La interpelación presentada por la fracción socialdemócrata de la III Duma acerca de la infame provocación de los agentes de la Ojrana que urdieron el proceso de presidio contra los diputados socialdemócratas de la II Duma{26}, representa, por lo visto, un cierto giro tanto en toda nuestra actividad de partido como en la situación de la democracia en general y en el estado de ánimo de las masas obreras.

Por primera vez, acaso, desde la tribuna de la III Duma se alza una protesta tan enérgica, revolucionaria en el tono y en el contenido, contra “los amos del 3 de junio”, protesta apoyada por toda la oposición, incluida la más moderada, la “oposición de Su Majestad” liberal monárquica y vejista, es decir, el partido de los KD{27}, e incluso los “progresistas”{28}. Por primera vez, acaso, en los años de negra reacción, desde el año 1908, el país ve, siente, palpa cómo, al calor de la protesta revolucionaria de los diputados del proletariado revolucionario en la Duma negra, se agita la masa obrera, crece la efervescencia en los barrios obreros de la capital, los obreros organizan mítines (¡mítines otra vez!) con discursos de los socialdemócratas revolucionarios (mítines en las fábricas Putilov, de Cables y otras), surgen comentarios y rumores acerca de una huelga política de masas (véase la información de Petersburgo en el periódico octubrista “Golos Moskví”{29} del 19 de noviembre).

No cabe duda de que ya antes hubo más de una intervención revolucionaria de los diputados socialdemócratas en la III Duma: nuestros camaradas de la fracción socialdemócrata han cumplido más de una vez magníficamente con su deber hablando con lenguaje directo, claro y tajante, desde la tribuna del “parlamento” negriamarillento de Purishkévich, sobre el hundimiento de la monarquía, sobre la república, sobre la segunda revolución. Este mérito de los diputados socialdemócratas de la III Duma debe ser subrayado tanto más categóricamente cuanto que con mayor frecuencia se oyen los ruines discursos oportunistas de los falsos socialdemócratas, descontentos de tales intervenciones, que se publican en “Golos Sotsial-Demokrata” o en “Delo Zhizni”{30}.

Pero jamás se había dado semejante conjunción de síntomas políticos del viraje: la adhesión de toda la oposición a los socialdemócratas, la declaración, en la liberal monárquica, “leal”, “responsable” y medrosa “Rech”{31}, sobre una situación de conflicto, la efervescencia de las masas en relación con la interpelación en la Duma, las noticias de la prensa censurada sobre el “estado de inquietud” en el agro. Después de las manifestaciones del año pasado en los funerales de Múromtsev y de Tolstói, de las huelgas de 1910 y 1911, de la “historia” estudiantil del año pasado, el fenómeno señalado indudablemente refuerza la convicción de que el primer período de la contrarrevolución rusa, el período de calma completa, de invernación muerta, de patíbulos y suicidios, de reacción rampante y de rampante rencorismo de todo género, en especial del liberal, ha terminado. Ha comenzado el segundo período de la historia de la contrarrevolución: el período en que el abatimiento total y el “pánico” salvaje frecuente van cediendo su lugar, y en las más diversas y más extensas capas sociales se consolida visiblemente la conciencia —o si no la conciencia, la sensación— de que “así no se puede seguir”, de que “un cambio” es preciso, necesario, inevitable; el período en que se inicia una tendencia, semiinstintiva y a menudo aún no determinada, a apoyar la protesta y la lucha.

Sería, naturalmente, ligero exagerar la importancia de estos síntomas e imaginarse que el ascenso ya está a la vista. Todavía no. En la contrarrevolución no se advierten ya los rasgos que distinguieron su primer período, pero la contrarrevolución aún impera, se cree inconmovible. En el orden del día sigue figurando, para decirlo con las palabras de la resolución de diciembre de 1908 del POSDR, “la larga tarea de educar, instruir y organizar” al proletariado{32}. Pero el comienzo del viraje nos obliga a detenernos con especial atención en la actitud del partido socialdemócrata hacia los demás partidos y en las tareas inmediatas del movimiento obrero.

La “oposición de Su Majestad”, hasta los propios kadetes y progresistas, pareció reconocer por un instante la hegemonía de los socialdemócratas y abandonó, siguiendo a los diputados obreros, la Duma de los terratenientes y los octubristas, la Duma creada por la monarquía de las Centurias Negras y los pogromos de Nicolás Romanov, abandonó la sala al desplegar la mayoría sus arrogantes procedimientos temiendo que saliera a la luz el asunto de la provocación.

¿Qué significa esto? ¿Han dejado los kadetes de ser un partido contrarrevolucionario, o es que nunca lo han sido, como aseguran los oportunistas de la socialdemocracia? ¿Debemos plantearnos como tarea la de “apoyar” a los kadetes y pensar en alguna consigna de “oposición nacional general”?

Los enemigos de la socialdemocracia revolucionaria, se puede decir, han recurrido desde siempre al procedimiento de llevar al absurdo sus concepciones y de pintar, para facilitar la polémica, un marxismo caricaturesco. Así, en la segunda mitad del decenio pasado, cuando la socialdemocracia nacía en Rusia como movimiento de masas, los populistas pintaban un marxismo caricaturesco en forma de “huelguismo”. Y la ironía de la historia hizo que aparecieran marxistas de caricatura: en la persona de los “economistas”. El honor y el buen nombre de la socialdemocracia no podían ser salvados más que mediante la lucha implacable contra el “economismo”{33}. Después de la revolución de 1905, cuando el bolchevismo, como aplicación del marxismo revolucionario a las condiciones especiales de la época, alcanzó una gran victoria en el movimiento obrero, victoria que ahora reconocen incluso sus enemigos, nuestros adversarios pintaron un bolchevismo caricaturesco en forma de “boicotismo”, “combatismo”, etc. Y de nuevo la ironía de la historia hizo que aparecieran bolcheviques de caricatura: en la persona de los del grupo “Vperiod”.

Estas lecciones de la historia deben prevenir contra la deformación caricaturesca de las concepciones de los socialdemócratas revolucionarios acerca de la actitud hacia los KD (véase, por ejemplo, “Vperiod”, núm. 2). Los kadetes son, indudablemente, un partido contrarrevolucionario; pueden negarlo únicamente gentes del todo ignorantes o poco concienzudas, y es deber incondicional de los socialdemócratas explicarlo en todas partes, incluso desde la tribuna de la Duma. Pero los kadetes son el partido de los liberales contrarrevolucionarios, y esa naturaleza liberal suya, como se subraya también en la resolución acerca de los partidos no proletarios aprobada en el Congreso de Londres (1907) del POSDR{34}, nos obliga a “utilizar” la situación peculiar, los conflictos o fricciones peculiares que ellos originan; a utilizar, por ejemplo, su falso democratismo para predicar el democratismo auténtico, consecuente y abnegado.

Cuando surge en el país un liberalismo contrarrevolucionario, la democracia en general, y la democracia proletaria en particular, no pueden dejar de deslindarse de él; no deben olvidar ni por un instante la frontera que media entre él y ellas. Pero de ello no se deduce en absoluto que sea permisible confundir el liberalismo contrarrevolucionario con, digamos, el feudalismo contrarrevolucionario, ni que sea permisible ignorar sus conflictos, apartarse de ellos, rechazarlos con desdén. El liberalismo contrarrevolucionario, precisamente por ser contrarrevolucionario, jamás podrá desempeñar el papel de hegemón en una revolución victoriosa; pero precisamente por ser liberalismo, caerá inevitablemente en situaciones de “conflicto” con la corona, con el feudalismo, con la burguesía no liberal, reflejando a veces de un modo indirecto con su conducta el estado de ánimo “izquierdista” y democrático del país, o el comienzo del ascenso, etc.

Recordemos la historia de Francia; el liberalismo burgués ya durante la Gran Revolución puso de manifiesto su carácter contrarrevolucionario —véase, por ejemplo, el excelente libro de Cunow sobre la literatura periodística revolucionaria de Francia. Pero no sólo después de la gran revolución burguesa, sino incluso después de la revolución de 1848, cuando el carácter contrarrevolucionario de los liberales condujo a la fusilada de los obreros por los republicanos, estos liberales, en la época del final del Segundo Imperio, en 1868-1870, expresaron con su oposición un cambio de humor y el comienzo de un ascenso democrático, revolucionario, republicano.

Si ahora los kadetes, como se mofan de ellos los octubristas{35}, hacen como que “se alinean a la izquierda”, es éste uno de los indicios y uno de los resultados de que el país “se va a la izquierda”, de que en el seno materno se mueve, preparándose para salir de nuevo a la luz del día, la democracia revolucionaria. ¡El seno de la Rusia purishkevichiana y romanoviana es tal, que no puede dejar de parir la democracia revolucionaria!

¿Cuál es la conclusión práctica de todo esto? La conclusión de que hay que seguir con la mayor atención el crecimiento de esta nueva democracia revolucionaria. Precisamente porque es nueva, porque nace después de 1905 y después de la contrarrevolución, y no antes, crecerá, sin duda, de un modo nuevo; y para saber abordar eso nuevo, para saber influir en ello, para saber ayudar a su crecimiento victorioso, es menester no limitarse a los viejos métodos, sino buscar también otros nuevos, mezclarse a la multitud, tomando el pulso a la vida, y penetrar a veces no sólo entre la multitud, sino incluso en el salón liberal.

Por ejemplo, el periodicucho del señor Búrtsev, “Búduschee”{36}, recuerda mucho un salón liberal: allí se defiende al modo liberal una consigna liberalmente estúpida, octubrista-kadete, de “revisión del estatuto del 3 de junio”; allí se charla a placer sobre espías, sobre la policía, sobre provocadores, sobre Búrtsev, sobre bombas. Pero con todo, cuando el señor Márrtov se apresuró a meterse allí, se le podría reprochar solamente una precipitación falta de tacto, pero no una falsedad de principio, si... si no se hubiera comportado allí al modo liberal. Pues a un socialdemócrata se le puede disculpar —y a veces incluso alabar— por intervenir en un salón liberal únicamente cuando interviene como socialdemócrata. ¡Y el señor Márrtov salió en el salón liberal con un despropósito liberal acerca de no sé qué “solidaridad en la lucha por la propia libertad electoral y de agitación electoral”, establecida “para el período electoral” (“Búduschee”, núm. 5)!!

Crece, en un medio nuevo y de un modo nuevo, la nueva democracia; hay que aprender a abordarla; eso es indiscutible. Pero hay que abordarla para defender y predicar las consignas de la democracia efectiva, y no para gorjear con ella al modo liberal. La socialdemocracia debe predicar a la nueva democracia tres consignas, las únicas dignas de nuestra gran causa, las únicas que corresponden a las condiciones reales para el logro de la libertad en Rusia: República; jornada de 8 horas; confiscación de toda la tierra de los terratenientes.

Tal es el único programa nacional general acertado de lucha por una Rusia libre. Quien no haya comprendido este programa, aún no es demócrata. Quien niega este programa llamándose demócrata ha comprendido demasiado bien la necesidad de engañar al pueblo para poner en práctica sus fines antidemocráticos (es decir, contrarrevolucionarios).

¿Por qué la lucha por la jornada de 8 horas es una condición real para alcanzar la libertad en Rusia? Porque la experiencia ha demostrado que la libertad es imposible sin la lucha abnegada del proletariado, y esta lucha está indisolublemente vinculada al mejoramiento de las condiciones de vida de los obreros. El modelo de estos mejoramientos, su bandera, es la jornada de 8 horas.

¿Por qué la lucha por la confiscación de toda la tierra de los terratenientes es una condición real para alcanzar la libertad en Rusia? Porque sin medidas radicales de ayuda a millones de campesinos, llevados por los Purishkévich, los Romanov y los Márkov a una ruina, a un tormento y a una muerte por hambre inauditos, todos los discursos sobre la democracia, sobre la “libertad popular”, son absurdos y enteramente falsos. Y sin la confiscación de las tierras de los terratenientes en favor de los campesinos, no puede hablarse ni de medidas serias de ayuda al mujik, ni de una seria decisión de acabar con la Rusia de los “mujiks”, es decir, con la Rusia feudal, y de crear una Rusia de agricultores libres, una Rusia democrática burguesa.

¿Por qué la lucha por la república es una condición real para alcanzar la libertad en Rusia? Porque la experiencia, la grande, la inolvidable experiencia de uno de los decenios más grandes de la historia de Rusia, a saber: el primer decenio del siglo XX, habla con irrebatible claridad y evidencia de la incompatibilidad de nuestra monarquía con las más elementales garantías de la libertad política. La historia de Rusia, la historia secular del zarismo ha hecho que a comienzos del siglo XX no tengamos ni podamos tener otra monarquía que la monarquía de las Centurias Negras y los pogromos. La monarquía rusa, en las circunstancias sociales y de clase dadas, no puede proceder de otro modo que organizando bandas de asesinos para tirotear a mansalva a nuestros diputados liberales y demócratas o incendiar las casas donde se reúnen los demócratas. La monarquía rusa no puede proceder de otro modo que respondiendo a las manifestaciones del pueblo en pro de la libertad organizando destacamentos de individuos que agarran por los pies a los niños judíos y les estrellan la cabeza contra las piedras, de individuos que violan a las mujeres judías y georgianas y que despanzan a los ancianos.

Los necios liberales parlotean acerca del ejemplo de una monarquía constitucional como la de Inglaterra. Pues si en un país tan culto como Inglaterra, que nunca conoció ni el yugo mongol, ni la opresión de la burocracia, ni el desenfreno de la soldadesca, si en semejante país fue preciso cortarle la cabeza a un bandolero coronado para enseñar a los reyes a ser monarcas “constitucionales”, en Rusia es preciso cortarles la cabeza como mínimo a un centenar de Romanov para que sus sucesores pierdan la costumbre de organizar asesinatos de las Centurias Negras y pogromos de judíos.

Si la socialdemocracia ha aprendido algo de la primera revolución rusa, debe conseguir ahora que en ninguno de nuestros discursos, en ninguna de nuestras hojas volantes, figure la consigna, que ha demostrado su inutilidad, su imprecisión: “Abajo la autocracia”, sino que figure exclusivamente la consigna: “Abajo la monarquía zarista, ¡viva la república!”.

Y que no nos digan que la consigna de la república no corresponde a la etapa del desarrollo político de los obreros y los campesinos. Diez o doce años atrás, no sólo había “populistas” que ni siquiera osaban pensar en la consigna de “Abajo la autocracia”, sino que incluso se encontraban socialdemócratas —los llamados “economistas”— que se alzaban contra la oportunidad de esta consigna. ¡Y en 1903-1904 la consigna “¡Abajo la autocracia!” se convirtió en un “proverbio popular conocido”! No puede haber la más mínima duda de que la propaganda republicana sistemática y tenaz hallará ahora en Rusia el terreno más favorable, pues las masas más amplias, y en particular las masas campesinas, están entregadas sin falta a una honda y firme reflexión sobre el significado de la disolución de las dos Dumas anteriores, sobre el vínculo del poder zarista con la III Duma de los señores{37} y con la ruina del agro por los Márkov y Cía. Con qué rapidez crecerá la simiente de la propaganda republicana arrojada a la tierra, es cosa que hoy nadie puede determinar; pero no se trata de eso, se trata de que la siembra se haga correctamente, de un modo realmente democrático.

Al examinar la cuestión de las consignas de la próxima campaña electoral para la IV Duma y las consignas de todo nuestro trabajo fuera de la Duma, no podemos menos de rozar una muy importante y muy desacertada intervención del diputado socialdemócrata Kuznetsov en la III Duma. En el sexto aniversario de la primera victoria de la revolución rusa, el 17 de octubre de 1911{38}, Kuznetsov intervino en la Duma con motivo del proyecto de seguro obrero. Hay que hacerle justicia: en general, habló muy bien, defendió con energía los intereses del proletariado y, sin ambages, dijo la verdad cara a cara no sólo a la mayoría de la Duma negra, sino también a los kadetes. Reconociendo plenamente este mérito de Kuznetsov, es preciso señalar asimismo sin ambages su error.

“Yo pienso —dijo Kuznetsov— que los obreros, escuchando atentamente los debates que han tenido lugar tanto al discutirse estas cuestiones en su conjunto como al discutirse los distintos artículos del presente proyecto de ley, llegarán a la conclusión de que su consigna del momento, hoy por hoy, debe ser: ‘Abajo la Duma del 3 de junio, viva el sufragio universal’. ¿Por qué? Yo lo diré: porque los intereses de la clase obrera pueden ser resueltos acertadamente sólo entonces y en aquellos casos en que la clase obrera, mediante el sufragio universal, envíe a la institución legislativa un número suficiente de sus diputados; únicamente ellos pueden resolver de un modo certero los problemas del seguro para la clase obrera”.

A Kuznetsov le ha ocurrido aquí una desgracia que él, probablemente, no sospechaba, pero que nosotros habíamos pronosticado hace mucho: esa desgracia es la coincidencia de los errores que cometen los liquidacionistas y los otzovistas.

Al exponer desde la tribuna de la Duma una consigna inspirada por las revistas liquidacionistas “Nasha Zariá” y “Delo Zhizni”, Kuznetsov no observó que la primera parte (y la más esencial) de esa consigna (“¡Abajo la III Duma!”) repite íntegramente la consigna lanzada tres años atrás por los otzovistas de manera abierta y defendida desde entonces —de manera encubierta y solapada— únicamente por los del grupo “Vperiod”, es decir, por los otzovistas miedosos.

Tres años atrás, el “Proletari”{39} núm. 38, del 1 (14) de noviembre de 1908, escribía a propósito de esta consigna, expuesta por los otzovistas:

“¿En qué condiciones podría cobrar valor una consigna semejante, como ‘Abajo la Duma’? Supongamos que ante nosotros se halla una Duma liberal, reformista, conciliadora en la época de la más aguda crisis revolucionaria, crisis que ya ha madurado hasta la guerra civil directa. Es muy posible que en semejante momento la consigna pudiera ser ‘Abajo la Duma’, es decir, abajo las conversaciones pacíficas con el zar, abajo la institución engañosa de la ‘paz’, llamemos al asalto directo. Supongamos, por el contrario, que ante nosotros se halla una Duma archirreaccionaria, elegida sobre la base de un derecho electoral que ha caducado, y que en el país no existe una crisis revolucionaria aguda; la consigna ‘Abajo la Duma’ podría convertirse entonces en la consigna de lucha por la reforma electoral. Nada de parecido ni a uno ni a otro caso vemos en nuestro país”[5].

En el suplemento al núm. 44 de “Proletari” (del 4 (17) de abril de 1909) se insertaba la resolución de los otzovistas de Petersburgo, que disponía directamente “iniciar una amplia agitación entre las masas por la consigna ¡Abajo la III Duma de Estado!”. Contra esta proposición, “Proletari” escribía en el mismo lugar: “Esta consigna, que por algún tiempo sedujo a algunos obreros anti-otzovistas, es errónea. O bien es una consigna kadete de reforma electoral bajo la autocracia (ha resultado que esto fue escrito a comienzos de 1909 precisamente en contra del planteamiento de la cuestión por Kuznetsov a finales de 1911!)... o bien es la repetición de una palabra aprendida de memoria, procedente de la época en que las Dumas liberales encubrían al zarismo contrarrevolucionario, esforzándose por impedir que el pueblo viera con claridad a su verdadero enemigo”[6].

De aquí queda claro cuál es el error de Kuznetsov. Presentó como consigna generalizada la consigna kadete de la reforma electoral, que no tiene el menor sentido mientras se conserven todas las demás delicias de la monarquía de los Romanov: el Consejo de Estado, la omnipotencia de los burócratas, las organizaciones de las Centurias Negras y los pogromos de la banda zarista, etc. Kuznetsov debiera haber dicho —suponiendo que abordemos la cuestión exactamente como él lo hizo, suponiendo inalterado el tono general de su discurso—, algo así como:

“Precisamente con el ejemplo del proyecto de ley del seguro, los obreros se convencerán una vez más de que ni los intereses directos de su clase ni los derechos y necesidades de todo el pueblo pueden ser defendidos sin transformaciones tales como el sufragio universal, la plena libertad de coalición, de prensa, etc. Pero, ¿no está claro que no hay nada que esperar de la realización de esas transformaciones mientras el régimen político actual de Rusia permanezca inalterado, mientras pueda ser anulada cualquier decisión de cualquier Duma, mientras en el Estado subsista un solo poder no elegido?”.

Sabemos perfectamente que desde la tribuna de la III Duma los diputados socialdemócratas han logrado —y éste es su mérito— hacer declaraciones republicanas mucho más directas y claras. Los diputados de la Duma pueden, de un modo completamente legal, hacer propaganda republicana desde la Duma, y deben hacerlo. Con nuestra enmienda ejemplar del discurso de Kuznetsov sólo queremos ilustrar cómo podría él haber evitado el error manteniendo el tono general del discurso, señalando y recalcando la enorme importancia de transformaciones tan absolutamente necesarias como el sufragio universal, la libertad de coalición, etc.

De la república debe hablar siempre todo socialdemócrata que pronuncia un discurso político donde sea. Pero de la república hay que saber hablar: no se puede hablar de ella del mismo modo en un mitin de fábrica y en una aldea cosaca, en una reunión de estudiantes y en una isba campesina, desde la tribuna de la III Duma y desde las páginas de un órgano en el extranjero. El arte de todo propagandista y de todo agitador consiste precisamente en influir lo mejor posible sobre el auditorio dado, haciendo que una verdad determinada sea lo más convincente posible, lo más fácil de asimilar, lo más gráfica y sólidamente grabada.

No olvidemos ni un solo instante lo principal: en Rusia despierta a una nueva vida y a una nueva lucha una nueva democracia. El deber de los obreros conscientes —esa vanguardia de la revolución rusa y dirigente de las masas populares en la lucha por la libertad— es explicar las tareas de la democracia consecuente: república, jornada de 8 horas, confiscación de toda la tierra de los terratenientes.

“Sotsial-Demokrat” núm. 25, 8 (21) de diciembre de 1911.

Publicado según el texto del periódico “Sotsial-Demokrat”.