El ascenso revolucionario en Rusia se manifestó con claridad en la primera mitad de 1912. El número de huelguistas políticos, según los cálculos de los fabricantes, alcanzó en cinco meses la cifra de 515.000 personas. De cuáles fueron las consignas de estos huelguistas, cuáles fueron sus reivindicaciones, cuál fue el contenido político de sus manifestaciones, mítines, etc., da testimonio un documento particularmente importante, reimpreso íntegramente en el n.º 27 del Órgano Central, a saber, la proclama de mayo de los obreros de Petersburgo.

No con consignas reformistas salieron los obreros de Petersburgo en aquellos días memorables, sino con las consignas de la socialdemocracia revolucionaria: Asamblea Constituyente, jornada laboral de 8 horas, confiscación de las tierras de los terratenientes, derrocamiento del gobierno zarista, república democrática.

Las insurrecciones y las tentativas de insurrección de soldados y marineros —en el Turquestán, en la Flota del Báltico y en el Mar Negro— dieron una nueva confirmación objetiva de que en Rusia había comenzado, tras largos años de desenfreno de la contrarrevolución y de estancamiento en el movimiento obrero, un nuevo ascenso revolucionario.

Con este ascenso coincidió el período de las elecciones a la IV Duma de Estado, cuando todos los partidos, todas las corrientes políticas tuvieron que pronunciarse de uno u otro modo con una valoración general de la situación política. Y he aquí que, si queremos analizar seriamente nuestras tareas políticas como tareas de la clase obrera y no como buenos deseos de grupúsculos, si queremos verificar al modo marxista los programas y las plataformas, cotejándolos con los hechos de la lucha de masas y con las manifestaciones de todas las clases de la sociedad dada, debemos precisamente en la piedra de toque de este ascenso revolucionario de las masas probar, someter a prueba también las diferentes plataformas electorales. Pues para la socialdemocracia, las elecciones no son una operación política especial, una caza de mandatos a costa de toda clase de promesas o declaraciones, sino tan solo una ocasión particular para la agitación en pro de las reivindicaciones fundamentales y de las bases de la concepción política del mundo del proletariado consciente.

Los programas y las plataformas de todos los partidos gubernamentales, desde las Centurias Negras hasta Guchkov, no suscitan ninguna duda. El carácter contrarrevolucionario es aquí evidente, abierto. La falta de todo apoyo mínimamente serio a estos partidos, no solo en la clase obrera y el campesinado, sino incluso en amplias capas de la burguesía, es de todos conocida. De los octubristas, estas últimas capas se han apartado casi por completo.

Los programas y las plataformas de los partidos liberal-burgueses han sido publicados en parte de manera casi oficial (la plataforma del grupo musulmán), en parte son conocidos con toda exactitud por la prensa política «grande» (las plataformas de los «progresistas», de los kadetes). La esencia de todos estos programas y plataformas la expresó de manera inigualable el kadete Gredeskul, que se fue de la lengua, en unas declaraciones reimpresas por *Rech* y que de ahí pasaron a la prensa marxista.

«La negación pública de la necesidad de una nueva revolución en Rusia»: he aquí cómo el propio señor Gredeskul formuló sus puntos de vista (cf. *Sotsial-Demokrat* n.º 27, pág. 3), y él mismo contrapuso a los revolucionarios la plataforma real del liberalismo (con los k.-d. a la cabeza): «se precisa tan solo un trabajo constitucional tranquilo, perseverante y seguro».

Subrayamos las palabras: plataforma real, pues tanto en Rusia como en todos los países burgueses, la mayoría de las plataformas son plataformas de fachada.

La esencia del asunto reside precisamente en lo que admitió (en un raro momento de ataque de veracidad) el señor Gredeskul. La burguesía liberal-monárquica está en contra de una nueva revolución, defendiendo solamente reformas constitucionales.

La socialdemocracia defiende consecuentemente, y la democracia burguesa (los populistas) con vacilaciones, la «necesidad» de una nueva revolución, propagándola como tal. El ascenso de la lucha de masas ha comenzado. Los socialdemócratas revolucionarios se esfuerzan por ampliarlo y consolidarlo, ayudándole a desarrollarse aún más alto, hasta la fase de la revolución. En cambio, los reformistas consideran el ascenso solo «como una animación»; su política es una política dirigida a lograr concesiones constitucionales, reformas constitucionales. La burguesía y el proletariado han entablado, por consiguiente, también en esta «etapa» de la historia rusa, una lucha por la influencia sobre el «pueblo», sobre las masas. Nadie puede predecir el desenlace de la lucha, pero asimismo nadie puede dudar del lugar que debe ocupar el POSDR en esta lucha.

Así, y solo así, se puede enfocar la valoración de la plataforma electoral del partido, incluida la plataforma electoral que recientemente ha hecho pública el «Comité de Organización» elegido por la conferencia liquidacionista.

La plataforma electoral del partido, publicada por el Comité Central después de la conferencia de enero, fue redactada antes de los acontecimientos de abril-mayo. Estos acontecimientos confirmaron su justeza. Toda la plataforma está impregnada de una sola idea: la crítica del carácter ilusorio y utópico de las reformas constitucionales en la Rusia contemporánea y la propaganda de la revolución. Las consignas de la plataforma están formuladas precisamente de manera que expresen con la máxima claridad las tareas revolucionarias y hagan completamente imposible su confusión con las promesas de reformas constitucionales. La plataforma del partido es tal, que representa un llamamiento directo del socialdemócrata revolucionario a los centenares de miles de huelguistas políticos, a los elementos de vanguardia del ejército de millones de mujiks, a quienes se les explican las tareas de la insurrección. Un partido revolucionario no puede ni soñar con una mejor verificación de su plataforma, con una mejor confirmación de la misma por la vida, que esta respuesta directa de las huelgas de mayo y de las tentativas militares de insurrección de junio-julio a las explicaciones del partido.

Observen la plataforma de los liquidacionistas. Su esencia liquidacionista está hábilmente encubierta por las frases revolucionarias de Trotski. A las personas ingenuas y completamente inexpertas, este encubrimiento puede a veces cegarlas y parecerles incluso una «reconciliación» de los liquidacionistas con el partido. Pero una atención mínima disipará rápidamente semejante autoengaño.

La plataforma de los liquidacionistas fue escrita después de las huelgas de mayo y de las tentativas de insurrección del verano. Y ante todo preguntamos, buscando una respuesta práctica y real a la cuestión de la esencia de esta plataforma: ¿cómo valoró ella estas huelgas y estas tentativas?

«El ascenso económico»… «con el crecimiento de su movimiento huelguístico, el proletariado señaló la inminente llegada de un nuevo ascenso social»… «el poderoso movimiento de abril del proletariado con la reivindicación de la libertad de coalición»: he aquí todo lo dicho por los liquidacionistas en la plataforma acerca de las huelgas de abril-mayo.

¡Pero si esto no es verdad! ¡Es una tergiversación escandalosa del asunto! Aquí se ha omitido lo principal, a saber, el carácter revolucionario de la huelga política, dirigida precisamente no a la conquista de una de las reformas constitucionales, sino al derrocamiento del gobierno, es decir, a la revolución.

¿Cómo ha podido ser que en una proclama ilegal, revolucionaria, llena de frases «rojas», se diga tal falsedad? — Tenía que ser, pues así es como miran los liberales y los liquidacionistas. Ellos ven en las huelgas lo que quieren ver: la lucha por reformas constitucionales. Ellos no ven lo que no quieren ver, es decir, el ascenso revolucionario. Por la reforma, nosotros, los liberales, queremos luchar; por la revolución, no: he aquí la verdad de la posición de clase, que encontró su expresión en la falsedad de los liquidacionistas.

Acerca de las tentativas de insurrección leemos: «…al soldado en el cuartel, con la violencia, las humillaciones, el hambre, lo llevan a estallidos de protesta desesperada, y luego lo pacifican con plomo, con la cuerda», etc…

Esta es una valoración liberal. Nosotros, los socialdemócratas revolucionarios, vemos en las tentativas de insurrección el inicio de la insurrección de las masas, un inicio fallido, inoportuno, incorrecto, pero sabemos que la masa aprende la insurrección exitosa solo sobre la experiencia de las no exitosas, de manera similar a como los obreros rusos, con una serie de huelgas políticas no exitosas y a veces particularmente fallidas de 1901-1904, aprendieron la huelga exitosa de octubre de 1905. Los obreros y campesinos, los más oprimidos por el cuartel, han comenzado a sublevarse, decimos nosotros. De aquí se deriva una conclusión clara y directa: hay que explicarles en nombre de qué y cómo se debe preparar una insurrección exitosa.

Los liberales juzgan de otra manera: al soldado «lo llevan» a «estallidos de protesta desesperada», dicen ellos. Para el liberal, el soldado sublevado no es el sujeto de la revolución, no es el primer heraldo de la masa que se subleva, sino el objeto del mal gubernamental («lo llevan a la desesperación»), que sirve para demostrar este mal.

Miren qué malo es nuestro gobierno, cuando lleva a los soldados a la desesperación y luego los pacifica con plomo — dice el liberal (conclusión: he aquí que si nosotros, los liberales, estuviéramos en el poder, no tendríamos insurrecciones de soldados).

Miren cómo madura la energía revolucionaria en las masas profundas y amplias — dice el socialdemócrata — si incluso los soldados y marineros, embrutecidos por la instrucción cuartelaria, comienzan a sublevarse y, sublevándose mal, enseñan a la insurrección exitosa.

Están viendo: los liquidacionistas han «explicado» (en el sentido senatorial de la palabra explicar) el ascenso revolucionario de primavera y verano en Rusia.

Ellos «explican» a continuación el programa de nuestro partido.

En el programa del POSDR se dice:

«…El POSDR se plantea como su tarea política inmediata el derrocamiento de la autocracia zarista y su sustitución por la república democrática, cuya constitución aseguraría: 1) La autocracia del pueblo…», etc., sigue una enumeración de «libertades» y «derechos»{92}.

Parecería que esto no se puede no entender. La tarea «inmediata» es el derrocamiento de la autocracia y su sustitución por la república, la cual asegura las libertades.

Los liquidacionistas han modificado todo esto.

«…La socialdemocracia —leemos en su plataforma— llama al pueblo a luchar por la república democrática…

…Aspirando a este objetivo, que el pueblo solo podrá realizar como resultado de la revolución, la socialdemocracia en la presente campaña electoral (¡escuchen!) llama a las masas trabajadoras a agruparse en torno a las siguientes reivindicaciones inmediatas: 1) derecho electoral universal, etc… en las elecciones a la Duma de Estado», etc.

El liquidacionista eserista señor Peshejonov escribía en otoño de 1906, cuando fundaba el «partido abierto» (y por poco lo funda… solo la policía se lo impidió, ¡lo metió en el calabozo!), que la república es una «perspectiva que se aleja en lontananza», que «la cuestión de la república exige extrema cautela», que las reivindicaciones inmediatas ahora son las reformas.

Pero el liquidacionista eserista era ingenuo, simple, tosco y hablaba sin rodeos. ¿Acaso los oportunistas «europeos» actúan así? No, ellos son más astutos, más hábiles, más diplomáticos…

Ellos no renuncian a la consigna de la república, ¡qué calumnia! Ellos solo la «explican» de manera adecuada, guiándose por consideraciones evidentes para cualquier filisteo. Si habrá revolución o no, eso es todavía una cuestión, — dice el filisteo en lenguaje llano, y repite Trotski en lenguaje erudito en *Nasha Zariá* (n.º 5, pág. 21). ¡La república «solo como resultado de la revolución», mientras que «en la presente campaña electoral» las «inmediatas» son las reformas constitucionales!

Todo resultó muy bien: la república, reconocida y postergada a lo lejos. Se dijeron frases revolucionarias a montones, pero en la práctica, «en la presente campaña electoral» (¡la plataforma se escribe toda ella solo para esta presente campaña!), se plantearon como «inmediatas» las reivindicaciones de reformas.

Sí, sí, grandes «maestros de los asuntos diplomáticos» estuvieron sentados en la conferencia liquidacionista… ¡Y vaya maestros miserables! Pero si a los diplomáticos de círculo los entusiasmarán, si al simplón «conciliador» lo confundirán, el marxista les dirá otras palabras.

El filisteo se satisface con esa verdad indiscutible, santa y vacía, de que no se puede saber de antemano si habrá revolución o no. El marxista no se satisface con esto; él dice: nuestra propaganda y la propaganda de todos los obreros socialdemócratas entra como uno de los determinantes de si habrá revolución o no. Cientos de miles de huelguistas políticos, los elementos de vanguardia de diversas unidades del ejército nos preguntan a nosotros, a nuestro partido: ¿hacia dónde ir, en nombre de qué sublevarse, qué lograr, ampliar el ascenso iniciado hasta la revolución o dirigirlo hacia la lucha por las reformas?

La socialdemocracia revolucionaria ha dado respuesta a estas cuestiones, un poquito más interesantes e importantes que el «hurgarse la nariz» filisteo-trotskista: si habrá revolución o no, ¿quién lo sabe?

Nuestra respuesta: crítica del utopismo de las reformas constitucionales, explicación de la falsedad de las esperanzas en ellas, contribución integral y en todos los sentidos al ascenso revolucionario, utilización para ello de la campaña electoral. Si habrá revolución o no, no depende solo de nosotros. Pero nosotros haremos nuestra tarea, y esta tarea no se perderá jamás. Ella sembrará profundamente en las masas las semillas del democratismo y de la independencia proletaria, y estas semillas brotarán obligatoriamente, ya sea mañana en la revolución democrática o pasado mañana en la socialista.

En cambio, quienes predican a las masas su trivial escepticismo intelectualoide, bundista-trotskista: «no se sabe si habrá revolución o no, pero en el “orden del día inmediato” están las reformas», esos ya están corrompiendo a las masas, predicando a las masas utopías liberales.

En lugar de impregnar la campaña electoral con el espíritu de esa situación política real, dada, «presente», en la que medio millón de obreros se lanza a huelgas revolucionarias, en la que los elementos de vanguardia del ejército mujik disparan contra los oficialitos nobles — en lugar de eso, ellos apartan de sus supuestamente «europeas» (¡si son tan europeos, tan europeos, estos liquidacionistas!) consideraciones «parlamentarias» esta situación real (en la cual hay muy poco de «europeo» y muchísimo de «chino», es decir, de democrático-revolucionario) y, apartándola de sí mediante unas cuantas frases que a nada obligan, ¡declaran reformista la presente campaña electoral!

El partido socialdemócrata necesita la plataforma para las elecciones a la IV Duma para explicar a las masas, una vez más, y con motivo de las elecciones, y en los debates sobre las elecciones, la necesidad, la urgencia, la inevitabilidad de la revolución.

Ellos, los liquidacionistas, necesitan la plataforma «para» las elecciones, es decir, para postergar cortésmente las consideraciones sobre la revolución como una de las posibilidades inciertas, y declarar «presente» la campaña electoral en nombre de una lista de reformas constitucionales.

El partido socialdemócrata quiere utilizar las elecciones para empujar a las masas, una y otra vez, hacia la idea de la necesidad de la revolución, del ascenso precisamente revolucionario que ha comenzado. Por eso el partido socialdemócrata, con su plataforma, dice breve y claramente a los electores a la IV Duma: no reformas constitucionales, sino la república; no reformismo, sino revolución.

Los liquidacionistas utilizan las elecciones a la IV Duma para la prédica de las reformas constitucionales y el debilitamiento de la idea de la revolución. Para esto, por esto, las insurrecciones de soldados se presentan como «estallidos de protesta desesperada» a los que «llevaron» a los soldados, y no como el inicio de una insurrección de masas que crecerá o se apagará dependiendo, entre otras cosas, de si comienzan a apoyarla inmediatamente con todas sus fuerzas, con toda energía, con todo entusiasmo, todos los obreros socialdemócratas de Rusia.

Para esto se han «explicado» las huelgas de mayo de revolucionarias a reformistas.

Para esto se ha «explicado» el programa del partido, y en lugar de la tarea «inmediata» de crear la república que asegure las libertades, se prescribe «en la presente campaña electoral» considerar como inmediatas —¡esto es para la IV Duma de Estado, no es broma!— las reivindicaciones de diversas libertades.

¡Cuánto de viejo chino hay en la vida rusa! ¡Cuánta vieja chinería hay en nuestro zarismo y cuánta hay en nuestros liquidacionistas, que desean sustituir las «ceremonias» de la lucha parlamentaria y del reformismo en un entorno de Purishkéviches y Tréschenkovs arriba y de tentativas revolucionarias de las masas abajo! ¡Cuánto de viejo chino hay en estas tentativas de los intelectuales de protegerse de los Jvostov y Makárov mediante la presentación de una carta de recomendación de MacDonald y Jaurès, de Bissolati y Bernstein, de Kolb y Frank!…

La «reconciliación» diplomática de las concepciones liquidacionistas con las del partido, escenificada por Trotski en la conferencia liquidacionista, en realidad no «reconcilia» absolutamente nada. No elimina ese importantísimo hecho político que determina toda la situación sociopolítica de la Rusia actual. Este hecho es la lucha entre la plataforma reformista y la plataforma socialdemócrata revolucionaria; es la manifestación de la burguesía en la persona de sus líderes liberales de partido contra la necesidad de una nueva revolución en Rusia y a favor de la vía exclusiva del «trabajo» constitucional, en contraposición a la manifestación de cientos de miles de proletarios con la huelga revolucionaria, que llama a las masas a la verdadera lucha por la libertad.

Hacer una reverencia a los reformistas y otra a la socialdemocracia revolucionaria no significa eliminar este hecho político objetivo, no significa debilitar en lo más mínimo su fuerza y su peso. Las buenas intenciones de limar las divergencias engendradas por este hecho —incluso si estas intenciones fueran realmente del todo «buenas» y sinceras— son impotentes para cambiar las tendencias políticas engendradas por toda la situación de la contrarrevolución e irreconciliablemente hostiles.

El proletariado se ha alzado con su bandera socialdemócrata revolucionaria, y en vísperas de la IV Duma, la Duma negra, no la plegará ante los liberales, no la arriará en complacencia con los reformistas, no consentirá en embotar ni apagar su plataforma en aras de consideraciones de diplomacia de círculo.

La plataforma de la socialdemocracia revolucionaria contra la plataforma del reformismo: bajo este signo transcurrieron las huelgas de mayo, bajo él marcha el POSDR también a las elecciones a la Duma de terratenientes y popes, bajo él marchará toda la labor del partido en esa Duma y entre las amplias masas populares.

*Sotsial-Demokrat* n.º 28–29, 5 (18) de noviembre de 1912.

Se imprime según el texto del periódico *Sotsial-Demokrat*.