I

Precisamente tal denominación merece el artículo de N. R—kov en el número 9–10 de la revista *Nasha Zariá*.

Por muy penoso que sea para los marxistas perder, en la persona de N. R—kov, a un hombre que sirvió al partido obrero en los años de auge con abnegación y energía, los intereses de la causa deben estar por encima de cualesquiera relaciones personales o de fracción, de cualesquiera recuerdos «buenos». Los intereses de la causa obligan a reconocer que el manifiesto del nuevo liquidacionista aporta un gran beneficio por la franqueza, la claridad y el carácter acabado de sus concepciones. N. R—kov permite y obliga a plantear la importantísima y cardinal cuestión de los «dos partidos» al margen de todo material «conflictivo», en un terreno puramente ideológico, e incluso, en grado considerable, al margen de la división en bolcheviques y mencheviques. Después de R—kov ya no se puede hablar del liquidacionismo solo a la manera anterior, pues la cuestión ha sido elevada definitivamente por él a un terreno más alto. Y después de R—kov tampoco se puede solo hablar del liquidacionismo, pues tenemos ante nosotros el proyecto más integral, imaginable, de acciones prácticas inmediatas.

N. R—kov comienza exponiendo la «tarea objetiva fundamental en Rusia», pasa luego a una valoración de la revolución, analiza después el momento actual, hablando clara y precisamente de cada clase, y concluye con una descripción absolutamente nítida de toda la fisonomía de la nueva «sociedad política obrera abierta», que —dícese— es necesario fundar de inmediato y «realizar de hecho». En una palabra, R—kov empieza desde el principio mismo y llega consecuentemente hasta el final mismo, como corresponde obrar a una persona más o menos consciente de su seria responsabilidad política por sus palabras y por sus actos. Y hay que hacer justicia a R—kov: del modo más consecuente, de principio a fin, sustituye el marxismo por el liberalismo.

Anuncio de la conferencia de V. I. Lenin «Manifiesto del partido obrero liberal», leída el 14 (27) de noviembre de 1911 en París (Reducido)

Tomad el punto de partida de sus razonamientos. Considera «completamente indudable e indiscutible» que «la tarea objetiva fundamental de Rusia en el momento actual es la culminación definitiva del reemplazo de la economía groseramente depredadora, semifeudal, por el capitalismo culto». Lo discutible, en su opinión, es si Rusia ha alcanzado una situación en la que, «aunque no esté excluida la posibilidad de tempestades sociales, en un futuro próximo dichas tempestades no son necesarias, inevitables».

Consideramos completamente indudable e indiscutible que este es un planteamiento puramente liberal de la cuestión. Los liberales se limitan a si habrá o no «capitalismo culto», si habrá o no «tempestades». El marxista no permite limitarse a esto, exigiendo el análisis de qué clases, o capas de clases, en la sociedad burguesa que se emancipa, llevan adelante una u otra línea, concretamente definida, de esta emancipación, de la creación, por ejemplo, de tales o cuales formas políticas del llamado «capitalismo culto». Los marxistas, tanto en tiempos de «tempestades» como en tiempos de notoria ausencia de tempestad, mantienen una línea de creación de formas de vida verdaderamente democráticas, y no simplemente «cultas», línea que se diferencia por principio del liberalismo. Todos aspiramos al «capitalismo culto», dicen los liberales, haciéndose pasar por un partido supraclasista. Nosotros no debemos entender por «cultura» eso de que hablan los liberales —dicen a los obreros y a toda la democracia los marxistas.

Una tergiversación del marxismo aún más acusada, típicamente «profesoral», nos presenta R—kov al criticar a los «observadores superficiales», a quienes «les parece que nuestra revolución no ha triunfado». «La intelectualidad de nervios débiles —escribe R—kov— siempre y en todas partes se entregó a los lloriqueos y al gimoteo, después a la postración moral, al renegadismo, al misticismo». «El observador reflexivo», en cambio, sabe que «en los furores de la reacción se expresan a menudo profundísimos cambios sociales», que «en la época de la reacción se conforman y maduran nuevos grupos y fuerzas sociales».

Así razona R—kov. Ha sabido plantear la cuestión del «renegadismo» de una manera tan filistea (aunque con palabras doctas), que la conexión de los estados de ánimo contrarrevolucionarios en Rusia con la situación y los intereses de clases determinadas ha desaparecido por completo. Ni un solo *hombre de Vekhi*, es decir, el más furibundo liberal contrarrevolucionario, discutirá que durante la reacción maduran nuevas fuerzas, ni un solo colaborador de los cinco tomos liquidacionistas, a los que dieron la espalda los mejores de los mencheviques, se negará a suscribir esto. El semblante concreto y el carácter clasista de nuestra contrarrevolución se han evaporado en nuestro historiador, han quedado frases trilladas y vacías sobre la debilidad nerviosa de unos intelectuales y la observación reflexiva de otros. La cuestión más importante para un marxista —cómo nuestra revolución mostró los diversos métodos de acción y las diversas aspiraciones de las distintas clases, y por qué esto provocó una actitud «renegada» hacia la lucha por la «cultura» de otras clases burguesas— ha pasado desapercibida para R—kov.

Pasemos a lo principal: a la valoración del momento por R—kov, que se apoya en la valoración de la situación de todas las clases. Empezando por «los representantes de nuestra gran propiedad agraria», el autor dice: «No hace mucho, en su masa, ¡eran (¡eran!) auténticos señores feudales, típicos nobles-terratenientes. Ahora quedan pocos de estos, los últimos, mohicanos. Se agrupan aún en un pequeño núcleo en torno a los señores Purishkévich y Márkov II, e, impotentes (!), esparcen saliva envenenada con el veneno de la desesperación… La mayoría de nuestros grandes terratenientes —nobles y no nobles—, representada en la Duma por los nacionalistas y los octubristas de derecha, se está transformando paulatina e incesantemente en burguesía agrícola.»

Tal es la «valoración del momento» de R—kov. Huelga decir que esta valoración es una burla de la realidad. En los hechos, el «núcleo que se agrupa en torno a los señores Purishkévich y Márkov II» no es impotente, sino omnipotente. Precisamente su poder y sus ingresos están asegurados por las modernas instituciones sociales y políticas de Rusia, precisamente su voluntad decide en última instancia, precisamente ellos constituyen el elemento que determina toda la orientación de la actividad y todo el carácter de la llamada burocracia, desde abajo hasta arriba. Todo esto es tan notoriamente sabido, los hechos del dominio en Rusia precisamente de este núcleo son tan patentes y cotidianos, que se necesita un auténtico y autocomplaciente liberalismo infinito para olvidarlos. El error de R—kov consiste en que exageró hasta lo ridículo la «transformación» de la economía feudal en burguesa, en primer lugar, y en segundo lugar, olvidó una «minucia» —precisamente la «minucia» que distingue al marxista del liberal—, a saber: la complejidad y el carácter a saltos del proceso de adaptación de la superestructura política a la transformación de la economía. Para ilustrar estos dos errores de R—kov, basta señalar el ejemplo de Prusia, donde hasta hoy, a pesar del grado mucho más elevado de desarrollo del capitalismo en general, y de la transformación de la vieja economía terrateniente en burguesa en particular, los Oldenburg y los Heydebrand siguen siendo omnipotentes, mantienen en sus manos el poder estatal, llenan con su, por así decirlo, contenido social toda la monarquía prusiana, ¡toda la burocracia prusiana! En Prusia, hasta hoy, 63 años después de 1848, a pesar del desarrollo inusitadamente rápido del capitalismo, el derecho electoral al *Landtag* sigue siendo tal que asegura la omnipotencia de los Purishkévich prusianos. ¡Y R—kov, para Rusia, seis años después de 1905, dibuja un idilio arcádico de la «impotencia» de los Purishkévich!

Pero la cuestión reside precisamente en que el dibujo del idilio arcádico —sobre lo «incesante» de la transformación purishkevichiana y el «triunfo de un progresismo burgués muy moderado»— es el motivo fundamental de todos los razonamientos de R—kov. Tomad su razonamiento sobre la política agraria contemporánea. «No hay ilustración más brillante y amplia» de la transformación (de la economía feudal en burguesa) que esta política, declara R—kov. Se elimina la dispersión parcelaria, y «la eliminación de la escasez de tierra en las 20 gobernaciones agrícolas de tierra negra no presenta grandes dificultades y constituye una de las próximas tareas inmediatas del tiempo, que será resuelta, según toda probabilidad, mediante un compromiso entre diferentes grupos de la burguesía».

«Este inevitable compromiso que se dibuja en el horizonte en torno a la cuestión agraria tiene ya ahora una serie de precedentes…»

He aquí una muestra completa del método de razonamientos políticos de R—kov. ¡Empieza por descartar los extremos, sin dato alguno, basándose simplemente en su complacencia liberal! Continúa diciendo que el compromiso entre los distintos grupos de la burguesía no es difícil ni improbable. Y termina afirmando que semejante compromiso es "inevitable". Con semejante método se podría demostrar la improbabilidad y la falta de necesidad de las "tormentas" tanto en la Francia de 1788 como en la China de 1910. Por supuesto, el compromiso entre los distintos grupos de la burguesía no es difícil si se acepta que Márkov 2.º queda descartado no sólo en la complaciente fantasía de R—kov. Pero aceptar esto significa precisamente adoptar el punto de vista del liberal, que teme verse obligado a prescindir de los Márkov 2.º y cree que todos les temerán siempre.

Por supuesto, el compromiso es "inevitable" si (primer "si") no existen los Márkov; si (segundo "si") los obreros y los campesinos arruinados están sumidos en un sueño político del que no despiertan. Pero, una vez más, hacer semejante suposición, aceptar el segundo "si", ¿no significa acaso tomar lo deseado (por el liberal) como realidad?

II

No teniendo inclinación a tomar los deseos liberales o las suposiciones liberales por realidad, nosotros sacamos otra conclusión: es indudable que la política agraria actual tiene un carácter burgués. Pero precisamente porque quienes dirigen esta política burguesa son los Purishkévich, permaneciendo como dueños de la situación, precisamente por eso se produce una exacerbación tan enorme de las contradicciones, que la probabilidad de un compromiso, al menos para el futuro inmediato, debe considerarse completamente descartada.

Otro proceso social importante —prosigue R—kov en su análisis— es el proceso de consolidación de la gran burguesía industrial y comercial. Señalando acertadamente las "concesiones mutuas" entre demócratas constitucionalistas y octubristas, el autor saca la conclusión: "No hay que hacerse ilusiones: se prepara el triunfo de un 'progresismo' burgués muy moderado".

¿Triunfo dónde? ¿Sobre quién? ¿En las elecciones a la IV Duma, de las que R—kov acaba de hablar? Si es así, ese "triunfo" se dará en el estrecho marco que constituye la ley electoral del 3 de junio de 1907. Y de aquí se desprende inevitablemente una de dos: o bien ese "triunfo", sin crear oleaje alguno, no cambiará absolutamente nada en el dominio de hecho de los Purishkévich, o bien este "triunfo" expresará indirectamente un ascenso democrático que no podrá por menos de entrar en brusco conflicto con el mencionado "estrecho marco" y con el dominio de los Purishkévich.

En ambos casos, del triunfo de la moderación en unas elecciones situadas dentro de marcos moderados no se deriva ni el más mínimo triunfo de la moderación en la vida. Pero la cuestión es que R—kov ya ha caído en tal "cretinismo parlamentario" que ¡le permite confundir las elecciones del 3 de junio con la vida! Para demostrar al lector este hecho inverosímil, es necesario citar a R—kov textualmente:

"Y este triunfo es tanto más probable cuanto que la masa de la pequeña burguesía urbana, abatida por el sentido común al contemplar el fantasma de la 'ruina', se dejará arrastrar impotente por el progresismo moderado. En cuanto al campesinado, es demasiado débil en las elecciones, en virtud de las peculiaridades de nuestro sistema electoral, que otorga a los terratenientes, predominantes en el colegio de electores de la gubernia, la posibilidad de elegir como diputados campesinos a elementos 'de derecha'. Tal es el cuadro de los cambios sociales que se están operando actualmente en Rusia, si dejamos de lado por ahora a la clase obrera. Dicho cuadro dista del estancamiento o del movimiento retrógrado. La nueva Rusia burguesa, sin duda, se fortalece y avanza. La sanción política del futuro dominio de la burguesía industrial y comercial moderadamente progresista junto a la burguesía agrícola conservadora (¡Inglaterra, y nada más!) la constituye la Duma de Estado, basada en las normas electorales establecidas el 3 de junio de 1907. (Omitimos la comparación con Francia y Prusia, sobre lo cual hablaremos más abajo.) Resumiendo, pues, todo lo dicho, hay que reconocer que se dan todas las premisas para un avance lento, extremadamente penoso para las masas, pero, aun así, indudable, del régimen social y estatal burgués en Rusia. La posibilidad de tormentas y conmociones, por supuesto, no está excluida, pero no llega a ser una necesidad, una inevitabilidad, como sucedía antes de la revolución".

Filosofía sapientísima, no cabe duda. Si se deja de lado al campesinado porque es "débil en las elecciones", y a la clase obrera simplemente "por ahora se la deja de lado", entonces, naturalmente, ¡la posibilidad de tormentas queda completamente descartada! Pero esto se reduce a que, si se mira a Rusia con ojos liberales, no se puede ver otra cosa que el "progresismo" liberal. Quítense las gafas liberales, y el cuadro será distinto. Puesto que el campesinado desempeña en la vida un papel completamente distinto del que tiene en el sistema electoral del 3 de junio, su "debilidad en las elecciones" exacerba la contradicción entre todo el campesinado y todo el sistema, y en modo alguno abre las puertas al "progresismo moderado". Puesto que no se puede "dejar de lado" a la clase obrera ni en general en un país capitalista, ni en particular en la Rusia que ha vivido los primeros diez años del siglo XX, el razonamiento de R—kov no vale para nada. Puesto que entre nosotros domina (tanto en la III Duma como por encima de ella) el purishkevichismo, moderado por las murmuraciones de los Guchkov y los Miliukov, las frases sobre el "futuro dominio" de la burguesía moderadamente progresista no son más que un arrullo liberal. Puesto que los Guchkov y los Miliukov, debido a su posición de clase, son incapaces de oponer al dominio de los Purishkévich otra cosa que murmuraciones, el conflicto de la nueva Rusia burguesa con los Purishkévich es inevitable, y sus fuerzas motrices son precisamente aquellos a quienes R—kov, siguiendo a los liberales, "dejó de lado". Precisamente porque los Miliukov y los Guchkov "hacen concesiones mutuas" en la tarea de adular a los Purishkévich, recae sobre los obreros, con creciente nitidez, la tarea de deslindar la democracia del liberalismo. N. R—kov no ha comprendido ni las condiciones del surgimiento de las tormentas en Rusia, ni la tarea que acabamos de señalar, tarea obligatoria incluso en caso de una ausencia notoria de tormentas.

El demócrata vulgar es capaz de reducirlo todo a si hay tormenta o no. Para el marxista, se plantea en primer lugar la cuestión de la línea de deslinde político de las clases, línea que es la misma tanto con tormenta como sin ella. Si R—kov declara que "los obreros deben asumir la tarea de la hegemonía política en la lucha por el régimen democrático", esto es un auténtico disparate después de todo lo escrito por él en su manifiesto. Esto significa: ¡R—kov obtiene de la burguesía un recibo en el que se reconoce la hegemonía a los obreros, mientras él mismo entrega a la burguesía un recibo en el que los obreros renuncian a las tareas que constituyen el contenido de la hegemonía! R—kov ha vaciado por completo ese contenido, y luego repite ingenuamente una palabra vacía. ¡R—kov primero da una valoración del momento de la que se desprende que, para él, la hegemonía de los liberales es un hecho consumado, irrevocable e insuperable, y después nos asegura que él reconoce la hegemonía de la clase obrera!

"Realmente", discurre R—kov, "la importancia de la Duma no es menor que la del Cuerpo Legislativo francés en los últimos años del Segundo Imperio, o que la de ese promedio proporcional entre el Reichstag alemán y el Landtag prusiano, característico de la Prusia de los años 80 del siglo pasado".

Semejante comparación es un ejemplo de juego con paralelismos históricos, de lo poco seria que es. En la Francia de los años 60, la época de las revoluciones burguesas ya había terminado por completo hacía tiempo, a la puerta llamaba ya el choque directo del proletariado con la burguesía, y el bonapartismo expresaba el maniobrar del poder entre estas dos clases. Es ridículo comparar esto con la Rusia actual. ¡La III Duma se parece más a la Chambre introuvable{146} de 1815! En la Prusia de los años 80 vemos también una época de plena culminación de la revolución burguesa, que había terminado su labor hacia 1870: toda la burguesía, incluida la pequeña burguesía urbana y campesina, está satisfecha y es reaccionaria.

¿Acaso R—kov vislumbraba una comparación entre el papel de los diputados de la democracia y del proletariado en el Cuerpo Legislativo y en el Reichstag, y el papel de los diputados correspondientes en la III Duma? Tal comparación es posible, pero precisamente habla en contra de R—kov, pues el comportamiento de Gueguechkori y, en parte, también de Petrov 3.º[46], atestigua una fuerza, una confianza en sí mismos y una disposición a la lucha de las clases a las que representan, de tal magnitud que el "compromiso" con los Purishkévich se perfila no sólo como improbable, sino como directamente descartado.

III

En la valoración del papel de las clases por R-kov debíamos detenernos con especial detalle, pues aquí se hallan precisamente las raíces ideológicas de nuestra divergencia incondicional. Las conclusiones prácticas que R-kov extrae —justo es reconocerlo— con rara intrepidez y franqueza, resultan interesantes sobre todo como reducción al absurdo de la «teoría» del autor. R-kov tiene mil veces razón, desde luego, cuando vincula la cuestión de la posibilidad de una organización política abierta de los obreros con la valoración del momento, con la apreciación de los cambios radicales del régimen político. Pero ésa es precisamente la desgracia: que en vez de tales cambios en la vida, él sólo puede ofrecernos silogismos profesorales de bella alma: el tránsito hacia el «capitalismo cultural» «presupone» la necesidad de una organización política abierta de los obreros. Escribir semejante cosa en el papel es fácil, pero en la vida, el régimen político ruso no se volverá ni un ápice más «cultural» por ello.

«El progresismo, aun el más moderado, deberá, indudablemente, ampliar los marcos existentes, demasiado estrechos». El progresismo de los kadetes en la IV Duma —respondemos nosotros a esto— no deberá ni podrá «ampliar» nada en absoluto, mientras no se muevan elementos nada dumistas ni nada kadetes.

«Sin una organización tal —dice R-kov acerca de la organización política abierta y amplia de los obreros—, la lucha adquiriría inevitablemente un carácter anárquico, perjudicial no sólo para la clase obrera, sino también para la burguesía cultural».

No nos detendremos en la última parte de la frase para no debilitar la «perla» con comentarios. La primera parte, en cambio, es históricamente falsa: en la Alemania de 1878–1890 no hubo anarquismo, pese a que no existía una organización política «abierta y amplia».

R-kov tiene mil veces razón, además, cuando expone un plan concreto de «organización» política obrera abierta y propone empezar por fundar una «sociedad política de defensa de los intereses de la clase obrera»; tiene razón en el sentido de que sólo unos charlatanes hueros pueden pasarse meses y años parloteando sobre la posibilidad de un partido «abierto» sin dar el simple y natural paso hacia su apertura. R-kov empieza por el principio y llega hasta el final como hombre de acción, no de frase.

Pero su «acción» es una acción liberal; la «bandera» que «despliega» (pág. 35 del artículo citado) es la bandera de la política obrera liberal. No importa que en el programa de la sociedad fundada por R-kov figure «la instauración de una nueva sociedad sobre la base de la propiedad social de los medios de producción», etc. En la práctica, el reconocimiento de este gran principio no impidió que una parte de los socialdemócratas alemanes en la década de 1860 practicara una «política obrera real-prusiana», ni impide a Ramsay MacDonald (dirigente del partido obrero inglés, «independiente» del socialismo) practicar una política obrera liberal. Y R-kov, al hablar de las tareas políticas de la época inmediata, nuestra, presente, ha expuesto precisamente de modo sistemático los principios liberales. La «bandera» que R-kov «despliega» ya fue desplegada hace tiempo por los señores Prokopóvich, Potrésov, Larin, etc., y cuanto más se «despliega» esa bandera, tanto más claro queda para todos y cada uno que tenemos ante nosotros un trapo liberal ajado y sucio.

«Aquí no hay ni un ápice de utopía» —trata de persuadirnos R-kov. No queda sino responder al autor parafraseando el conocido dicho: eres un gran utopista, pero tu utopía es pequeña. En efecto, contestar de otro modo que con una broma a una cosa manifiestamente poco seria sería, quizá, poco serio. ¡En una época en que cierran hasta los sindicatos profesionales, absolutamente pacíficos, ordenados, no políticos, considerar no utópica la fundación de una sociedad política obrera abierta! ¡Escribir de la «a» a la «zeta» una apreciación liberal del papel de las clases y asegurar que no se trata de un deslizamiento hacia el régimen de una Tolmachovshchina remozada! «Aquí no se predica violencia alguna —se afana el buen R-kov—; no hay palabra ni pensamiento sobre la necesidad de una revolución violenta, ya que en la realidad misma tal vez no exista esa necesidad. Si alguien, cegado por la locura reaccionaria, intentara acusar a los miembros de tal “sociedad” de aspirar a una revolución violenta, todo el peso de semejante acusación insensata, infundada, jurídicamente nula, recaería sobre la cabeza del acusador».

¡Escribe con elocuencia N. R-kov! Exactamente igual que el señor P. B. Struve, cuando en 1901 lanzaba rayos igualmente terribles «sobre la cabeza» de los perseguidores del zemstvo{147}. El cuadro: N. R-kov demuestra a los Dumbadze que lo acusan que, como él ahora no tiene ningún «pensamiento», el peso de las acusaciones jurídicamente nulas recaerá sobre la cabeza de los propios Dumbadze. Sí, sí, parlamento aún no tenemos, pero cretinismo parlamentario nos sobra. Es evidente que a una nueva sociedad, a miembros como el marxista Gueguechkori[47] o incluso al no marxista pero honrado demócrata Petrov 3.º, los expulsarían inmediatamente en la primera asamblea general... si antes no despacharan por error a diferentes lugares de clima fresco a los congregados, antes de que abrieran la reunión.

Los «liquidadores» de «Nasha Zariá» se alegraron de que R-kov viniera a ellos. Los liquidadores entusiastas menospreciaron el ardor de los abrazos con que se dirige a ellos N. R-kov, convertido en liquidador. Y esos abrazos son tan ardientes y tan potentes que cabe garantizar: el liquidacionismo será sofocado por los ardientes abrazos de R-kov, al igual que el congreso obrero fue sofocado por los ardientes abrazos de Y. Larin. Y. Larin llevó a cabo ese asesinato incruento mediante el sofoco, simplemente porque, después de su folleto, la gente empezó a —por miedo al ridículo en realidad— guardarse de defender la idea del congreso obrero. Después del nuevo «manifiesto» del liquidacionismo publicado en «Nasha Zariá» por R-kov, la gente empezará a guardarse —por miedo al ridículo en realidad— de defender la idea de un partido liquidador abierto.

Y en esta idea —¡hay que reconocer al fin al menos algo de acuerdo con R-kov!— hay un «ápice» de no utopía. Quítese usted las gafas profesorales, amable amigo, y verá que la «sociedad» que usted se dispone a «realizar de hecho» (después de que el peso de sus exhortaciones «recaiga sobre la cabeza» de los Mymretsov{148}) ya está realizada desde hace dos años. ¡Y usted ya se encuentra en ella! Esa «sociedad de defensa de los intereses de la clase obrera» es la revista (como colectivo ideológico, y no como concepto tipográfico genérico) «Nasha Zariá». Es utópica la organización abierta y amplia de los obreros, pero de ningún modo son utópicas, de ningún modo, de ningún modo son utópicas las revistas «abiertas» y abiertamente declaradas de los intelectuales oportunistas. Que ellos defienden a su modo los intereses de la clase obrera es indiscutible, pero cualquiera que no haya dejado de ser marxista ve con sus propios ojos que su «sociedad» es una sociedad de defensa liberal de los intereses de la clase obrera entendidos al modo liberal.

«Zvezdá» núm. 32, 3 de diciembre de 1911. Firmado: Vl. Ilín

Se imprime según el texto del periódico «Zvezdá», cotejado con el texto de la recopilación «El marxismo y el liquidacionismo», 1914.