Los socialistas locales llaman a Suiza «la república de los lacayos». Un país pequeñoburgués en el que, desde hace mucho, una de las ramas más importantes era la industria tabernaria, dependía en exceso de los ricos ociosos que derrochaban millones en sus paseos estivales por las montañas. El pequeño propietario, servil ante el turista acaudalado, era hasta hace poco el tipo más extendido de burgués suizo.

Ahora las cosas cambian. En Suiza se desarrolla la gran industria. En este auge industrial desempeña un gran papel el aprovechamiento de las cascadas y los ríos de montaña para la obtención directa de energía eléctrica. A esta fuerza de la caída del agua, que sustituye al carbón mineral en la industria, se la llama a menudo «carbón blanco».

La industrialización de Suiza, es decir, el desarrollo en ella de la industria, de la gran industria, puso fin al anterior estancamiento del movimiento obrero. La lucha entre el capital y el trabajo se agudiza. El soñoliento espíritu pequeñoburgués que, con frecuencia, dominaba antes en algunos sindicatos obreros de Suiza desaparece y es sustituido por el ánimo combativo de un proletariado consciente de su fuerza, consciente y organizado.

Los obreros suizos no se hacen la menor ilusión respecto a que su república es una república burguesa, que defiende la misma esclavitud asalariada que existe en todos los países capitalistas sin excepción. Pero, al mismo tiempo, los obreros suizos han aprendido perfectamente a utilizar la libertad de sus instituciones republicanas para la ilustración y la organización de las amplias masas obreras.

Los frutos de este trabajo se pusieron claramente de manifiesto durante la huelga general de Zúrich del 12 de julio (29 de junio del calendario juliano).

Los hechos fueron así. Los pintores y cerrajeros de Zúrich llevaban ya varias semanas en huelga, luchando por un aumento de salario y la reducción de la jornada laboral. Los patronos se enfurecieron y decidieron quebrantar la firmeza de los huelguistas. El gobierno de la república burguesa, mostrando celo ante los capitalistas, acudió en su ayuda y empezó a expulsar a los huelguistas extranjeros. (En Suiza trabaja gran número de obreros extranjeros inmigrados, sobre todo italianos.) Pero esta burda violencia no sirvió de nada. Los obreros se mantenían unidos.

Entonces los capitalistas emplearon el siguiente recurso. En Hamburgo (Alemania) existe una firma especial, la de Ludwig Koch, que se dedica al suministro de rompehuelgas. Los capitalistas de Zúrich —¡patriotas y republicanos, nada menos!— encargaron a través de esa firma rompehuelgas, entre los que a sabiendas había todo tipo de delincuentes, condenados en Alemania por lenocinio, riñas, etc. A estos harapientos, o la «compañía de oro» (lumpemproletarios), los capitalistas los proveyeron de revólveres. Esta banda envalentonada de rompehuelgas se dispersó por las tabernas del barrio obrero y se comportó con un vandalismo inaudito. Cuando los obreros se reunieron en masa para expulsar a los vándalos, uno de ellos mató a tiros a un obrero huelguista.

La paciencia de los obreros se agotó. El asesino fue apaleado. Se decidió presentar una interpelación ante el ayuntamiento de Zúrich sobre los desmanes de los vándalos. Y cuando el concejo municipal, defendiendo a los capitalistas, prohibió los piquetes de huelga, los obreros decidieron protestar con una huelga general de un día.

Todos los sindicatos se pronunciaron unánimemente a favor de la huelga. La triste excepción fue únicamente el de los tipógrafos. Ellos se pronunciaron en contra, y la asamblea de 425 delegados de todas las organizaciones obreras de Zúrich recibió esta decisión de los tipógrafos con un atronador grito de «¡vergüenza!». La huelga fue acordada, a pesar de que los dirigentes de las organizaciones políticas estaban en contra (¡el viejo espíritu de los dirigentes pequeñoburgueses y oportunistas suizos!).

Sabiendo que los capitalistas y la administración intentarían desbaratar la huelga pacífica, los obreros obraron según la sabia regla: «si hay guerra, que sea en plan de guerra». En la guerra no se comunica al enemigo cuándo se producirá el ataque. Los obreros declararon el jueves, adrede, que la huelga sería el martes o el miércoles, pero en realidad fue fijada para el viernes. Los capitalistas y la administración fueron cogidos desprevenidos.

La huelga resultó brillantemente. Desde primera hora de la mañana se repartieron 30 000 octavillas en alemán e italiano. Unos 2 000 huelguistas ocuparon las cocheras de los tranvías. Todo se paralizó. La vida urbana se detuvo. El viernes es día de mercado en Zúrich, pero la ciudad parecía muerta. El consumo de alcohol (todas las bebidas alcohólicas) fue prohibido por el comité de huelga, y los obreros acataron rigurosamente esta decisión.

A las 2 de la tarde tuvo lugar una grandiosa manifestación de masas. Al término de los discursos, se disolvieron pacíficamente y sin cantos.

El gobierno y los capitalistas, que esperaban provocar a los obreros a cometer actos de violencia, vieron su fracaso y ahora, sencillamente, se enfurecen de rabia. Por un decreto especial, se prohíben en todo el cantón de Zúrich no solo los piquetes de huelga, sino también las reuniones al aire libre y las manifestaciones. La policía ocupó la Casa del Pueblo de Zúrich y detuvo a varios dirigentes obreros. Los capitalistas, en venganza por la huelga general, declararon un lockout de tres días.

Los obreros se mantienen serenos, cumplen estrictamente el boicot al aguardiente y al vino, y comentan entre sí: «¿Por qué no va a descansar un obrero tres días al año, cuando los ricachones descansan todo el año?».

«Pravda» N.º 63, 12 de julio de 1912. Firmado: B. Z.

*Impreso según el texto del periódico «Pravda».*