No hace mucho, bajo la impresión de la cosecha del año pasado, los plumíferos venales proclamaban con orgullo las benéficas consecuencias del «nuevo rumbo agrario», y tras ellos algunas personas ingenuas anunciaban un viraje en nuestra agricultura, un ascenso del campo en toda Rusia.

Ahora, precisamente en el 5º aniversario del ukaz del 9 de noviembre de 1906{62}, el hambre y la mala cosecha que se han abatido sobre casi la mitad de Rusia demuestran del modo más patente e irrefutable cuánta mentira consciente o candorosa incomprensión se ocultaba en aquellas esperanzas cifradas en la política agraria de Stolypin.

Incluso según los cálculos del gobierno, cuya exactitud y «modestia» ya demostraron las hambres anteriores, la calamidad de la mala cosecha abarca 20 provincias; 20 millones de almas «tienen derecho a la prestación de ayuda alimentaria», es decir, se hinchan de hambre y arruinan su hacienda.

Kokovtsov no sería ministro de Finanzas y jefe del gobierno contrarrevolucionario si no estuviera «alentando»: según él, no hay mala cosecha, sino tan solo «escasez de rendimiento»; el hambre «no acarrea enfermedades», al contrario, «a veces ayuda» contra ellas; las narraciones sobre la desgracia de los hambrientos son pura invención de la prensa – así lo atestiguan elocuentemente los gobernadores; al contrario, «las condiciones económicas de las comarcas afectadas por la escasez de rendimiento no son en absoluto tan malas»; «la idea de alimentar gratuitamente a la población es perjudicial»; por último, las medidas tomadas por el gobierno son «suficientes y oportunas».

El jefe del gobierno constitucional olvidó mencionar su genial invención en la lucha contra el hambre: el otorgar a los pesquisantes facultades para organizar la «ayuda a los hambrientos».

Ahora, la «ayuda social» incluso de las sociedades liberales legalizadas ha sido eliminada, y el pesquisante de Sarátov, en calidad de monopólico celador de los hambrientos, ha podido sin estorbo alguno disipar en las tabernas los préstamos que le fueron confiados para los hambrientos.

Por supuesto, los terratenientes derechistas están encantados con el «detallado y, por así decirlo, omnicomprensivo discurso del señor presidente del Consejo de Ministros» (diputado Vishnevski, sesión del 9 de noviembre); por supuesto, los octubristas serviles se apresuraron a consignar en su fórmula oktiabrista de transición que «el gobierno se preocupó oportunamente de adoptar medidas para luchar contra las consecuencias de la mala cosecha»; y uno de sus líderes (¡no de los simples mortales!) disertaba con aire profundo sobre «la libre circulación de conservas de pescado a fin de asegurar a la población un alimento racional».

El tifus del hambre, el escorbuto, la alimentación con carroña arrebatada a los perros, o con pan de ceniza y estiércol que se mostró en las sesiones de la Duma Estatal, todo eso no existe para los octubristas. Para ellos la palabra del ministro es ley.

¿Y los kadetes? Incluso en una cuestión así, en lugar de una valoración honrada de la vil conducta del gobierno, no encontraron nada mejor que, por boca de su orador Kutler, «extraer tranquilizadoras conclusiones del extenso discurso del presidente del Consejo de Ministros» (sesión del 9 de noviembre); y en su fórmula de transición calificaban con ternura la actividad del gobierno tan solo de «poco (!) planificada, insuficiente y ni mucho menos siempre (!) oportuna…».

La cuestión de los modos de suministrar ayuda alimentaria y de organizarla, como señaló justamente en su discurso el diputado socialdemócrata, camarada Beloúsov, no es más que una faceta del asunto. No menos importante es la cuestión fundamental que se plantea cada vez que se habla del hambre: la cuestión de las causas de las hambrunas y de las medidas para luchar contra la mala cosecha.

Para los terratenientes derechistas la solución es «muy sencilla»: hay que obligar a los mujiks «holgazanes» a trabajar todavía más y entonces «él se las apañará». El bisonte de Kursk, Márkov 2º, encuentra «terrible» que «de los 365 días del año el mujik trabaje 55-70 días, y 300 no haga nada» y, tumbado en el hornillo, «reclame la ración del erario».

Los semiterratenientes nacionalistas y octubristas miran «más hondo»: obligados a ensalzar a las autoridades, aún intentan convencer de que «de raíz la cuestión del hambre quedará resuelta cuando la tierra pase de manos de los débiles y borrachos a manos de los fuertes y sobrios», «cuando se lleve a cabo la reforma proyectada por el malogrado P. A. Stolypin, cuando la apuesta por los fuertes se gane» (discurso de Kelepovski en la sesión de la Duma del 9 de noviembre).

Pero los más perspicaces entre los recientes defensores del ukaz del 9 de noviembre ya empiezan a sentir que sobre esta «gran reforma» sopla un hálito de muerte. El diputado de Sarátov, N. Lvov, que defendió y «defiende la ley del 9 de noviembre», comparte con la Duma las siguientes impresiones, extraídas «del contacto con la realidad»: «Todo cuanto ustedes dicen aquí, en la Duma Estatal, está terriblemente lejos de aquella inmediata y apremiante necesidad que se ve con los propios ojos». «Hace falta mucha prudencia y es necesario proteger a esa población que algunos quieren desatender. Merced a la ley del 9 de noviembre, en varias provincias, entre ellas la de Sarátov, ha aparecido mucha gente nueva, el precio de la tierra ha subido y la situación de la población más pobre se ha vuelto en extremo penosa… Entre la población campesina crecen un odio y una maldición espantosos de parte de los pobres, contra los cuales habría que tomar algunas medidas… Pues la apuesta por los fuertes no significa en absoluto que haya que acabar con los más pobres y dejarlos perecer en la miseria», etc., etc.

En una palabra, las impresiones «extraídas del contacto con la realidad» empiezan a abrirle los ojos a este terrateniente, «defensor de la ley del 9 de noviembre».

Una duda incomparablemente más profunda sobre el carácter salvador de la «reforma agraria» stolypiniana la ha sembrado el hambre del presente año en las almas de los campesinos derechistas; y la propuesta del campesino derechista Andreichuk de que «el gobierno en breve presente a la Duma Estatal un proyecto de ley que establezca una norma máxima de cantidad de tierra para la gran propiedad territorial», propuesta apoyada por todos los campesinos derechistas e incluso por los sacerdotes rurales, demuestra mejor que nada cómo los campesinos, aunque sean derechistas, entienden «la lucha contra el hambre».

La reivindicación «visceral» del mujik de Andreichuk demuestra una y otra vez (recordemos la declaración de los campesinos de derecha y de izquierda sobre la dotación de tierras a los poca tierra mediante la expropiación forzosa de las tierras de los terratenientes, recordemos las intervenciones de los campesinos en los debates acerca del ukaz del 9 de noviembre, etc.) hasta qué punto la necesidad de la revolución agraria penetra en la conciencia incluso de los campesinos derechistas, hasta qué punto la lucha contra el hambre la conciben indisolublemente unida a la lucha «por la tierra».

La lucha real contra las hambrunas es imposible sin la eliminación de la escasez de tierras de los campesinos, sin el alivio del agobio de los impuestos sobre ellos, sin la elevación de su nivel cultural, sin el cambio radical de su situación jurídica, sin la confiscación de las tierras de los terratenientes: sin la revolución.

Y en este sentido la mala cosecha del presente año es un nuevo recordatorio de la muerte para todo el régimen actual, para toda la monarquía del 3 de Junio.

«Rabóchaya Gazeta» Nº 7, 22 de diciembre de 1911 (4 de enero de 1912)

Se imprime según el texto de «Rabóchaya Gazeta».