Las elecciones a la Duma de Estado obligan a todos los partidos a intensificar su agitación, a reunir sus fuerzas para obtener el mayor número de diputados para «su» partido.

Como en todos los demás países, también en el nuestro se despliega la más desvergonzada publicidad electoral. Todos los partidos burgueses, es decir, los que protegen los privilegios económicos de los capitalistas, hacen publicidad de sus partidos exactamente igual que los capitalistas individuales hacen publicidad de sus mercancías. Fijaos en los anuncios comerciales de cualquier periódico: veréis que los capitalistas inventan los nombres más «vistosos», llamativos y de moda para sus productos y los ensalzan sin el menor recato, sin detenerse absolutamente ante ninguna mentira ni invención.

El público —al menos en las grandes ciudades y en las localidades comerciales— se ha acostumbrado hace tiempo a la publicidad comercial y conoce su valor. Por desgracia, la publicidad política confunde a una cantidad incomparablemente mayor de personas, su desenmascaramiento es mucho más difícil y el engaño se mantiene aquí con mucha más firmeza. Los nombres de los partidos —tanto en Europa como entre nosotros— se eligen a veces con un fin publicitario directo, y los «programas» de los partidos se escriben con harta frecuencia exclusivamente para engañar al público. Cuanta más libertad política hay en un país capitalista, cuanto más democratismo, es decir, más poder del pueblo y de los representantes del pueblo, tanto más desvergonzadamente se despliega a menudo la publicidad de los partidos.

¿Cómo orientarse, en semejante situación, en la lucha de los partidos? ¿No significa acaso esta lucha, con su engaño y su publicidad, que las instituciones representativas, los parlamentos, las asambleas de representantes del pueblo son inútiles en general e incluso perjudiciales, como se esfuerzan en hacer creer los reaccionarios salvajes, enemigos del parlamentarismo? No. En ausencia de instituciones representativas, hay mucho más engaño, mentira política y todo tipo de trapacerías fraudulentas, y el pueblo tiene en sus manos muchos menos medios para desenmascarar el engaño y buscar la verdad.

Para orientarse en la lucha de los partidos, no hay que creer de palabra, sino estudiar la historia real de los partidos, estudiar no tanto lo que los partidos dicen de sí mismos, sino lo que hacen, cómo actúan al resolver los diferentes problemas políticos, cómo se comportan en los asuntos que afectan a los intereses vitales de las distintas clases de la sociedad: los terratenientes, los capitalistas, los campesinos, los obreros, etcétera.

Cuanta más libertad política hay en un país, cuanto más firmes y democráticas son sus instituciones representativas, tanto más fácil es para las masas populares orientarse en la lucha de partidos y aprender política, es decir, desenmascarar el engaño y buscar la verdad.

La división de toda sociedad en partidos políticos se manifiesta con la mayor claridad durante las crisis profundas, que conmueven a todo el país. Los gobiernos se ven obligados entonces a buscar apoyo en las distintas clases de la sociedad; la lucha seria barre toda frase, todo lo mezquino y superficial; los partidos ponen en tensión todas sus fuerzas, dirigiéndose a las masas del pueblo, y las masas, guiadas por un instinto certero, ilustradas por la experiencia de la lucha abierta, siguen a aquellos partidos que expresan los intereses de una u otra clase.

Las épocas de tales crisis determinan siempre por muchos años e incluso decenios la agrupación partidista de las fuerzas sociales de un país. En Alemania, por ejemplo, fueron las guerras de 1866 y 1870; en Rusia, los acontecimientos de 1905. Es imposible comprender la esencia de nuestros partidos políticos, no se puede aclarar qué clases representa tal o cual partido en Rusia, sin remontarse a los acontecimientos de ese año.

Comencemos nuestro breve bosquejo de los partidos políticos en Rusia por los partidos de extrema derecha.

En el flanco de extrema derecha encontramos a la «Unión del Pueblo Ruso»{109}.

El programa de este partido se expone del siguiente modo en el órgano de la «Unión del Pueblo Ruso», «Rússkoie Znamia»{110}, editado por A. I. Dubrovin:

«La Unión del Pueblo Ruso, que se ha visto honrada el 3 de junio de 1907 desde lo alto del trono zarista con el llamamiento a ser su firme sostén, sirviendo para todos y en todo de ejemplo de legalidad y orden, profesa que la voluntad zarista solo puede realizarse: 1) con la plena manifestación del poder de la autocracia zarista, indisoluble y vitalmente ligada a la iglesia ortodoxa rusa, canónicamente organizada; 2) con el dominio de la nacionalidad rusa no solo en las provincias interiores, sino también en las regiones fronterizas; 3) con la existencia de una Duma de Estado, compuesta exclusivamente por rusos, como principal auxiliar del autócrata en sus trabajos de construcción estatal; 4) con la plena observancia de las disposiciones fundamentales de la Unión del Pueblo Ruso respecto a los judíos, y 5) con la eliminación del servicio del Estado de los funcionarios que pertenezcan a los adversarios del poder autocrático zarista».

Hemos copiado fielmente esta solemne declaración de la derecha, por un lado, para que el lector conozca el original directamente, y por otro, porque los motivos fundamentales aquí expuestos conservan su vigencia para todos los partidos de la mayoría de la III Duma, es decir, también para los «nacionalistas» y para los octubristas. Esto se verá en la exposición ulterior.

El programa de la Unión del Pueblo Ruso repite, en esencia, la vieja consigna de los tiempos de la servidumbre: ortodoxia, autocracia, nacionalidad. Respecto a la cuestión que suele separar a la Unión del Pueblo Ruso de los partidos que le siguen, a saber: el reconocimiento o la negación de los principios «constitucionales» en la estructura del Estado ruso, es particularmente importante señalar que la Unión del Pueblo Ruso no está en absoluto contra las instituciones representativas en general. Del programa citado se desprende que la Unión del Pueblo Ruso está por la existencia de la Duma de Estado en calidad de «auxiliar».

La peculiaridad de la constitución rusa, si así puede decirse, está expresada por el órgano de Dubrovin con acierto, es decir, de acuerdo con la situación real de las cosas. En su política real, tanto los nacionalistas como los octubristas se sitúan precisamente en esta posición. La discusión sobre la «constitución» entre estos partidos se reduce en gran medida a una disputa de palabras: los «derechistas» no están contra la Duma, subrayando solo con especial celo que debe ser «auxiliar» sin determinación alguna de sus derechos, mientras que los nacionalistas y los octubristas, por su parte, no insisten en derechos estrictamente definidos, y no piensan en absoluto en garantías reales del derecho. Y los «constitucionalistas» del octubrismo se avienen plenamente con los «adversarios de la constitución» en la constitución del 3 de Junio.

La persecución de los pueblos no rusos en general, y de los judíos en particular, está planteada de manera directa, clara y definida en el programa de las Centurias Negras. Como siempre, ellos manifiestan aquí de forma más grosera, más desvergonzada y más provocativa lo que los demás partidos gubernamentales ocultan más o menos «púdicamente» o diplomáticamente.

De hecho, como es sabido por todos los que están más o menos familiarizados con la actividad de la III Duma, con la prensa del tipo de «Nóvoie Vremia», «Svet»{111}, «Golos Moskvý», etc., en la persecución de los pueblos no rusos participan también los nacionalistas y los octubristas.

Cabe preguntarse: ¿cuál es la base social del partido de la derecha? ¿A qué clase representa? ¿A qué clase sirve?

El retorno a las consignas de la servidumbre, la defensa de todo lo viejo y medieval en la vida rusa, la plena satisfacción con la constitución del 3 de Junio —la constitución terrateniente—, la defensa de los privilegios de la nobleza y de la burocracia, todo ello da una clara respuesta a nuestra pregunta. La derecha es el partido de los terratenientes feudales, del Consejo de la Nobleza Unida{112}. No en vano precisamente este consejo desempeñó un papel tan destacado, más aún, dirigente, en la disolución de la segunda Duma, en la modificación de la ley electoral y en el golpe de Estado del 3 de Junio.

Para mostrar la potencia económica de esta clase en Rusia, basta aducir el siguiente hecho fundamental, demostrado por las cifras de la estadística agraria oficial de 1905, publicada por el Ministerio del Interior.

En la Rusia europea, menos de 30.000 terratenientes poseen 70.000.000 de desiatinas de tierra; y otros tantos poseen 10.000.000 de familias campesinas con la menor parcela. Esto arroja, por término medio, unas 2.300 desiatinas de tierra por cada gran terrateniente; y 7 desiatinas de tierra por cada familia campesina pobre, por hogar.

Es completamente natural e inevitable que, en semejante «parcela», el campesino no pueda vivir, sino solo morir lentamente. Las hambres constantes de millones —como la de este año— siguen perturbando la economía campesina en Rusia tras cada mala cosecha. A los campesinos les toca arrendar la tierra al terrateniente, bajo toda clase de prestaciones de trabajo. Por la tierra, el campesino trabaja para el terrateniente con su caballo y sus aperos. Es la misma bárschina, solo que no se llama oficialmente servidumbre. En las tierras de 2.300 desiatinas, los terratenientes en su mayoría no pueden ni siquiera llevar otra economía que no sea la basada en la sujeción y las prestaciones de trabajo, es decir, la de la bárschina. Con obreros asalariados cultivan solo una parte de estas enormes fincas.

Además, esa misma clase de los terratenientes-nobles provee al Estado con la abrumadora mayoría de los funcionarios superiores y medios. Los privilegios de la burocracia en Rusia son la otra cara de los privilegios y del poder territorial de los nobles-terratenientes. De ahí que se comprenda que el Consejo de la Nobleza Unida y los partidos «derechistas» defienden la política de las viejas tradiciones serviles no por casualidad, sino inevitablemente, no por la «mala voluntad» de personas aisladas, sino bajo la presión de los intereses de una clase terriblemente poderosa. La vieja clase gobernante, los terratenientes rezagados, conservando su dominio como antes, se ha creado el partido correspondiente. Este partido es precisamente la «Unión del Pueblo Ruso» o los «derechistas» de la Duma de Estado y del Consejo de Estado.

Pero, una vez que existen instituciones representativas, una vez que las masas han salido ya abiertamente a la arena política, como salieron en nuestro país en 1905, para todo partido se hace necesario apelar al pueblo en ciertos límites. ¿A qué pueden apelar, cómo pueden dirigirse al pueblo los partidos de derecha?

Claro que no se puede hablar directamente de defender los intereses del terrateniente. Se habla de conservar el pasado en general, se hacen esfuerzos denodados por azuzar la desconfianza hacia los pueblos no rusos, especialmente hacia los judíos, por arrastrar a la gente más atrasada, más ignorante, a los pogromos, a la persecución del «judío». Los privilegios de los nobles, los funcionarios y los terratenientes se intentan encubrir con discursos sobre la «opresión» de los rusos por los pueblos no rusos.

Tal es el partido de la «derecha». Uno de sus miembros, Purishkévich, el más destacado orador de la derecha en la III Duma, ha trabajado mucho y con éxito para mostrar al pueblo lo que quiere la derecha, cómo actúa, a quién sirve. Purishkévich es un agitador de talento.

Al lado de los «derechistas», que cuentan en la III Duma con 46 diputados, están los «nacionalistas», con 91 diputados. El matiz que los distingue de la derecha es insignificante: en esencia, no son dos partidos, sino uno solo que se ha repartido entre sí el «trabajo» de perseguir a los pueblos no rusos, a los «kadetes» (liberales), a los demócratas, etc. Unos lo hacen de manera más grosera, otros más sutil, pero hacen lo mismo. Además, al gobierno le conviene que la derecha «extrema», capaz de todo tipo de escándalo, de pogromo, del asesinato de los Herzenstein, los Iollos, los Karaváiev, se mantenga un poco al margen, como si «criticara» al gobierno desde la derecha… La diferencia entre los derechistas y los nacionalistas no puede tener una importancia seria.

En la III Duma hay 131 diputados octubristas, contando, por supuesto, también a los «octubristas de derecha». Sin diferenciarse en nada esencial en la política actual de la derecha, los octubristas se distinguen de ella en que, además de al terrateniente, este partido sirve también al gran capitalista, al comerciante de viejo cuño, a la burguesía que se asustó tanto con el despertar a la vida independiente de los obreros, y tras ellos de los campesinos, que viró por completo hacia la defensa del viejo orden. Hay capitalistas en Rusia —y no son pocos— que tratan a los obreros igual de mal o peor que los terratenientes a los antiguos siervos; para ellos, los obreros, los dependientes, son la misma servidumbre, la misma criadilla. Nadie sabe defender ese viejo orden mejor que los partidos de derecha, los nacionalistas y los octubristas. Hay también capitalistas que en los congresos de los zemstvos y de las ciudades de 1904 y 1905 reclamaban una «constitución», pero que contra los obreros están dispuestos a conformarse plenamente con la constitución del 3 de Junio.

El partido de los octubristas es el principal partido contrarrevolucionario de los terratenientes y los capitalistas. Es el partido dirigente de la III Duma: 131 octubristas junto con 137 derechistas y nacionalistas constituyen una sólida mayoría en la tercera Duma.

La ley electoral del 3 de junio de 1907 aseguró la mayoría a los terratenientes y a los más grandes capitalistas: en todas las asambleas electorales de provincia que envían diputados a la Duma, la mayoría pertenece a los terratenientes y a los electores de la primera curia urbana (es decir, de la gran burguesía). En 28 asambleas provinciales, la mayoría pertenece incluso a los solos electores terratenientes. Toda la política del gobierno del 3 de Junio se ha llevado a cabo con la ayuda del partido octubrista, y todos los pecados y crímenes de la III Duma recaen sobre su responsabilidad.

De palabra, en su programa, los octubristas defienden la «constitución» e incluso... ¡las libertades! En la práctica, este partido ha apoyado todas las medidas contra los obreros (el proyecto de ley sobre seguros, por ejemplo, ¡recuérdese al presidente de la comisión de trabajo de la Duma, el barón Tizenhausen!), contra los campesinos, contra la limitación de la arbitrariedad y la falta de derechos. Los octubristas son un partido gubernamental igual que los nacionalistas. Esta circunstancia no cambia en absoluto por el hecho de que de vez en cuando —¡y especialmente antes de las elecciones!— los octubristas pronuncien discursos «oposicionistas». En todos los lugares donde existen parlamentos, se ha observado desde antiguo y se observa constantemente este juego de los partidos burgueses a la oposición, un juego inofensivo para ellos, pues ningún gobierno lo toma en serio; un juego a veces no inútil ante el elector, al que hay que «untar» con oposicionismo.

Sin embargo, los especialistas y virtuosos del juego a la oposición son el principal partido de oposición de la tercera Duma: los k.-d., los «demócratas» constitucionales, el partido de la «libertad popular».

Ya el nombre de este partido es un juego, pues en realidad no es en absoluto un partido democrático, tampoco es popular, ni es un partido de la libertad, sino de la semilibertad, si no de un cuarto de libertad.

En realidad, es el partido de la burguesía liberal-monárquica, que teme al movimiento popular mucho más que a la reacción.

El demócrata cree en el pueblo, cree en el movimiento de masas, le ayuda por todos los medios, aunque a menudo (como los demócratas burgueses, los trudoviques) tenga una idea errónea de la importancia de ese movimiento dentro de los límites del régimen capitalista. El demócrata se esfuerza con más sinceridad en deshacerse de todo lo medieval.

El liberal teme al movimiento de masas, lo frena y defiende conscientemente ciertas instituciones, además las más importantes, del medioevo a fin de tener un apoyo contra la masa, en especial contra los obreros. El reparto del poder con los Purishkévich —y de ningún modo la destrucción de todos los fundamentos del poder de los Purishkévich— es lo que persiguen los liberales. Todo para el pueblo, todo por el pueblo —dice el pequeño burgués democrático (incluido el campesino y el trudovique), aspirando sinceramente a la destrucción de todos los fundamentos del purishkevichismo y no comprendiendo la importancia de la lucha de los obreros asalariados contra el capital. Por el contrario, la partición con Purishkévich del poder sobre los obreros y sobre los pequeños patronos: he ahí el objetivo real de la burguesía liberal-monárquica.

Los kadetes, en la I y en la II Duma, tuvieron la mayoría o una posición dominante. Lo aprovecharon para un juego absurdo e innoble: a la derecha, jugaban a la lealtad y la ministerialidad (somos capaces de resolver pacíficamente todas las contradicciones, sin perjudicar al mujik ni ofender a Purishkévich); a la izquierda, jugaban al democratismo. Como resultado de este juego, por la derecha los kadetes recibieron, al fin de cuentas, un puntapié. Por la izquierda, los kadetes se ganaron el justo nombre de traidores a la libertad popular. En las dos primeras Dumas, combatieron constantemente no solo a la democracia obrera, sino también a los trudoviques. Basta recordar que el plan de los comités agrarios locales presentado por los trudoviques (I Duma), ese plan elementalmente democrático, de cartilla democrática, fue hundido por los kadetes, que defendían la supremacía del terrateniente y del funcionario sobre el campesino en las comisiones de ordenación agraria.

En la III Duma, los kadetes jugaban a la «oposición responsable», una oposición en genitivo. En nombre de esto, votaron en repetidas ocasiones los presupuestos del gobierno (¡«demócratas»!), explicaban a los octubristas la inocuidad y la inofensividad de su rescate «obligatorio» (obligatorio para los campesinos) —recuérdese a Berezovski I—, enviaban a Karáulov a la tribuna a pronunciar discursos «beatos», renegaban del movimiento de masas, se dirigían a las «alturas» y desdeñaban a los de abajo (la lucha de los kadetes contra los diputados obreros en el problema del seguro obrero), etcétera, etcétera.

Los kadetes son el partido del liberalismo contrarrevolucionario. Con su pretensión al papel de «oposición responsable», es decir, de una oposición reconocida, legal, admitida a la competencia con los octubristas, no una oposición al régimen del 3 de Junio, sino del régimen del 3 de Junio, con esta pretensión los kadetes se han enterrado definitivamente como «demócratas». La desvergonzada prédica vejista de los ideólogos kadetes, los señores Struve, Izgóev y Cía., cubiertos de besos por Rózanov y Antoni Volynski, y el papel de «oposición responsable» en la III Duma, son dos caras de una misma medalla. La burguesía liberal-monárquica, tolerada por los Purishkévich, desea sentarse al lado de Purishkévich.

El bloque de los kadetes con los «progresistas» en la actualidad, en las elecciones a la IV Duma, ha dado una nueva confirmación de la profunda contrarrevolucionariedad de los kadetes. Los progresistas no tienen la menor pretensión de democratismo, no dicen ni una palabreja sobre la lucha contra todo el régimen del 3 de Junio, y ni siquiera sueñan con ningún «sufragio universal». Son liberales moderados que no ocultan su parentesco con los octubristas. La alianza de los kadetes con los progresistas debe abrir los ojos incluso a los más cegados «corifeos kadetes» sobre la verdadera esencia del partido kadete.

A la burguesía democrática en Rusia la representan los populistas de todos los matices, desde los eseristas de izquierda hasta los eneses{113} y los trudoviques. Todos ellos pronuncian con gusto frases «socialistas», pero al obrero consciente no le está permitido engañarse sobre el significado de estas frases. En realidad, ni en ningún «derecho a la tierra», ni en ningún «reparto igualitario» de la tierra, ni en ninguna «socialización de la tierra» hay una gota de socialismo. Esto debe comprenderlo todo aquel que sabe que la producción mercantil, el poder del mercado, del dinero, del capital, no solo no se ven afectados, sino que, al contrario, se despliegan aún más ampliamente con la abolición de la propiedad privada sobre la tierra y con un nuevo reparto, aunque sea el más «justo».

Pero las frases sobre el «principio del trabajo» y el «socialismo populista» expresan la profunda fe (y el sincero afán) del demócrata en la posibilidad y la necesidad de destruir todo lo medieval en la propiedad agraria, así como en el régimen político. Si los liberales (kadetes) aspiran a compartir con los Purishkévich el poder político y los privilegios políticos, los populistas son demócratas precisamente porque aspiran y deben aspirar en el momento actual a la supresión de todos los privilegios de la propiedad agraria y de todos los privilegios en la política.

La situación de la inmensa masa del campesinado ruso es tal que no puede ni soñar con ningún compromiso con los Purishkévich (compromiso perfectamente posible, accesible y cercano para el liberal). El democratismo de la pequeña burguesía tiene, por lo tanto, por un tiempo bastante largo aún, raíces de masas en Rusia, y la reforma agraria stolipiniana, esa política burguesa de los Purishkévich contra el mujik, no ha creado hasta ahora nada firme, salvo... ¡el hambre de 30 millones!

Millones de hambrientos pequeños patronos no pueden por menos de aspirar a otra reforma agraria, democrática, que no puede saltar fuera del marco del capitalismo, no suprimirá la esclavitud asalariada, pero puede barrer el medioevo de la faz de la tierra rusa.

Los trudoviques son terriblemente débiles en la III Duma, pero representan a las masas. Las vacilaciones de los trudoviques entre los kadetes y la democracia obrera se derivan inevitablemente de la situación de clase de los pequeños productores, a lo que se añade la dificultad especial de su cohesión, organización e ilustración, cosa que crea una extrema indefinición partidista y la amorfa de los trudoviques. Por eso los trudoviques —con la colaboración del tontorrón «otzovismo» de los populistas de izquierda— presentan el penoso cuadro de un partido liquidado.

La diferencia entre los trudoviques y nuestros liquidacionistas, casi marxistas, es que los primeros son liquidacionistas por debilidad, y los segundos por malintencionados. Ayudar a los débiles demócratas pequeñoburgueses, arrancarlos de la influencia de los liberales, unir el campo de la democracia contra los kadetes contrarrevolucionarios, y no solo contra la derecha: tal es la tarea de la democracia obrera.

Sobre esta última, que tuvo su fracción en la III Duma, podemos decir aquí solo unas pocas palabras.

Los partidos de la clase obrera en toda Europa se han formado liberándose de la influencia de la ideología democrática general, aprendiendo a separar la lucha de los obreros asalariados contra el capital de la lucha contra el feudalismo, y precisamente, entre otras cosas, para fortalecer esta última lucha, para liberarla de toda vacilación y timidez. En Rusia, la democracia obrera se ha deslindado por completo tanto del liberalismo como de la democracia burguesa (del trudoviquismo), con enorme provecho para la causa de la democracia en general.

La corriente liquidacionista en la democracia obrera («Nasha Zariá» y «ZhiVoe Delo») comparte la debilidad del trudoviquismo, glorifica la amorfa, tiende a la posición de oposición «tolerada», renuncia a la hegemonía de los obreros, se limita a palabras sobre la organización «abierta» (maldiciendo a la no abierta), predica una política obrera liberal. La vinculación de esta corriente con la descomposición y el decadentismo de los tiempos de la contrarrevolución es evidente, y su desgajamiento de la democracia obrera se está haciendo patente. Los obreros conscientes, sin liquidar nada, agrupándose para contrapesar las influencias liberales, organizándose como clase, desarrollando todo tipo de formas de unión profesional, etc., actúan tanto como representantes del trabajo asalariado contra el capital como representantes de la democracia consecuente contra todo el viejo régimen en Rusia y contra toda concesión a él.

A modo de ilustración, insertamos los datos sobre la composición partidista de la III Duma de Estado, tomados del «Manual» oficial de la Duma de 1912.

En la III Duma de Estado había dos mayorías: 1) derechistas y octubristas = 268 de 437; 2) octubristas y liberales = 120 + 115 = 235 de 437. Ambas mayorías son contrarrevolucionarias.

«Névskaya Zvezdá» Nº 5, 10 de mayo de 1912. Firmado: V. Ilin

Se publica según el texto del periódico «Névskaya Zvezdá»