I

La conferencia de los trudoviques, de la que ya hemos hablado y sobre la cual se ha informado en varios periódicos (entre otros, en *Rech* del 28 de marzo), reviste una importancia especial desde el punto de vista de la definición partidaria de toda la campaña electoral para la IV Duma. Después del bloque de los liberales moderados (los kadetes y los “progresistas sin partido”) y después de las decisiones de la democracia obrera acerca de su táctica en las elecciones, quedaban por “definirse” únicamente los trudoviques para que el cuadro estuviera completo.

Ahora, todas las clases de la sociedad rusa, en la persona de todos los partidos políticos que tienen alguna seriedad y merecen alguna atención, han definido su posición en la campaña electoral. Y si para los partidos burgueses, en especial para los que se han instalado “sólidamente” en el edificio del régimen del 3 de junio, las elecciones son ante todo un momento de intensa publicidad, para la democracia obrera, para los marxistas, la tarea principal de la campaña electoral consiste en explicar al pueblo la esencia de los distintos partidos políticos, quiénes y qué defienden, qué intereses reales, vitales, guían a uno u otro partido, qué clases de la sociedad se ocultan tras uno u otro letrero.

Desde este punto de vista, tendremos que detenernos repetidamente en la conferencia de los trudoviques, y debemos prestar especial atención, en interés de la clase obrera, precisamente a la cuestión de principio que acabamos de señalar. Tanto los partidos de las Centurias Negras, los partidos de derecha, como los liberales (los kadetes), se limitan a silenciar esta cuestión o tergiversan de mil maneras su planteamiento y su solución; y esto se hace no por incomprensión o mala intención de individuos aislados, sino porque los intereses de clase de los terratenientes y de la burguesía los obligan a tergiversar la esencia de los partidos campesinos y obreros.

A su vez, los trudoviques, partido fundamentalmente campesino, no tienen interés en silenciar la cuestión, aunque sea solo de en qué se diferencia el liberalismo de la democracia, pero la resuelven de manera incorrecta. Desde el punto de vista del campesino, es decir, del pequeño propietario, no es posible resolverla correctamente; solo desde el punto de vista del obrero asalariado ha sido resuelta esta cuestión: de ello da testimonio no solo la teoría, la ciencia, sino también la experiencia de todos los países europeos, toda la historia económica y política de los partidos europeos, especialmente a lo largo del siglo XIX.

Fíjense tan solo en cómo hablan los liberales de los trudoviques y los trudoviques de sí mismos. El periódico liberal *Rech*, órgano principal del partido k.‑d., dice que los trudoviques son los que más han sufrido a causa del cambio de la ley electoral del 3 de junio de 1907, que su táctica “no puede diferenciarse de manera apreciable” de la táctica de los k.‑d., pues los kadetes, vean ustedes, pueden “repetir” y repiten casi todo lo dicho por los trudoviques. “Por último, acuerdos electorales con los trudoviques podrían ser necesarios —escribe *Rech*— acaso solo en localidades aisladas, y además muy poco numerosas”.

Ahonden en esta apreciación y verán que es la apreciación de un burgués liberal, a quien la ley del 3 de junio apartó de la hegemonía (que le correspondía según la ley del 11 de diciembre de 1905{94}), pero al mismo tiempo le concedió un respetable rinconcito opositor, a salvo de la democracia. Ustedes no nos importan, señores trudoviques, y no los tomamos en serio: he aquí el verdadero sentido de la declaración de *Rech*. ¿Por qué no nos importan? Porque la ley del 3 de junio los ha debilitado en las elecciones.

Para cualquier demócrata, y en particular para cualquier obrero, importan no los partidos que gozan de monopolio o privilegio en virtud de la ley electoral vigente, sino aquellos que representan a las amplias masas de la población, en particular de la población trabajadora y explotada. Pues bien, de estas masas, precisamente, protegió al burgués liberal la ley del 3 de junio; por eso esas masas no le importan. Los abogados y periodistas liberales necesitan escaños en la Duma; los burgueses liberales necesitan el reparto del poder con los purishkévich: esto es lo que necesitan, mientras que el desarrollo del pensamiento político independiente de las masas campesinas, el desarrollo de su actividad propia como clase, no solo no lo necesita el liberal, sino que es, lisa y llanamente, peligroso para él. El liberal necesita un elector; los liberales necesitan una multitud que confíe en ellos y vaya tras ellos (para obligar a los purishkévich a apretarse), pero el liberal teme la independencia política de la multitud.

¿Por qué, entonces, no teme a los trudoviques, que en calidad de partido “independiente”, especialmente cercano al campesinado, es decir, a la inmensa mayoría de la población, representan no el liberalismo, sino la democracia burguesa? ¡Precisamente porque los trudoviques son demócratas insuficientemente independientes respecto de los liberales, incapaces de luchar contra los liberales por la influencia sobre las masas! Es obligatorio detenerse centenares y centenares de veces en este importantísimo problema de la política contemporánea en Rusia, si se toma esta política en serio, con honradez, con criterio de principios, y no en el sentido charlatán (y también liberal) de la caza de mandatos. Mientras la tarea histórica de la época en Rusia siga siendo su transformación política en sentido democrático, el quid de la cuestión de esta transformación consistirá inevitablemente en que masas muy amplias, las más amplias masas de la población, se hagan conscientemente demócratas, es decir, adversarios plenamente definidos, consecuentes, decididos, de toda estrechez, limitación, medianía, cobardía del liberalismo. Y no es un obrero consciente aquel que no ha comprendido que no se puede ser un luchador consecuente por la abolición de la esclavitud asalariada sin asimilar y encarnar en la vida esta tarea política de nuestro tiempo.

Cuando los liberales, los kadetes, dicen que su “táctica” no se diferencia “de manera apreciable” de la trudovique, manifiestan la ignorancia más flagrante o la mentira más desvergonzada. Cada página de la historia política de Rusia en el último decenio contiene centenares y miles de refutaciones de esta mentira. La historia reciente de Rusia nos muestra, en nuestra propia experiencia rusa, que la diferencia entre el liberalismo y la democracia campesina es inconmensurablemente más profunda que cualesquiera cuestiones de “táctica”; pues esta diferencia ha aflorado siempre y sin excepción en los últimos, digamos, ocho años, a pesar de que la marcha de los acontecimientos ha provocado repetidas veces los virajes más bruscos de la “táctica”; esta diferencia es inconmensurablemente más profunda que cualesquiera “programas”, pues los programas expresan solo lo que piensan los hombres más avanzados de una clase sobre sus tareas y su situación. No las opiniones de los hombres avanzados, sino las acciones de las masas de millones de seres nos han mostrado la diferencia radical en la situación económica y política actual de la burguesía liberal, por un lado, y del campesinado democrático-burgués, por otro. De aquí la diferencia radical de los intereses de clase en relación con las “fuerzas dominantes” de la Rusia actual. De aquí la diferencia radical en todos los puntos de partida y en toda la envergadura de la actividad política.

Tanto al liberal como al trudovique puede parecerles que son correligionarios políticos, pues ambos están “contra Purishkévich”. Pero desciendan un poquito más al fondo, desde esas opiniones de los políticos hasta la situación de clase de las masas, y verán que la burguesía liberal, en la vida real, comparte los privilegios políticos con los purishkévich, y solo discuten sobre si los purishkévich deben poseer dos tercios de esos privilegios y los miliukov un tercio, o al revés. Tomen la “vida”, tomen la situación económica del campesinado ruso actual como capa de pequeños propietarios en la agricultura, y verán que no se trata en absoluto del reparto de privilegios políticos, ni de privilegios políticos en general, que aquí la palabra “vida” hay que ponerla entre comillas, pues la propia existencia de los purishkévich significa la muerte por inanición de millones de tales pequeños propietarios.

En la Rusia moderna hay dos burguesías. Una es una capa muy estrecha de capitalistas maduros y demasiado maduros, que en la persona del octubrista y del kadete se ocupan, en los hechos, de repartirse entre ellos y los purishkévich el actual poder político, los actuales privilegios políticos. La palabra *actuales* hay que entenderla en un sentido bastante amplio, incluyendo aquí, por ejemplo, tanto los privilegios que hoy protege la ley del 3 de junio de 1907, como los que ayer protegía la ley del 11 de diciembre de 1905.

La otra burguesía es una capa muy amplia de pequeños y, en parte, medianos propietarios, completamente inmaduros, pero que se afanan enérgicamente por madurar, principalmente campesinos, que en los hechos tienen que resolver una cuestión que no es en absoluto la de los privilegios en la época actual de la vida histórica de Rusia, sino la de no morir de hambre a manos de los purishkévich. Y esta es precisamente la cuestión de las bases mismas del poder de los purishkévich en general, de las fuentes de cualquier poder de los purishkévich.

Toda la historia de la liberación política de Rusia es la historia de la lucha de la primera y la segunda tendencia burguesa. Todo el sentido de miles y miles de hermosas palabras sobre la libertad y la igualdad, sobre la distribución “igualitaria” de la tierra y sobre el “populismo”, se reduce a la lucha de estas tendencias burguesas. Como resultado de la lucha se obtendrá inevitablemente una Rusia completamente burguesa, teñida por entero o predominantemente de uno de esos dos “colores”. No hace falta decir que para el obrero asalariado esta lucha no es, ni mucho menos, indiferente; al contrario, si es consciente, interviene en ella del modo más enérgico, esforzándose por que el campesino vaya tras él y no tras el liberal.

Precisamente a esto se reducen también las cuestiones que la conferencia de los trudoviques no pudo dejar de abordar. De estas cuestiones hablaremos detalladamente en próximos artículos. Por ahora, resumamos brevemente lo dicho. La cuestión de los trudoviques y los kadetes es una de las cuestiones más grandes de toda la liberación política de Rusia. No hay nada más vulgar que reducir esta cuestión a la “fuerza” de unos u otros partidos dentro del sistema del 3 de junio, a la “calculabilidad” de tales o cuales acuerdos en las elecciones según ese sistema. Por el contrario, la cuestión concreta de los acuerdos, segundas vueltas, etc., solo puede ser resuelta correctamente desde el punto de vista del obrero asalariado si se han comprendido las raíces de clase de uno y otro partido, de los demócratas burgueses (trudoviques) y del liberalismo burgués (k.‑d., “progresistas”, etc.).

II

La conferencia de los trudoviques planteó toda una serie de problemas políticos muy interesantes y aleccionadores. Actualmente tenemos un excelente comentario a sus resoluciones: el artículo del señor V. Vodovózov sobre el “Programa electoral del grupo trudovique”, en el núm. 13 del semanario petersburgués *Zaprosy Zhizni*{95}, editado con la participación directa de los señores Kovalevski y Blank. El comentario del señor Vodovózov es “excelente”, por supuesto, no desde nuestro punto de vista, sino porque transmite correctamente las opiniones y aspiraciones de los trudoviques. Todo el que se interese por la significación de las fuerzas sociales democráticas de Rusia debe prestar la mayor atención al artículo del señor Vodovózov.

“El grupo trudovique —escribe— parte de la convicción de que, en el momento histórico actual, los intereses del campesinado, de la clase obrera y de la intelectualidad trabajadora no solo no se contradicen entre sí, sino que son casi idénticos; por eso, un solo partido podría perfectamente servir a los intereses de estas tres clases sociales. Pero, en virtud de las condiciones históricas, la clase obrera encontró su representación en la persona del partido socialdemócrata, y por ello el grupo trudovique tuvo que convertirse, de modo natural, en representante político preferentemente del campesinado. Y así fue.”

Aquí se ve de inmediato el error fundamental que comparten todos los populistas, incluso los más “izquierdistas”. Ellos parten de una “convicción” que contradice todas las verdades de la ciencia económica y toda la experiencia de los países que han vivido épocas similares a la actual en Rusia. Ellos siguen manteniendo estas “convicciones” incluso cuando la experiencia de la historia rusa los obliga a reconocer que también en nuestro suelo esas convicciones son refutadas por la marcha de los acontecimientos.

La segunda frase de los trudoviques contradice a la primera. Si un solo partido pudiera servir a los intereses tanto de la clase obrera como del campesinado, ¿de dónde habría surgido entonces un partido propio de la clase obrera? Y si este partido se creó y se consolidó en un período especialmente importante, especialmente crítico de la historia rusa (1905), si incluso los trudoviques tienen que reconocer ante sí mismos que la clase obrera “encontró” su partido “en virtud de las condiciones históricas”, eso significa que las “convicciones” de los trudoviques han sido refutadas por la “fuerza de las condiciones históricas”.

Si los trudoviques resultaron ser un partido del campesinado, mientras que según sus convicciones no deberían ser solo un partido campesino, eso significa que sus convicciones son erróneas, representan una ilusión. Y esta ilusión es exactamente igual que la ilusión de todos los partidos democrático-burgueses de Europa en el período de lucha contra el feudalismo y el absolutismo. De una u otra forma, predominaba la idea de los “partidos por encima de las clases”, y la “fuerza de las condiciones históricas” refutaba invariablemente esta idea, destruía esta ilusión. Las tentativas o los intentos de abarcar a clases diferentes “con un solo partido” son propias justamente del democratismo burgués de la época en que este debía ver a su principal enemigo atrás y no adelante, en los señores feudales y no en el proletariado.

La pretensión de “abarcar” a clases diferentes emparenta a los trudoviques con los kadetes: estos también quieren ser un partido supraclasista, estos también aseguran que “son casi idénticos los intereses” de la clase obrera, del campesinado y de la intelectualidad trabajadora. ¡Y por intelectualidad trabajadora entienden incluso a los señores Maklákov! El obrero consciente luchará siempre contra toda idea de partidos supraclasistas, contra toda difuminación del abismo de clase entre los obreros asalariados y el pequeño propietario.

Pero si la semejanza de los trudoviques con los kadetes consiste en que unos y otros comparten los prejuicios burgueses acerca de la posibilidad de fusión de clases diferentes, la diferencia entre ellos estriba en hacia qué clase empuja la marcha de los acontecimientos a uno y otro partido, en contra de sus deseos, a veces en contra de la conciencia de algunos de sus miembros. A los trudoviques, la historia les ha enseñado a estar más cerca de la verdad, a decir que son un partido campesino. Los kadetes siguen llamándose demócratas, siendo de hecho liberales contrarrevolucionarios.

Lamentablemente, esta última verdad no es comprendida por los trudoviques con claridad ni mucho menos; tan poca claridad, que en las resoluciones oficiales de su conferencia no hay ninguna caracterización de los kadetes en absoluto. En las resoluciones oficiales se habla solamente de acuerdos “en primer lugar con los socialdemócratas, y después con los k.‑d.”. Esto es insuficiente. La cuestión de los acuerdos electorales solo puede ser resuelta de manera correcta, consecuente y con principios, si se esclarece plenamente cuál es la naturaleza de clase de los partidos que se ponen de acuerdo, en qué consiste la divergencia fundamental entre ellos y la coincidencia temporal de intereses.

Sobre esto se habla únicamente en el comentario del señor Vodovózov. *Rech*, al señalar y comentar su artículo, se esforzó precisamente en ocultar por completo a los lectores estos puntos. Nosotros consideramos que es obligatorio detenerse atentamente en estos puntos.

“El grupo trudovique —escribe el señor Vodovózov— comprendía bien que el régimen ruso contemporáneo es un régimen de absolutismo y arbitrariedad, y por eso condenaba de manera tajante todas las intervenciones con las cuales el partido k.‑d. quería proclamar urbi et orbi[25] la existencia en Rusia de un régimen constitucional, y consideraba negativamente los solemnes recibimientos organizados a los representantes de los parlamentos inglés y francés para hacer manifestaciones sobre el constitucionalismo ruso. Para el grupo trudovique no había duda de que solo una transformación radical y profunda de todo el régimen estatal y social puede sacar a Rusia al camino de un desarrollo correcto y sano; por eso veía con simpatía todas las manifestaciones en nuestra vida social de esa convicción. Precisamente esta convicción abría un profundo abismo entre ella y el partido k.‑d.”… Y un poco más adelante se repite la misma idea sobre “el evolucionismo pacífico de los kadetes y la táctica de los k.‑d. creada por ese evolucionismo”, “que siempre alejó más a los trudoviques de los k.‑d. que de los socialdemócratas”.

Es comprensible por qué el kadete *Rech* tuvo que esforzarse en ocultar a sus lectores este razonamiento. Aquí está expresado con claridad el deseo de trazar una línea divisoria entre el democratismo y el liberalismo. La línea, indudablemente, existe, pero el señor Vodovózov, aunque habla de un “profundo abismo”, entiende esa línea de un modo demasiado poco profundo. En su exposición, la diferencia resulta ser, en esencia, de táctica y de apreciación del momento: los trudoviques, por una transformación radical; los kadetes, evolucionistas pacíficos; los trudoviques consideran que tenemos un régimen de absolutismo, y los kadetes, que existe, gracias a Dios, una constitución. ¡Una diferencia de este tipo puede existir entre el ala derecha y el ala izquierda de una misma clase!

¿Se limita a esto la diferencia entre trudoviques y kadetes? ¿Acaso no ha reconocido el propio señor Vodovózov que los trudoviques son un partido del campesinado? ¿No hay en la situación de clase del campesinado, en relación, aunque sea, con Purishkévich y el purishkevichismo, rasgos que lo distinguen de la situación de la burguesía liberal?

Si no es así, la diferencia entre trudoviques y kadetes es poco profunda incluso desde el punto de vista de la actitud hacia el feudalismo y el absolutismo. Si es así, entonces hay que poner en primer plano precisamente la diferencia de intereses de clase, y no la diferencia de “opiniones” sobre el absolutismo y la constitución o sobre la evolución pacífica.

Los trudoviques quieren ser más radicales que los kadetes. Esto es muy bueno. Pero su radicalismo sería más consecuente y más profundo si comprendieran con claridad la esencia de clase de la burguesía liberal-monárquica, si dijeran directamente en su plataforma del liberalismo contrarrevolucionario de los kadetes.

Es en vano, por tanto, que el señor Vodovózov se “justifica” aludiendo a obstáculos externos, en virtud de los cuales los trudoviques “se vieron obligados a elaborar una resolución en la que los puntos más esenciales estaban ocultos tras una referencia, no del todo clara para la mayoría de los lectores, a la ‘plataforma del grupo trudovique’, poco accesible a ellos”. En primer lugar, los trudoviques no estaban obligados a limitarse a la tribuna protegida por dichos obstáculos; al limitarse a ella, exactamente igual que nuestros liquidadores, revelan con ello la insuficiente profundidad de su diferenciación respecto a los kadetes. En segundo lugar, existía la más plena posibilidad, en cualquier tribuna, de formular la esencia de clase del liberalismo k.‑d. y su carácter contrarrevolucionario.

Vemos, por consiguiente, que las vacilaciones de los trudoviques entre los k.‑d. y los socialdemócratas no son casuales, sino que emanan de condiciones muy profundas y radicales en las que se encuentra el campesinado. La posición intermedia, al margen de la lucha directa entre el burgués y el proletario, alimenta ilusiones sobre un partido por encima de las clases o supraclasista. Los prejuicios burgueses comunes, propios del propietario y del pequeño propietario, emparentan a los trudoviques y a los kadetes. De ahí la insuficiente consecuencia de los trudoviques como demócratas burgueses, incluso en su lucha contra las bases del poder de los purishkévich.

La tarea de los obreros conscientes es contribuir a la cohesión de una democracia campesina lo menos dependiente posible de los liberales y que se someta lo menos posible a su influencia, lo más consecuente y decidida posible. La situación de las masas enormes del campesinado es tal que las aspiraciones a una “transformación radical y profunda”, formuladas por el señor Vodovózov, tienen raíces extraordinariamente sólidas, ampliamente ramificadas y profundamente hundidas en el suelo.

*Zvezdá*, núms. 27 (63) y 32 (68); 8 y 19 de abril de 1912. Firmado: P. P.