Quienes hace seis años y cinco años y medio dieron la voz de alarma sobre las negociaciones de los kadetes con los ministros en general y sobre las carteras ministeriales en particular, no pueden menos que sentir ahora una profunda satisfacción. La verdad histórica se impone y sale a la luz a veces desde un lado desde el cual menos se podía esperar la verdad. Ahora las revelaciones han comenzado y, a pesar de todos los esfuerzos de las personas (y partidos) «interesadas» por silenciarlas, las revelaciones no cesarán. Se puede afirmar con plena seguridad que estas revelaciones confirmarán y confirmarán plenamente la total justeza de nuestros ataques de entonces contra los kadetes.

Las revelaciones las inició Witte con su polémica con Guchkov. El objetivo de la intervención de Witte y el carácter de su intervención son los más bajos; la intriga de peor calaña, el deseo de poner la zancadilla y acercarse a una cartera, he ahí sus motivos. Pero es sabido que cuando dos ladrones riñen, de ello siempre obtienen alguna ganancia las personas honestas, y si riñen tres ladrones, la ganancia, muy probablemente, aumentará.

En la carta de Witte, lo más sustancial era, por supuesto, el que hubiera tenido que establecer, quieras que no, ciertos hechos, abriendo la posibilidad (y suscitando la necesidad) de verificar estos hechos mediante el interrogatorio de todos los partícipes del asunto. Los hechos fundamentales que se desprenden de la carta de Witte son los siguientes:

1) En la reunión con Witte participaron Shípov, Guchkov, Urúsov, E. Trubetskói y M. Stajóvich, es decir, dirigentes de los partidos kadete, de la renovación pacífica{57} y octubrista.

2) «En la primera sesión de la reunión entre el conde Witte (citamos su carta) y los mencionados personajes públicos se alcanzó un acuerdo de principio sobre todas las cuestiones principales, a excepción de la cuestión del nombramiento del ministro del Interior».

3) «El conde Witte insistía en el nombramiento de Durnovó, y los personajes públicos, a excepción del príncipe Urúsov, se pronunciaban contra este nombramiento. El príncipe Urúsov, por su parte, convencía a sus colegas de la reunión, en vista de lo difícil del momento y de la imposibilidad de demorarse, de que aceptaran el nombramiento de Durnovó y, por su parte, para dar ejemplo, declaró que estaba dispuesto a aceptar el cargo de viceministro de Durnovó… En la sesión siguiente, Shípov, Guchkov y el príncipe Trubetskói declararon que no podían entrar en un ministerio en el que estuviera Durnovó…».

4) La candidatura de Stolypin fue presentada, pero no hubo acuerdo sobre ella; unos estaban a favor, otros en contra.

Cabe preguntarse, ¿qué correcciones introdujo Guchkov a esta exposición del asunto? Confirmó que «el príncipe Urúsov, posteriormente miembro de la I Duma de Estado, se erigió en ferviente defensor de la candidatura de Durnovó». Witte, según palabras de Guchkov, vaciló y en un momento estuvo dispuesto a renunciar a Durnovó, pues en la prensa se preparaban revelaciones y artículos demoledores contra él. «Todo el incidente descrito —añadía Guchkov— tuvo lugar inmediatamente después del manifiesto del 17 de octubre, cuando reinaba la más amplia, diría yo, desenfrenada libertad de prensa».

Las negociaciones fueron largas: Guchkov escribe acerca de los «días angustiosos de negociaciones que se prolongaban». Sobre Stolypin, según se dice, «nadie hizo la valoración negativa sobre la que escribe el conde Witte». Caracterizando la situación de entonces en general, Guchkov dice: «Han aparecido ahora muchos "salvadores" de la patria… ¿Y dónde estaban ellos entonces?.. Muchos de ellos aún no habían decidido entonces de qué lado de la barricada ponerse».

Tales son los puntos sustanciales de las revelaciones de Witte y Guchkov; las minucias, naturalmente, las dejamos de lado. La verdad histórica sale a la luz con toda nitidez: 1) no existía ninguna diferencia seria entre los kadetes y los octubristas en este momento crucial de la historia de Rusia; 2) «muchos» (de los dirigentes burgueses y, según la «sutil» insinuación de Guchkov, quizá también de los ministros) «aún no habían decidido entonces de qué lado de la barricada ponerse». Pero el hecho es que se reunían en consulta, y no una sola vez, personas de un mismo y determinado «lado de la barricada». Tanto los ministros, como los octubristas y los kadetes estaban en las reuniones del mismo lado de la barricada. La verdad histórica no admite ni dudas ni tergiversaciones: aquellas eran reuniones, negociaciones del gobierno con la burguesía liberal contrarrevolucionaria.

Fíjense ahora en la conducta de los kadetes. Después de las revelaciones de Witte y Guchkov (las cartas de ambos fueron publicadas en Petersburgo el 26, en Moscú el 27 de septiembre, según el estilo antiguo), los kadetes guardan completo silencio sobre su participación, limitándose a «hostigar» a Guchkov. Tanto «Rech» del 28 de septiembre como «Rússkie Védomosti»{58} de la misma fecha «hostigan» precisamente a Guchkov con el hecho de que luego fue colega de los correligionarios de Durnovó, pero no publican ni correcciones ni desmentidos respecto a los hechos históricos. ¡El tercer ladrón confía en que, con la disputa entre Witte y Guchkov, no se repare en él!

Entonces los octubristas empiezan a «vengarse» a la vez de Witte y de los kadetes. En «Golos Moskvy» del 14 de octubre (¡dos semanas de sondeos por parte de los octubristas, de silencio cobarde y vil por parte de los kadetes!) aparece una «nota informativa» bajo el título: «La alianza del conde Witte y P. N. Durnovó con los kadetes». Las nuevas revelaciones se resumen en lo siguiente: 1) E. Trubetskói era en aquel entonces miembro del partido kd. 2) «No queriendo inducir al conde Witte a error alguno, el príncipe Trubetskói se consideró obligado a advertirle que de todas sus negociaciones con los personajes públicos» (se sobreentiende que ni los octubristas ni los kadetes incluyen a los demócratas obreros y campesinos entre los «personajes públicos»: ¡en octubre de 1905 los obreros y campesinos eran, evidentemente, «personajes» extrapúblicos!) «él, el príncipe Trubetskói, pondría al corriente al buró de su partido, que se reunía a diario para discutir los asuntos corrientes en el domicilio del prof. Petrazycki». 3) Contra la candidatura de Stolypin se alzó con especial vehemencia el Sr. Petrunkevich, quien consideraba, «que, en caso extremo (¡sic![15]), había que aconsejar al conde Witte que nombrara ministro del Interior antes a Durnovó que a Stolypin. Los demás dirigentes del partido kd. estuvieron plenamente de acuerdo con la opinión de Petrunkevich, y se encargó al príncipe Trubetskói que transmitiera al conde Witte la conclusión de los personajes públicos reunidos en el domicilio de Petrazycki». A la mañana siguiente, Trubetskói fue a ver al conde Witte y le transmitió con exactitud la valoración del buró del partido kd. sobre ambos candidatos.

¿Confirmó E. Trubetskói la referencia a él? La confirmó plenamente, calificando la información de «Golos Moskvy» de «absolutamente exacta», tanto al corresponsal de «Nóvoe Vremia»{59} (n.º del 15 de octubre) como al corresponsal de «Rech» (n.º del 19 de octubre). «Quizá no sea adecuada la palabra «buró» —decía Trubetskói—, habría que decir: los dirigentes del partido» (kd.); otra «corrección», igualmente insustancial, de Trubetskói se refiere a que fue a ver a Witte «tal vez no a la mañana siguiente, sino 2 o 3 días después». Finalmente, Trubetskói dijo al corresponsal de «Rech»:

«Habría que objetar una afirmación de Guchkov. Dijo que los personajes públicos no entraron en el gabinete solo por Durnovó. Esto no es del todo cierto (¡no es del todo cierto!) en lo que a mí respecta y, si no me equivoco, en lo que respecta a Shípov. Shípov y yo expresamos nuestra conformidad con entrar a formar parte del gabinete con la condición de que se elaborara previamente un programa, pero Witte nos convencía de que entráramos en el ministerio sin poner esa condición. Ahí radica nuestra diferencia con Guchkov, quien, que yo recuerde, no ponía tal condición». ¡Con cuánta cautela se expresa el Sr. Trubetskói sobre este punto: «no es del todo cierto», «que yo recuerde»!

¡El Sr. Petrunkevich interviene en «Rech» el 19 de octubre, tres semanas después de iniciadas las revelaciones!! Y miren cómo interviene.

Empieza con una larga disquisición (27 líneas) sobre que no se puede uno fiar de la memoria y que solo Shípov llevaba memorias.

¿A qué viene esta disquisición? ¿Quieren ustedes que la verdad se haga pública inmediata y plenamente? Entonces nada más fácil que nombrar a todos los participantes e interrogarlos. Pero si no quieren que se haga pública la verdad sobre su partido, no vale la pena jugar al escondite remitiéndose a Shípov.

A continuación, a lo largo de 27 líneas, se extiende en una disquisición sobre la propensión de los octubristas a los «bulos». ¿A qué viene esta disquisición, si «Golos Moskvy» mencionó a la persona que confirmó la información? El Sr. Petrunkevich se esfuerza claramente por embrollar una cuestión simple y clara con un montón de basura literaria y diplomática. Es un procedimiento deshonesto.

Siguen 20 líneas de pullas dirigidas al Sr. Trubetskói: «recuerdo personal» —¡como si hubiera otros recuerdos que los personales!—; el príncipe «no dijo ni una palabra a nadie» sobre esto —en cursiva de Petrunkevich, quien con ello reprocha manifiestamente a Trubetskói su indiscreción—. ¡En lugar de una respuesta directa a la pregunta, los kadetes empiezan a reprocharse unos a otros su indiscreción! ¿Qué sentido puede tener semejante proceder, sino delatar el enfado de los kadetes por las revelaciones?, ¿delatar sus intentos de echar tierra al asunto (¡vamos, príncipe, no sea usted más indiscreto!)?

Tras 74 líneas de preámbulo, viene por fin la refutación sustancial: 1) el buró del partido kd. estaba en Moscú y, por tanto, no podía reunirse en casa de Petrazycki; 2) Petrazycki «en aquel tiempo no formaba parte de las personas que dirigían los asuntos del partido»; 3) «algunos miembros (del buró del partido kd.) que se hallaban en Petersburgo no estaban autorizados para entablar negociaciones de ningún tipo, y menos aún alianzas con el conde Witte, Durnovó o con cualquier otro». 4) «En persona, yo (el Sr. Petrunkevich) estuve en casa de Petrazycki una (en cursiva del Sr. Petrunkevich) sola vez, y en aquella ocasión tuvo lugar efectivamente una conversación sobre la posibilidad de la candidatura del príncipe E. Trubetskói para el Ministerio de Instrucción Pública, expresando todos los presentes la convicción de que el príncipe podría ocupar el cargo ofrecido solo a condición de que existiera un programa claro y definido de todo el ministerio, plenamente acorde con las condiciones del momento político, un ministerio además en el que "la sociedad" (recuerden qué entienden por "sociedad" todos los que disputan: los obreros y los campesinos no son "la sociedad") pudiera confiar. Es muy posible que en aquella conversación se valoraran las cualidades personales y políticas de diversos candidatos, entre ellos Durnovó y Stolypin, pero ni mi memoria ha conservado un discurso fogoso que convenciera a todos los presentes, ni la memoria de estos últimos, a cuyos recuerdos he recurrido».

He aquí toda la «refutación» de fondo del Sr. Petrunkevich, quien añade a lo largo de 48 líneas una serie de pullas más contra Trubetskói, diciendo que le falló la memoria, que el partido kd. no concertó alianza alguna con Durnovó «y no permitió que un miembro de su partido, el príncipe Trubetskói, entrara en un ministerio que el partido no podía apoyar».

Las cartas de Trubetskói y Petrunkevich en «Rech» del 27 de octubre no añaden nada nuevo: el primero insiste en que fue precisamente Petrunkevich quien «aconsejó preferir a Durnovó antes que a Stolypin», el segundo lo niega.

¿Cuál es el balance final?

El Sr. Petrunkevich declaró que algunos miembros del buró que se encontraban en Petersburgo no estaban autorizados para entablar negociaciones de ningún tipo, ¡pero el hecho de las negociaciones lo confirma contra su voluntad! «En la reunión en casa de Petrazycki —escribe el propio Sr. Petrunkevich ("Rech", 27 de octubre)—, discutimos la candidatura del príncipe Trubetskói».

Por tanto, las negociaciones existieron. Si el «partido», como escribe el propio Sr. Petrunkevich, «no permitió» a Trubetskói, ¡significa que las negociaciones se llevaban en nombre del partido!

El Sr. Petrunkevich se refuta a sí mismo con notable arte. No hubo negociaciones, pero... pero hubo una «reunión sobre la candidatura». No hubo sesiones del buró del partido, pero... pero hubo una decisión del partido. Semejantes burdas evasivas caracterizan a personas que intentan en vano esconderse. ¿Qué habría más sencillo, en realidad, que nombrar a todos los participantes en la reunión? ¿Que aducir la decisión exacta del «buró», o del partido, o de las personas dirigentes? ¿Que exponer el programa supuestamente claro, supuestamente definido, que los kadetes exigían (supuestamente) al ministerio de Witte? Pero la desgracia de nuestros liberales está precisamente en que no pueden decir la verdad, en que la temen, en que ella los pierde.

He aquí que aparecen las pequeñas, las mezquinas triquiñuelas, evasivas y excusas, que dificultan (al menos para el lector desatento) la comprensión de la importantísima cuestión histórica de la actitud de los liberales hacia el gobierno en octubre de 1905.

¿Por qué la verdad pierde a los kadetes? Porque el hecho de las negociaciones, su entorno y sus condiciones desmienten la fábula del «democratismo» de los kadetes y demuestran el carácter contrarrevolucionario de su liberalismo.

¿Podía, en general, un partido democrático de hecho entablar negociaciones con un hombre como Witte, en un momento como el de octubre de 1905? No, no podía; para semejantes negociaciones era inevitable un cierto terreno común, precisamente el terreno común de las aspiraciones, el talante, las veleidades contrarrevolucionarias[16]. No había de qué negociar con Witte, salvo sobre el cese del movimiento democrático de masas.

Prosigamos. Incluso si admitimos por un momento que los kadetes entablaron las negociaciones no sin fines democráticos, ¿habría podido un partido democrático callar ante el pueblo acerca de estas negociaciones, una vez rotas? De ningún modo habría podido. Ahí se manifiesta precisamente la diferencia entre el liberalismo contrarrevolucionario y el democratismo que no merece semejante calificativo. El liberal quiere la ampliación de la libertad, pero de manera que la democracia no se fortalezca con ello, que las negociaciones y el acercamiento con el viejo poder continúen, se consoliden, se afiancen; por eso el liberal no puede, después de la ruptura de las negociaciones, hacerlas públicas, pues con ello dificultaría su reanudación, se «delataría» ante la democracia, rompería con el poder, y es precisamente con él con quien el liberal es incapaz de romper. Por el contrario, el demócrata, si se hubiera visto en la tesitura de negociar con Witte y hubiera advertido la inutilidad de las negociaciones, las habría publicado de inmediato, poniendo con ello en evidencia a los señores Witte, desenmascarando su juego, impulsando un nuevo avance de la democracia.

Presten también atención a la cuestión del programa del ministerio y de su composición. De lo segundo hablan todos los participantes, y hablan con exactitud y claridad: tales carteras se ofrecían a tal persona. ¡De lo primero, es decir, del programa, ni una sola palabra clara y precisa! Quiénes eran los aspirantes a las carteras, eso lo recuerdan y lo dicen bien tanto Trubetskói como Petrunkevich. ¡¡Cuál era el «programa», ninguno de ellos lo dice!! ¿Es esto una casualidad? Por supuesto que no. Es el resultado (y la prueba indudable) de que el «programa» ocupaba para los señores liberales un lugar secundario, era un letrero vacío, «palabrería»; en realidad, Witte no podía tener otro programa que el fortalecimiento del poder y el debilitamiento de la democracia, y cualesquiera que fuesen las promesas, las ofertas y las declaraciones, solo habría aplicado esa política; para ellos, la «cuestión viva» era el reparto de las carteras. Solo por eso pudo, por ejemplo, Witte olvidarse por completo del programa (¡según palabras de Witte, hubo incluso pleno acuerdo de principio!), mientras que sobre quién era mejor (¿o quién era peor?), si Durnovó o Stolypin, de esta disputa se acuerdan todos, todos hablan, todos aducen referencias, ora a los discursos, ora a los argumentos de uno u otro.

La aguja en el pajar no se puede ocultar. La verdad histórica, incluso a partir de los relatos deliberadamente maquillados de tres o cuatro personas, sale a relucir con suficiente nitidez.

Toda la burguesía liberal de Rusia, de Guchkov a Miliukov —quien es, sin duda, políticamente responsable de Trubetskói—, giró inmediatamente después del 17 de octubre, de la democracia hacia Witte. Y esto no es una casualidad, ni una traición de individuos aislados, sino el tránsito de una clase a la posición contrarrevolucionaria que corresponde a sus intereses económicos. Solo manteniéndose en esta posición pudieron los kadetes negociar con Witte a través de Trubetskói en 1905, con Trépov a través de Múromtsev en 1906, etc. Sin comprender la diferencia entre el liberalismo contrarrevolucionario y la democracia, no se puede entender nada ni de la historia de esta última, ni de sus tareas.

«Prosveschenie» n.º 1, diciembre de 1911. Firmado: Π.

Se imprime según el texto de la revista «Prosveschenie»