El artículo del presidente provisional de la república china, Sun Yat-sen, que tomamos del periódico socialista de Bruselas «Le Peuple»{139}, presenta un interés absolutamente excepcional para nosotros, los rusos.

El refrán dice: desde fuera se ve mejor. Sun Yat-sen es un testigo «de fuera» sumamente interesante, pues, siendo un hombre con educación europea, por lo visto no conoce Rusia en absoluto. Y he aquí que este representante, con educación europea, de la democracia china combativa y triunfante, que ha conquistado una república, plantea ante nosotros —de forma completamente independiente de Rusia, de la experiencia rusa, de la literatura rusa— cuestiones puramente rusas. El demócrata chino de vanguardia razona literalmente como un ruso. Su semejanza con el populista ruso es tan grande que llega a la identidad plena de las ideas fundamentales y de toda una serie de expresiones concretas.

Desde fuera se ve mejor. La plataforma de la gran democracia china —pues precisamente esa plataforma es el artículo de Sun Yat-sen— nos obliga y nos brinda un pretexto oportuno para examinar una vez más, desde el ángulo de los nuevos acontecimientos mundiales, la cuestión de la correlación entre el democratismo y el populismo en las revoluciones burguesas contemporáneas de Asia. Esta es una de las cuestiones más serias que se plantearon ante Rusia en su época revolucionaria, iniciada en 1905. Y no solo ante Rusia, sino ante toda Asia, como se desprende de la plataforma del presidente provisional de la República China, sobre todo si se confronta esta plataforma con el desarrollo de los acontecimientos revolucionarios en Rusia, Turquía, Persia, China. Rusia, en muchísimos y muy esenciales aspectos, representa sin duda uno de los Estados asiáticos y, además, uno de los más salvajes, medievales y vergonzosamente atrasados Estados asiáticos.

La democracia burguesa rusa está teñida de color populista —desde su remoto y solitario precursor, el noble Herzen, hasta sus representantes de masas, los miembros de la Unión Campesina en 1905, los diputados trudoviques de las tres primeras Dumas en 1906-1912. Ahora vemos que del mismo color populista está teñida la democracia burguesa de China. Veamos, pues, a través del ejemplo de Sun Yat-sen, en qué consiste el «significado social» de las ideas engendradas por el profundo movimiento revolucionario de centenares y centenares de millones de personas que ahora se incorporan definitivamente a la corriente de la civilización capitalista mundial.

Un democratismo combativo y sincero impregna cada línea de la plataforma de Sun Yat-sen. Plena comprensión de la insuficiencia de la revolución «racial». Ni una gota de apoliticismo o siquiera de desdén hacia la libertad política, ni siquiera la admisión de la idea de la compatibilidad de la autocracia china con la «reforma social» china, con las transformaciones constitucionales chinas, etc. Un democratismo íntegro con la exigencia de la república. Planteamiento directo de la cuestión de la situación de las masas, de la lucha de masas, ardiente simpatía por los trabajadores y explotados, fe en su razón, en su fuerza.

Ante nosotros se halla una ideología verdaderamente grande de un pueblo verdaderamente grande, que sabe no solo llorar su esclavitud secular, no solo soñar con la libertad y la igualdad, sino también luchar contra los opresores seculares de China.

Surge por sí sola la comparación entre el presidente provisional de la república en la salvaje, muerta y asiática China y los distintos presidentes de repúblicas en Europa, en América, en los países de cultura avanzada. Los presidentes de repúblicas de allí son enteramente hombres de negocios, agentes o títeres en manos de la burguesía, que está totalmente corrompida, que está manchada de pies a cabeza de suciedad y de sangre, no la sangre de los padishás y los bogdijanes, sino la sangre de los obreros, fusilados por las huelgas en nombre del progreso y de la civilización. Los presidentes de allí son representantes de la burguesía, que ha renegado hace ya mucho tiempo de todos los ideales de su juventud, que se ha prostituido hasta el final, que se ha vendido por completo a los millonarios, a los multimillonarios, a los señores feudales aburguesados, etc.

El presidente provisional de la república de aquí, de Asia, es un demócrata revolucionario, lleno de la nobleza y del heroísmo propios de una clase que no va cuesta abajo, sino cuesta arriba, que no teme al porvenir, sino que cree en él y lucha abnegadamente por él; una clase que odia el pasado y sabe arrojar su podredumbre muerta y asfixiante de todo lo vivo, y no se aferra a la conservación y restauración del pasado para salvaguardar sus privilegios.

¿Acaso significa esto que el Occidente materialista se ha podrido y que la luz brilla solo desde el Oriente místico y religioso? No, justamente lo contrario. Esto significa que el Oriente se ha puesto definitivamente por el camino del Occidente, que nuevos centenares y centenares de millones de personas tomarán parte de ahora en adelante en la lucha por los ideales que el Occidente ha alcanzado. La burguesía occidental se ha podrido, ante ella se yergue ya su sepulturero: el proletariado. Pero en Asia todavía existe una burguesía capaz de representar una democracia sincera, combativa y consecuente, digna compañera de los grandes predicadores y de los grandes luchadores de fines del siglo XVIII en Francia.

El principal representante, o la principal base social, de esta burguesía asiática, capaz aún de una causa históricamente progresista, es el campesino. Junto a él existe ya la burguesía liberal, cuyos hombres, como Yuan Shikai, son capaces sobre todo de la traición: ayer temían al bogdiján, se arrastraban servilmente ante él; luego, cuando vieron la fuerza, cuando sintieron la victoria de la democracia revolucionaria, traicionaron al bogdiján, y mañana traicionarán a los demócratas en aras de un trato con algún viejo o nuevo bogdiján «constitucional».

Sin el elevado y sincero entusiasmo democrático que inflama a las masas trabajadoras y las hace capaces de realizar milagros, y que se percibe en cada frase de la plataforma de Sun Yat-sen, no sería posible la verdadera liberación del pueblo chino de la esclavitud secular.

Pero esta ideología de democratismo combativo se combina en el populista chino, en primer lugar, con sueños socialistas, con la esperanza de que China pueda evitar el camino del capitalismo, prevenir el capitalismo, y, en segundo lugar, con un plan y una prédica de reforma agraria radical. Precisamente estas dos últimas corrientes ideológico-políticas constituyen el elemento que forma el populismo en el significado específico de este concepto, es decir, en distinción del democratismo y en adición a él.

¿Cuál es el origen y el significado de estas corrientes?

La democracia china no podía derrocar el viejo orden en China y conquistar la república sin un enorme entusiasmo espiritual y revolucionario de las masas. Tal entusiasmo presupone y engendra la más sincera simpatía por la situación de las masas trabajadoras, el más ardiente odio hacia sus opresores y explotadores. Y en Europa y América, de las cuales los chinos avanzados, todos los chinos en la medida en que vivían ese entusiasmo, tomaron sus ideas liberadoras, está ya en el orden del día la liberación de la burguesía, es decir, el socialismo. De aquí surge inevitablemente la simpatía de los demócratas chinos por el socialismo, su socialismo subjetivo.

Ellos son subjetivamente socialistas porque están contra la opresión y la explotación de las masas. Pero las condiciones objetivas de China, país atrasado, agrícola y semifeudal, colocan en el orden del día de la vida de casi medio millón de personas solo una forma determinada, históricamente peculiar, de esta opresión y de esta explotación, a saber: el feudalismo. El feudalismo se basaba en el predominio del régimen de vida agrícola y de la economía natural; la fuente de la explotación feudal del campesino chino era su sujeción a la tierra en una u otra forma; los expresadores políticos de esta explotación eran los señores feudales, todos juntos y cada uno por separado con el bogdiján como cabeza del sistema.

Y he aquí que resulta que de los pensamientos y programas subjetivo-socialistas del demócrata chino se desprende de hecho un programa de «cambio de todas las bases jurídicas» de una sola «propiedad inmueble», un programa de supresión de una sola explotación feudal.

En esto consiste la esencia del populismo de Sun Yat-sen, de su programa progresista, combativo y revolucionario de transformaciones agrarias democrático-burguesas y de su pretendida teoría socialista.

Esta teoría, si se la examina desde el punto de vista de la doctrina, es la teoría de un «socialista» pequeñoburgués y reaccionario. Pues es completamente reaccionario el sueño de que en China se puede «prevenir» el capitalismo, de que en China, a causa de su atraso, es más fácil la «revolución social», etc. Y Sun Yat-sen, con una ingenuidad virginal, se podría decir, inigualable, hecho añicos y él mismo su propia teoría populista reaccionaria, reconociendo lo que la vida obliga a reconocer, a saber: que «China se halla en vísperas de un gigantesco desarrollo industrial» (es decir, capitalista), que en China «el comercio» (es decir, el capitalismo) «se desarrollará en proporciones enormes», que «dentro de 50 años tendremos muchos Shangháis», es decir, centros millonarios de riqueza capitalista y de miseria y pobreza proletarias.

Pero cabe preguntarse —y aquí está todo el meollo de la cuestión, aquí está el punto más interesante, ante el cual se detiene a menudo el cuasimaxismo liberal, mutilado y castrado— cabe preguntarse: ¿defiende acaso Sun Yat-sen, sobre la base de su teoría económica reaccionaria, un programa agrario realmente reaccionario?

Precisamente el quid está en que no. La dialéctica de las relaciones sociales en China consiste en esto: los demócratas chinos, simpatizando sinceramente con el socialismo en Europa, lo han transformado en una teoría reaccionaria y, sobre la base de esta teoría reaccionaria de la «prevención» del capitalismo, ¡llevan adelante un programa agrario puramente capitalista, máximamente capitalista!

En efecto, ¿en qué se reduce la «revolución económica» de la que habla Sun Yat-sen tan pomposa y oscuramente al comienzo del artículo?

A la transferencia de la renta al Estado, es decir, a la nacionalización de la tierra mediante una especie de impuesto único en el espíritu de Henry George. Absolutamente nada más hay de real en la «revolución económica» propuesta y predicada por Sun Yat-sen.

La diferencia entre el valor de la tierra en un rincón campesino apartado y en Shanghái es una diferencia en la magnitud de la renta. El valor de la tierra es la renta capitalizada. Hacer que el «incremento del valor» de la tierra sea «propiedad del pueblo» significa transferir la renta, es decir, la propiedad de la tierra, al Estado o, dicho de otro modo: nacionalizar la tierra.

¿Es posible tal reforma en el marco del capitalismo? No solo es posible, sino que constituye el capitalismo más puro, máximamente consecuente e idealmente perfecto. Marx lo señaló en «Miseria de la filosofía», lo demostró detalladamente en el tercer tomo de «El Capital» y lo desarrolló de manera especialmente clara en la polémica con Rodbertus en las «Teorías de la plusvalía»{140}.

La nacionalización de la tierra permite suprimir la renta absoluta, dejando solo la renta diferencial. La máxima eliminación de los monopolios medievales y de las relaciones medievales en la agricultura, la máxima libertad del giro comercial con la tierra, la máxima facilidad de adaptación de la agricultura al mercado: he aquí lo que es la nacionalización de la tierra, según la doctrina de Marx. La ironía de la historia consiste en que el populismo, en nombre de la «lucha contra el capitalismo» en la agricultura, lleva a cabo un programa agrario cuya realización plena significaría el desarrollo más rápido del capitalismo en la agricultura.

¿Qué necesidad económica provocó en uno de los países campesinos más atrasados de Asia la difusión de los programas democrático-burgueses más avanzados en relación con la tierra? La necesidad de destruir el feudalismo en todas sus formas y manifestaciones.

Cuanto más se rezagaba China con respecto a Europa y al Japón, tanto más la amenazaban la desmembración y la descomposición nacional. Solo el heroísmo de las masas populares revolucionarias podía «renovarla», capaz en la esfera política de crear la república china, y en la esfera agraria de asegurar, mediante la nacionalización de la tierra, el progreso capitalista más rápido.

¿Lo conseguirá y en qué medida? Esa es otra cuestión. Distintos países, en su revolución burguesa, llevaron a la práctica diferentes grados de democratismo político y agrario, y ello en las combinaciones más abigarradas. Lo decidirán la situación internacional y la correlación de fuerzas sociales en China. El bogdiján, con toda seguridad, agrupará a los señores feudales, a la burocracia, al clero chino y preparará la restauración. Yuan Shikai, representante de la burguesía, que apenas ha tenido tiempo de pasar de liberal-monárquica a liberal-republicana (¿por mucho tiempo?), llevará una política de maniobras entre la monarquía y la revolución. La democracia burguesa revolucionaria, representada por Sun Yat-sen, busca acertadamente los caminos para la «renovación» de China en el desarrollo de la máxima actividad independiente, resolución y audacia de las masas campesinas en la causa de las reformas políticas y agrarias.

Por último, a medida que crezca en China el número de Shangháis, crecerá también el proletariado chino. Él formará, probablemente, uno u otro partido obrero socialdemócrata chino que, criticando las utopías pequeñoburguesas y las concepciones reaccionarias de Sun Yat-sen, con toda seguridad extraerá, preservará y desarrollará cuidadosamente el núcleo democrático-revolucionario de su programa político y agrario.

«Névskaya Zvezdá» n.º 17, 15 de julio de 1912. Firmado: V. Ilich.

Se publica según el texto del periódico «Névskaya Zvezdá».