La campaña electoral para las elecciones a la IV Duma introdujo un pequeño renacimiento y elevó el interés por las cuestiones políticas. El amplio movimiento provocado por los acontecimientos de Lena hizo serio este renacimiento, y este interés, particularmente acuciante. Ahora, más que nunca, es oportuno discutir la cuestión de la actitud de los trudoviques, es decir, de la democracia campesina, hacia la democracia obrera.

El señor V. Vodovózov, en su artículo «El grupo trudovique y el partido obrero» (n.º 17 de *Zaprosy Zhizni*), expone el punto de vista de los trudoviques sobre esta cuestión, respondiendo a mis artículos en *Zvezdá*: «Liberalismo y democracia»[29]. La disputa toca la esencia misma de dos corrientes políticas que expresan los intereses de nueve décimas partes de la población de Rusia. Por eso, todo demócrata está obligado a tratar el objeto de la disputa con la mayor atención.

I

La democracia obrera se sitúa en el punto de vista de la lucha de clases. Los obreros asalariados constituyen una clase determinada en la sociedad moderna. La situación de esta clase difiere radicalmente de la situación de la clase de los pequeños propietarios económicos, los campesinos. Por eso, no se puede ni hablar de su unificación en un solo partido.

El objetivo de los obreros es la supresión de la esclavitud asalariada mediante la eliminación de la dominación de la burguesía. El de los campesinos son reivindicaciones democráticas, capaces de suprimir la servidumbre en todas sus bases y manifestaciones sociales, pero incapaces incluso de tocar la dominación de la burguesía.

Las tareas comunes a unos y otros aproximan, en la época actual en Rusia, a la democracia campesina y a la democracia obrera, las cuales no pueden ir de otro modo que por separado, pero pueden –y deben, en interés del éxito– actuar conjuntamente contra todo lo que contradiga al democratismo. Si esta acción conjunta o comunión de acción no se realiza, si la democracia campesina no se libra de la tutela de los liberales (cadetes), entonces no se puede ni hablar de transformaciones democráticas serias en Rusia.

Tales son los puntos de vista de los demócratas obreros, de los marxistas, que yo desarrollé en dos artículos: «Liberalismo y democracia».

Los trudoviques, cuyos puntos de vista expone el señor Vodovózov, quieren ser un partido «por encima de las clases». Un solo partido, según su convicción, «podría perfectamente servir a los intereses de tres clases sociales»: el campesinado, la clase obrera y la «intelectualidad trabajadora».

Yo dije que esta «convicción» contradice 1) todas las verdades de la ciencia económica, 2) toda la experiencia de los países que han vivido épocas semejantes a la época moderna de Rusia, 3) la experiencia de Rusia en un período particularmente importante, particularmente crítico de la historia rusa: el año 1905. Me burlé de la pretensión verdaderamente cadete de «abarcar» diferentes clases y recordé que los cadetes llaman a los señores Maklakov «intelectualidad trabajadora».

El señor Vodovózov, sin presentar estos argumentos míos de manera completa y coherente, intenta objetar con fragmentos. Por ejemplo, contra el primer argumento dice: «El campesinado es una masa que vive de su trabajo; sus intereses son los intereses del trabajo, y por eso constituye un destacamento en el gran ejército del trabajo, como los obreros constituyen otro destacamento».

Esto no es ciencia económica marxista, sino burguesa: mediante la frase sobre los intereses del trabajo se oscurece aquí la diferencia radical en la situación del propietario económico y del obrero asalariado. El obrero no tiene ningún medio de producción y se vende a sí mismo, sus brazos, su fuerza de trabajo. El campesino tiene medios de producción –instrumentos, ganado, tierra, propia o arrendada–, y vende los productos de su hacienda, siendo un pequeño propietario económico, un pequeño empresario, un pequeño burgués.

Los campesinos, aún hoy en Rusia, contratan para sus haciendas no menos de 2 millones de obreros asalariados agrícolas. Y si toda la tierra de los terratenientes pasara a los campesinos sin rescate, contratarían a muchos más obreros.

Tal paso de la tierra a los campesinos constituye un interés común de todo el campesinado, de todos los obreros asalariados, de toda la democracia, porque la propiedad territorial de los terratenientes es la base del poder político terrateniente de tal tipo, con el que Purishkévich, luego Márkov 2 y otros «tercerodumistas», nacionalistas, octubristas, etc., familiarizaron a Rusia de manera particularmente ilustrativa.

De aquí se ve que el objetivo común que ahora tienen ante sí los campesinos y los obreros no tiene en absoluto nada de socialista, contrariamente a la opinión de los ignorantes centurionegristas y, a veces, de los liberales. Este objetivo es exclusivamente democrático. La consecución de este objetivo sería la consecución de la libertad para Rusia, pero en absoluto la supresión de la esclavitud asalariada.

Para una seria formulación de las acciones conjuntas de diferentes clases, para un éxito sólido y auténtico de tales acciones, es necesaria una conciencia clara de en qué convergen y en qué divergen los intereses de estas clases. Toda clase de ofuscaciones, «malentendidos» a este respecto, toda oscurecimiento del asunto con frases no puede sino tener la significación más funesta, no puede sino minar el éxito.

II

«El trabajo agrícola se diferencia del trabajo fabril; pero es que el trabajo fabril también se diferencia del trabajo del dependiente en una tienda; y, sin embargo, *Zvezdá* demuestra insistentemente a los dependientes que representan una misma clase con los obreros, que por eso deben considerar a la socialdemocracia como su representante…»

Así objeta el señor Vodovózov los argumentos sobre la profunda diferencia de clase entre los propietarios económicos y los obreros asalariados. Los razonamientos del señor Vodovózov están impregnados también aquí del espíritu habitual de la economía política burguesa. El agricultor-propietario económico pertenece a una misma clase con el fabricante o el artesano-propietario económico, con el comerciante-propietario económico; la diferencia aquí no es entre clases, sino entre profesiones. El obrero asalariado agrícola pertenece a una misma clase con el obrero asalariado fabril y el comercial.

Estas verdades son todas del abecé desde el punto de vista del marxismo. Y el señor Vodovózov piensa en vano que, llamando a «mi» marxismo «extremadamente simplificado», encubrirá así la esencia del asunto, a saber, que los trudoviques se desvían constantemente de la economía política marxista hacia la economía política burguesa.

La misma confusión y en la misma dirección muestra el señor Vodovózov cuando mi referencia a la experiencia de todos los países y a la experiencia de Rusia –sobre la profunda diferencia de clase entre los propietarios económicos y los obreros asalariados– intenta refutarla señalando que, a veces, una misma clase es representada por diferentes partidos o viceversa. Los obreros en Europa siguen a veces a los liberales y a los anarquistas, a los clericales, etc. Los terratenientes a veces están divididos entre diferentes partidos.

¿Qué se demuestra con esto? Sólo que, además de las diferencias de clase, otras diferencias, por ejemplo, las religiosas, nacionales, etc., influyen en la formación de los partidos.

Este hecho es correcto, pero ¿qué relación guarda con nuestra disputa? ¿Señala el señor Vodovózov para Rusia las condiciones históricas particulares, religiosas, nacionales o de otro tipo, que se añadirían en el caso dado a las diferencias de clase?

El señor Vodovózov no señaló en absoluto tales condiciones, ni podía señalarlas. La disputa versaba exclusivamente sobre si es posible entre nosotros un partido «por encima de las clases» que «sirva a los intereses de tres clases» (siendo, además, ridículo llamar clase a la «intelectualidad trabajadora»).

A esta cuestión, la teoría responde con claridad: ¡imposible! La experiencia de 1905 responde de manera igualmente clara, cuando todas las diferencias de clase, de grupo, nacionales, etc., se manifestaron con particular relieve en las acciones más abiertas y más masivas, en uno de los momentos de inflexión extraordinariamente importantes de la historia rusa. La teoría del marxismo fue confirmada por la experiencia de 1905, que mostró la imposibilidad en Rusia de un partido único campesino-obrero.

Las tres Dumas mostraron lo mismo.

¿A qué viene entonces la referencia a que en diferentes países de Europa hubo a veces divisiones de una misma clase en varios partidos, o unión de diferentes clases bajo la dirección de un mismo partido? Esta referencia no viene a cuento en absoluto. Con esta referencia, el señor Vodovózov no hace más que desviarse –e intentar desviar al lector– de la cuestión discutida.

Para el éxito de la democracia rusa es sumamente importante que conozca sus fuerzas, que mire con sobriedad la situación de las cosas, que comprenda con claridad con qué clases puede contar. Embriagarse con ilusiones, encubrir las diferencias de clase con frases, quitárselas de encima con buenos deseos es perjudicial en sumo grado.

Hay que reconocer francamente la profunda discordia de clase, insuperable en los límites de la sociedad capitalista, en los límites de la dominación del mercado, entre los campesinos y los obreros en Rusia. Hay que reconocer francamente en qué convergen ahora sus intereses. Hay que unificar cada clase, cohesionar sus fuerzas, desarrollar su conciencia y definir esta tarea común.

Un partido campesino «radical» (tomo la expresión del señor Vodovózov, aunque no me parece acertada) es útil y necesario.

Todo intento de crear un partido «por encima de las clases», los intentos de unir a campesinos y obreros en un solo partido, los intentos de presentar a una inexistente «intelectualidad trabajadora» como una clase especial son extremadamente perjudiciales, funestos para la libertad rusa, porque de tales intentos no puede resultar nada más que decepciones, pérdida de fuerzas, oscurecimiento de la conciencia.

Simpatizando plenamente con la formación de un partido campesino consecuentemente democrático, estamos obligados a luchar contra los intentos mencionados. Los obreros están obligados también a luchar contra la influencia de los liberales sobre el campesinado democrático.

III

Sobre la actitud de los liberales hacia la democracia burguesa, de los cadetes hacia los trudoviques, la conferencia de estos últimos no dijo nada claro y definido{108}. En los trudoviques no se ve comprensión de que precisamente la dependencia del campesinado democrático respecto de los liberales fue una de las causas principales del fracaso del movimiento de liberación de 1905–1906, que el éxito de este movimiento es imposible si amplias y dirigentes capas del campesinado no toman conciencia de la diferencia entre el democratismo y el liberalismo, no se liberan de la tutela y la dominación de los liberales.

El señor Vodovózov tocó esta cuestión de importancia fundamental de manera sumamente somera e insatisfactoria. Dice que «el partido cadete sirve principalmente a la población urbana». Esto es incorrecto. Tal definición de las raíces de clase y del papel político del partido cadete no sirve para nada.

El partido c.-d. es el partido de la burguesía liberal-monárquica. La base social de este partido (como también de los «progresistas») son las capas económicamente más progresivas (en comparación con los octubristas) de la burguesía, y especialmente la intelectualidad burguesa. Una parte de la pequeña burguesía urbana y rural sigue aún a este partido sólo por tradición (es decir, por simple hábito, por repetición ciega de lo de ayer) y siendo directamente engañada por los liberales.

Los cadetes, llamándose a sí mismos demócratas, se engañan a sí mismos y engañan al pueblo. En realidad, los cadetes son liberales contrarrevolucionarios.

Toda la historia de Rusia, especialmente la del siglo XX, en particular la de 1905–1906, lo ha demostrado plenamente, y el libro *Vekhi* lo ha mostrado, lo ha desenmascarado de manera particularmente ilustrativa, clara y completa. Y ninguna «salvedad» de los diplomáticos cadetes sobre *Vekhi* cambiará el hecho.

La primera fase del movimiento de liberación en Rusia, el primer decenio del siglo XX, reveló que las amplias masas de la población, tendiendo hacia la democracia, son aún insuficientemente conscientes, no distinguen el liberalismo del democratismo, se someten a la dirección de los liberales. Mientras esto no cambie y en la medida en que no cambie, no hay nada que hablar de transformación democrática alguna en Rusia. Serán vanas habladurías.

¿Qué objeta el señor Vodovózov contra estas premisas sobre las cuales estaba construido mi artículo? «Los trudoviques –escribe–, en las condiciones actuales consideran sumamente poco táctico (!!) hablar demasiado sobre la contrarrevolucionariedad de los cadetes…».

¡Toma ya! ¿A qué viene aquí lo de «poco táctico»? ¿A qué viene lo de «demasiado»? Si es verdad que los cadetes son liberales contrarrevolucionarios, entonces es obligatorio decir la verdad. Si hay que hablar mucho o poco sobre los contrarrevolucionarios de derechas y sobre los liberales contrarrevolucionarios es una cuestión nada seria: cada vez que un publicista habla de las derechas, cada vez que habla de los liberales, debe decir la verdad. Los trudoviques dijeron la verdad sobre las derechas. Nosotros los elogiamos por ello. ¡Sobre los liberales, los trudoviques empezaron a hablar ellos mismos, pero no dijeron toda la verdad!

Sólo por esto reprochamos a los trudoviques.

«Demasiado» o demasiado poco, eso no viene a cuento en absoluto. Que los trudoviques dediquen mil líneas a las derechas, y cinco a los liberales, no objetaremos nada. Y no es eso lo que objetamos a los trudoviques. Objetamos que en esas «cinco líneas» (–¡culpese a sí mismo, señor Vodovózov, si introdujo en la disputa su desacertado «demasiado»!–) no se dijo la verdad sobre los liberales.

El señor Vodovózov eludió la respuesta sobre el fondo: ¿son o no contrarrevolucionarios los cadetes?

La elusión de esta cuestión por los trudoviques es un gran error, que significa de hecho la dependencia de una parte de los demócratas y de una parte de los antiguos marxistas respecto del liberalismo.

Esta cuestión está planteada de manera ineludible por toda la historia de los primeros diez años del siglo XX.

Ahora, en Rusia, maduran por doquier, en las más diversas capas de la población, nuevos elementos democráticos. Esto es un hecho. Al madurar, estos elementos democráticos deben ser educados en el democratismo consecuente. Tal educación es imposible sin explicar la verdadera esencia de los liberales, quienes tienen en sus manos cientos de órganos y un centenar de escaños en la Duma, influyendo así constantemente en una dirección falsamente democrática sobre un número de personas incomparablemente mayor que el que es accesible a nuestra prédica.

La democracia debe cohesionar sus fuerzas. Siempre elogiaremos a los trudoviques por sus discursos democráticos sobre las derechas. Pero su democratismo será inconsecuente si, cuando hablan de los liberales, hablan en liberal, en lugar de hablar en un lenguaje digno de un demócrata.

No son dos campos los que luchan en las elecciones, sino tres. No mezclen, señores trudoviques, al segundo campo (el liberal) con el tercero (el democrático). No oscurezcan la diferencia entre ellos: de esta mala tarea se ocupan «demasiado» los liberales.

*Pravda*, n.º 13 y 14; 8 y 9 de mayo de 1912. Firmado: P. P.

Se imprime según el texto del periódico *Pravda*