranjeras y coloniales para ese mismo año la estimó en 90-100 millones de libras esterlinas» (pág. 77).

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«Diez años después, como afirmó Sir George Paish en una conferencia leída en la Sociedad Real de Estadística, nuestras ganancias de inversiones extranjeras y coloniales se calculaban en 140 millones» (págs. 77-78).

«Tras ellos* están las embajadas, y tras las embajadas las flotas de toda Europa, que a las pocas horas de recibir la orden se habrían dirigido hacia aguas turcas si se produjera algún retraso o vacilación en el pago de los ingresos garantizados a las compañías ferroviarias europeas o a los tenedores de bonos turcos. En una palabra, la diplomacia y los armamentos se ponen en marcha para apoyar transacciones usureras e inescrupulosas, concertadas mediante sobornos por el barón Hirsch y sus imitadores con ministros turcos, a los que ningún hombre honesto se dignaría estrechar la mano» (pág. 85).

* tenedores de bonos turcos. Ed.

«Durante mucho tiempo hubo tantos puestos en el ejército y en el servicio civil, que llegaron a ser accesibles a los hijos de la burguesía acomodada. Para esta gente, la India y Egipto adquirieron, por fin, un significado real: son lugares donde “se vive bien” para el hijo, el hermano o al menos el primo» (págs. 86-87).

«“El trust de la guerra al descubierto” de J. T. Walton Newbould, Master of Science (“National Labour Press”. Manchester, 1 penique), trata principalmente de las interrelaciones de las firmas militares inglesas. “Armamentos y patriotismo” de P. U. W. (“The Daily News”, 1 penique) está enteramente dedicado a la participación del Sr. Mulliner en la creación del pánico naval de 1909. “Los mercaderes de la guerra” de J. G. Perris (“Consejo Nacional de la Paz”, 167, St. Stephen’s House, Westminster, 2 peniques) contiene la mayor parte de los hechos presentados en los otros dos folletos, con algún material adicional. Todos se basan en materiales oficiales irrefutables» (pág. 89, nota).

«Es un consorcio floreciente. En el presente siglo, Armstrong nunca ha pagado menos del 10% y sus dividendos han alcanzado a menudo el 15%. Las grandes fábricas francesas de Creusot (Schneider) han llegado a pagar incluso el 20%. La construcción y equipamiento de un dreadnought debe reportar por lo menos un cuarto de millón de ganancias a la firma que obtiene la orden. Tal

rentabilidad bien vale el esfuerzo, y estas firmas están en plena capacidad de ejercer presión política y social. En la lista de accionistas de la sola fábrica de Armstrong figuran los nombres de 60 representantes de la nobleza o de sus esposas, hijos e hijas, quince baronets, veinte miembros del estamento de caballeros, ocho miembros del parlamento, cinco obispos, veinte oficiales militares y navales y ocho periodistas. Entre las personas interesadas en estas firmas, el verano pasado había dos ministros liberales, una persona que ocupa un alto cargo judicial y dos líderes de la oposición parlamentaria. Existe una divertida correspondencia entre estas listas de accionistas y los registros de miembros de la Liga Naval y de la Liga del Servicio Militar Nacional» (pág. 90).

«Los auténticos hechos fueron expuestos en aquel momento por el almirante von Tirpitz en el Reichstag, así como por el jefe de la firma Krupp. El parlamento prefirió creer al Sr. Mulliner. Como resultado, el Sr. McKenna calculó que Alemania tendría, para el “momento peligroso”, es decir, en marzo de 1912, diecisiete dreadnoughts, y revisó en consecuencia su propio programa. El Sr. Balfour predijo incluso que Alemania tendría 21 o 25 navíos de línea. Los acontecimientos posteriores demostraron que el almirante von Tirpitz decía la verdad: cuando ese momento llegó, Alemania tenía nueve. Este miedo nos costó cuatro dreadnoughts “contingentes”; una cifra quizás moderada, pero que agravó la irritación y la desconfianza en Europa en proporciones que no se pueden cuantificar en absoluto» (pág. 91).

«Las relaciones internacionales de las firmas que comercian con armamentos constituyen un tema tentador para la sátira. Los comentarios se derivan inevitable y claramente de los hechos, y serán expuestos aquí sin adornos. El capital carece de patriotismo. Una destacada firma alemana resulta estar bajo la dirección de directores franceses. Firmas alemanas reconstruyen la flota militar rusa, que es rival de la alemana. Firmas británicas tienen sucursales en Italia que construyen esos mismos dreadnoughts italianos de los que se dice que son rivales de los nuestros. En el trust Nobel y, hasta hace poco, en la compañía Harvey, participaban todas las firmas líderes en la producción de armamentos: inglesas,

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francesas, alemanas y americanas. Durante un tiempo, la firma francesa Schneider y la firma alemana Krupp se unieron en un sindicato para la explotación de las minas de hierro de Uenza en Argelia» (pág. 92).

«En todo el mundo, estas fuerzas concentradas, decididas y bien informadas, reprimen de manera constante a las fuerzas más fragmentadas y menos susceptibles de dirección centralizada que abogan por el desarme y la paz. El número de personas que se lucran con los armamentos y la guerra es relativamente pequeño en comparación con toda la población del mundo civilizado. Pero su peso individual es mayor, trabajan en alianza con la “sociedad”, que considera el imperio como un campo profesional para sus hijos, y con los círculos financieros, que lo consideran una esfera para sus inversiones» (pág. 93).

«El Sr. Gladstone llegó al poder tras la campaña de Midlothian con un programa de decidida oposición al imperialismo. El principal acto de política exterior de su gobierno fue la ocupación de Egipto. Desde entonces, la mentira se alojó en el alma del liberalismo» (págs. 103-104).

«Bajo tal influencia, el liberalismo se convirtió en un partido imperialista con Lord Rosebery y, más tarde, Sir Edward Grey como únicos dirigentes posibles de su política exterior. Lord Rosebery estaba vinculado por matrimonio a la familia Rothschild, y fue precisamente la influencia de Rothschild la que condujo a la ocupación de Egipto» (pág. 105).

«No habría habido ruptura con Francia, y la Entente Cordiale podría haberse establecido unos veinte años antes. Los armamentos europeos no habrían sido tan abrumadores, y la diplomacia de Bismarck habría tenido menos triunfos. Y lo principal es que nunca se habría concluido la alianza que llenó las arcas del autócrata ruso con oro francés y perpetuó así el más cruel de los despotismos europeos» (pág. 108).

«“Durante 1907 se iniciaron o terminaron las siguientes obras públicas en Kumasi: la oficina de correos, la prisión de mujeres, el hospital y dispensario, el hospital europeo, la lavandería para la ropa de los europeos y varios edificios para los regimientos de la Costa de Oro.”
Pasando la página, uno se entera de que “se hizo un campo de golf de 13 hoyos”. Minas de oro, prisiones, cuarteles, una lavandería para europeos construida

con fondos públicos y un campo de golf: ésta es nuestra labor civilizadora. Pero ni una sola escuela» (pág. 127).

«En otras palabras, cualquiera que sea el partido en el poder, el ministro de Asuntos Exteriores será siempre un imperialista, una persona en la que “The Times”, la City y el partido conservador puedan confiar incondicionalmente. Un radical no tiene más posibilidades de convertirse en ministro de Asuntos Exteriores que un católico romano de convertirse en lord canciller. La doctrina de la “continuidad” significa que los asuntos exteriores están de hecho sustraídos a la esfera del gobierno partidista y sometidos únicamente a la influencia de la clase gobernante, es decir, a la opinión de quienes se mueven en la corte y en la alta sociedad, que consideran el ejército y el servicio civil como ocupaciones reservadas para sus familias, y que ven el mundo más allá de las islas británicas principalmente como una esfera para la inversión de su riqueza excedente» (pág. 132).

«Aún más importante es la impotencia de la Cámara de los Comunes en lo que respecta a los tratados. Si no contienen artículos financieros, no es obligatorio presentarlos al parlamento, y no puede tener lugar ninguna discusión sobre ellos hasta que estén definitivamente firmados, ratificados y publicados. La consecuencia de ello es, entre otras cosas, que un tratado secreto nos vincula no menos que uno publicado. Un tratado secreto, debidamente firmado y ratificado por un gobierno británico, vincula a sus sucesores. En teoría, el rey y su ministro de Asuntos Exteriores, actuando con el consentimiento de sus colegas de gabinete, tienen derecho a asumir las obligaciones más importantes y sustanciales en nombre de los cuarenta millones de habitantes de estas islas que gobiernan, sin consultar a sus representantes electos» (págs. 137-138).


* del golpe de Estado. Ed.

«En estas cartas se reconoce abiertamente que Lord John Russell, el primer ministro, era completamente incapaz de controlar a Palmerston, quien resolvía constantemente asuntos importantes sin autorización del gabinete en pleno, e incluso sin la de su jefe. Llegó incluso a reconocer a Luis Napoleón tras el coup d'etat * exclusivamente bajo su responsabilidad personal y contra el deseo

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no solo de la opinión pública, sino incluso de la reina y de sus colegas. A los consejos de destituir a Palmerston, Lord John Russell respondía siempre que, si se le destituía, se vengaría entrando en las filas de la oposición y derribando al gobierno. Hasta qué punto era fundado este temor lo demostraron los acontecimientos siguientes. Al final, Palmerston se vio obligado a dimitir a finales de diciembre de 1851. Sin embargo, ya en febrero de 1852 derribó a sus antiguos colegas. Un gabinete que no puede destituir a un ministro debe estar dispuesto a concederle libertad de acción» (págs. 143-144).

«Por otro lado, el mundo en el que ella* se movía era el mundo de los monarcas y los gobiernos. A las naciones no las conocía ni las reconocía. En las enormes convulsiones que tuvieron lugar entre 1848 y 1860 y que crearon la nación italiana, ella no veía más que una serie de ataques de Cerdeña contra Austria» (págs. 148-149).

* la reina. Ed.

«Cuando Palmerston y Luis Napoleón negociaban en 1848 un plebiscito para decidir la suerte de Lombardía, ella declaró que “sería una calamidad para siglos enteros” si se permitía a los pueblos cambiar de soberanía mediante el sufragio universal» (pág. 149).

«Antes de que se pueda confiar en la estabilidad de las democracias en momentos de crisis nacional, es necesario intensificar la propaganda educativa, es necesario realizar mayores esfuerzos conscientes para afirmar los principios» (pág. 160).

«Es necesario inculcar un escepticismo general y profundo para que a las abstracciones bienintencionadas y a los discursos fogosos se responda instintivamente con la pregunta: “¿De qué préstamo, concesión o esfera de intereses económicos está usted hablando en realidad?” Tal tarea está más allá de la competencia, y a veces de la comprensión, de nuestros propagandistas especializados de la paz» (pág. 160).

«Hablando hoy de desarme y arbitraje, mañana trabajará para un partido que apenas depende menos que su rival de los grandes contratistas y banqueros que sostienen el nexo moderno entre la diplomacia y las finanzas. La labor de educación y organización en favor de la paz se lleva a cabo en la medida debida únicamente

por los partidos socialistas, y solo ellos representan una fuerza que siempre se opondrá unánimemente al militarismo y al imperialismo» (pág. 161).

«...la guerra es un anacronismo, un fenómeno casi imposible en una sociedad basada en el respeto a la propiedad privada y acostumbrada a llevar sus asuntos sobre la base de un sistema de crédito cosmopolita» (pág. 162).

«Admitamos que la guerra es una locura desde el punto de vista de los intereses nacionales; sin embargo, puede ser perfectamente razonable desde el punto de vista de una clase gobernante poco numerosa pero poderosa» (pág. 163).

«No es hacia “lugares bajo el sol” hacia donde dirige su atenta mirada el imperialista moderno. Busca nuevos países “para la explotación”, regiones prometedoras con minas vírgenes, campos incultos, ciudades sin bancos, caminos sin rieles. Éstas son las oportunidades que anhela. Se alegra de obtenerlas sin conquista, no desea la guerra. Su ideal es cercarlas como una esfera de intereses económicos, dentro de la cual pueda colocar su capital sobre la base de un monopolio nacional.

Éste es un proceso que debemos representarnos claramente si queremos comprender la persistencia de los armamentos. Pero este proceso es demasiado poco tenido en cuenta en la doctrina del Sr. Norman Angell» (pág. 164). «Cuando predomina la Triple Entente, ésta se apodera de Marruecos y se reparte Persia. Cuando prevalece la Triple Alianza, ésta se apodera de Trípoli, asegura su dominio sobre Bosnia, realiza con éxito la penetración económica en la Turquía Asiática» (pág. 167).

«Es característico de nuestra civilización el encubrimiento del nexo entre la diplomacia y los armamentos, por un lado, y con las finanzas, por otro, bajo la máscara de un refinado código de cortesías e hipocresía» (pág. 168).

«Si todas las grandes potencias, iluminadas súbitamente por el sentido común, decidieran mañana reducir sus armamentos a la mitad, esto no nos libraría de las consecuencias morales del ineludible conflicto entre prestigio y fuerza que surge al intentar establecer un equilibrio entre ellos» (pág. 169),

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«Una buena composición del comité sería una cierta garantía de que la política del ministerio de Asuntos Exteriores reflejará realmente la voluntad de la nación» (pág. 213).

«Solo concentrando su atención en propuestas semejantes, y especialmente en la creación de un comité permanente de política exterior, puede la democracia esperar ejercer una influencia decisiva sobre los factores que determinan la paz y la guerra, que condicionan el crecimiento de los armamentos y limitan nuestras posibilidades de servir a la causa de la humanidad en todo el mundo» (pág. 217).

«Desde 1854 hasta 1906 la City boicoteó a Rusia. El empréstito de 1906 siguió a las insinuaciones contenidas en los discursos de Sir Edward Grey y a artículos claramente inspirados en “The Times”, que predecían la conclusión del acuerdo político que entonces se negociaba. Las finanzas y la diplomacia se prestan servicios mutuos, y en el mundo moderno se han vuelto necesarias la una para la otra. Un enorme apoyo para la diplomacia que trata con un estado deudor es la conciencia de que tiene tras de sí el capital de exportación de un país rico, que puede conceder o retener. Si alguna potencia o grupo de potencias mantuviera el monopolio del mercado monetario mundial siquiera durante unos años y lo utilizara conscientemente con fines políticos, acabaría dictando su voluntad a Rusia, China, Turquía y las repúblicas de América Latina» (pág. 221).

«Rusia es vulnerable, ya que depende de su reputación en los mercados occidentales exactamente igual que cualquiera de las repúblicas de América Latina. La mayor parte de sus empréstitos debe colocarlos en el extranjero. Con sus propios recursos no puede asegurar ni siquiera las empresas municipales de sus ciudades. Sus minas de carbón y hierro sin explotar y sus yacimientos de petróleo esperan ser fertilizados por el capital extranjero. Si pudiéramos imaginar por un momento lo que significaría para nosotros la opinión de Alemania si nos viéramos obligados a emitir nuestros bonos consolidados a través del “Deutsche Bank”, si Manchester tuviera que recurrir a Berlín para obtener dinero para construir sus tranvías, si una mina de carbón

en el sur de Gales tuviera que conseguir el buen informe de algún financiero de Hamburgo, entonces comprenderíamos, a grandes rasgos, por qué y en qué medida la buena opinión del pueblo inglés tiene importancia para el gobierno ruso. El crédito es un asunto delicado. Mientras los inversores ingleses consideraron a Rusia o bien como un imperio hostil, peligroso para nosotros mismos, o bien como una autocracia insegura, amenazada por la revolución, los financieros rusos recurrían en vano con sus propuestas a la City. La prudencia, el patriotismo y el humanitarismo estaban todos en su contra. Las opiniones de las clases propietarias empezaron a cambiar cuando la prensa conservadora abogó por el acercamiento, cuando “The Times” dejó de dar un lugar prominente a la información que desacreditaba a la autocracia, y cuando se supo que el acuerdo sobre Persia estaba en vías de concluirse. La razón de este cambio de postura no era un secreto. Sir Edward Grey declaró que era necesario restaurar a Rusia en su posición de gran potencia para recrear el equilibrio en Europa. Traducido al lenguaje sencillo, esto significaba que nuestra diplomacia buscaba el apoyo ruso contra Alemania, y Francia promovía y organizaba la reconciliación. Los primeros meses de 1906 fueron un momento crítico para las finanzas rusas, y dio la casualidad de que ello coincidió con un momento crítico en el desarrollo de su constitución. En el momento en que Rusia intentaba obtener en Europa Occidental un empréstito de cien millones, debían celebrarse las elecciones a la primera Duma. La constitución no era todavía más que un pedazo de papel. Todo dependía de la capacidad de la Duma para afirmarse, para someter a la burocracia a su control, para convertirse en el poder supremo en Rusia. Para ello, disponía de un medio evidente. Debía apoderarse del control del tesoro, y esto significaba en aquel momento el control sobre este empréstito extranjero. Si el empréstito se concertaba antes de que se reuniera, la burocracia la recibiría con el tesoro de guerra lleno. Durante varios meses o semanas, la opinión pública europea fue potencialmente dueña de los destinos de Rusia. Declaraba abiertamente sus simpatías por el movimiento constitucional y tenía la posibilidad de hacer efectiva esa simpatía. Los liberales rusos (kadetes), junto con los socialistas, insistían en que la concesión del empréstito estuviera condicionada al consentimiento de la Duma. Esto habría supuesto un aplazamiento de dos o tres

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meses, pero habría dado a la mayoría parlamentaria la posibilidad de dictar sus condiciones al zar, que ya se arrepentía de las concesiones hechas. Acabando de obtener una victoria aplastante en las elecciones, los liberales y socialistas podrían haber dicho a los ministros zaristas: “Tenemos a Rusia detrás de nosotros y tenemos a Europa detrás de nosotros. Su tesoro está vacío, su crédito agotado. Si nos reconocen los plenos derechos de un gobierno responsable, aprobaremos sus impuestos y sancionaremos su empréstito. Si nos niegan nuestros derechos, estamos convencidos de que ni en Londres ni en París encontrarán dinero para financiar su opresión”. Pero el gran empréstito se realizó en París y Londres ya en marzo de 1906, y en mayo, cuando la Duma se reunió, se encontró frente a un gobierno que no tenía nada que temer por parte de Rusia y nada más que esperar por parte de Europa. Europa le había dado los medios para pagar a sus cosacos. Durante dos generaciones habíamos mantenido cerrado el mercado de dinero para los zares, y lo abrimos tres meses antes de lo debido. Si hubiéramos esperado esos tres meses, como nos lo pedía la prensa liberal rusa, los partidos progresistas, con toda probabilidad, habrían triunfado. Los cosacos poco pueden hacer si no tienen detrás al financiero. Pero ningún parlamento puede utilizar eficazmente el arma tradicional del presupuesto si los bancos extranjeros ya han satisfecho de antemano las necesidades del déspota. La decisión en este caso dependía de Londres. Los bancos de París, agobiados por la carga de sostener el inestable caos ruso, pusieron como condición para apoyar este empréstito que los bancos ingleses participaran en esta carga lucrativa. De los bancos ingleses dependía insistir en el breve aplazamiento necesario para obtener la sanción de la Duma. Se puede decir que “los negocios son los negocios”; no se puede esperar que un banquero, cuando se le ofrece una gran comisión por colocar un empréstito, sopese todas las consecuencias que sus actos pueden tener para la libertad de un pueblo ajeno» (págs. 225-228).

«Con todos nuestros sobornos, no hemos comprado sin embargo la fidelidad rusa, ni hemos impedido que Rusia coquetee con nuestro rival alemán. Y eso que teníamos todas las cartas en nuestras manos. Alemania puede hacer mucho por Rusia, pero no puede prestarle dinero. Si hubiéramos puesto

condiciones antes de conceder el empréstito, e incluso si hubiéramos suspendido la afluencia de oro, habríamos podido adquirir cierto control sobre la política rusa. Si Francia nos hubiera apoyado (y merecimos su apoyo durante la crisis marroquí), se podría haber dicho a Rusia: “Hasta que no sea evacuada Persia, no habrá dinero”. Al fin y al cabo, Persia es para Rusia un lujo; el dinero, en cambio, es una necesidad» (229).

«Europa hizo, o fingió hacer, algunos esfuerzos, que de poco sirvieron, para impedir el estallido de las guerras balcánicas. Estos esfuerzos fracasaron porque eran insinceros. Como ahora sabemos, Rusia no solo no se esforzó por prevenir la guerra, sino que de hecho la organizó, dirigiendo la formación de la Liga Balcánica. En el mismo momento en que se unía al concierto de potencias declarando que no se permitiría a ninguno de los aliados conservar el territorio conquistado, estampó su sello en el tratado de reparto y asumió el papel de árbitro en la división del territorio. Tal doblez es lo que inutiliza todos los conciertos de potencias. Todas estas guerras se podrían haber evitado si se hubiera prohibido a los bancos franceses financiar a los beligerantes. Pero no se les prohibió, porque Rusia lo quiso de otra manera» (págs. 230-231).

* de las disposiciones sobre el pago de salarios en especie. Ed.

«Por otro lado, el sistema conocido con el nombre de peonaje está extendido por toda América Latina, y el capital con ayuda del cual funciona es a menudo extranjero, y a veces inglés. Esto es la regla en México y Brasil y, posiblemente, en todas las repúblicas más atrasadas de América del Sur. La víctima, generalmente un indígena, pero a veces un blanco o un mulato, cae en dependencia por deudas respecto al plantador o comerciante y, según las leyes latinoamericanas sobre deudores y acreedores, que desconocen las Truck Acts *, se convierte de hecho en su esclavo hasta que pague la deuda. Pero la deuda no se paga nunca; los libros los lleva el plantador. Bajo el amparo de esta transparente ficción de la deuda, se realiza la compraventa de esclavos, se aniquilan aldeas enteras, los campesinos terratenientes son reducidos al nivel de siervos; tribus enteras son desterradas a regiones lejanas, donde son sometidas a la opresión.

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Se compra y se vende a los niños, se empuja a las mujeres jóvenes a la prostitución profesional. Todo esto es una expresión típica de la civilización latinoamericana. Sin embargo, el capital extranjero que penetra en estos países se adapta al entorno y se comporta en México igual que en casa. Transforma la explotación relativamente lánguida e ineficaz practicada por el perezoso terrateniente español en un sistema activo y de amplio alcance, llevado a cabo con una crueldad y a una escala que superan con creces las costumbres del país. Este espectáculo no es de los que la democracia europea puede contemplar con mirada indiferente y de brazos cruzados. Si el pueblo de México o de Brasil hubiera creado su propio sistema capitalista, por muy calamitoso que fuera, está claro que el proceso debería dejarse a su curso natural. Para los males puramente mexicanos, los mexicanos mismos deben encontrar cura. Pero el financiero europeo interviene, armado con los recursos tomados de nuestro arsenal, marchando por el camino de la conquista y la explotación bajo el patrocinio de nuestra bandera y al amparo de nuestro prestigio» (págs. 236-237).

«Las regiones respecto a las cuales es discutible si se debe conceder o no la sanción del 96 serán ciertamente bastante extensas e incluirán a Rusia, Turquía, China, Persia, las colonias portuguesas y la mayor parte de América Latina» (págs. 242-243).

«Si se toma la suma en que Inglaterra y Alemania aumentaron sus armamentos en el siglo XX, se podría distribuir aproximadamente el incremento así: un 50% o algo menos para regular la cuestión de quién explotará Marruecos; un 25% o más por el privilegio de construir un ferrocarril hasta Bagdad y más allá; un 25% o más para resolver aquellas cuestiones del futuro que quedan sin resolver: la suerte de las colonias portuguesas en África y los destinos de China. En segundo lugar, la delimitación de esferas de influencia resulta casi inevitablemente fatal para la existencia nacional del país sometido a reparto, e igualmente inevitable es que aumente la pesada carga de obligaciones de la potencia imperialista. Persia ofrece una clara ilustración de esta situación. Sir Edward Grey claramente no quiere que el curso de los acontecimientos le obligue a asumir

ninguna responsabilidad directa por la administración de la esfera británica. Su decisión es digna de elogio, pero Rusia puede en cualquier momento reducir esta decisión a la nada» (págs. 246-247).

«Nuestras propias pretensiones sobre la parte del león, es decir, sobre el valle del Yangtsé, no son reconocidas por ninguna de las otras potencias, y es muy dudoso que el ministerio de Asuntos Exteriores las siga sosteniendo» (pág. 248).

«Esto redunda en interés de toda la clase que exporta capital al extranjero. Pero sería una locura ignorar o minimizar el interés directo de la industria. Es un interés que ha echado profundas raíces en los círculos políticos y, como muestran las hazañas del Sr. Mulliner, es un interés excepcionalmente tenaz y enérgico. Si la vida política sigue desarrollándose por la misma línea, el mayor escándalo de mañana resultará ser el descubrimiento de que los fondos del partido liberal no se invirtieron en empresas de Marconi, sino en las fábricas de Krupp» (págs. 267-268).

«¡Qué monstruosa teoría la de que Inglaterra y Rusia tienen derecho a disponer de los destinos del pueblo persa solo porque tienen grandes intereses materiales —políticos, estratégicos y comerciales— en Persia!» (pág. 290).

«Sería, por supuesto, una locura suponer que la adopción de este principio de supremacía del concierto (de las grandes potencias) creará de inmediato la armonía y llevará a la reducción de los armamentos. Pero conduciría inmediatamente a los siguientes resultados: crearía una norma moral para la conciencia del mundo civilizado; proporcionaría un criterio objetivo para poner a prueba la lealtad de cualquier política, y lo principal es que crearía un terreno común en el que podrían encontrarse todas las partes que apoyan la paz. Conduciría a una paulatina distensión de la tensión europea, a un debilitamiento gradual de las alianzas existentes y, con el tiempo, crearía una atmósfera en la que la propuesta de reducción de armamentos, y tal vez un plan para crear un consejo federal libre para resolver cuestiones paneuropeas, podrían al menos convertirse en tema de debate» (pág. 293).

«Desde el punto de vista del egoísmo de clase, los armamentos le parecen a la clase de los capitalistas perfectamente racionales;

CUADERNO “BREILSFORD”

la rivalidad en el crecimiento de los armamentos está suficientemente fundada, y la lucha por el equilibrio de fuerzas se presenta como una fase y una expresión del sistema financiero moderno» (pág. 310).

«La gente no tiene inclinación a creer que los intereses que dividen a los estados son, en su esencia, bajos y egoístas. Los adornamos con grandes palabras abstractas; resucitamos el recuerdo de las épocas heroicas. Jugamos con la herencia legendaria del equilibrio de fuerzas hasta convencernos a nosotros mismos de que nuestro hogar está en peligro y que nuestra fe y nuestra libertad están amenazadas. Pero estos temores del viejo mundo son tan poco reales en nuestros días como los fantasmas de Marlborough o de Wellington. Ahora, las potencias no luchan en absoluto por lo que es vitalmente importante, por lo que afecta a nuestro hogar, a nuestra existencia cotidiana. El sentimentalismo romántico de las masas hace el juego al astuto realismo de la clase gobernante» (págs. 315-316).