En artículos anteriores (véanse los núms. 3 y 6 de *Névskaya Zvezdá*) expusimos los datos fundamentales sobre la propiedad de la tierra en la Rusia europea y esbozamos la esencia del problema agrario en Rusia[39]. Dicha esencia se reduce a la necesidad de eliminar lo medieval en la propiedad de la tierra.

La contradicción entre el capitalismo, que impera en todo el mundo y también en nuestra Rusia, y la propiedad medieval de la tierra, tanto la señorial como la comunal campesina, es irreconciliable. La vieja propiedad medieval de la tierra debe ser demolida inevitablemente, y cuanto más resuelta, implacable y audaz sea esta demolición, tanto mejor será para todo el desarrollo de Rusia, tanto mejor para los obreros y para los campesinos, oprimidos hoy y agobiados, además de por el capitalismo, por un abismo de supervivencias medievales.

Cabe preguntarse: ¿cómo se pueden comparar, en semejante estado de cosas, el programa agrario stolypinista y el populista? ¿No constituyen acaso uno respecto al otro una completa antítesis?

Sí, pero esta antítesis no elimina una similitud fundamental entre el programa agrario stolypinista y el populista. A saber: ambos reconocen la necesidad de demoler la vieja propiedad de la tierra. Hay que demoler lo viejo, y cuanto antes, y de la manera más resuelta — dicen los agentes de la «ordenación de la tierra» stolypinista—, pero demoler de tal modo que todo el peso de la demolición recaiga sobre la mayoría de los campesinos, los más arruinados, los más desposeídos. Los terratenientes no deben perder nada en ello. Si es inevitable que pierdan una parte de sus tierras, éstas deben ser enajenadas exclusivamente por acuerdo voluntario de los terratenientes y según una valoración «justa», desde el punto de vista de los terratenientes. Los campesinos acomodados deben recibir apoyo, y no hay por qué detenerse ante la ruina de la masa de los «débiles».

Tal es la esencia del programa agrario stolypinista. El Consejo de la Nobleza Unificada, que se lo prescribió a Stolypin, actuó como un verdadero representante de los reaccionarios: no de los demagogos, sino de los hombres de hechos. El Consejo de la Nobleza Unificada fue plenamente fiel a sus intereses de clase cuando apostó por los fuertes. Y en efecto, tras el año cinco se hizo evidente que la defensa exclusivamente policial, exclusivamente burocrática frente a los campesinos era insuficiente.

¿Dónde más podía buscar aliados el Consejo de la Nobleza Unificada? Sólo entre la ínfima minoría del campesinado acomodado, los «kulaks», los «devora-mundo». En la aldea le era imposible encontrar otros aliados. Y he aquí que, para atraer a su lado a los «nuevos terratenientes», los reaccionarios no se detuvieron ante la posibilidad de entregarles toda la aldea, literalmente, al saqueo y a la rapiña.

Si es inevitable demoler, demolemos la propiedad comunal de la tierra en nuestro favor y en favor de los nuevos terratenientes: ésta es la esencia de la política agraria que el Consejo de la Nobleza Unificada dictó a Stolypin.

Pero, hablando de un modo puramente teórico, es necesario reconocer que una demolición no menos resuelta, e incluso mucho más resuelta, es posible también desde el otro lado. Es un arma de doble filo. Por ejemplo, si los 70 millones de desiatinas de tierra pertenecientes a 30.000 terratenientes pasaran a manos de 10.000.000 de hogares campesinos, sumándose a sus 75 millones de desiatinas; si unas y otras tierras se mezclaran y luego se distribuyeran entre los campesinos acomodados y medios (pues los pobres de todos modos no tendrían con qué arar, sembrar, abonar, cultivar la tierra), ¿cuál sería el resultado de semejante transformación?

Planteen esta cuestión desde un punto de vista puramente económico, examinen esta posibilidad de principio bajo el ángulo de las condiciones generales de la economía capitalista en todo el mundo. Verán que el resultado de la transformación que hemos supuesto sería una demolición más consecuente, más resuelta, más implacable que la del programa de Stolypin de la propiedad medieval de la tierra.

¿Por qué precisamente medieval, y sólo medieval? Porque la propiedad capitalista de la tierra no puede ser destruida, en virtud de la esencia misma del asunto, por ningún traspaso de la tierra de unas manos a otras e incluso por ningún traspaso de todas las tierras a manos del Estado (lo que en la ciencia de la economía política se llama «nacionalización» de la tierra). La propiedad capitalista de la tierra es la posesión de la tierra por parte de quien tiene capital y se adapta mejor al mercado. A quienquiera que pertenezca la tierra en propiedad —al viejo terrateniente, al Estado o al campesino comunal—, es igual: la tierra no evitará caer en manos del patrono que siempre podrá arrendarla. El arriendo crece en todos los países capitalistas bajo las más diversas formas de propiedad de la tierra. Ninguna prohibición está en condiciones de impedir que el capitalista, el patrono con capital y con conocimiento del mercado, acapare la tierra, desde el momento en que el mercado domina sobre toda la producción social, es decir, desde el momento en que esta producción sigue siendo capitalista.

Es más. El arriendo de la tierra es incluso más conveniente para el capitalismo puro, para la adaptación más completa, libre, «ideal» al mercado, que la propiedad sobre la tierra. ¿Por qué? Porque la propiedad privada sobre la tierra dificulta su paso de unas manos a otras, frena la adaptación del uso de la tierra a las condiciones del mercado, fija la tierra en manos de una familia o persona dada y de sus herederos, aunque sean malos patronos. El arriendo es una forma más flexible, bajo la cual la adaptación del uso de la tierra al mercado se produce del modo más simple, más fácil, más rápido.

Por eso, dicho sea de paso, Inglaterra no representa una excepción entre los demás países capitalistas, sino la organización agraria más perfecta desde el punto de vista del capitalismo, como ya señaló Marx en su crítica a Rodbertus{131}. ¿Y en qué consiste la organización agraria de Inglaterra? En la vieja propiedad de la tierra, el landlordismo, bajo un arriendo nuevo, libre, puramente capitalista.

¿Y si este landlordismo existiera sin landlords, es decir, si la tierra fuera propiedad no de los landlords, sino del Estado? Sería una organización agraria aún más perfecta, desde el punto de vista del capitalismo, con una libertad aún mayor de adaptación del uso de la tierra al mercado, con una movilización aún más fácil de la tierra como objeto de la economía, con una libertad, amplitud, claridad y precisión aún mayores de la lucha de clases, propia de toda propiedad capitalista de la tierra.

Y he aquí que cuanto más se ha rezagado un país dado respecto al capitalismo mundial, cuanto más intensamente tiene que alcanzar a sus vecinos, cuanto más ha «desatendido» su «enfermedad», la enfermedad de la propiedad medieval de la tierra y de la pequeña economía sometida a servidumbre, cuanto más imperiosamente es necesaria para ese país una demolición radical de todas sus relaciones de propiedad de la tierra, de todo su modo de vida agrario, tanto más natural será el surgimiento y la amplia difusión en ese país, entre la población agrícola, de toda clase de ideas y planes de nacionalización de la tierra.

Tanto el año cinco como las dos primeras Dumas demostraron con certeza, y la tercera Duma confirmó indirectamente, a través de sus diputados «campesinos» (pasados por el tamiz señorial), que entre la población agrícola rusa están extraordinariamente difundidas toda clase de ideas y planes de nacionalización de la tierra. Antes de aprobar o censurar estas ideas, conviene plantearse la pregunta: ¿por qué obtuvieron amplia difusión?, ¿qué necesidad económica las ha suscitado?

No basta con criticar estas ideas desde el punto de vista de su integridad interna, de su armonía o de su corrección teórica. Es necesario criticarlas desde el punto de vista de aquella necesidad económica que ha encontrado en estas ideas su reflejo, por muy «caprichoso», incorrecto, «torcido» que sea a veces dicho reflejo.

La necesidad económica que engendró las ideas de nacionalización de la tierra en el campesinado ruso a comienzos del siglo XX es la necesidad de una demolición brusca de la vieja propiedad de la tierra. Las ideas de «distribución igualitaria» de toda la tierra son ideas de igualdad, necesariamente engendradas por la lucha contra los residuos del feudalismo y trasladadas a la tierra de manera inevitable en un estado de cosas en que 30.000 «vestigios de señores feudales» poseen 70 millones de desiatinas, y 10.000.000 de campesinos esclavizados, 75 millones de desiatinas.

En el paso de las primeras tierras a la categoría de las segundas o, más exactamente, a manos de los poseedores de las segundas, no hay nada utópico. Es utópico tan sólo el sueño de la igualdad entre los patronos sobre la tierra bajo el dominio del mercado; es utópico el sueño del «derecho a la tierra» de todos los «ciudadanos y ciudadanas» (incluidos los que carecen de hacienda) bajo el capitalismo. Pero el carácter utópico de estas ideas no debe permitirnos olvidar la auténtica, viva realidad de lo que bajo ellas se oculta de hecho.

En la supresión de todas las diferencias medievales de la propiedad de la tierra —señorial, comunal, etc.— no hay nada utópico. En la ruptura con las viejas relaciones respecto a la tierra no hay nada utópico. Por el contrario, es precisamente el desarrollo del capitalismo lo que exige de la manera más apremiante semejante ruptura. Ni la «distribución igualitaria» de la tierra, ni su «socialización» pueden existir bajo el capitalismo. Esto es una utopía.

La nacionalización de la tierra bajo el capitalismo es económicamente del todo posible, y su significado real en todo caso —es decir, se produzca como se produzca, por quien sea, en las condiciones que sea, de manera sólida y duradera o precaria y por corto tiempo—, en todo caso su significado real consistiría en la eliminación máxima de todo lo medieval en la propiedad de la tierra rusa y en el modo de vida agrario ruso, en la adaptación más libre del nuevo uso y propiedad de la tierra a las nuevas condiciones del mercado mundial.

Imaginemos por un momento la realización del plan de los populistas de izquierda en la forma, aunque sea, del reparto de todas las tierras en partes iguales entre todos los ciudadanos y ciudadanas. Semejante reparto bajo el capitalismo es el mayor de los absurdos. No se mantendría, no podría mantenerse bajo el capitalismo ni un año. Pero, ¿significa esto que sus resultados serían nulos o negativos?

¡De ningún modo! Sus resultados serían un enorme plus, pero en absoluto el plus que esperan los populistas de izquierda, sino un plus muy real. Este plus consistiría en que cualesquiera diferencias entre las formas actuales estamentales y categorizadas de la propiedad de la tierra serían demolidas. Sería una ganancia inmensa para toda la economía nacional, para el capitalismo, para el proletariado, pues no hay nada más dañino para el desarrollo de Rusia que nuestra vieja, moderna propiedad de la tierra. Tanto la señorial como la comunal son formas de propiedad de la tierra completamente feudales.

Su reparto igualitario no se mantendría, ¡pero el retorno a lo viejo sería imposible! Ninguna «restauración» haría resucitar los lindes una vez demolidos. Ninguna fuerza política en el mundo podría impedir el establecimiento de nuevos lindes, fronteras, formas de uso de la tierra que correspondan a las nuevas exigencias del mercado.

«Quitar las cercas a la tierra», dijo un populista de izquierda, si mal no recuerdo, en la II Duma. Él se imaginaba que de esto resultaría un «uso igualitario de la tierra». Se equivocaba. Pero por su boca —¡tal es la ironía de la historia!— hablaba el burgués más consecuente e intrépido, radical, que siente el absurdo de los viejos, medievales «tabiques» de nuestra propiedad de la tierra «comunal», «nobiliaria», «eclesiástica», etc., etc., sintiendo la necesidad de demoler todos estos tabiques para una nueva distribución de la tierra. Sólo que ésta no será «por almas», como sueña el populista, sino por capital, como lo impondrá el mercado.

Los planes constructivos de los populistas son una utopía. Pero en sus planes constructivos hay un elemento destructivo respecto a lo medieval. Y este elemento no es en absoluto una utopía. Es la más viva realidad. Es la realidad más consecuente y progresista desde el punto de vista del capitalismo y del proletariado.

Resumamos brevemente nuestros puntos de vista. La similitud real del programa agrario stolypinista y del populista consiste en que ambos llevan a cabo una demolición radical de la vieja, medieval propiedad de la tierra. Y esto es muy bueno. No merece otra cosa que la demolición. Los más reaccionarios de todos son esos kadetes de *Rech* y *Rússkiye Védomosti* que reprochan a Stolypin la demolición, en lugar de demostrar la necesidad de una demolición aún más consecuente y resuelta. Veremos en el próximo artículo que la demolición stolypinista no puede eliminar la servidumbre y las prestaciones personales, mientras que la populista sí puede[40].

Señalemos por ahora que el único resultado plenamente real de la demolición stolypinista es el hambre de 30 millones. Y aún no se sabe si la demolición stolypinista no enseñará al pueblo ruso cómo se debe llevar a cabo una demolición más resuelta. Le enseña, indudablemente. Si le enseñará, ya lo viviremos y lo veremos.

*Névskaya Zvezdá* nº 15, 1 de julio de 1912. Firmado: R. S.

Se imprime según el texto del periódico *Névskaya Zvezdá*.