I

Las elecciones a la IV Duma están ya a la vuelta de la esquina, y la cuestión de la campaña electoral se sitúa, de modo natural, en el orden del día. Huelga decir que son absolutamente inadmisibles cualesquiera vacilaciones respecto a si es necesaria, desde el punto de vista del marxismo, la participación en las elecciones: sólo fuera de los límites del marxismo y del partido obrero, y no dentro de ellos, pueden ser reconocidos como «legítimos» los matices de opiniones que se relacionan negativa, indefinida o incluso indiferentemente con la participación. Esta verdad elemental, demostrada y confirmada por la experiencia hace ya muchos años (desde finales de 1907), resulta tal vez un tanto embarazoso repetirla, pero hay que repetirla, pues el peor mal para nosotros es ahora la disgregación y la dispersión. Y esta dispersión y disgregación la sostienen no sólo quienes dan respuestas indefinidas o evasivas a las cuestiones elementales, sino también quienes, por diplomacia, falta de principios, etc., defienden la indefinición y la evasividad.

Las elecciones a la Duma de Estado obligan de modo natural a todos los marxistas, a todos los participantes en el movimiento obrero, a tensar las fuerzas para la labor más enérgica, tenaz e iniciativa en todas las esferas de este movimiento. Las respuestas a las cuestiones sobre el contenido y la orientación programáticos, políticos y organizativos de esta labor, respuestas elaboradas en el curso de los últimos años, deben encontrar ahora una aplicación práctica directa en la esfera especial de la actividad «electoral».

Hablamos adrede de respuestas ya elaboradas. Sería ridículo pensar, en efecto, que ahora, a unos meses o incluso un año vista de las elecciones, pueda uno permitirse «encontrar» respuestas si éstas no han sido aún encontradas, meditadas, verificadas por la experiencia de la actividad de varios años. Se trata, en rigor, de respuestas a todas las «cuestiones malditas», concernientes a la concepción general del mundo, a la valoración del período anterior, extraordinariamente rico en acontecimientos, de la historia de Rusia, a la valoración del período actual (definido en sus rasgos fundamentales no más tarde de 1908), y a las tareas políticas y organizativas que, de uno u otro modo, venían resolviendo todos los participantes en el movimiento obrero durante los últimos, digamos, cuatro años. Aplicar las respuestas y los procedimientos de actividad elaborados a esta rama particular del trabajo, a las elecciones a la IV Duma, he ahí de lo único que puede tratarse ahora; hablar de que «en el proceso de la campaña electoral, es decir, de una de las ramas de la actividad, pueden elaborarse respuestas a cuestiones que atañen a todas las ramas de la actividad, concernientes no sólo al año 1912, sino a todo el período que comienza en 1908», hablar de esto significaría consolarse con ilusiones o encubrir, justificar la disgregación y dispersión reinantes.

Se trata de dar respuesta, ante todo, a las cuestiones programáticas. ¿Qué ha aportado a este respecto el último cuatrienio de la vida rusa? Todos y cada uno deberán reconocer que no ha aportado intento alguno de revisión, corrección o desarrollo ulterior del viejo programa de los marxistas en su parte de principios. Lo característico del «momento actual» – que más acertado sería, en muchos sentidos, llamar «estancado» o «pútrido» – es el gesto despectivo de sacudir la mano ante el programa y la aspiración a acortarlo, recortarlo de todos los modos, sin el menor intento de revisión directa y resuelta. El «revisionismo», en su significado específico de castración burguesa de las verdades marxistas, es característico de la época que atravesamos no como un revisionismo combativo que alza «la bandera de la insurrección» (aunque fuera siquiera como lo hizo Bernstein en Alemania hace unos 10 años, y en Rusia Struve hace 15 o Prokopóvich algo más tarde), sino como una cobarde abjuración escondida, justificada a menudo con consideraciones «prácticas», presuntamente prácticas sobre todo. Los continuadores y prosélitos de la «obra» de Struve y Prokopóvich, los señores Potrésov, Máslov, Levitski y Cía., han «participado» en la disgregación reinante y la han sostenido (al igual que, por otro lado, Yushkévich, Bogdánov, Lunacharski, etc.) por medio de intentos, en su mayor parte tímidos y no sistemáticos, de arrojar por la borda el «viejo» marxismo y sustituirlo por una «nueva» doctrina burguesa. Las cuestiones teóricas no han pasado por casualidad, ni por capricho de «grupos», a ocupar uno de los primeros planos en el último cuatrienio. Al número de «bagatelas» remitían estas cuestiones, al menos en una u otra de sus partes, sólo gentes que abjuraban temerosamente de lo viejo. Y ahora, si se habla de la defensa del programa y la concepción del mundo del marxismo en relación con la campaña electoral, en el «proceso» de la campaña electoral, etc.; si se habla de esto no sólo para cumplir con una obligación «oficial» ni para no decir nada, lo que hay que tomar en cuenta no son las palabras, ni las promesas, ni los juramentos, sino precisamente la experiencia del cuatrienio transcurrido. Éste nos ha mostrado de hecho, una y otra vez, toda una serie de «compañeros de viaje no fiables» del marxismo en nuestra intelectualidad (que con frecuencia desea ser marxista); nos ha enseñado la desconfianza hacia tales compañeros de viaje; ha elevado, en las mentes de los obreros que piensan, la importancia de la teoría marxista y del programa marxista en su forma no recortada.

Hay una esfera de cuestiones en las que el programa se aproxima a la táctica y se convierte en ella. Estas cuestiones, naturalmente, durante la campaña electoral adquieren una importancia práctica directa mucho mayor. En estas cuestiones, el espíritu de abjuración y de dispersión se ha manifestado incomparablemente con más fuerza. Las viejas tareas caducan, decían unos, pues en Rusia, en esencia, el poder ya se ha convertido en burgués. El desarrollo de Rusia en adelante, declaraban otros, puede marchar, de modo semejante al alemán o al austriaco después de 1848, sin ningún «salto». La idea de la hegemonía de la clase obrera ha envejecido, decían terceros, los marxistas deben aspirar «no a la hegemonía, sino a un partido de clase», etc.

Huelga decir que ni una sola, literalmente ni una sola cuestión de táctica puede resolverse, puede ser esclarecida de un modo medianamente íntegro, completo y coherente, sin analizar estas ideas, justamente llamadas «liquidacionistas» e indisolublemente vinculadas a la amplia corriente de la opinión pública burguesa que da marcha atrás, apartándose del democratismo. Quien haya observado un poco la vida práctica, sabe que la dispersión en la esfera de estas cuestiones es cien veces mayor de lo que se ve en la literatura. No podía ser de otro modo, claro está, en los años que siguen a los acontecimientos de finales de 1905 y de 1906-1907. Pero cuanto más «natural» es (en el medio burgués) esta descomposición, tanto más perentoria y acuciante es para los marxistas la tarea de luchar contra ella de manera integral y tenaz.

En períodos como el del último cuatrienio en Rusia, la descomposición y la abjuración han sido propias de todos los países: ha ocurrido también que no quedaran siquiera grupos, sino tan sólo individuos aislados, capaces, durante diez y más años, en semejante coyuntura, de «mantener alta la bandera», preservar las ideas de continuidad y aplicar estas ideas ulteriormente en una situación sociopolítica muy modificada. En Rusia, la cosa aún no está tan mal, pues como «herencia» nos han quedado tanto el programa como las respuestas formalizadas a las cuestiones tácticas y organizativas fundamentales del «momento». La corriente liquidacionista, que abjura de esta respuesta, no está en condiciones de oponerle nada, absolutamente nada que se parezca a una respuesta precisa y clara.

La campaña electoral es la aplicación de una determinada solución de las cuestiones políticas a una compleja actividad propagandística, agitacional, organizativa, etc. No se puede abordar esta campaña sin tener una solución determinada. Y la respuesta formalizada que, desde 1908, ha dado el marxismo, se ha confirmado plenamente con la experiencia de cuatro años. El nuevo contenido, burgués, de la política agraria del gobierno; la organización de los terratenientes y la burguesía en la III Duma; la conducta incluso del más «izquierdista» de los partidos burgueses –el kadete–, tan vivamente iluminada por el viaje a «Londres», y no sólo por él; las corrientes ideológicas del tipo «Vejí», que han tenido éxitos enormes en la sociedad «culta», todo esto ha mostrado con claridad que las viejas tareas no están resueltas, pero que el enfoque para su solución avanza en una coyuntura nueva, más burguesa, con un viraje sistemático de la burguesía del democratismo a una «oposición» responsable, partidista, «leal», etc. Coyuntura nueva, nuevos procedimientos de preparación para la vieja solución de los viejos problemas; mayor claridad de la escisión entre la democracia y la antidemocrática burguesía liberal; he ahí los rasgos fundamentales de la respuesta formalizada de los marxistas a las cuestiones políticas cardinales de la contemporaneidad.

En ligazón indisoluble con la concepción general del mundo de los marxistas, con su valoración del significado político y de la importancia del período «del 3 de junio», se halla la respuesta a las cuestiones organizativas. Conservación de lo viejo en su fundamento y adaptación de éste –todas las llamadas «posibilidades»: sociedades abiertas, uniones, etc.– a la nueva coyuntura. Células y una red en torno a ellas, en conexión con ellas, dirigida por ellas. Mayor flexibilidad de las «células», adopción por éstas de formas más móviles, no en todo semejantes a las viejas, y utilización obligatoria no sólo de la tribuna de la Duma, sino de toda clase de «posibilidades» análogas. Sin atar en absoluto las manos con ninguna norma uniforme, con ninguna forma obligatoria, dejando un enorme campo para la elaboración de procedimientos y métodos de combinación adecuados, esta respuesta es inquebrantablemente «firme» en cuanto a los principios: precisamente ella opone a la dispersión reinante, a la abjuración, a la confusión, no sólo la proclamación verbal de la fidelidad a lo viejo, sino también el principio organizativo fundamental que permite plasmar en la vida la firmeza ideológica. Quienes, aunque sean pocos, han «acumulado un caudal», se unen y salvaguardan sistemáticamente la «jerarquía»: su espíritu, su doctrina, sus principios, sus tradiciones, y no sus formas, claro está.

El liquidacionismo, por el contrario, se amilana ante la amorfa [que no reina en modo alguno sólo entre nosotros, ni mucho menos únicamente en la clase obrera, sino aún con más fuerza en otras clases y partidos]; abandona el trabajo sobre lo viejo, convirtiendo la búsqueda de lo «nuevo» en legalización de la disgregación. En la amplia corriente ideológica de la sociedad burguesa, dirigida contra la democracia en general, contra el movimiento de masas en particular, contra las formas recientes de organización y dirección de este movimiento en especial, el liquidacionismo entre los marxistas no es más que un riachuelo.

Tales son las posiciones generales del marxismo, su actitud ante las tareas y las cuestiones de la contemporaneidad, actitud elaborada, repetimos, no desde ayer y que debe ahora ser vertida en una «campaña electoral» de contenido íntegro –ideológico, programático, táctico, organizativo.

II

Pasemos a examinar la posición respecto a la campaña electoral que ha adoptado el órgano principal de la corriente liquidacionista, «Nasha Zariá».

No hay nada más contrario al espíritu del marxismo que la frase. Y lo que, ante todo, desagradablemente choca en los números 6 y 7-8 de «Nasha Zariá» es el increíble desenfreno de una frase directa y llanamente tartarinesca. Una campaña tan habitual para los marxistas de todos los países, llevada a cabo ya dos veces en Rusia a amplia escala, como es la electoral, ha sido convertida por los Tartarines{53} de nuestro liquidacionismo en algo rodeado de palabras tan grandilocuentes, palabras y palabras, que se hace sencillamente insoportable.

El señor Yuri Chatski, en el artículo «Es hora de empezar», comienza la exposición de las concepciones de los liquidacionistas y, en esencia, termina esta exposición como anfitrión, dejando al señor L. Mártov los adornos, el retoque, la ornamentación literaria.

He aquí una muestra de los escritos de Yuri-Tartarín:

«...Difícilmente se puede contar con seguridad con que la campaña electoral sea llevada a cabo, desde el punto de vista organizativo, de un modo completamente centralizado, aunque hay que aspirar a ello por todas las vías de que hemos hablado... consolidando organizativamente los resultados de la unificación política de los obreros socialdemócratas en el curso de la campaña política...».

¡Teman a Dios, estimadísimo competidor de Trotski! ¿A qué viene aturdir al lector en general, y al obrero en particular, con ese montón de palabras sobre los resultados de la unificación política en el curso de la campaña política? ¡Sobre la consolidación de esos resultados! Si esto no es más que un montón de palabras, una engolada repetición ampulosa de una cosa simple. La «consolidación» organizativa es necesaria siempre, tanto antes de las elecciones como después. Al llamar a las elecciones campaña política y, «para darle importancia», al hablar aún de «una serie (!) de campañas (!) políticas de toda Rusia (!)», con ese estruendo y estrépito de palabras ocultáis la cuestión verdaderamente perentoria, vital, práctica: cómo organizarse. ¿Son necesarias las «células» y en torno a ellas una red de uniones más o menos abiertas y poco sólidas? ¿Sí o no? Si sí, esto es necesario tanto antes de las elecciones como después; las elecciones son una de las labores, una entre muchas. Si no se ha llevado un trabajo sistemático desde hace tiempo, no «consolidaréis» nada en el curso de la campaña electoral. Cualquier práctico comprende que eso son pamplinas. Con frases sonoras se encubre aquí la ausencia de una respuesta precisa a la cuestión fundamental de cómo hay que organizarse para toda actividad, y no sólo para la electoral.

Hablar a propósito de las elecciones de «movilización combativa del proletariado» (sic![11] pág. 49), de «amplia y abierta movilización de las masas obreras» (54), etc., etc., significa no sólo no tener ningún sentido de la medida, sino dañar directamente al trabajo modesto, por necesidad modesto, educando en la fraseología de una calidad exactamente igual a la de los «otzovistas», «ultimatistas», etc. A aquéllos les sale que con el boicot hay que subrayar especialmente que no ha sido enterrado el «espíritu» (y el «espíritu» del trabajo debe impregnar todas sus esferas, incluida la electoral); a los vocingleros del liquidacionismo les sale que las elecciones lo darán todo, ¡tanto la «movilización combativa» (¡cómo no se avergüenza un también-«marxista» ruso de escribir tales cosas!) como «la consolidación organizativa de los resultados de la unificación política en el curso de la campaña política»! Todos sabemos perfectamente que ni una «amplia», ni «abierta» «movilización de las masas» las elecciones de 1912 (si no se dan condiciones que cambien de raíz la coyuntura de 1908 y 1911) no darán ni pueden dar. Darán una modesta posibilidad de un trabajo no amplio y no muy abierto, y de esta posibilidad hay que aprovecharse, mientras que a Trotski no hay que imitarlo en las frases hinchadas.

El griterío sobre las organizaciones «abiertas» a propósito de las elecciones es sencillamente inepto: mejor hagámoslo de modo no muy abierto, colegas obreros, diremos nosotros; esto será más acertado, más pertinente, más razonable, más útil para influir sobre capas más amplias, que el parloteo sobre la existencia «abierta». En tiempos como los nuestros, gritar y jactarse: «¡yo todo lo puedo abrir!», sólo pueden hacerlo gentes por completo necias o por completo frívolas.

«...El partido (de clase) aparecerá sólo como producto de la creación organizativa de la vanguardia obrera autoactiva» (41).

¡Uf! ¡Tengan piedad! En el mundo, el partido ha sido formado y criado durante decenios tanto por los obreros de vanguardia como por los «intelectuales» verdaderamente marxistas que se pasaban por completo al lado de los obreros. Tampoco entre nosotros puede ser de otro modo, y no viene a cuento espantar al lector-obrero ruso con este enfático desvarío sobre la «creación» (cuando hay que machacar el abecé y acarrear piedrecitas, sencillitas, para los cimientos), la vanguardia «autoactiva», etc. El señor Mártov también está entusiasmado con Chatski-Tartarín y llega a hablar de los «elementos autoconscientes de la clase obrera» (n.º 7-8, pág. 42), que vienen a sustituir la «autoliquidación» del viejo personal (ídem).

¡Para que sea más fuerte! «Autoactivas», «autoconscientes», «creadoras», «movilización combativa», «lo más amplio», «lo más abierto»... ¿Cómo no le dan náuseas a la gente de esta –empleo una expresión de Saltykov-Schedrín– logomaquia?

Y ocurre que con frases rebuscadas, forzadas, que aturden y embrutecen al obrero (y al intelectual aún más, pues los obreros se ríen del estilo à la Yuri Chatski, y en mayor medida se «entusiasman» con él los estudiantes de bachillerato), hay que operar cuando el escritor no tiene una respuesta simple, directa, clara a cuestiones simples, claras, cercanas. En la cuestión de la plataforma electoral podemos, de modo particular, ilustrar gráficamente esta verdad sobre la transformación de un pensamiento confuso en frases confusas, ampulosas, grandilocuentes.

III

El señor Yuri Chatski habla también de la importancia de la plataforma electoral con grandísimo, grandísimo patetismo. La cuestión de la plataforma es «una de las cuestiones más cardinales». ¡Muy bien! «Los obreros socialdemócratas deben sentirla (!!) (la plataforma), pensarla, considerarla suya» (cursiva de Yuri Chatski).

Que los obreros deben pensar la plataforma, es cierto. Tampoco a los intelectuales que escriben en revistas casi marxistas les vendría nada mal pensar la plataforma. Pero qué significa «sentir» la plataforma, he ahí algo difícil de comprender. ¿Acaso los señores Nevedomski y Lunacharski escribirán en el próximo número de «Nasha Zariá» artículos «sentidos» sobre el «sentimiento» de la plataforma electoral por la vanguardia autoactiva de las masas autoconscientes movilizadas?

¿O quizá le apetezca la siguiente perla del artículo del señor F. Dan: «...la táctica electoral cambia por completo su sentido y su contenido político en dependencia de quién sea su creador y portador: el colectivo autogestionado de la vanguardia obrera socialdemócrata con todas sus fuerzas proletarias e intelectuales, o unos u otros grupitos de intelectuales, aunque sean "socialdemócratas", pero no promovidos por tal colectivo, que no actúan bajo su control y presión...»? ¡Quién puede dudar, en efecto, de que Potrésov y Dan no son en modo alguno un «grupito de intelectuales», sino gentes «promovidas por el colectivo autogestionado de la vanguardia» y «que actúan bajo su control»! ¡Oh, Tartarines del liquidacionismo!

¿Han pensado Yuri Chatski, L. Mártov y F. Dan la plataforma? «Vergüenza da confesarlo, pero pecado es callarlo –escribe el primero de ellos–, entre nosotros ha ocurrido también que la plataforma va por su lado, y en los discursos y escritos preelectorales se dice otra cosa, uno tira por un lado y otro por el otro».

Lo cierto, cierto es. «Entre nosotros» esto ha ocurrido a menudo.

Por ejemplo, Yuri Chatski, tras las palabras sentidas sobre la sentida plataforma, se pone a pronunciar largas, largas y no menos sentidas palabras sobre la importancia y la necesidad de una plataforma única. Con palabras sentidas se encubre adrede la simple cuestión de si puede haber una plataforma única si no hay unidad en las concepciones políticas. Y si existe unidad de concepciones, ¿a qué viene perder palabras en vano y forzar una puerta abierta: la plataforma es, precisamente, la exposición de las concepciones!

Y Yuri Chatski, después de hablar «con rodeos y circunloquios» sobre la plataforma «única», suelta con mucha torpeza su «secreto». «La mayor importancia –escribe– la atribuimos a la sanción (de la plataforma) por la fracción socialdemócrata de la Duma, con la condición, sin embargo, indispensable de que esta última no vaya por la línea de la menor resistencia, sancionando una plataforma que le ha sido impuesta por los círculos del extranjero...» (50).

Esto se llama: der König absolut, wenn er unseren Willen tut, – el rey es absoluto si cumple nuestra voluntad. La plataforma es deseable única, si no se sanciona la plataforma «impuesta desde el extranjero». Es decir, ¿hay a la vista dos plataformas? Una, que vosotros motejáis de «impuesta desde el extranjero» (¡terminología digna de Purishkévich! ¡Piénsese: Yuri Chatski, en la revista de Potrésov, escribe, codo con codo con Mártov y Dan, sobre la imposición desde el extranjero! ¡Qué bajo hay que caer para azuzar con semejantes procedimientos a las gentes poco desarrolladas contra el «extranjero»!). La otra plataforma, evidentemente, es la que no viene del extranjero, sino del colectivo autogestionado de las amplias y abiertas organizaciones de la masa movilizada. Hablando más simple y sin retorcimientos: «otros elementos de la posible centralización son el grupo de trabajadores socialdemócratas (?), estrechamente ligados al movimiento obrero abierto y que adquieren una estabilidad y autoridad cada vez mayores en el proceso de conducción de las campañas políticas. Tenemos en cuenta en particular a Petersburgo y su papel dirigente en las campañas políticas del último año». Así escribe Yuri Chatski.

El cofrecillo se abre simplemente: el «grupo» de los liquidacionistas petersburgueses, bien conocidos de todos por la revista del señor Potrésov, he ahí el «elemento de centralización». ¡Claro, clarísimo, querido Yuri Chatski!

La plataforma debe ser única, pero... de modo que no sea «impuesta por los círculos del extranjero», sino que satisfaga al «grupo» de los liquidacionistas petersburgueses... ¡Ardiente partidario de la «unidad» este Yuri Chatski!

IV

Veamos las «posiciones fundamentales de la plataforma» en L. Mártov... En su base pone – como correspondía, por supuesto – el programa. Mártov va contando este programa por partes y con sus propias palabras. Queda sin aclarar si Mártov predica el programa íntegro que ha expuesto en el n.º 7-8 de «Nasha Zariá»: ese fragmento del viejo programa es aceptable también para Larin, para Levitski, para Prokopóvich, probablemente. ¿O acaso Mártov acepta todo el viejo programa?

La justicia exige señalar que un pasaje en el artículo de Mártov indica esto último; en concreto, es el pasaje de la pág. 48, donde se dice que a veces hay que «no decirlo todo de forma clara» (esto es cierto), pero que, dizque, no hay que renunciar. «No nos obligarán» a «recortar el contenido de nuestras reivindicaciones». Son palabras muy buenas. Por desgracia, a estas palabras no les corresponde el hecho, pues sabemos perfectamente, por ejemplo, que el «no sospechoso (por Mártov) de reformismo», Larin, recorta y renuncia. Tendremos que convencernos muy pronto de que también Mártov, en ese mismo artículo suyo, prometiendo «no recortar» y «no renunciar», de hecho recorta y renuncia.

La situación de hecho, por consiguiente, es tal que en la cuestión del programa, como parte integrante y base de la plataforma, hay a la vista no una, sino dos plataformas: sin recortes ni renuncias, y con los recortes y renuncias cuya orientación está claramente indicada por el carácter de la prédica de Larin, Levitski, Potrésov.

Sigue luego la cuestión de la táctica. El sentido histórico del período del 3 de junio debe ser valorado, y en esa valoración deben basarse todas las definiciones de nuestras tareas, todas nuestras «manifestaciones» sobre cualesquiera cuestiones generales y particulares de la política contemporánea. Mártov se ve obligado a reconocer él mismo – a pesar de las burlas habituales entre los liquidacionistas, y características del liquidacionismo, sobre la «valoración del momento actual» – que esta cuestión es cardinal. Y he aquí que, respecto a la «vieja» respuesta formalizada a esta cuestión, Mártov declara:

«El sentido histórico del período "del 3 de junio" se ha intentado definir con una fórmula desafortunada, pues es capaz de inducir a error, al hablar de un "paso en el camino hacia la transformación" ("por el camino de la transformación" sería una cita exacta) en monarquía burguesa...».

«Desafortunada» fórmula... ¡Qué suave está dicho! ¿Y acaso hace mucho que los colegas de Mártov veían en esta fórmula la negación total, de principio, de aquel punto de vista que a ellos les parece el único salvador? ¿Acaso hace mucho que F. Dan decía: «quieren empujar allí donde ya fueron una vez derrotados»? ¿De qué se trata, entonces? ¿Hay una divergencia de raíz sobre el sentido histórico del período del 3 de junio o no?

Escuchemos más:

«...En semejante formulación desaparece la realidad del paso atrás dado hacia la división del poder entre los portadores del absolutismo y la nobleza terrateniente. De lo dicho anteriormente se sigue que las formas en que, tras los acontecimientos de 1905, únicamente podía realizarse esta división, crearon condiciones favorables para la movilización y organización de aquellas fuerzas sociales cuya misión histórica es trabajar en la creación de una "monarquía burguesa"...».

Esas fuerzas sociales, según Mártov, son la burguesía, a quien el período del 3 de junio «dio el derecho a ser una oposición legal o tolerada».

Obsérvese con atención el razonamiento de Mártov. Él reprocha a la «fórmula desafortunada» como si únicamente olvidara el paso atrás dado por el poder. En primer lugar, esto es fácticamente incorrecto. A Mártov le acompaña una sorprendente mala suerte con la «fórmula» de 1908: en cuanto se pone a hablar de ella, resulta en el acto una extraña incapacidad (¿o falta de deseo?) de transmitir con exactitud la «fórmula» que él conoce muy bien. ¡En la «fórmula» se dice directa y precisamente que los terratenientes feudales (y no los terratenientes burgueses, como correspondería decir según Larin) conservan «su poder y sus rentas»! Es decir, que si a semejante división del poder se la llama «paso atrás», ese paso atrás no sólo no desaparece en nuestra fórmula, sino que, al contrario, se constata del modo más preciso. En segundo lugar, y esto es lo principal, al hablar del paso atrás dado por el poder, Mártov encubre, vela con ello el paso atrás dado por la burguesía liberal. ¡Ahí está el quid! ¡Ésa es la esencia del razonamiento, oscurecida por Mártov!

El paso atrás dado por la burguesía liberal es el vejismo de esta burguesía, su abjuración del democratismo, su aproximación a los «partidos del orden», su apoyo (directo e indirecto, ideológico y político) a los intentos del viejo régimen de sostenerse a costa de mínimos «pasos por el camino de la transformación en monarquía burguesa». La monarquía burguesa no puede no sólo constituirse, sino ni siquiera empezar a constituirse, sin una burguesía liberal contrarrevolucionaria (vejista). Mártov «olvida» esto ante todo y sobre todo por la simple razón de que él mismo es un «vejovista»... entre los marxistas.

El liberal dirige toda su atención, al valorar el período del 3 de junio, a que el poder dio un «paso atrás», hacia los Purishkévich: si ese mismo poder, conservando los mismos rasgos fundamentales del régimen (y la represión contra la democracia), hubiera dado un «paso» hacia él, hacia el liberal, eso es todo lo que él necesita. He demostrado con «Vejí», con la política vejista («Londres» de Miliukov), que yo, liberal, soy un enemigo sincero, serio, despiadado de la democracia «antiestatal», renegada, pueril, criminal, «ladrona», inmoral, atea, y cómo se diga aún en «Vejí». ¡Y a pesar de esto, el poder comparte el poder no conmigo, sino con Purishkévich! He ahí el sentido de la política liberal del período del 3 de junio, he ahí el sentido del «liberalismo stolipiniano» de los señores Struve y Miliukov. Yo a ti con toda el alma, le dice el liberal al poder, volviendo a él sus miradas, ¡y tú me prefieres a Purishkévich!

Por el contrario, el punto de vista de la democracia proletaria sobre el período del 3 de junio es de principio, radicalmente distinto. El «paso atrás», hacia los Purishkévich, ha sido dado por el poder en una etapa de desarrollo distinta, mucho más alta que antes. También en los años 80 hubo un «paso atrás» hacia la nobleza, pero fue un paso atrás en la etapa de la Rusia post-reforma, que había avanzado mucho desde la época de Nicolás, cuando el noble-terrateniente mandaba sin «plutocracia», sin ferrocarriles, sin el creciente tercer elemento. Así también ahora, el «paso atrás» hacia los Purishkévich ocurre sobre la base de una política agraria burguesa, sobre la base de una participación organizada y sólida de la burguesía en la representación: esto es la hegemonía de Purishkévich en el viraje general, purishkévichiano y miliukoviano, contra la democracia, contra el movimiento de masas, contra los llamados «excesos», contra la llamada «revolución intelectual» (Vejí), etc.

La tarea del liberal es «amedrentar» a Purishkévich para que «se estreche», ceda más sitio al liberalismo, pero de modo que en modo alguno puedan así ser eliminadas de la faz de la tierra todas las bases económicas y políticas del purishkévichismo. La tarea del demócrata en general y del representante de la democracia proletaria, del marxista, en particular, es utilizar el agudo conflicto para arrastrar a la arena a los de abajo precisamente para tal eliminación. Desde el punto de vista de la tarea de transformación de Rusia en general, el sentido histórico del período del 3 de junio consiste precisamente en que este nuevo paso por el camino de la transformación en monarquía burguesa es un paso hacia una mayor demarcación de las clases en todos los sentidos y, en particular, hacia una mayor demarcación del liberalismo (oposición «responsable» a los Purishkévich) y la democracia (eliminación de todas las bases del purishkévichismo).

De aquí se ve claro que Mártov, que supuestamente critica tan sólo una «formulación desafortunada», da de hecho la plataforma de una política obrera liberal. Él ve el «paso atrás» dado por el viejo poder hacia los Purishkévich, y no ve el paso atrás dado por la burguesía liberal hacia el viejo poder. Él ve que los acontecimientos de 1905 crearon condiciones favorables para la «movilización y organización» de los burgueses liberales contra los Purishkévich y al lado de los Purishkévich, pero no ve que esos acontecimientos crearon «condiciones favorables» para la movilización y organización de la burguesía liberal, vejista, contrarrevolucionaria contra la democracia, contra el movimiento de masas. De la cita de Mártov se desprende inevitablemente, por tanto, que los obreros deben «apoyar» a los liberales en su lucha contra los Purishkévich, deben ceder la hegemonía a los liberales; y en modo alguno se desprende que los obreros deben, pese al vejismo de los liberales, pese a la aspiración de los Miliukov de sentarse al lado de los Purishkévich, levantar a los de abajo para la labor de eliminación completa de las raíces más profundas (y las cumbres más altas) del purishkévichismo.

De aquí se ve claro, además, por qué Mártov puede y debe estar de acuerdo con Larin en lo fundamental, discrepando de él sólo en los detalles, sólo en los procedimientos de formulación de las tareas de la política obrera liberal. Ya tenemos una monarquía burguesa, dice Larin; entre nosotros, ya ahora los terratenientes no son «feudales», sino agrarios, es decir, burgueses, empresarios rurales. Entre nosotros, por tanto, no están al orden del día los «saltos» históricos; entre nosotros debe haber «no hegemonía, sino un partido de clase» (Levitski); entre nosotros la tarea es apoyar a los liberales-constitucionalistas, conservando nuestra independencia[12]. Aún no tenemos una monarquía burguesa, objeta Mártov, pero para nosotros es «del todo suficiente» saber que la combinación de absolutismo y constitucionalismo es contradictoria y que debemos «agarrar al viejo régimen por el talón de Aquiles de las contradicciones». Ambos contendientes no ven el vínculo de la monarquía burguesa nacida o naciente con el carácter contrarrevolucionario de la burguesía liberal; en ambos desaparece de la escena la actividad del «hegemón» para determinar no sólo el volumen, sino también el tipo de transformación burguesa de Rusia; en ambos – lo digan o no – la clase obrera «se instala» en la nueva Rusia burguesa, en vez de instalarla ella, conduciendo tras de sí a la democracia capaz de negar todas las bases del purishkévichismo.

V

No carece de interés que los ulteriores razonamientos de Mártov lo vapuleen de modo aún más patente.

«Así – continúa Mártov –, los Borbones restaurados en 1815 no crearon una monarquía burguesa, pero se vieron obligados a revestir su dominación y la de la nobleza que los respaldaba en formas políticas que aceleraron la organización de la clase burguesa y le permitieron crecer hasta convertirse en una fuerza capaz de crear la monarquía burguesa de 1830...».

Magnífico. Antes de los Borbones de 1815, antes de 1789, la monarquía en Francia era feudal, patriarcal. Después de 1830, la monarquía era burguesa. ¿Y qué monarquía era aquella de la que (para su propio mal) habló Mártov, es decir, la monarquía de 1815-1830? Está claro que era un «paso en el camino de transformación en monarquía burguesa». ¡El ejemplo de Mártov habla espléndidamente contra él mismo! Prosigamos. La burguesía liberal en Francia comenzó a mostrar su hostilidad a la democracia consecuente ya en el movimiento de 1789-1793. La tarea de la democracia era la creación no de una monarquía burguesa en absoluto, como bien sabe Mártov. Y la democracia de Francia, con la clase obrera a la cabeza, a pesar de las vacilaciones, cambios de chaqueta, el talante contrarrevolucionario de la burguesía liberal, creó, tras una larga serie de duras «campañas», el régimen político que se consolidó a partir de 1871. Al comienzo de la época de las revoluciones burguesas, la burguesía liberal francesa era monárquica; al final del largo período de revoluciones burguesas – a medida que aumentaba la decisión y la independencia de las intervenciones del proletariado y de los elementos democrático-burgueses («bloquistas de izquierda», ¡sea dicho sin ofensa para L. Mártov!) – la burguesía francesa fue enteramente reeducada en republicana, reeducada, reenseñada, regenerada. En Prusia, y en Alemania en general, el terrateniente no soltó de sus manos la hegemonía durante todo el tiempo de las revoluciones burguesas y él «educó» a la burguesía a su imagen y semejanza. En Francia, la hegemonía la conquistó el proletariado unas cuatro veces a lo largo de todo el ochenio [sic; ochenta años] de revoluciones burguesas, en distintas combinaciones con los elementos «bloquistas de izquierda» de la pequeña burguesía, y como resultado la burguesía tuvo que crear un régimen político que es más grato a su antípoda.

Hay burguesía y burguesía. Las revoluciones burguesas nos muestran una enorme diversidad de combinaciones de distintos grupos, capas, elementos tanto de la propia burguesía como de la clase obrera. «Extraer» la respuesta a las cuestiones concretas de la revolución burguesa rusa del primer decenio del siglo XX del «concepto general» de revolución burguesa, en el sentido más estrecho de la palabra, significa vulgarizar el marxismo hasta el liberalismo.

«Así – prosigue Mártov –, después de domeñar la revolución de 1848, el poder prusiano se vio obligado a introducir una constitución y una representación legislativa organizada en interés de la propiedad territorial; y sobre el terreno de esos miserables rudimentos de régimen parlamentario-constitucional se organizó políticamente la burguesía, la cual, sin embargo, no ha logrado hasta ahora rematar la transformación del Estado en "monarquía burguesa".

¡La formulación arriba mencionada peca, pues, de que en ella falta el momento del choque decisivo de las clases, sin el cual la tendencia objetiva que se manifiesta en los actos del tipo del 3 de junio no puede realizarse en la vida!».

¿Verdad que es verdaderamente magnífico? ¡Mártov es, en positivo, un virtuoso en cuanto a revestir razonamientos, teorías, plataformas reformistas con palabrejas de un cariz efectísticamente marxista y efectísticamente revolucionario! A propósito de esa misma «fórmula» que critica Mártov, F. Dan tronaba contra las gentes que quieren «empujar allí donde ya fueron una vez derrotadas». Y. Larin escribía que la clase obrera debe organizarse no «en espera de la revolución», sino sencillamente «para la defensa firme y planificada de sus intereses particulares». Y ahora, Mártov hace un descubrimiento: la fórmula peca de que en ella falta el momento del choque decisivo de las clases. ¡Sencillamente delicioso!

Pero en esta frase de Mártov, además de lo cómico, hay algo más. Mártov se ha expresado con una evasividad virtuosa. No ha dicho de qué clases habla él. En lo anterior, se trataba de los terratenientes y la burguesía. Se puede suponer que Mártov habla aquí del choque decisivo sólo entre los terratenientes y la burguesía. Sólo desde el punto de vista de tal suposición se pueden «tomar en serio» las palabras citadas de Mártov. Pero, en cambio, tal suposición lo delata con particular nitidez como predicador o defensor de una política obrera liberal.

¡En nuestra fórmula «falta el momento del choque decisivo» entre la clase de los terratenientes y la burguesa! Permítame: en nuestra fórmula se habla directa, definida, precisamente de las «pequeñas rencillas» de estas clases. Desde nuestro punto de vista, las rencillas entre estas clases son pequeñas. Importancia capital tiene el choque no de estas clases, sino de otras clases, de las que en la «fórmula» se habla más adelante de modo igualmente directo e igualmente definido.

La cuestión se plantea, por consiguiente, del siguiente modo. Quien se sitúe en el punto de vista marxista, no puede esperar la liberación de Rusia del «período del 3 de junio» más que del «choque decisivo de las clases». Hay que aclararse el sentido histórico del «período del 3 de junio» para saber qué clases en la Rusia contemporánea pueden y deben (en el sentido de la necesidad objetiva, y no del deber ser subjetivo) llegar a un choque decisivo. Mártov piensa, al parecer – como piensan todos los liquidacionistas –, que el choque decisivo se avecina en Rusia entre la nobleza terrateniente y la burguesía liberal. (Observemos entre paréntesis que si en el proyecto de plataforma de «Nasha Zariá» y «Delo Zhizni» se expresara directamente este punto de vista, los liquidacionistas prestarían un gran servicio al movimiento obrero, aclarando a los obreros de qué se trata; pero si en la plataforma de estos órganos literarios no se expresara directamente ese punto de vista, significaría que la plataforma se escribe para ocultar las concepciones, que la plataforma discrepa del contenido ideológico real de la prédica de ambas revistas.)

Nosotros pensamos – y en nuestra «fórmula» está dicho directamente – que el choque decisivo entre la propiedad territorial terrateniente del viejo tipo y la burguesía liberal de Rusia no se avecina; los choques entre estas clases son inevitables, pero en forma de «pequeñas rencillas» que nada «deciden» en los destinos de Rusia, que ningún cambio decisivo y serio a mejor pueden acarrear[13].

Un choque verdaderamente decisivo se avecina entre otras clases: un choque sobre el terreno y dentro de los límites de la sociedad burguesa, es decir, de la producción mercantil y el capitalismo.

¿En qué se basa tal opinión? Tanto en consideraciones teóricas como en la experiencia de 1905-1907. En ese trienio, Rusia vivió un choque de clases tan agudo que ocupa uno de los primeros lugares en la historia mundial de los choques agudos entre clases. Y, sin embargo, incluso en ese trienio, en la coyuntura de una sociedad burguesa que carecía entonces de las más elementales condiciones y garantías de la libertad burguesa, el choque entre la propiedad territorial terrateniente y la burguesía liberal, entre esta última y el viejo poder, no fue ni agudo ni decisivo. Por el contrario, agudos y decisivos – medianamente agudos y decisivos – fueron los choques entre los campesinos y los terratenientes, entre los obreros y los capitalistas.

¿A qué se debe este fenómeno? En primer lugar, a que la burguesía liberal está atada por hilos económicos demasiado estrechos a la propiedad territorial terrateniente; sus intereses están demasiado entrelazados mutuamente, de modo que para la primera resulta seguro y deseable sólo el reformar la segunda, en modo alguno el aniquilarla. Mejor la reforma más lenta, incluso imperceptiblemente lenta, que la aniquilación: así razona la aplastante mayoría de los burgueses liberales, y dada la situación económica y política de Rusia, esta clase no puede razonar de otro modo.

Además, si tomamos por ejemplo el movimiento huelguístico, resultará que Rusia, en el trienio indicado, lo desarrolló hasta una altura nunca vista en ninguno de los países más avanzados, más capitalistas del mundo. De ahí la inevitabilidad de un razonamiento tal de la burguesía liberal: mejor la reforma más lenta, imperceptiblemente lenta, de las condiciones caducas del trabajo, que la ruptura resuelta con lo viejo; mejor conservar lo viejo que romper resueltamente con ello. En cambio, para el campesinado y para los obreros, su situación económica hacía imposible semejante razonamiento; la situación económica engendraba aquí choques verdaderamente agudos, verdaderamente decisivos. Es erróneo pensar, como piensan los populistas respecto al campesinado, y Trotski respecto a los obreros, que estos choques salen de los límites de la sociedad burguesa. Pero no está sujeto a la menor duda que todo lo viejo, vetusto, preburgués, puede ser, por estos choques y sólo por ellos (en caso de un determinado desenlace de los mismos), eliminado por completo, aniquilado totalmente.

Los terratenientes rusos, desde Purishkévich hasta Dolgorúkov, han educado y educan a nuestra burguesía liberal en un espíritu de servilismo, rutina, miedo a los cambios, nunca vistos aún en la historia. Los campesinos rusos – dada la situación económica y política actual de Rusia – representan una capa burguesa de la población, de la cual la época de los «choques», la época de las revoluciones burguesas (en el significado histórico-metodológico de esta palabra), está educando, con la participación dirigente de los obreros, a una burguesía que no se distinga por las arriba señaladas agradables cualidades. ¿La educará? A esta pregunta se podrá dar respuesta sólo cuando la época de los movimientos burgueses en Rusia haya concluido. Hasta entonces, todas las corrientes progresistas del pensamiento político en Rusia se dividirán inevitablemente en dos tipos fundamentales, según graviten hacia la hegemonía del liberalismo, que aspira a rehacer, renovar Rusia de un modo inocuo para los Purishkévich, o hacia la hegemonía de la clase obrera, que conduce tras de sí a los mejores elementos del campesinado.

He dicho: «graviten», pues no hay por qué suponer en todas las corrientes progresistas la conciencia en el sentido de la comprensión de las raíces de clase de una u otra política. Pero los marxistas no pueden ser marxistas si no han indagado estas raíces, si no han comprendido que tanto la defensa de los intereses particulares de la clase obrera como su preparación para su futuro papel en la Rusia burguesa se orientan inevitablemente, en virtud de la correlación objetiva de las fuerzas sociales, por esos mismos dos cauces principales: ir tras el liberalismo (que va tras los Purishkévich o al lado de ellos) o conducir a los elementos democráticos adelante, pese a las vacilaciones, veleidades y vejismo del liberalismo.

VI

Nos hemos aproximado así de lleno a la cuestión del tan manoseado «bloquismo de izquierda». Yuri Chatski y F. Dan, sin exageración se puede decir, trinan y echan chispas contra el bloquismo de izquierda; por parte del último de los nombrados políticos, esto es tanto más natural cuanto que tiene que encubrir con algo su traición a la causa de los obreros y la escisión de la organización de los obreros en la primavera de 1907 en Petersburgo ¡en aras del bloque con los kadetes! Pero la cuestión del bloquismo de izquierda es una cuestión de principio interesante e importante, si hablamos no sólo y ni siquiera tanto de los acuerdos electorales (con la presente ley electoral, el «bloque de izquierda» raramente se aplicó en la práctica), como del carácter general y del contenido de toda la propaganda y la agitación electorales. «Obligar» a la masa democrática más numerosa del país (el campesinado y capas afines de la pequeña burguesía no agrícola) a «escoger entre los kadetes y los marxistas»; llevar la línea de «acciones conjuntas» de los obreros y de la democracia campesina tanto contra el viejo régimen como contra la vacilante burguesía liberal contrarrevolucionaria: he ahí el fundamento y la esencia de la táctica «bloquista de izquierda», consagrada tanto por la marcha de los acontecimientos de 1905 (el movimiento obrero y campesino), como por las votaciones del grupo «trudovique» y obrero en las dos primeras Dumas, y por la actitud de la prensa de los distintos partidos ante las cuestiones cardinales de la democracia, e incluso por la posición del «grupo campesino» de la III Duma (¡con la abundancia de elementos derechistas en este grupo!) en la cuestión agraria. Se sabe que el proyecto agrario de los 43 campesinos de la tercera Duma es mucho más democrático que el proyecto kadete, liberal, ¡como lo reconocieron los propios kadetes!

No cabe duda de que es precisamente en este sentido, de principio general, como los liquidacionistas rechazan el «bloquismo de izquierda». Y es igualmente indudable que su abjuración del bloquismo de izquierda es una traición a la causa de la democracia. No ha habido ni un solo movimiento liberador burgués en el mundo que no dé ejemplos y muestras de la táctica «bloquista de izquierda», y todos los momentos victoriosos de estos movimientos están siempre ligados a los éxitos de esta táctica, a la orientación de la lucha por esta vía, pese a las vacilaciones y deserciones del liberalismo. Precisamente la «táctica bloquista de izquierda», precisamente la alianza del «plebs» urbano (= proletariado actual) con el campesinado democrático, fue lo que dio envergadura y fuerza a la revolución inglesa del XVII, a la francesa del XVIII. De esto hablaron Marx y Engels muchas veces no sólo en 1848, sino también mucho después. Para no aducir citas ya muchas veces aducidas, recordemos la correspondencia de Marx y Lassalle en 1859. A propósito de la tragedia de Lassalle «Sickingen», Marx escribió que la colisión desarrollada en el drama «no es sólo trágica, sino que es justamente la misma trágica colisión la que, con toda razón, llevó al hundimiento al partido revolucionario de 1848 y 1849». Y Marx, esbozando ya en líneas generales toda la línea de las futuras divergencias entre lassalleanos y eisenachianos{54}, reprochaba a Lassalle que incurría en un error «al colocar la oposición luterano-caballeresca por encima de la plebeyo-münzeriana»{55}.

No nos concierne aquí la cuestión de si es acertado o desacertado el reproche de Marx: pensamos que es acertado, aunque Lassalle se defendió enérgicamente de este reproche. Lo importante es que el situar la oposición «luterano-caballeresca» (liberal-terrateniente, en traducción al ruso de comienzos del siglo XX) por encima de la «plebeyo-münzeriana» (proletario-campesina, en la misma traducción), tanto Marx como Engels lo consideraban un error manifiesto, ¡lo consideraban absolutamente inadmisible para un socialdemócrata!

Insultando y maldiciendo a propósito de la táctica bloquista de izquierda, los liquidacionistas intentan acallar, con el estruendo de las palabras, la cuestión cardinal de principio que surge aquí sobre la obligatoriedad del «bloquismo de izquierda» para todo partido obrero en todo movimiento democrático-burgués. No estando en condiciones de plantear la cuestión de modo principista, caen en curiosas contradicciones, vapuleándose a sí mismos. Ejemplo: el mismo L. Mártov, que teme al «bloque de izquierda» como a la peste, escribe, formulando en las «posiciones fundamentales de la plataforma» el programa agrario: «sigue siendo lo más acertado, lo más incruento y lo más ventajoso para el desarrollo cultural la expropiación de la tierra terrateniente de manos de sus actuales poseedores y su entrega al pueblo». Sin querer se le ha escapado – ¡oh horror! – ¡llegar a la nacionalización! Esto, en primer lugar. Y en segundo lugar, al expresar un pensamiento acertado, Mártov ha expresado (contrariamente a su colega Cherevanin: véase su libro vejista sobre la «Situación actual» en 1908) un pensamiento bloquista de izquierda, pues el programa agrario por él bosquejado es un programa de acciones bloquistas de izquierda, tanto contra el viejo régimen como contra los partidos liberales como los k.-d. ¡Y «Echa a la naturaleza por la puerta, volverá por la ventana»!!

El programa agrario formulado por L. Mártov es tal que en él se unifican (fácticamente se unifican, es decir, convergen independientemente de cualesquiera «acuerdos») tanto los obreros como los campesinos trudoviques con sus líderes ideológicos en la persona de los populistas. Por el contrario, semejante programa agrario separa tanto a los obreros como a los campesinos trudoviques, tomados juntos, de los kadetes (y de la burguesía liberal en general). Si en adición a esta conclusión política absolutamente indiscutible tomáis en consideración que la cuestión agraria (la cuestión de la transformación democrática agraria) se halla en el centro de las cuestiones de nuestro movimiento liberador, veréis que Mártov se vio obligado a formular una táctica «bloquista de izquierda» para la cuestión central de nuestra época.

¿Cómo y por qué le ocurrió a nuestro adversario del «bloquismo de izquierda» semejante desgracia? Muy simple. O bien tenía que romper directa y claramente con el viejo programa – y no se decidió a ello; aún no ha «alcanzado» al audaz (en el renegadismo) Cherevanin y Larin–. O bien tenía que volver a contar, aunque fuera de modo aproximadamente fiel, el viejo programa, y de éste se desprende inevitablemente el «bloquismo de izquierda». Tan amargo es ya el destino de nuestros liquidacionistas.

VII

Sólo nos queda señalar dos pasajes importantes en el artículo de Mártov. «La aspiración del partido obrero – escribe – debe ser, al surgir cada uno de estos conflictos dentro del sistema del 3 de junio» (se trataba de los conflictos y roces que descomponen y minan este sistema), «el inducir a las clases poseedoras a dar uno u otro paso en dirección a la democratización de la legislación y a la ampliación de las garantías constitucionales y, lo que para nosotros representa el mayor valor propio, a la ampliación de la esfera de organización no coartada de las fuerzas populares» (pág. 50, «Nasha Zariá» n.º 7-8).

La formulación dada aquí por Mártov es muy lograda. Pero es precisamente la formulación de las tareas y la línea de la política obrera liberal. «Inducir a las clases poseedoras a dar un paso», «ampliar la esfera de organización no coartada del trabajo»: estas frases de Mártov repiten punto por punto todo lo que los burgueses liberales del mundo entero, medianamente cultos, medianamente imbuidos del espíritu «europeo», dicen. La diferencia entre la política obrera liberal y la política obrera marxista empieza sólo allí y entonces donde y cuando vemos la explicación a los obreros de la insuficiencia, de la insatisfactoriedad, del engaño de la formulación liberal que acabamos de aducir. Inducir a las clases no poseedoras a dar un paso hacia el cambio precisamente de aquella «esfera» que los liberales prometen «ampliar», hacia su sustitución por una «esfera» radicalmente distinta, he ahí cómo (aproximadamente) cabe definir las tareas y aspiraciones del partido obrero si no hay deseo de construir un partido obrero liberal.

Pero lo que transmite con mayor relieve, lo que mejor transmite todo el espíritu del artículo de Mártov, es la siguiente tirada del párrafo final en su parágrafo final:

«Toda la campaña electoral debe ser llevada por nosotros bajo la bandera de la lucha del proletariado por la libertad de su autodeterminación política, de la lucha por el derecho a tener su partido de clase y a desarrollar libremente su actividad, por la participación en la vida política en calidad de fuerza organizada independiente. ¡A este principio (¡escuchad!) deben subordinarse tanto el contenido de la agitación electoral, como los métodos de la táctica electoral y del trabajo organizativo preelectoral».

¡He aquí las palabras que expresan correctamente el «principio» que determina el «contenido» de toda la agitación electoral (¡y de toda la política!) de los liquidacionistas! Las buenas palabras «no recortar nada, no renunciar a nada», con que Mártov consolaba al lector marxista, resultan ser sólo palabras, palabras huecas ante semejante formulación del «principio». El principio, en efecto, resulta ser el principio de la política obrera liberal, tal es la esencia.

El burgués liberal dice a los obreros: tenéis derecho a luchar, os es necesario luchar por la libertad de vuestra autodeterminación política, por el derecho a tener vuestro partido de clase, a desarrollar libremente vuestra actividad, por la participación en la vida política en calidad de fuerza organizada independiente. Precisamente estos principios de la burguesía liberal, culta, radical – si empleamos el término inglés o francés – son los que Mártov presenta a los obreros bajo el nombre de marxismo.

El marxista dice a los obreros: para luchar real y exitosamente por la libertad de «vuestra» autodeterminación política, debéis luchar por la libertad de autodeterminación política de todo el pueblo, indicándole consecuentemente las formas democráticas de su existencia estatal, conquistando a las masas y a las capas no desarrolladas de los trabajadores de la influencia de los liberales. Para que vuestro partido esté verdaderamente a la altura de la comprensión de las tareas de la clase, para que su actividad sea de hecho de clase, y no gremial, es necesario que no sólo participe en la vida política, sino que dirija – pese a todas las vacilaciones de los liberales – la vida política y la autoactividad de amplias capas hacia una arena más alta que la que señalan los liberales, hacia fines más esenciales, más radicales. No comprende las tareas de la clase quien le asigna un rincón «independiente» de «actividad» en una arena cuyos límites, forma y aspecto son determinados o tolerados por los liberales. Las tareas de la clase sólo las comprende quien dirige la atención (y la conciencia, y el trabajo práctico, etc.) hacia una tal reconstitución de esta misma arena, de toda su forma, de todo su aspecto, que no se limite a las normas del liberalismo.

¿Cuál es la diferencia entre ambas formulaciones? Pues justamente, entre otras cosas, que la primera excluye la idea de la «hegemonía» de la clase obrera, mientras que la segunda define adrede precisamente esta idea; la primera es la variante moderna, novísima, del viejo «economismo» («a los obreros la lucha económica, a los liberales la política»); la segunda aspira a arrancar de las mentes todo terreno tanto al viejo «economismo» como al «neoeconomismo».

Ahora queda plantear la cuestión conclusiva: ¿cuál es la diferencia entre Levitski y Mártov? En que el primero es un liquidacionista de los jóvenes, de la nueva generación, libre de tradiciones y recuerdos de lo viejo. Con el arrojo y la desenvoltura propios de la juventud, dice de sopetón: ¡«no hegemonía, sino partido de clase»! En cambio, Mártov «ha corrido mucho mundo», fue antaño viejo iskrista; en él se entremezclan viejas tradiciones, aún no del todo desvanecidas[14], y el nuevo liquidacionismo, aún no del todo envalentonado; por eso jura y perjura celosamente: «nada recortar, de nada renunciar», y luego, tras largos, largos razonamientos tortuosos, deja escapar que el «principio» de toda la agitación electoral debe ser liquidacionista. Y todo el quid está cabalmente en el «principio» de la campaña electoral.

«Prosvieschenie» n.º 1 y 2, diciembre de 1911 y enero de 1912. Firmado: K. Tulin

Impreso según el texto de la revista «Prosvieschenie»