El artículo de Nik. Nikolín en el Nº 29 de «Zvezdá» con el título característico: «Lo nuevo en lo viejo» plantea una serie de cuestiones sumamente interesantes e importantes. La discusión de estas cuestiones es indudablemente deseable a fin de esclarecer una línea de conducta precisa, clara y definida de los partidarios de la democracia obrera rusa.

El principal defecto del artículo de Nik. Nikolín es la extrema indefinición de muchas de sus tesis. Si el autor dice, sin aclarar sus palabras, que él «probablemente en muchos aspectos no estaría de acuerdo» conmigo, yo, por mi parte, debo decir que en N. Nikolín no hay tesis que susciten divergencias, porque no hay en general tesis suficientemente perfiladas.

Por ejemplo, N. Nikolín protesta resueltamente contra quienes consideran que «nuestra situación actual… es aproximadamente la misma que a comienzos de los años 1900». Él interpreta ese punto de vista en el sentido de que se niega lo nuevo en lo viejo. Naturalmente, no tienen razón si lo niegan. Naturalmente, Nik. Nikolín tiene mil veces razón en que en lo viejo hay lo nuevo, que hay que saber tener en cuenta, saber utilizar. Pero en qué consiste precisamente esto nuevo, cómo precisamente tenerlo en cuenta, etc., eso Nikolín no lo dice; y, por otra parte, de su cita no se desprende qué entienden exactamente sus oponentes por la palabra «aproximadamente». Si se tiene en cuenta lo nuevo en lo viejo tal como lo tuvieron en cuenta los marxistas rusos exactamente hace tres años, al evaluar la situación política creada tras un trienio de tempestad y embate (después de 1905-1907), en mi opinión, no sería incorrecto decir: «nuestra situación actual es aproximadamente la misma que a comienzos de los novecientos». Mas si semejante tesis se formula sin una evaluación previa, precisa, clara y definida del momento y de las tareas, entonces, por supuesto, es incorrecta.

Viejas tareas, viejos métodos para resolverlas, nuevos procedimientos de preparación para su resolución: he aquí cómo se podría, a mi juicio, transmitir aproximadamente la respuesta dada hace tres años. La participación en la III Duma, que con tanto ardor y tanto acierto defiende Nik. Nikolín, se presenta, desde el punto de vista de esta respuesta, como absolutamente necesaria. Esa «corriente» que niega esta participación o que hasta ahora vacila en pronunciarse de manera directa, clara, sin ambages, a favor de la participación en la III Duma, toma en vano el nombre de la democracia obrera. De hecho, esta corriente está al margen de ella, siendo un «matiz legítimo» del círculo de ideas anarquistas, y de ningún modo del marxista.

Tomemos la cuestión de la «superestructura». «Antes podía parecer —escribe Nik. Nikolín— que la burocracia es el único y principal enemigo de “toda Rusia”; ahora ya nadie piensa eso… Sabemos bastante bien que los Márkov, los Krestóvnikov, los Volkonski, los Purishkévich, los Guchkov, los Jomiakov, los Avdákov, etc., todos ellos son representantes de ese medio social del que la burocracia extrae sus fuerzas y recibe los motivos para su actividad».

Es absolutamente justo y sumamente valioso que Nik. Nikolín subraye aquí la vinculación de la «burocracia» con las capas superiores de la burguesía comercial e industrial. Negar esta vinculación, negar el carácter burgués de la política agraria contemporánea, negar en general el «paso hacia la conversión en monarquía burguesa» solo pueden hacerlo personas que no han reflexionado en absoluto sobre lo nuevo traído por la primera década del siglo XX, que no comprenden en absoluto la interdependencia de las relaciones económicas y políticas en Rusia ni la importancia de la III Duma.

Pero no basta reconocer la vinculación, hay que señalar con precisión el carácter concreto de esta vinculación. El paso por el camino de la transformación en algo nuevo no suprime en modo alguno lo viejo, por ejemplo, el régimen «burocrático» con su enorme autonomía e independencia, con su «originalidad» al estilo de Tolmachov y Reinbot (y demás), con su falta de control financiero. «Extrayendo fuerzas» del apoyo de las capas superiores de la burguesía, la burocracia se recluta no de entre ellas, sino de la vieja, muy vieja nobleza terrateniente y de servicio, no solo anterior a la revolución (anterior a 1905), sino también anterior a la reforma (anterior a 1861). «Recibiendo los motivos para su actividad» en considerable medida de las capas superiores de la burguesía, la burocracia imprime una orientación puramente feudal, exclusivamente feudal, y un semblante feudal a la actividad burguesa. Pues, si hay diferencia entre el carácter burgués del junker prusiano y del farmer americano (aunque ambos, indudablemente, son burgueses), no es menos evidente ni menor la diferencia entre el carácter burgués del junker prusiano y el «carácter burgués» de Márkov y Purishkévich. ¡Comparado con estos últimos, el junker prusiano es un verdadero «europeo»!

El olvido de la enorme autonomía e independencia de la «burocracia» es el error principal, fundamental y fatal, por ejemplo, de M. Aleksándrov en su conocido folleto, y N. R—kov en los números 9-10 del liquidacionista «Nasha Zariá» lleva este error al absurdo. La determinación precisa de en qué medida ha permanecido lo viejo en la esfera del llamado régimen «burocrático» y qué cambio, o, más exactamente, qué modificación ha introducido «lo nuevo», se ha dado únicamente en la respuesta antes citada, formulada hace tres años.

Sin negar en absoluto «la búsqueda de otros caminos y medios», concediendo una enorme importancia a la discusión, secundaria y reiterada, a la discusión de respuestas directas a las malditas cuestiones, no puedo, sin embargo, dejar de protestar contra el contrabando que realizan, por ejemplo, los liquidacionistas bajo la bandera de las «búsquedas». Es evidente que las divergencias entre el «buscador» N. R—kov y los «buscadores» Potrésov, Yezhov, Chatski son divergencias que conciernen a particularidades de la política obrera liberal. ¡Todos estos «buscadores» se sitúan en el terreno de la política obrera precisamente liberal, y no marxista! Una cosa es «buscar caminos» y discutirlos, desde el punto de vista del marxismo, en libros, revistas, etc., y otra muy distinta presentarse con respuestas definidas en los órganos de dirección práctica.

Tomemos la cuestión del «romanticismo». Condenando el romanticismo como lo «viejo» irremediablemente caduco, Nik. Nikolín pone un ejemplo: «al liberal le parecía que actuaba en el papel de defensor de todos los oprimidos, y al socialista, que tras él estaba toda la Rusia pensante y trabajadora». El ejemplo se refiere a la incomprensión de la lucha de clases y, por supuesto, Nikolín tendría toda la razón si dijera que semejante «socialista» —evidentemente, un populista— de hecho no es en absoluto un socialista, sino un demócrata que reviste su democratismo con una fraseología seudosocialista. Pero, al hablar de romanticismo, no se puede soslayar la interpretación de este término, dominante en la prensa más difundida, precisamente la liberal, la interpretación de los Věji, es decir, contrarrevolucionaria. No se puede dejar de protestar contra semejante interpretación. No se puede dejar de señalar eso «nuevo»: que el liberalismo ha creado en Rusia la corriente liberal de los Věji, de la cual los señores Miliukov reniegan de manera puramente verbal, puramente diplomática, aplicando de hecho una política propia de los Věji.

De aquí se sigue una conclusión práctica de importancia primordial: la linde entre el liberalismo y la democracia debe ser trazada con mayor claridad sobre la base de la «nueva» experiencia de los primeros diez años del siglo XX. «Confundir la oposición liberal con la reacción» es, por supuesto, un absurdo, pero esta conclusión (que saca Nikolín) sin la conclusión que acabo de señalar es absolutamente insuficiente.

En general, es precisamente en las conclusiones de Nik. Nikolín donde se revela su pecado fundamental de indefinición y de dejar las cosas a medio decir. Tomemos su primera conclusión: «es igualmente perjudicial tanto la insensata afición a los viejos métodos de acción como una actitud tajantemente negativa hacia ellos». Esta conclusión, en mi opinión, no es dialéctica, sino ecléctica. Lo insensato es insensato y, por tanto, siempre e incondicionalmente perjudicial; de esto no hay ni que hablar. Para dar a esta parte de la conclusión un significado vivo, dialéctico, habría que decir, aproximadamente: el intento de justificar la renuncia a participar en la III o IV Duma con la referencia a los viejos métodos de acción sería el más grande error, una frase vacía, un grito sin contenido, a pesar de, o más exactamente: precisamente porque es necesaria una actitud tajantemente positiva hacia esos métodos.

De paso, sin poder detenerme más en esta cuestión, he señalado así cómo habría que, a mi juicio, corregir la segunda parte de la conclusión que he citado.

«Zvezdá» Nº 33, 10 de diciembre de 1911. Firmado: V. Ilín

Se imprime según el texto del periódico «Zvezdá»