«La cuestión agraria» —por emplear esta terminología habitual y corriente— existe en todos los países capitalistas. Pero en Rusia, junto a la cuestión agraria capitalista general, existe otra, la cuestión agraria «auténticamente rusa». Para señalar brevemente la diferencia entre ambas cuestiones agrarias, indiquemos que en ningún país capitalista civilizado existe un movimiento democrático de cierta envergadura de los pequeños terratenientes para que las tierras de los grandes terratenientes pasen a sus manos.

En Rusia ese movimiento existe. Y, en correspondencia con ello, en ningún país europeo, excepto Rusia, los marxistas plantean ni apoyan la reivindicación del traspaso de la tierra a los pequeños terratenientes. La cuestión agraria rusa ha engendrado inevitablemente el reconocimiento de tal reivindicación por todos los marxistas, independientemente de las divergencias relacionadas con la forma de organizar la posesión y la disposición de la tierra que ha de ser traspasada (reparto, municipalización, nacionalización).

¿De dónde procede, pues, la diferencia entre «Europa» y Rusia? ¿Acaso de la originalidad del desarrollo de Rusia, de la ausencia en ella de capitalismo o de la desesperanza, del callejón sin salida especial de nuestro capitalismo? Así piensan los narodnikis de diversos matices. Pero este punto de vista es de raíz falso, y la vida lo ha refutado hace tiempo.

La diferencia entre «Europa» y Rusia proviene del extraordinario atraso de Rusia. En Occidente, el régimen agrario-burgués se ha configurado ya plenamente, el feudalismo ha sido barrido hace mucho tiempo, y sus vestigios son insignificantes y no desempeñan un papel serio. La principal relación social en la esfera de la agricultura en Occidente es la relación del obrero asalariado con el empresario, el granjero o el propietario de la tierra. El pequeño cultivador ocupa allí una posición intermedia, pasando, por un lado, a la clase de los que se contratan, de los vendedores de fuerza de trabajo (las numerosas formas del llamado trabajo auxiliar o de los ingresos accesorios del campesino) y, por otro lado, a la clase de los empleadores (el número de obreros asalariados que emplean los pequeños cultivadores es mucho más considerable de lo que habitualmente se piensa).

En Rusia, indudablemente, ya se ha afianzado y se desarrolla de manera incesante una estructura capitalista de la agricultura igualmente capitalista. Tanto la hacienda señorial como la hacienda campesina evolucionan precisamente en esa dirección. Pero las relaciones puramente capitalistas están aplastadas todavía entre nosotros, en proporciones gigantescas, por las relaciones feudales. La lucha de la masa de la población, en primer lugar de la masa del campesinado en general, contra esas relaciones precisamente: he ahí la peculiaridad de la cuestión agraria rusa. En Occidente, tal «cuestión» existió antaño por doquier, pero hace ya mucho tiempo que allí está resuelta. En Rusia, la resolución se ha retrasado; la «reforma» agraria del 61 no la resolvió; la política agraria de Stolypin no puede, en las condiciones actuales, resolverla.

En el artículo «La propiedad territorial en la Rusia europea» («Nevskaya Zvezdá»{116} nº 3)[30] hemos citado los datos más importantes que esclarecen la esencia de la actual cuestión agraria rusa.

Alrededor de 70 millones de desiatinas de tierra en manos de 30.000 grandes latifundistas, y aproximadamente la misma cantidad en manos de 10 millones de hogares campesinos: tal es el fondo básico del cuadro. ¿De qué relaciones económicas testimonia este cuadro?

Los treinta mil grandes latifundistas son, principalmente, representantes de la antigua nobleza señorial y de la antigua hacienda feudal. De los 27.833 propietarios de fincas de más de 500 desiatinas, 18.102 son nobles, es decir, casi dos tercios. Los gigantescos latifundios que están en sus manos —¡a cada uno de estos grandes latifundistas le corresponden, por término medio, más de 2.000 desiatinas de tierra!— no pueden ser cultivados con el inventario del propietario y con obreros asalariados. En estas circunstancias, es inevitable en gran medida el viejo sistema de prestación personal, es decir, la existencia de un cultivo pequeño, de una pequeña hacienda en los grandes latifundios, el cultivo de la tierra del latifundista con el inventario del pequeño campesino.

Precisamente este sistema de prestación personal es el que está difundido, como se sabe, de modo particularmente amplio en las provincias centrales, primigeniamente rusas, de la Rusia europea, en el corazón de nuestra agricultura. Las llamadas prestaciones de trabajo no son sino la continuación directa y la supervivencia del sistema de prestación personal de la hacienda. Procedimientos económicos de servidumbre imposibles, como el contrato invernal, el trabajo por las tierras recortadas, el «cultivo en círculo»{117}, etc., etc., son también prestación personal. La «parcela» del campesino es, en tal sistema económico, un medio de asegurar al latifundista brazos trabajadores, y no solo brazos trabajadores, sino también el inventario que, por miserable que sea, sirve para cultivar la tierra del latifundista.

La miseria extrema de la masa de campesinos, que están atados a su parcela y no pueden vivir de ella, el primitivismo extremo de la técnica agrícola, el subdesarrollo extremo del mercado interior para la industria: tales son los resultados de este estado de cosas. Y la prueba más fehaciente de que, en el fondo, en su esencia, la cosa permanece inmutable hasta nuestros días es la actual hambruna de 30 millones de campesinos. Sólo el aplastamiento feudal, el abandono, la impotencia de la masa de pequeños propietarios esclavizados pueden conducir a esas horribles hambrunas masivas en una época de técnica agrícola que se desarrolla rápidamente y que es ya comparativamente alta (en las mejores haciendas capitalistas).

La contradicción fundamental que conduce a esas terribles calamidades, desconocidas para el campesinado de Europa Occidental desde los tiempos de la Edad Media, es la contradicción entre el capitalismo, altamente desarrollado en nuestra industria, considerablemente desarrollado en nuestra agricultura, y la propiedad territorial, que continúa siendo medieval, feudal. No se puede salir de esta situación sin una ruptura brusca de la vieja propiedad territorial.

Feudal es no sólo la propiedad territorial señorial, sino también la propiedad territorial campesina. Con respecto a la primera, la cosa es tan evidente que no suscita ninguna duda. Sólo señalemos que la supresión de los latifundios feudales, digamos, de las haciendas de más de 500 desiatinas, no quebrantará la gran producción en la agricultura, sino que, por el contrario, la fortalecerá, la desarrollará. Porque los latifundios feudales son el puntal del pequeño cultivo de servidumbre, y en modo alguno de la gran producción. En las gigantescas extensiones de tierra, de más de 500 desiatinas, es casi imposible, o por lo menos extremadamente difícil en la mayoría de las localidades de Rusia, la conducción de una gran hacienda, el cultivo de toda la tierra con el inventario del propietario y con trabajo libre asalariado. La reducción del tamaño de esas posesiones es una de las condiciones para la ruina del pequeño cultivo de servidumbre y para el paso a la gran producción capitalista en la agricultura.

Por otro lado, también la propiedad campesina parcelaria en Rusia sigue siendo medieval, feudal. Y la cuestión no reside solo en su forma jurídica, modificada ahora por la destrucción sargentil de la comuna rural y por la implantación de la propiedad privada de la tierra, sino también en su fisonomía real, a la que ningún desmantelamiento de la comuna afecta.

La situación real de la enorme masa de pequeñas y pequeñísimas «parcelas» campesinas (= minúsculas porciones de tierra), en su mayor parte entremezcladas, que se distinguen por la peor calidad del suelo (a consecuencia del deslinde de la tierra campesina en 1861 bajo la dirección de los latifundistas feudales, y a consecuencia del agotamiento de la tierra), las coloca inevitablemente en una relación de servidumbre con el propietario hereditario del latifundio, el viejo «señor».

Imaginémonos con mayor claridad este cuadro: a 30.000 propietarios de latifundios, con 2.000 desiatinas de tierra cada uno, corresponden 10.000.000 de hogares campesinos con una parcela de siete desiatinas por hogar «medio». Está claro que ninguna destrucción de la comuna, ninguna creación de propiedad privada de la tierra podrá aún modificar la servidumbre, las prestaciones de trabajo, la prestación personal, la miseria feudal y las formas feudales de dependencia que de ello se derivan.

La «cuestión agraria» engendrada por tal estado de cosas es la cuestión de la eliminación de los vestigios del feudalismo, que se han convertido en un obstáculo insoportable para el desarrollo capitalista de Rusia. La cuestión agraria en Rusia es la cuestión de la ruptura brusca de la vieja propiedad territorial medieval, tanto la señorial como la campesina parcelaria, una ruptura que se ha hecho absolutamente necesaria a causa del atraso extremo de esta propiedad territorial, de la extrema falta de correspondencia entre ella y todo el sistema de la economía nacional, que se ha hecho capitalista.

La ruptura debe ser brusca, porque la falta de correspondencia es demasiado grande, porque lo viejo es demasiado viejo, «la enfermedad está demasiado avanzada». La ruptura, en todo caso y en todas sus formas, no puede dejar de ser, por su contenido, burguesa, pues toda la vida económica de Rusia es ya burguesa, y la propiedad territorial se subordinará inevitablemente a ella, se adaptará inevitablemente a los dictados del mercado, a la presión del capital omnipotente en nuestra sociedad actual.

Pero si la ruptura no puede dejar de ser brusca, no puede dejar de ser burguesa, queda aún sin resolver la cuestión de qué clase de las dos directamente interesadas —la de los latifundistas y la campesina— llevará a cabo esta transformación o la orientará, determinará sus formas. A esta «cuestión no resuelta» dedicaremos el próximo artículo: «Comparación del programa agrario de Stolypin y del programa agrario narodniki»[31].

«Nevskaya Zvezdá» nº 6, 22 de mayo de 1912. Firma: R. S.

Publicado según el texto del periódico «Nevskaya Zvezdá».