La intervención de los 66 industriales de Moscú{75}, que representan, según los cálculos de cierto periódico moscovita, un capital de quinientos millones de rublos, ha dado pie a una serie de artículos sumamente valiosos y significativos en diversos órganos de prensa. Además de arrojar una luz inusitadamente clara sobre la situación política del momento presente, esos artículos ofrecen un material interesante en relación con muchas cuestiones fundamentales y de principio que atañen a toda la evolución de Rusia en el siglo XX.

He aquí al señor Ménshikov, en *Nóvoye Vremia*, exponiendo el punto de vista de los partidos de derecha y del gobierno:

«¿Cómo es posible que todos esos Riábushinski, Morózov y demás no comprendan que, en caso de un vuelco revolucionario, a todos ellos los colgarán y, en el mejor de los casos, quedarán reducidos a la miseria?». «Esta enérgica frase», dice el señor Ménshikov (*Nóvoye Vremia*, núm. 12549), «la tomo de la carta de un estudiante de un instituto sumamente revolucionario». Y, ya por su cuenta, el autor añade: «Pese a la terrible advertencia de 1905, las clases superiores de Rusia, incluido el comercio, se orientan pésimamente en la catástrofe que se avecina». «¡Sí, señores Riábushinski, Morózov y otros como ellos! A pesar de su flirt con la revolución y de todos los certificados de liberalismo que se apresuran a granjearse, precisamente ustedes serán los primeros en caer víctimas del vuelco que se prepara. A ustedes los colgarán los primeros: no por crimen alguno, sino por lo que a ustedes les parece una virtud: simplemente por poseer ese medio millardo del que tanto se ufanan». «La burguesía liberal, incluidos la nobleza media, la burocracia y el comercio, marcha despreocupadamente hacia el borde del abismo revolucionario junto con sus títulos, sus grados y sus capitales». «Si los instigadores liberales de la revuelta llegan por fin a verse arrastrados al patíbulo, que recuerden cuán blando fue con ellos el viejo poder estatal, con qué solicitud los escuchaba, cómo los cortejaba y qué pocas pretensiones manifestaba respecto a sus cabezas huecas. Que, precisamente en esa hora negra para ellos, comparen los beneficios del régimen radical con los del viejo, el patriarcal».

Esto lo escribe un oficioso no oficial del gobierno el 17 de febrero, el mismo día en que el oficioso oficial, *Rossía*, se desvive por demostrar, con ayuda de *Golos Moskví*, que la «salida de tono» de los 66 «no puede considerarse expresión de la opinión del comercio moscovita». «La asamblea de la nobleza es una organización —escribe *Rossía*—, mientras que los 66 comerciantes, que dicen de sí mismos haber actuado como personas privadas, no son una organización.»

¡Es incómodo tener dos oficiosos! El uno desmiente al otro. El uno demuestra que la «salida de tono» de los 66 no puede considerarse expresión de la opinión ni siquiera del comercio moscovita. Y el otro demuestra que la «salida de tono» tiene un significado mucho más amplio, que sirve de expresión no sólo del comercio moscovita, sino de toda la burguesía liberal rusa en general. El señor Ménshikov se encarga, en nombre del «viejo poder estatal», de prevenir a esa burguesía liberal: ¿acaso no nos desvelamos por ti?

Seguramente no hay un solo país en Europa donde, a lo largo del siglo XIX, no resonara centenares de veces ese llamamiento del «viejo poder estatal», así como de la nobleza y del publicismo reaccionario, dirigido a la burguesía liberal, para que «no instigue»… Y jamás esos llamamientos sirvieron de nada, aunque la «burguesía liberal» no sólo no quería «instigar», sino que, por el contrario, combatía a los «instigadores» con la misma energía y sinceridad con que los 66 comerciantes condenan las huelgas. Tanto las condenas como el llamamiento son impotentes cuando lo que está en juego son todas las condiciones de vida de la sociedad, que obligan a tal o cual clase a sentir lo insoportable de la situación y a hablar de ello. El señor Ménshikov expresa correctamente los intereses y el punto de vista del gobierno y de la nobleza al asustar a la burguesía liberal con la revolución y reprocharle su ligereza. Los 66 comerciantes expresan correctamente los intereses y el punto de vista de la burguesía liberal al hacer reproches al gobierno y condenar a los «huelguistas». Pero los reproches mutuos no son más que un síntoma, que atestigua de modo irrefutable la existencia de grandes «defectos en el mecanismo», el hecho de que, a pesar de todo el deseo del «viejo poder estatal» de satisfacer a la burguesía, de dar un paso hacia ella, de crearle un puestecito muy influyente en la Duma, y a pesar del fortísimo y sincerísimo deseo de la burguesía de acomodarse, convivir, avenirse, adaptarse, ¡la «adaptación» no se produce, a fin de cuentas! Ahí está la esencia, ése es el cañamazo, y los reproches mutuos no son más que los bordados.

El señor Gromobói, en *Golos Moskví*, dirige la necesaria advertencia al «gobierno» (núm. 38 del 17 de febrero, artículo «Una advertencia necesaria»). «Ninguna manifestación del poder 'firme' —escribe—, ningún impulso volitivo dará tranquilidad a la patria mientras no vaya de la mano de reformas que se han demorado demasiado». (No escribe con gran corrección el señor Gromobói, pero el sentido de su discurso es, de todos modos, del todo claro.) «Y la agitación, como consecuencia de la crisis prolongada, no puede ser declarada 'force majeure' para el impago de letras de cambio». (Comparación inconveniente, señor publicista de los comerciantes octubristas: en primer lugar, las letras, en realidad, no están firmadas; y, en segundo lugar, aun cuando lo estuvieran, ¿dónde está ese tribunal de comercio al que podríais recurrir, y quiénes son ese alguacil y los demás capaces de ejecutar el cobro? Piénselo un poco, señor Gromobói, y verá que no sólo el partido octubrista, sino también el partido kadete, son partidos de letras de bronce en política.) «En tal caso, la agitación no hará sino intensificarse... a las revueltas estudiantiles seguirá mucho de lo ya vivido. Si lleváis el barco hacia atrás, volveréis a ver el camino recorrido». «Fue derrotada la apuesta por los débiles, y puede resultar derrotada también la apuesta por los fuertes. El poder no tendrá nada que alegar. Sus cálculos de apaciguamiento pueden disiparse como el humo, sean cuales sean las condiciones de las elecciones». (El señor Gromobói se refiere a las elecciones a la IV Duma.) «Si empiezan a pasar caravanas de oposición a través de esos escollos donde antes sólo flotaban las nieblas del poder, si, habiendo repelido de sí a los elementos moderados, el poder se queda en la soledad, entonces las elecciones se convertirán en su amarga derrota, y todo el orden será sacudido por no ser un orden de derecho».

Ménshikov reprocha a la burguesía que «instigue» la «revolución»; la burguesía reprocha a los Ménshikov que «conducen a la intensificación de la agitación». «Vieja, pero eternamente nueva historia».

El renegado Izgóiev, en el periódico kadete *Rech*, intenta, a propósito del mismo tema, hacer un cierto balance sociológico, sin reparar en lo imprudente que es emprender tal ocupación para los kadetes en general y para los renegados en particular. En su artículo «Confrontación» (del 14 de febrero) compara la asamblea de la nobleza unificada con el pronunciamiento de los 66 comerciantes de Moscú. «La nobleza unificada —escribe— ha caído al nivel de Purishkévich; los industriales moscovitas han empezado a hablar el lenguaje de la razón de Estado». En el pasado —continúa el señor Izgóiev— «la nobleza prestó al pueblo serios servicios culturales», pero «sólo la minoría se ocupaba de la labor cultural, mientras la mayoría la perseguía». «Pero tal es, en general, la ley histórica: sólo la minoría de una clase dada actúa progresivamente».

Muy, muy bien: «tal es, en general, la ley histórica». Así escribe *Rech*, el periódico kadete, por boca del señor Izgóiev. Sin embargo, observando más de cerca, nos enteramos con sorpresa de que las «leyes históricas generales» no extienden su acción más allá de la nobleza feudal y de la burguesía liberal. En efecto. Recordemos *Vekhi*, en la que escribía el mismo señor Izgóiev y con la que polemizaban los más conspicuos kadetes de tal manera que tocaban detalles pero no rozaban lo fundamental, lo principal, lo esencial. Lo esencial en *Vekhi*, compartido por todos los kadetes y expresado miles de veces por los señores Miliukov y Cía., consiste en que las demás clases de Rusia, aparte de la nobleza reaccionaria y la burguesía liberal, se han manifestado (en la primera década del presente siglo) mediante las acciones de su minoría, que sucumbió al «frenesí», arrastrada por «caudillos intelectualoides», incapaz de elevarse al punto de vista «estatal». «Hay que tener, al fin, el valor de confesar —escribía el señor Izgóiev en *Vekhi*— que en nuestras Dumas de Estado la inmensa mayoría de los diputados, con excepción de tres o cuatro decenas de kadetes y octubristas, no ha revelado conocimientos con los que se pudiera abordar la administración y la reconstrucción de Rusia». Esto se dice, como todo el mundo entiende, de los diputados campesinos, trudoviques y de los diputados obreros.

Así pues, «la ley histórica general» consiste en que «sólo la minoría de una clase dada actúa progresivamente». Si actúa una minoría de la burguesía, se trata de una minoría progresiva, justificada por la «ley histórica general». «La autoridad moral se extiende a toda la clase, con tal que la minoría obtenga la posibilidad de trabajar», nos enseña el señor Izgóiev. Pero si actúa una minoría de campesinos u obreros, esto no se corresponde en absoluto con la «ley histórica», no es en absoluto una «minoría progresiva de esa clase», esta minoría no tiene en absoluto «autoridad moral» para hablar en nombre de «toda» la clase: nada de eso, es una minoría descarriada por la «intelectualoidización», antiestatal, antihistórica, desarraigada, etc., tal como está prescrito en *Vekhi*.

A los kadetes en general, y a los vejovtsy en particular, les es arriesgado lanzarse a las generalizaciones, porque cualquier intento suyo de generalizar desenmascara inevitablemente el completísimo parentesco interno de los razonamientos kadetes y los de Ménshikov.

*Rossía* y *Zémshchina*{76} razonan: los 66 comerciantes son una minoría que no representa en absoluto a la clase, que no muestra ni conocimientos ni capacidad «para la administración y la reconstrucción de Rusia», y ni siquiera son comerciantes propiamente dichos, sino «intelectuales» seducidos, etc., etc.

Los Izgóiev y los Miliukov razonan: los trudoviques y los diputados obreros en nuestras, digamos por ejemplo, Dumas de Estado, son una minoría que no representa en absoluto a sus clases (es decir, a las nueve décimas partes de la población), descarriada por la «intelectualoidización», que no muestra ni conocimientos ni capacidad «para la administración y la reconstrucción de Rusia», etc., etc.

¿De dónde proviene ese completísimo parentesco interno de los razonamientos de *Rossía* y *Zémshchina*, por un lado, y de *Rech* y *Rússkiye Védomosti*, por el otro? Proviene de que, pese a toda la diferencia de las clases que representan, ambos grupos de órganos representan a clases ya incapaces de cualquier acción histórica sustancial, independiente, creadora y decisiva. Proviene de que no sólo el primer grupo de órganos, sino también el segundo, no sólo los reaccionarios, sino también los liberales, representan a una clase que teme la actividad histórica independiente de otras capas, grupos y masas más amplias de la población, de otras clases más numerosas.

El señor Izgóiev, en su calidad de renegado «de entre los marxistas», seguramente advertirá aquí una flagrante contradicción: por un lado, reconocer el desarrollo capitalista de Rusia y, en consecuencia, la tendencia inmanente de este desarrollo hacia el dominio máximo pleno y máximo puro de la burguesía tanto en la esfera económica como en la política, y, por otro lado, ¡declarar ya incapaz de una acción histórica independiente y creadora a la burguesía liberal!

Esta «contradicción» es una contradicción de la vida viva, y no una contradicción de un razonamiento incorrecto. La inevitabilidad del dominio burgués no significa en modo alguno que la burguesía liberal sea capaz de manifestaciones de actividad histórica independiente que pudieran librarla del «cautiverio» purishkevichiano. En primer lugar, la historia no marcha en absoluto por un camino tan simple y llano que toda transformación históricamente madura signifique con ello la suficiente madurez y fuerza para llevar a cabo dicha transformación precisamente por aquella clase a la que, en primer término, beneficia. En segundo lugar, además de la burguesía liberal, existe otra burguesía: por ejemplo, todo el campesinado, tomado en su masa, no es otra cosa que la burguesía democrática. En tercer lugar, la historia de Europa nos muestra que ha habido transformaciones burguesas por su contenido social que fueron realizadas por elementos de ningún modo provenientes de la burguesía. En cuarto lugar, la historia de Rusia en el último medio siglo nos muestra lo mismo...

Cuando los ideólogos y jefes del liberalismo empiezan a razonar como razonan los vejovtsy, los Karaúlov, los Maklákov, los Miliukov, esto significa que una serie de condiciones históricas ha provocado en toda la burguesía liberal tal «impulso hacia atrás», tal miedo al movimiento hacia adelante, que este movimiento pasará al margen de ella, a través de ella, a despecho de sus temores. Y una riña como la acusación mutua de Ménshikov por Gromobói y de Gromobói por Ménshikov[14] de «intensificar la agitación», no es más que un síntoma de que ese movimiento histórico hacia adelante empieza a ser sentido por todos...

«La sociedad moderna —escribe en el mismo artículo el señor Izgóiev—, fundada en su entraña sobre el principio de la propiedad privada, es una sociedad clasista y, por ahora, no puede ser otra cosa. El lugar de la clase que decae tiende siempre a ser ocupado por otra clase».

¡Qué lumbrera! —piensa el señor Miliukov al leer semejantes tiradas en su *Rech*—. Es grato, de todos modos, tener a un kadete que a los 25 años fue socialdemócrata y a los 35 «se ha vuelto listo» y se ha arrepentido de sus extravíos.

Es una ocupación imprudente para usted, señor Izgóiev, lanzarse a las generalizaciones. La sociedad moderna es una sociedad clasista, muy bien. ¿Y puede existir en una sociedad clasista un partido supraclasista? Con toda probabilidad, usted adivina que no. Entonces, ¿por qué comete la torpeza de perorar sobre la «sociedad clasista» en el órgano de un partido que precisamente ve su orgullo y su mérito en (y a juicio de quienes, no sólo de palabra y no sólo para la cháchara de folletín, reconocen a la sociedad moderna como clasista; manifiesta su hipocresía o su miopía en que) se declara partido supraclasista?

Cuando vuelve usted el rostro hacia la nobleza unificada y hacia el liberal comercio moscovita, entonces vocifera que la sociedad moderna es una sociedad clasista. Pero cuando tiene usted que volverse, cuando los acontecimientos desagradables (¡ah, terriblemente desagradables!) le obligan, al menos por un breve tiempo, a volver el rostro hacia el campesinado o hacia los obreros, entonces empieza usted a fustigar la estrecha, mortecina, anquilosada, inmoral, materialista, atea y acientífica «doctrina» de la lucha de clases. ¡Ay, mejor sería que no emprendiera usted, señor Izgóiev, generalizaciones sociológicas. ¡Oh, no vayas, Grytsiu, a la vechernitsa!

«...El lugar de la clase que decae tiende siempre a ser ocupado por otra clase...»

No siempre, señor Izgóiev. Ocurre a veces que ambas clases, tanto la que decae como la que «tiende», están ya bastante podridas; una más, otra menos, por supuesto, pero, de todos modos, ambas están bastante podridas. Ocurre a veces que, sintiendo esta su podredumbre, la clase que «tiende» hacia adelante teme dar un paso hacia adelante, y si lo da, entonces forzosamente se apresura a dar dos pasos hacia atrás. Existe una burguesía liberal (por ejemplo, así fue en Alemania y, sobre todo, en Prusia) que teme «ocupar el lugar» de la clase que decae y dirige todos sus esfuerzos a «compartir el lugar» o, mejor dicho, a obtener un puestecito aunque sea en la antesala de los lacayos, pero con tal de no ocupar el lugar del «que decae», con tal de no llevar al que decae hasta la «caída». Ocurre a veces, señor Izgóiev.

En las épocas históricas en que esto sucede, los liberales pueden causar (y causan) el mayor daño a todo el desarrollo social si logran hacerse pasar por demócratas, pues la diferencia entre unos y otros, liberales y demócratas, consiste precisamente en que los primeros temen «ocupar el lugar», y los segundos no lo temen. Tanto unos como otros realizan la transformación burguesa históricamente madura, pero los unos temen realizarla, la frenan con su temor; los otros —compartiendo con frecuencia un cúmulo de ilusiones sobre las consecuencias de la transformación burguesa— ponen todas sus fuerzas y toda su alma en su realización.

Para ilustrar estas consideraciones sociológicas generales, permítaseme citar un ejemplo de un liberal que no tiende, sino que teme «ocupar el lugar» de la clase que decae, y que por ello (consciente o inconscientemente, da igual) engaña de la manera más vil a la población llamándose «demócrata». Este liberal es miembro de la III Duma, el terrateniente A. E. Berezovski I, kadete, que durante los debates agrarios (en 1908) pronunció en la Duma el siguiente discurso, aprobado por el líder del partido, señor Miliukov, quien lo calificó de «magnífico». Recordar este discurso, nos atrevemos a pensar, no estará de más en vista de las próximas elecciones.

«...Según mi profunda convicción —decía el señor Berezovski el 27 de octubre de 1908 en la Duma de Estado, defendiendo el proyecto agrario—, este proyecto es mucho más útil también para los propietarios de tierras, y digo esto, señores, conociendo la agricultura, habiéndome ocupado de ella toda la vida y poseyendo tierras... No hay que sacar fuera de contexto el hecho desnudo de la enajenación forzosa, indignarse, decir que es una violencia, sino que hay que ver en qué desemboca esta proposición, lo que proponían, por ejemplo, en su proyecto 42 miembros de la I Duma de Estado. En él se contenía únicamente el reconocimiento de la necesidad de someter a enajenación, en primer lugar, aquellas tierras que no son explotadas por los propios propietarios, que son cultivadas con aperos campesinos y, por último, que se entregan en arriendo. Después, el partido de la libertad popular apoyaba la formación de comisiones locales que, habiendo trabajado un tiempo determinado, tal vez incluso una serie de años, deben esclarecer qué tierras están sujetas a enajenación, cuáles no lo están y cuánta tierra necesitan los campesinos para su satisfacción. Estas comisiones se constituirían de tal modo que en ellas hubiera una mitad de campesinos y otra mitad de no campesinos, y me parece que en este marco concreto general sobre el terreno se habría esclarecido debidamente tanto la cantidad de tierra apropiada para la enajenación, como la cantidad de tierra necesaria para los campesinos y, por último, los propios campesinos se habrían convencido de en qué medida pueden ser satisfechas sus justas exigencias y en qué grado son a menudo inexactas e infundadas sus aspiraciones de obtener mucha tierra. Luego, este material habría vuelto a la Duma, que lo habría reelaborado; después, este material habría pasado al Consejo de Estado y, por fin, habría llegado a la sanción suprema. Éste es, propiamente, el orden de cosas que, por alguna razón, temió el gobierno, disolvió la Duma y nos ha llevado a la situación actual. El resultado de este trabajo planificado habría sido, sin duda, la satisfacción de las verdaderas necesidades de la población, la consiguiente pacificación y la conservación de las explotaciones culturales, que el partido de la libertad popular jamás ha deseado destruir sin extrema necesidad» (Actas taquigráficas, pág. 398).

Si el señor Izgóiev, que pertenece al mismo partido que el señor Berezovski, escribe en su artículo «Confrontación»: «Rusia es un país democrático y no puede tolerar oligarquía alguna, ni nueva ni vieja», entonces comprendemos perfectamente ahora el sentido de semejantes discursos. Rusia no es en absoluto un país democrático y nunca, en ningún caso, podrá llegar a ser un país democrático mientras círculos más o menos amplios de la población consideren democrático a un partido como el de los kadetes. Ésta es una amarga verdad, mil veces más necesaria para el pueblo que la dulce mentira que dicen los representantes de la oligarquía liberal a medias, débil de carácter y sin principios, los señores kadetes. Recordar esta amarga verdad es tanto más necesario cuanto que pasan a primer plano del día «altercados» como los altercados de los Ménshikov con los 66 y con Gromobói.

*Zvezdá*, núm. 11, 26 de febrero de 1911. Firmado: V. Ilín

Se publica según el texto del periódico *Zvezdá*.