Los periódicos informaron ya hace varios días acerca de la reunión celebrada en Moscú el 18 de marzo entre los «progresistas sin partido», por un lado, y los kadetes, por el otro.

El editorial oficioso del oficioso *Rech* (del 21 de marzo) confirma el hecho de la reunión y lo evalúa. En esta evaluación, con un mínimo de atención, es fácil distinguir la esencia del asunto, celosamente disimulada, y el velo que sirve para guardar las apariencias.

La esencia reside en que tanto los progresistas como los kadetes, siendo grupos oposicionistas, «pertenecen a aquella parte de la oposición que se caracteriza con el nombre de “responsable”». Así lo dice *Rech*. Los kadetes no pueden, en consecuencia, dejar de reconocer que dentro de la oposición existen dos «partes»: una que merece el nombre de «responsable», y la otra que no merece tal nombre. Este reconocimiento por parte de los kadetes nos conduce directamente al punto central del problema.

Al hablar de oposición «responsable» —que con mayor frecuencia y aún mejor se caracteriza con los célebres lemas «londinenses» de Miliukov sobre la oposición en caso genitivo—, los kadetes se separan con ello a sí mismos y a grupos similares de la democracia, es decir, de los trudoviques y de los obreros. En la práctica, por oposición «responsable» se entiende el centro burgués liberal-monárquico, situado a medio camino entre la democracia, por un lado, y el absolutismo junto con la propiedad latifundista feudal, por el otro. Este centro burgués liberal-monárquico, que teme aún más a la democracia consecuente que a la llamada «reacción», apareció hace ya mucho tiempo en la arena política rusa. Ha atravesado una historia tan larga y aleccionadora que sería completamente inadmisible engañarse respecto a su verdadera naturaleza, y más aún guardar silencio o excusarse con el desconocimiento.

Este centro se perfiló con toda nitidez en la época de la caída de la servidumbre. Durante el lapso de casi medio siglo que separa aquella época de 1905, la burguesía liberal-monárquica, tanto en los zemstvos como en la representación municipal, en la escuela y en la prensa, creció y se constituyó como una magnitud suficientemente definida. La crisis del viejo régimen en 1905 y la entrada abierta en escena de todas las clases en Rusia dieron forma definitiva y consolidaron partidariamente al centro burgués liberal-monárquico, con su flanco derecho (los octubristas) y su flanco izquierdo (los kadetes). La separación de este centro respecto a la democracia fue la más tajante y se produjo en todos los ámbitos de la vida social, en todos los «virajes bruscos» de 1905-1907, aunque no todos los demócratas, y ni siquiera todos los demócratas obreros, comprendieron la esencia y la significación de esta separación.

La burguesía rusa está ligada por miles de vínculos económicos tanto a la vieja gran propiedad agraria como a la vieja burocracia. Además, la clase obrera de Rusia se mostró suficientemente independiente y capaz de defenderse por sí misma, más aún: capaz de dirigir a la democracia en contra del liberalismo. He ahí por qué nuestra burguesía se volvió liberal-monárquica y antidemocrática, antinacional. He ahí por qué teme más a la democracia que a la reacción. He ahí por qué vacila constantemente, maniobra, traiciona a la primera en favor de la segunda. He ahí por qué se hizo contrarrevolucionaria después del año cinco y obtuvo un «lugarcito» en el sistema del 3 de junio. Si los octubristas se convirtieron en un partido gubernamental (con permiso y bajo vigilancia de los Purishkévich), los kadetes se volvieron una oposición tolerada.

La decisión de la conferencia kadete de permitir bloques con los octubristas «de izquierda» (¡no se rían!) y la actual unión «informal» de los kadetes con los «progresistas sin partido» —todo esto no son más que eslabones de una larga cadena, etapas de la concentración del centro burgués liberal-monárquico.

Pero la oposición, ante las elecciones, no puede dejar de cubrirse con ropajes «democráticos». El kadete, dispuesto a pescar votos no solo de la grande y mediana burguesía, sino también de la pequeña burguesía democrática, de los dependientes, etc., se ve forzado a subrayar que es miembro del «partido de la libertad del pueblo», ¡«demócrata constitucional», así, sin bromas! El partido kadete, siendo en realidad el partido del liberalismo monárquico moderado, se engalana antes de las elecciones y para las elecciones con atavíos democráticos, echa un velo sobre su acercamiento a los «progresistas sin partido» y a los octubristas «de izquierda».

De ahí las numerosas contorsiones y astucias diplomáticas de *Rech*, sus grandilocuentes declaraciones de que «el partido de la libertad del pueblo no se adaptará a las circunstancias», etc., etc. Por supuesto, esto solo da risa. Toda la historia del partido kadete es una continua mofa de su programa, una continua «adaptación» a las circunstancias en el peor sentido de la palabra. «En otras condiciones políticas, cuando el partido de la libertad del pueblo hubiese podido desplegar —escribe *Rech*— todo su programa en una institución legislativa, por supuesto, los llamados “progresistas” serían sus adversarios, tal como lo fueron en los momentos más álgidos del pasado reciente».

Difícilmente se pondrán a discutir los señores kadetes que la época de la segunda Duma fue un momento más álgido. Pero no solo los progresistas, sino también elementos mucho más derechistas eran entonces no adversarios, sino aliados de los kadetes contra la democracia. Y más tarde, en la III Duma, se hicieron declaraciones democráticas que iban mucho más lejos que cualquier punto del programa kadete, lo que significa que el partido kd. bien «hubiese podido desplegar todo su programa» incluso en una «institución legislativa» como la III Duma. Si el partido kd. no lo hizo, la culpa no es en absoluto de las «condiciones políticas» —no digas: no puedo, sino di: ¡no quiero!— sino del completo alejamiento de los kadetes respecto a la democracia. Los kadetes bien hubieran podido desplegar todo su programa, pero su viraje atrás, alejándose de la democracia, su propio corrimiento a la derecha no se lo permitió.

Las disquisiciones del editorialista de *Rech* sobre el bloque con los progresistas constituyen uno de los muchos ejemplos de cómo los dirigentes de este partido, como Miliukov y otros, llevan de la nariz a los pocos kadetes «de izquierda». A los kadetes de izquierda los alimentan con frases, a los Koliubakin los satisfacen con rimbombantes vocablos sobre el «democratismo», mientras que en realidad orientan por entero su política en un espíritu antidemocrático, en un espíritu de acercamiento y fusión con los progresistas y los octubristas de izquierda. La «división del trabajo» entre los kadetes es exactamente igual a la de todos los parlamentarios burgueses de Europa occidental: que ante el pueblo hablen de «libertad» los Koliubakin y demás «kadetes de izquierda», y en el parlamento, en la política práctica, el partido kd. marche completamente al unísono con los liberales más moderados.

«El nuevo grupo —escriben los liquidacionistas sobre los progresistas— no hace más que consolidar, no hace más que reforzar esa falta de forma política, esa confusión política en la que se halla el elector burgués y que condiciona toda la impotencia política de la burguesía rusa».

La impotencia política de la burguesía rusa no proviene en absoluto de la «falta de forma» del «elector burgués» —así lo pueden pensar únicamente los ilusionistas izquierdo-kadetes—, sino de las condiciones económicas que hacen de la burguesía enemiga de los obreros y esclava de los Purishkévich, una esclava que no va más allá de los refunfuños y las buenas intenciones.

Los parlamentarios izquierdo-kadetes, ya partan de una teoría idealista de la política o del vulgar temor a perder los votos del elector que ha virado a la izquierda y está enconado por los Purishkévich, pueden librar la lucha contra el partido oficial kd. con argumentos tales como que ya es hora de entrar en razón, de acordarse de nuestro programa, de alzarse contra la falta de forma, el filisteísmo, la falta de principios, etc., etc., en el espíritu de las habituales frases democrático-burguesas.

Los marxistas libran la lucha contra los kadetes de todos los matices partiendo de la teoría materialista de la política, explicando los intereses de clase de toda la burguesía que la empujan hacia el programa liberal-monárquico, hacia el acercamiento con los progresistas y los octubristas «de izquierda». Nuestra conclusión, por lo tanto, no será una apelación a la «razón» kadete, a la «memoria» kadete, a los «principios» kadetes, sino la explicación al pueblo de por qué el liberalismo se vuelve contrarrevolucionario y rompe con la democracia. No exclamaremos: ¿entrarán al fin en razón los kadetes, recordarán al fin su programa? Nosotros diremos: ¿comprenderán al fin los demócratas toda la profundidad de su diferencia con los liberales contrarrevolucionarios, con los kadetes? ¿Comprenderán al fin aquellos cuyos intereses económicos no están encadenados ni a la gran propiedad latifundista, ni a los lugarcitos e ingresos de la burocracia, de la abogacía, etc., que en interés de la auténtica libertad del pueblo hay que marchar con la democracia obrera contra los derechistas y contra el partido kd.?

*Zvezdá* nº 23 (59), 29 de marzo de 1912. Firmado: B. K.

Se imprime según el texto del periódico *Zvezdá*