En otro lugar del presente número, el lector encontrará el texto completo de la proclama impresa y difundida por los obreros petersburgueses antes de la hoy célebre jornada del Primero de Mayo. Vale muchísimo la pena detenerse en esta proclama, pues constituye un importantísimo documento en la historia del movimiento obrero en Rusia y en la historia de nuestro partido.

La proclama refleja un conocido estado de desorganización del partido socialdemócrata en la capital, ya que el llamamiento no está firmado por el Comité de Petersburgo, sino por distintos grupos socialdemócratas e incluso por un grupo obrero socialrevolucionario. En la mayoría de las localidades de Rusia, el estado de nuestro partido es precisamente tal, que los comités dirigentes y los centros son constantemente detenidos y constantemente resurgen, gracias a la existencia de toda clase de grupos socialdemócratas de fábrica, profesionales, de subdistrito y de distrito, las mismísimas «células» que siempre han provocado el odio de los liberales y de los liquidadores. En el último número de la revista de estos señores (*Nasha Zariá*, 1912, núm. 4), el lector puede observar una y otra vez cómo, retorciéndose de impotente rabia y deshaciéndose en injurias, el señor V. Levitski silba contra el «renacimiento del partido por medio de la resurrección artificial de células políticamente muertas».

Lo que otorga una tipicidad particular, un significado particular a la proclama examinada es precisamente la circunstancia de que, debido a la detención del Comité de Petersburgo, tuvieron que entrar en escena justamente las células, libradas por la voluntad de la policía del «centro dirigente» odiado por los liquidadores. Gracias a esta circunstancia, lamentable a los ojos de todo revolucionario, la vida autónoma de las células salió a la superficie. Las células tuvieron que, a toda prisa, bajo las desesperadas persecuciones de la policía ―que se enfurecía literalmente en vísperas del 1 de mayo―, reunir sus fuerzas, restablecer los enlaces, restaurar la «clandestinidad». Los grupos firmantes de la proclama, los representantes, etc., todo eso es precisamente la clandestinidad, odiada por los liberales y los liquidadores. En el momento en que el mismo jefe liquidador, el señor Levitski ―en nombre de *Nasha Zariá* y de *Zhivoye Delo*―, echando espumarajos por la boca, naturalmente, se lanza contra el «culto a la clandestinidad» (ver pág. 33 de la citada revista), recibimos en la proclama petersburguesa un documento exacto y completo que nos revela la existencia de esa clandestinidad, su vitalidad, el contenido de su trabajo y su importancia.

El Comité de Petersburgo es barrido por las detenciones: he aquí que se verá cómo son las células clandestinas por sí mismas, qué hacen y pueden hacer, qué ideas han asimilado y cultivado realmente en sí, y no solo tomado de la instancia suprema del partido, qué ideas gozan realmente de las simpatías de los obreros.

De la proclama se ve lo que hacen las células: prosiguen la labor del Comité de Petersburgo, temporalmente destruido (para satisfacción de todos los diversos enemigos de la clandestinidad). Prosiguen la preparación de la jornada del Primero de Mayo. Restablecen a toda prisa los enlaces entre los distintos grupos socialdemócratas clandestinos. Atraen también a los obreros eseristas, comprendiendo perfectamente la importancia de la unificación proletaria en una obra revolucionaria viva. Agrupan a esos distintos grupos socialdemócratas e incluso a un «grupo de obreros s.-r.» sobre consignas determinadas de lucha. Y he aquí precisamente que se perfila el verdadero carácter del movimiento, el verdadero estado de ánimo del proletariado, la verdadera fuerza del POSDR y de su Conferencia Panrusa de enero.

Una instancia jerárquica capaz de decretar el planteamiento de tales y no otras consignas no existe de hecho, debido a las detenciones. Quiere decir que unir a la masa proletaria, unir a los obreros socialdemócratas e incluso a una parte de los socialrevolucionarios, solo es posible mediante consignas realmente indiscutibles para la masa, solo mediante consignas que extraen su fuerza no del «decreto desde arriba» (como se expresan los demagogos y los liquidadores), sino de la convicción de los propios obreros revolucionarios.

¿Y qué resultó?

Resultó que, tras la destrucción del Comité de Petersburgo, ante la imposibilidad de restablecerlo de inmediato, bajo condiciones de una influencia exclusivamente ideológica, y no organizativa, de un grupo de obreros sobre otro, fueron adoptadas las consignas de la Conferencia Panrusa del POSDR, reunida en enero de 1912 y que provoca un odio sencillamente furioso, salvaje, de los liberales, los liquidadores, Liber, Trotski y Cía.

«Que nuestras consignas sean ―escribían los obreros petersburgueses en su proclama― la Asamblea Constituyente, la jornada laboral de 8 horas, la confiscación de las tierras de los terratenientes». Y más adelante, en la proclama, se lanza el llamamiento: «¡Abajo el gobierno zarista! ¡Abajo la constitución autocrática del 3 de junio! ¡Viva la república democrática! ¡Viva el socialismo!».

Vemos por este instructivo documento que todas las consignas planteadas por la conferencia del POSDR han sido asimiladas por el proletariado petersburgués y han sellado los primeros pasos de la nueva revolución rusa. Toda clase de calumniadores y detractores de la conferencia de enero pueden seguir, cuanto quieran, su sucia labor. La respuesta la ha dado el proletariado revolucionario de Petersburgo. La labor que, mucho antes de la última conferencia, emprendió la socialdemocracia revolucionaria, llamando al proletariado al papel de conductor de la revolución popular, ha dado sus frutos a despecho de todas las persecuciones de la policía, a despecho de las desenfrenadas detenciones previas al Primero de Mayo y del hostigamiento a los revolucionarios, a despecho de los torrentes de mentiras e injurias en la prensa liberal y liquidadora.

Cientos de miles de proletarios petersburgueses ―y, tras ellos, los obreros de todos los confines de Rusia― fueron a la huelga y a las manifestaciones callejeras no en calidad de una de las clases particulares de la sociedad burguesa, no con «sus» consignas solo profesionales, sino en calidad de hegemón, que alza la bandera de la revolución por todo el pueblo, en nombre de todo el pueblo, para despertar y atraer a la lucha a todas las clases que necesitan la libertad y que son capaces de conquistarla.

El movimiento revolucionario del proletariado en Rusia se ha elevado a un peldaño superior. Si en 1905 comenzó con huelgas masivas y la gaponada, en 1912, pese a la destrucción policial de las organizaciones de nuestro partido, ¡el movimiento comienza con huelgas masivas y el izamiento de la bandera republicana! «Células» aisladas, «grupos» dispersos de obreros han cumplido su tarea pese a las condiciones más pesadas y difíciles. El proletariado ha creado sus «comités de mayo» y se ha alzado a la lucha con una plataforma revolucionaria, digna de la clase llamada a liberar a la humanidad de la esclavitud asalariada.

El movimiento de mayo nos muestra también qué significado tienen otras palabras sobre la «unificación» y cómo se realiza de hecho la unificación de los obreros. El representante del partido s.-r. Rubanovich escribe en el periódico parisino de Búrtsev *Budúscheie* que «es necesario señalar el siguiente rasgo notable de la presente jornada del Primero de Mayo: en las reuniones preparatorias, los obreros petersburgueses se negaban a reconocer las divisiones que existen entre los distintos grupos socialistas;... predominaba la tendencia al acuerdo». La proclama que reproducimos muestra claramente qué hechos dieron motivo a tal conclusión. Es el hecho de que las células socialdemócratas, que habían perdido el centro dirigente, restablecían los enlaces con todos y cada uno de los grupos, atrayendo a los obreros de cualquier modo de pensar y predicándoles a todos sus consignas de partido. Y estas consignas de partido, precisamente por ser justas, por responder a las tareas revolucionarias del proletariado, por abarcar las tareas de la revolución de todo el pueblo, fueron aceptadas por todos los obreros.

La unificación se obtuvo gracias a que la conferencia de enero del POSDR echó por la borda el vacío juego de los conciliábulos de los grupúsculos en el extranjero, echó por la borda el vacío galanteo con los liquidadores del partido revolucionario y se presentó a tiempo con consignas de lucha claras y precisas. La unificación del proletariado en la acción revolucionaria se logró no mediante acuerdos entre partidos proletarios (s.-d.) y no proletarios (s.-r.), no mediante conciliábulos con los liquidadores escindidos del partido s.-d., sino mediante la cohesión de los militantes de las organizaciones s.-d. rusas y su justa consideración de las tareas del momento.

Buena lección para quienes, cediendo a la palabrería de los liberales del Bund y de los Trotski de Viena, son aún capaces de creer en la «unificación»... con los liquidadores. La famosa «Comisión Organizadora» de Liber, Trotski y los liquidadores gritó a los cuatro vientos acerca de la «unificación», pero de hecho no pudo dar ni dio ni una sola consigna que unificara realmente la lucha revolucionaria de los obreros. Los liquidadores daban sus consignas, no revolucionarias, consignas de política obrera liberal, y el movimiento avanzaba al margen de ellos. ¡He aquí lo que está en la base de las fábulas trotskistas sobre la «unificación»!

El 23 de abril (6 de mayo) en Viena, Trotski, jurando y perjurando que él «unifica», maldiciendo de todas las maneras la conferencia, aseguraba a los cándidos que «la lucha por la libertad de coaliciones es la base» (!!) de los sucesos del Lena y de sus ecos, que «esta reivindicación está y estará en el centro (!!) de la movilización revolucionaria del proletariado». Apenas había pasado una semana, y estas lamentables frases del vocero de los liquidadores fueron barridas como polvo por «los representantes!! de todos los obreros organizados de San Petersburgo», el «grupo s.-d. Unificación», el «grupo s.-d. central de la ciudad», el «grupo de obreros s.-r.», el «grupo de obreros s.-d.» y los «representantes de los comités de mayo».

El proletariado socialdemócrata de Petersburgo comprendió que la nueva lucha revolucionaria no debía iniciarse en nombre de uno de los derechos, aunque sea el más esencial, el más importante para la clase obrera, sino en nombre de la libertad de todo el pueblo.

El proletariado socialdemócrata de Petersburgo comprendió que debía generalizar las reivindicaciones y no trocearlas, que la república incluye en sí la libertad de coaliciones y no al revés, que hay que golpear el centro, atacar la fuente del mal, destruir todo el sistema, todo el régimen de la Rusia zarista y centurianegrista.

El proletariado socialdemócrata de Petersburgo comprendió que es ridículo y estúpido presentar la reivindicación de la libertad de coaliciones a Nikolái Románov, a la Duma negra, ridículo y estúpido suponer conjugable el régimen estatal vigente de Rusia, nuestra «constitución autocrática del 3 de junio», con la libertad de coaliciones; que en un país de falta general y absoluta de derechos, en un país donde reinan la arbitrariedad total y la provocación de las autoridades, en un país donde no hay «libertad» ni siquiera para la simple ayuda a decenas de millones de hambrientos, en semejante país, solo los charlatanes liberales y los políticos obreros liberales pueden poner «en el centro de la movilización revolucionaria» la libertad de coaliciones.

El proletariado socialdemócrata de Petersburgo comprendió esto y desplegó la bandera republicana, exigiendo la jornada laboral de 8 horas y la confiscación de las tierras de los terratenientes, como únicas garantías del carácter verdaderamente democrático de la revolución.

*Sotsial-Demokrat* núm. 27,
17 (4) de junio de 1912.