El partido kadete, el mejor posicionado de los llamados partidos de oposición en cuanto a su existencia abierta, acaba de dar un paso de suma importancia en la definición de su política para la campaña electoral. La política kadete, según atestiguan las mejores fuentes de que disponemos, simpatizantes de los kadetes, se ha definido del siguiente modo:

1) Los k.-d. presentan a sus candidatos allí donde su elección está asegurada.

2) Allí donde no se puede contar con una mayoría absoluta de votos a favor del candidato kadete, los k.-d. apoyan a aquel candidato progresista, sin distinción de partidos, que pueda reunir el máximo de votos.

3) En el caso de que el candidato de la oposición no tenga ninguna posibilidad y exista un peligro centurionegrista, el apoyo al candidato octubrista se admite solo si este es un constitucionalista auténtico, lo que a veces, por sorprendente que parezca, sucede.

4) Los k.-d. no entran en ningún tipo de acuerdos electorales ni con los octubristas de derecha, ni con los nacionalistas y monárquicos. En general, sin olvidar los intereses del partido, no los sacrifican en aras de los intereses superiores de la oposición, en el sentido amplio de la palabra.

Tal es la política kadete. La democracia obrera debe prestarle la mayor atención, analizando su verdadera esencia de clase y su significado real, encubiertos por las habituales frases convencionales. Estas frases sobre los «intereses superiores de la oposición», etc., saltan inmediatamente a la vista al leer las resoluciones kadetes. Pero la esencia del asunto reside en que la política kadete se ha definido ahora plena y definitivamente como una política de bloque octubrista-kadete. Esta esencia hay que comprenderla, hay que extraerla nítidamente de la cáscara de las palabrejas oficial-liberales.

1) Ni una palabra sobre bloques con la izquierda, con los demócratas. 2) Solo se prohíben los bloques con los octubristas de derecha, esa ínfima minoría de octubristas, los «gololóbovtsy». 3) La frase sobre los «intereses superiores de la oposición en el sentido amplio de la palabra» solo puede significar en la práctica una cosa: ¡la autorización (¡y la recomendación!) de hecho de los bloques con los octubristas, como regla general.

Estas tres conclusiones sobre la política real de los k.-d. hay que asimilarlas firmemente.

¿Cuál es su significado? El «centro izquierdo» del liberalismo burgués ha definido su política como una política de bloque con el centro derecho del liberalismo burgués, con permiso de la palabra, expresando abiertamente su hostilidad hacia los centurionegristas y manifestando su hostilidad hacia la izquierda, hacia la democracia, mediante el silencio sobre cualesquiera bloques con los trudoviques, los izquierdistas sin partido y los candidatos obreros.

Lo dicho por nosotros en el n.º 28 de «Zvezdá» en el artículo «Dos centros» se ha confirmado plenamente[7].

En Rusia existen tres fuerzas políticas fundamentales y, por consiguiente, líneas políticas: los centurionegristas (intereses de clase de los terratenientes feudales) y la «burocracia» junto a ellos y por encima de ellos; luego, la burguesía liberal-monárquica, el «centro»: izquierdo (k.-d.) y derecho (octubristas); por último, la democracia burguesa (trudoviques{46}, populistas, izquierdistas sin partido) y proletaria. La justeza de precisamente esta y solo esta división ha sido confirmada por toda la experiencia de la primera década del siglo XX, y esta década fue extraordinariamente importante y rica en acontecimientos.

Por supuesto, todos los límites, tanto en la naturaleza como en la sociedad, son móviles, en cierta medida relativos, cambiantes, y no muertos. Las formas transicionales y las oscilaciones de partidos y grupos situados «en la frontera» de las divisiones fundamentales son inevitables, pero la esencia del asunto, engendrada por la correlación de fuerzas de clase en la Rusia de principios del siglo XX, se determina indudablemente por la indicada división «tripartita». La confusión del liberalismo burgués (con los k.-d. a su cabeza) con la democracia burguesa ha causado no poco daño al movimiento de liberación ruso, y es necesario aplicar todos los esfuerzos para que la experiencia de la gran década (1900-1910) ayude a toda la democracia a asimilar definitivamente lo erróneo y funesto de tal confusión. Ante la democracia obrera de nuestra época se alzan, por tanto, dos tareas indisolublemente ligadas entre sí: en primer lugar, la organización política independiente de la clase de los obreros asalariados, separada de todos los patronos y patroncillos, por muy democráticos que sean, y subordinada a todo el movimiento internacional, mundial, de dicha clase; y en segundo lugar, el desarrollo y fortalecimiento de las fuerzas de la democracia rusa (a su cabeza también se sitúan inevitablemente los obreros, como a la cabeza del liberalismo burgués se sitúan inevitablemente los elementos sociales del tipo k.-d.). Esta última tarea no puede cumplirse sin la aclaración constante a las más amplias masas de las raíces de clase y el significado político del límite entre el liberalismo burgués (k.-d.) y la democracia burguesa (trudoviques, etc.).

La burguesía liberal no quiere ni puede prescindir de los Márkov y Purishkévich, cuyo dominio solo aspira a moderar. La democracia burguesa y los obreros no pueden dejar de aspirar, con mayor o menor consecuencia y conciencia, a la destrucción de todas las bases económicas y políticas de este dominio.

Tal es el contenido fundamental de la campaña electoral para la IV Duma de Estado desde el punto de vista de la democracia obrera. Precisamente este contenido debe ser puesto en primer plano en contraposición a la política kadete, que enreda deliberadamente todas las cuestiones cardinales de principio mediante frases generales sobre el «progresismo» y el «oposicionismo».

El bloque kadete-octubrista no es una novedad. Los marxistas lo previeron hace tiempo, señalando el parentesco interno, de clase, de ambas partes componentes de este bloque ya en los años 1905-1907. En la III Duma se definieron inmediatamente dos mayorías, y ya a finales de 1907 los marxistas hicieron de esta conclusión la piedra angular de su política. El quinquenio de la III Duma confirmó esta conclusión. A grandes rasgos, la composición de esta Duma es la siguiente[8]:

Todo el tiempo, la III Duma se apoyó en estas dos mayorías, que son elementos componentes necesarios de todo el sistema del tres de junio: la primera mayoría significa la conservación plena del «viejo» en el poder; la segunda significa «un paso por el camino» hacia la monarquía burguesa. La primera es necesaria para el sistema del tres de junio a fin de retener «el poder y los ingresos» para los Márkov, Purishkévich y Cía.; la segunda, para moderar este dominio y avanzar por la vía burguesa (según la fórmula: un paso adelante, dos atrás). La experiencia ha demostrado ahora claramente que tal avance equivale al estancamiento, y no se consigue «moderación» alguna del purishkevichismo.

Toda una serie de votaciones de la III Duma fueron votaciones de la «segunda mayoría»; recientemente «Rech» lo ha reconocido de manera explícita, diciendo que «una serie de votaciones» al comienzo de la última sesión «reproduce de hecho en la Duma el dominio del centro izquierdo» (léase: del bloque kadete-octubrista). Tales votaciones son posibles solo porque también la segunda mayoría, al igual que la primera, se asienta en el terreno contrarrevolucionario: basta recordar «Vekhi»{47}, o los discursos beatos de Karáulov, o las consignas «londinenses», para ilustrarlo.

¿Y dónde están los resultados de estas «victorias» de la segunda mayoría? ¿Dónde están los hechos que confirmen ese descubrimiento verdaderamente asombroso del partido kadete de que entre los octubristas hay «constitucionalistas auténticos»? ¿No atestigua este descubrimiento la rebaja ilimitada en la conciencia de los kadetes del concepto de «constitucionalismo auténtico»?

La primera y fundamental cuestión de la campaña electoral es la cuestión de su contenido político, de la línea ideológica que se expresa en ella. La decisión del partido kadete muestra una y otra vez su naturaleza antidemocrática, pues el contenido de la campaña electoral de los k.-d. se reduce a rebajar aún más el concepto de «constitucionalismo» en la conciencia de las masas. Enseñar al pueblo que entre los octubristas «de izquierda» puede haber constitucionalistas auténticos: he aquí lo que quiere hacer el partido k.-d., he aquí el sentido de su política electoral.

La tarea de la democracia es otra: no rebajar el concepto de constitucionalismo, sino explicar todo su carácter ficticio, mientras el poder y los ingresos permanezcan en manos de los Márkov y Cía. El contenido de la campaña electoral de los demócratas obreros se determina por la tarea de esclarecer la diferencia entre el liberalismo y la democracia, de agrupar las fuerzas de esta última, de cohesionar las filas de los obreros asalariados en todo el mundo.

Los kadetes se alejan aún más de la democracia con las decisiones de su conferencia. Nuestra tarea consiste en reunir las fuerzas de la democracia contra todo lo medieval y en contraposición a los bloques kadete-octubristas.