Se cumple el centenario del nacimiento de Herzen. Toda la Rusia liberal lo celebra, evitando cuidadosamente las cuestiones serias del socialismo, ocultando con esmero en qué se diferenciaba el revolucionario Herzen del liberal. También la prensa de derecha recuerda a Herzen, afirmando calumniosamente que Herzen renegó de la revolución al final de su vida. Y en los discursos sobre Herzen pronunciados en el extranjero, por liberales y populistas, reinan la frase vacía y la retórica.

El partido obrero debe recordar a Herzen no para hacer un panegírico pequeñoburgués, sino para esclarecer sus propias tareas, para comprender el verdadero lugar histórico del escritor que desempeñó un gran papel en la preparación de la revolución rusa.

Herzen perteneció a la generación de los revolucionarios de la nobleza, de los terratenientes, de la primera mitad del siglo pasado. Los nobles dieron a Rusia los Biron y los Arakchéiev, un sinnúmero de «oficiales borrachos, bravucones, jugadores de naipes, héroes de feria, monteros, pendencieros, azotadores, sultanes de harén», y Manílovs de bella alma. «Y entre ellos —escribió Herzen— se formaron los hombres del 14 de diciembre, una falange de héroes alimentados, como Rómulo y Remo, con leche de bestia salvaje… Son una especie de gigantes, forjados de acero puro de pies a cabeza, guerreros-compañeros de lucha que salieron conscientemente al encuentro de una muerte segura para despertar a la joven generación a una nueva vida y purificar a los hijos nacidos en un medio de verdugos y servilismo.»

Entre esos hijos se contaba Herzen. La insurrección de los decembristas lo despertó y lo «purificó». En la Rusia de la servidumbre de los años 40 del siglo XIX supo elevarse a una altura tal que se situó al nivel de los más grandes pensadores de su tiempo. Asimiló la dialéctica de Hegel. Comprendió que ésta representaba el «álgebra de la revolución». Fue más allá de Hegel, hacia el materialismo, siguiendo a Feuerbach. La primera de las «Cartas sobre el estudio de la naturaleza» —«Empiria e idealismo», escrita en 1844— nos muestra a un pensador que, incluso hoy, está muy por encima del abismo de los naturalistas empíricos contemporáneos y de las tinieblas de los filósofos actuales, idealistas y semiidealistas. Herzen se aproximó estrechamente al materialismo dialéctico y se detuvo ante —el materialismo histórico.

Esta «detención» fue la que provocó el derrumbe espiritual de Herzen tras la derrota de la revolución de 1848. Herzen había abandonado ya Rusia y observaba esta revolución directamente. Era entonces un demócrata, un revolucionario, un socialista. Pero su «socialismo» pertenecía a esas innumerables formas y variedades del socialismo burgués y pequeñoburgués de la época del 48, que fueron definitivamente liquidadas por las jornadas de junio. En esencia, no era socialismo en absoluto, sino una frase de bella alma, un hermoso ensueño, en el que envolvía su revolucionarismo de entonces la democracia burguesa, así como el proletariado que aún no se había liberado de su influencia.

El derrumbe espiritual de Herzen, su profundo escepticismo y pesimismo después de 1848, fue el derrumbe de las ilusiones burguesas en el socialismo. El drama espiritual de Herzen fue engendrado y reflejó aquella época histórico-universal en que el revolucionarismo de la democracia burguesa ya agonizaba (en Europa), mientras el revolucionarismo del proletariado socialista aún no había madurado. Esto no lo comprendieron ni podían comprenderlo los caballeros de la verbosidad liberal rusa, que ahora encubren su contrarrevolucionarismo con frases floridas sobre el escepticismo de Herzen. En esos caballeros, que traicionaron la revolución rusa de 1905, que han olvidado hasta pensar en el gran título de revolucionario, el escepticismo es una forma de transición de la democracia al liberalismo, a ese liberalismo lacayo, vil, sucio y feroz que fusilaba a los obreros en el 48, que restauraba los tronos derribados, que aplaudía a Napoleón III y que Herzen maldecía, sin poder comprender su naturaleza de clase.

En Herzen, el escepticismo fue una forma de transición de las ilusiones del democratismo burgués «supraclasista» a la dura, inflexible e invencible lucha de clases del proletariado. Prueba de ello son las «Cartas a un viejo camarada», a Bakunin, escritas un año antes de la muerte de Herzen, en 1869. Herzen rompe con el anarquista Bakunin. Es cierto que Herzen ve en esta ruptura sólo una divergencia de táctica, y no el abismo entre la concepción del mundo del proletario, seguro de la victoria de su clase, y la del pequeño burgués, desesperado de su salvación. Es cierto que Herzen repite aquí una vez más las viejas frases democrático-burguesas de que el socialismo debe presentarse con «una prédica dirigida por igual al obrero y al patrono, al agricultor y al pequeño burgués». Pero, con todo, al romper con Bakunin, Herzen volvió la mirada no hacia el liberalismo, sino hacia la Internacional, hacia aquella Internacional que dirigía Marx, hacia aquella Internacional que empezaba a «reunir las filas» del proletariado, a unificar «el mundo obrero», «que abandona el mundo de los que gozan sin trabajar».

Al no haber comprendido la esencia democrático-burguesa de todo el movimiento de 1848 y de todas las formas del socialismo premarxista, Herzen menos aún podía comprender la naturaleza burguesa de la revolución rusa. Herzen es el fundador del socialismo «ruso», del «populismo». Herzen veía «socialismo» en la liberación de los campesinos con tierra, en la posesión comunal de la tierra y en la idea campesina del «derecho a la tierra». Expuso sus pensamientos predilectos sobre este tema innumerables veces.

En realidad, en esta doctrina de Herzen, como en todo el populismo ruso —hasta el populismo descolorido de los actuales «socialistas-revolucionarios»— no hay un solo gramo de socialismo. Es una frase de bella alma, un hermoso ensueño que envuelve el revolucionarismo de la democracia campesina burguesa en Rusia, lo mismo que las diversas formas del «socialismo del 48» en Occidente. Cuanta más tierra hubieran recibido los campesinos en 1861, y cuanto más barata la hubieran recibido, tanto más fuerte se habría quebrantado el poder de los terratenientes feudales, tanto más rápido, libre y amplio habría sido el desarrollo del capitalismo en Rusia. La idea del «derecho a la tierra» y del «reparto igualitario de la tierra» no es más que la formulación de las aspiraciones revolucionarias de igualdad de los campesinos, que luchan por el derrocamiento total del poder de los terratenientes, por la abolición completa de la propiedad terrateniente de la tierra.

La revolución de 1905 lo demostró plenamente: por un lado, el proletariado actuó con entera independencia al frente de la lucha revolucionaria, creando el partido obrero socialdemócrata; por otro lado, los campesinos revolucionarios («trudovikí» y la «Unión Campesina»{103}), al luchar por todas las formas de abolición de la propiedad terrateniente, hasta la «supresión de la propiedad privada sobre la tierra», luchaban precisamente como propietarios, como pequeños empresarios.

En la actualidad, las discusiones acerca del «carácter socialista» del derecho a la tierra, etc., sólo sirven para oscurecer y encubrir una cuestión histórica realmente importante y seria: la diferencia de intereses entre la burguesía liberal y el campesinado revolucionario en la revolución burguesa rusa; en otras palabras, la tendencia liberal y la democrática, la tendencia «conciliadora» (monárquica) y la republicana en esta revolución. Precisamente esta cuestión fue planteada por «La Campana»{104} de Herzen, si se mira la esencia del asunto y no las frases, si se investiga la lucha de clases como base de las «teorías» y doctrinas, y no al revés.

Herzen creó una prensa rusa libre en el extranjero; en ello reside su gran mérito. «La Estrella Polar»{105} retomó la tradición de los decembristas. «La Campana» (1857-1867) se alzó como una montaña en defensa de la liberación de los campesinos. El silencio servil fue roto.

Pero Herzen pertenecía al medio de los terratenientes, de los señores. Abandonó Rusia en 1847; no vio al pueblo revolucionario y no pudo creer en él. De ahí su apelación liberal a «los de arriba». De ahí sus innumerables cartas melosas en «La Campana» a Alejandro II el Verdugo, que hoy no pueden leerse sin repugnancia. Chernyshevski, Dobroliúbov, Serno-Soloviévich, que representaban a la nueva generación de revolucionarios raznochintsi (plebeyos), tenían mil veces razón al reprochar a Herzen estas desviaciones del democratismo hacia el liberalismo. Sin embargo, la justicia obliga a decir que, pese a todas las vacilaciones de Herzen entre el democratismo y el liberalismo, el demócrata prevalecía en él.

Cuando uno de los tipos más repugnantes de la grosería liberal, Kavelin, que antes se entusiasmaba con «La Campana» precisamente por sus tendencias liberales, se alzó contra la constitución, atacó la agitación revolucionaria, se alzó contra «la violencia» y los llamamientos a ella, y se puso a predicar la paciencia, Herzen rompió con ese sabio liberal. Herzen se abalanzó sobre su «raquítico, absurdo y nocivo panfleto», escrito «para guía no pública de un gobierno que coquetea con el liberalismo», contra las «sentencias político-sentimentales» de Kavelin, que presentan «al pueblo ruso como un animal y al gobierno como una inteligencia». «La Campana» publicó un artículo titulado «Oración fúnebre», en el que fustigaba a «los profesores que tejen la podrida telaraña de sus pequeñas y arrogantes ideas, ex profesores, antes cándidos y luego amargados, al ver que la juventud sana no puede simpatizar con su pensamiento escrofuloso». Kavelin se reconoció de inmediato en ese retrato.

Cuando detuvieron a Chernyshevski, el vil liberal Kavelin escribió: «Las detenciones no me parecen indignantes… el partido revolucionario considera buenos todos los medios para derribar al gobierno, y éste se defiende con los suyos». Y Herzen respondía precisamente a este kadete, diciendo a propósito del proceso de Chernyshevski: «Y aquí hay hombres miserables, hombres-hierba, hombres-babosas que dicen que no hay que insultar a esa banda de bandidos y canallas que nos gobierna».

Cuando el liberal Turguénev escribió una carta privada a Alejandro II asegurándole sus sentimientos de fidelidad servil y donó dos piezas de oro para los soldados heridos al sofocar la insurrección polaca, «La Campana» escribió sobre «una Magdalena canosa (de sexo masculino) que escribía al soberano que no podía dormir, atormentada porque el soberano ignoraba el arrepentimiento que la embargaba». Y Turguénev se reconoció de inmediato.

Cuando toda la caterva de liberales rusos se apartó de Herzen por defender a Polonia, cuando toda la «sociedad culta» volvió la espalda a «La Campana», Herzen no se turbó. Continuó defendiendo la libertad de Polonia y fustigando a los pacificadores, verdugos y ahorcadores de Alejandro II. Herzen salvó el honor de la democracia rusa. «Salvamos el honor del nombre ruso —escribió a Turguénev—, y por ello sufrimos a manos de la mayoría servil».

Cuando llegó la noticia de que un campesino siervo había matado a un terrateniente por atentar contra el honor de su novia, Herzen añadía en «La Campana»: «¡Y magníficamente hecho!». Cuando se comunicaba que se introducían jefes militares para una «liberación» «tranquila», Herzen escribía: «El primer coronel inteligente que con su destacamento se una a los campesinos, en lugar de ahogarlos, se sentará en el trono de los Románov». Cuando el coronel Reitern se suicidó en Varsovia (1860) para no ser cómplice de los verdugos, Herzen escribió: «Si hay que fusilar, hay que fusilar a esos generales que ordenan disparar contra los desarmados». Cuando fueron muertos 50 campesinos en Bezdna y ejecutado su cabecilla Antón Petrov (12 de abril de 1861){106}, Herzen escribió en «La Campana»:

«¡Oh, si mis palabras pudieran llegar a ti, trabajador y mártir de la tierra rusa!… ¡cómo te enseñaría a despreciar a tus pastores espirituales, puestos sobre ti por el sínodo de Petersburgo y el zar alemán… Tú odias al terrateniente, odias al funcionario, les temes —y con toda razón—; pero aún crees en el zar y en el obispo… no les creas. El zar está con ellos, y ellos con él. Ahora lo ves, tú, padre del joven asesinado en Bezdna, tú, hijo del padre asesinado en Penza… Tus pastores son ignorantes como tú, pobres como tú… Así fue aquel otro Antonio que sufrió por ti en Kazán (no el obispo Antonio, sino Antón el de Bezdna)… Los cuerpos de tus santos no harán cuarenta y ocho milagros, la oración a ellos no curará el dolor de muelas; pero el recuerdo vivo de ellos puede obrar un solo milagro: tu liberación».

De aquí se ve cuán vil y bajamente calumnian a Herzen nuestros liberales, atrincherados en la prensa «legal» servil, ensalzando los lados débiles de Herzen y silenciando los fuertes. No es culpa de Herzen, sino su desgracia, el que no pudiera ver al pueblo revolucionario en la propia Rusia en los años 40. Cuando lo vio en los 60, se puso sin miedo del lado de la democracia revolucionaria contra el liberalismo. Luchó por la victoria del pueblo sobre el zarismo, y no por un pacto de la burguesía liberal con el zar terrateniente. Alzó la bandera de la revolución.

Al honrar a Herzen, vemos claramente tres generaciones, tres clases que actuaron en la revolución rusa. Primero —los nobles y terratenientes, los decembristas y Herzen. Es estrecho el círculo de estos revolucionarios. Están terriblemente lejos del pueblo. Pero su causa no se perdió. Los decembristas despertaron a Herzen. Herzen desplegó la agitación revolucionaria.

Los revolucionarios raznochintsi, desde Chernyshevski hasta los héroes de «La Voluntad del Pueblo»{107}, la recogieron, la ampliaron, la fortalecieron, la templaron. El círculo de los luchadores se hizo más amplio, más estrecho su vínculo con el pueblo. «Los jóvenes timoneles de la futura tempestad», los llamó Herzen. Pero aún no era la tempestad misma.

La tempestad es el movimiento de las masas mismas. El proletariado, la única clase consecuentemente revolucionaria, se alzó a la cabeza de ellas y por primera vez levantó a millones de campesinos a la lucha revolucionaria abierta. El primer embate de la tempestad fue en 1905. El siguiente empieza a crecer ante nuestros ojos.

Honrando a Herzen, el proletariado aprende de su ejemplo el gran valor de la teoría revolucionaria; aprende a comprender que la entrega abnegada a la revolución y la prédica revolucionaria al pueblo no se pierden incluso cuando décadas enteras separan la siembra de la cosecha; aprende a determinar el papel de las distintas clases en la revolución rusa e internacional. Enriquecido con estas lecciones, el proletariado se abrirá camino hacia la libre unión con los obreros socialistas de todos los países, aplastando a esa alimaña, la monarquía zarista, contra la cual Herzen fue el primero en alzar la gran bandera de lucha dirigiéndose a las masas con la palabra rusa libre.

«Sotsial-Demokrat» nº 26, 8 de mayo (25 de abril) de 1912.

Se imprime según el texto del periódico «Sotsial-Demokrat».