Recientemente han salido a la luz las voluminosas memorias de uno de los fundadores y líderes del «Partido Socialdemócrata» inglés, Henry Mayers Hyndman. El libro, de casi quinientas páginas, se titula: «Apuntes de una vida llena de aventuras»[44] y constituye unas memorias escritas con viveza sobre la actividad política del autor y sobre las personas «célebres» que conoció. El libro de Hyndman proporciona abundante material interesante para caracterizar el socialismo inglés y para valorar algunas de las cuestiones más importantes de todo el movimiento obrero internacional.

Por ello, consideramos oportuno dedicar varios artículos al libro de Hyndman, especialmente en vista de la «intervención» del periódico derechista kadete «Rússkie Védomosti» (del 14 de octubre) con un artículo del liberal Dioneo, que ofrece un notable ejemplo de la iluminación, o, mejor dicho, del oscurecimiento liberal de estas cuestiones.

Empecemos con los recuerdos de Hyndman sobre Marx. H. Hyndman lo conoció solo en 1880, estando, al parecer, muy poco informado sobre su doctrina y sobre el socialismo en general. Es característico de las condiciones inglesas que Hyndman, nacido en 1842, fuera hasta entonces un «demócrata» de color indefinido, con conexiones y simpatías en el partido conservador (tory). Hyndman se orientó hacia el socialismo tras leer «El Capital» (en traducción francesa) durante uno de sus numerosos viajes a América entre 1874 y 1880.

Al dirigirse, acompañado de Karl Hirsch, a conocer a Marx, Hyndman lo comparaba mentalmente con… ¡Mazzini!

En qué plano situaba Hyndman estas comparaciones se ve por el hecho de que él llama a la influencia de Mazzini sobre quienes lo rodeaban «personal e individual-ética», y a la influencia de Marx «casi enteramente intelectual y científica». Hyndman acudía a Marx como al «gran genio analítico», esforzándose por aprender de él; en Mazzini le atraía el carácter, «la elevada forma de pensar y de comportamiento». Marx era, «innegablemente, una inteligencia más poderosa». Hyndman, innegablemente, comprendía muy mal en 1880 (y no lo ha comprendido del todo tampoco ahora; sobre esto, más abajo) la diferencia entre un demócrata burgués y un socialista.

«Cuando vi a Marx —escribe Hyndman—, mi primera impresión fue: un anciano fuerte, peludo, indómito, dispuesto —por no decir: ansioso— a entrar en conflicto y con cierto talante de suspicacia, como si fuera a tener que sostener inmediatamente un ataque. Pero me saludó amablemente, y sus primeras palabras no lo fueron menos. Le dije que para mí era un gran placer y un honor estrechar la mano del autor de “El Capital”; me respondió que había leído con gusto mis artículos sobre la India[45] y que se había expresado favorablemente de ellos en sus correspondencias a los periódicos».

«Cuando Marx hablaba con furiosa indignación de la política del partido liberal, en particular respecto a Irlanda, los pequeños ojos hundidos del viejo luchador se encendían, las pobladas cejas se fruncían, la ancha nariz y el rostro se animaban, y de sus labios fluía un río de acusaciones ardientes e impetuosas que me mostraron tanto toda la pasión de su temperamento como su excelente conocimiento del idioma inglés. Era asombroso el contraste entre su manera de hablar cuando lo agitaba tan profundamente la ira, y toda su apariencia cuando exponía sus puntos de vista sobre los acontecimientos económicos de un período determinado. Sin ningún esfuerzo perceptible, pasaba del papel de profeta y tribuno poderoso al de filósofo sereno, y sentí de inmediato que pasarían muchos, muchos años antes de que yo dejara de sentirme, en el terreno de estas últimas cuestiones, como un alumno ante su maestro.

Me impresionó, cuando leí “El Capital” y en particular sus pequeños escritos sobre la Comuna de París y “El 18 Brumario”, cómo sabía unir la investigación más exacta y fría de las causas económicas y las consecuencias sociales con el más ardiente odio hacia las clases, e incluso hacia personas concretas, como Napoleón III o Thiers, quienes, según su propia teoría, no eran más que moscas en las ruedas del carro de Juggernaut del desarrollo capitalista. No hay que olvidar que Marx era judío, y me parecía que unía en sí, en su carácter, en su figura —con su imponente frente, sus grandes cejas pobladas, sus chispeantes y fulgurantes ojos, su ancha nariz sensual y su boca móvil, con el rostro cubierto por todos lados de pelos hirsutos—, la ira justiciera de los grandes profetas de su raza y la fría inteligencia analítica de Spinoza y de los sabios judíos. Era una combinación poco común de capacidades distintas, semejante a la cual no he encontrado en ningún otro hombre.

Cuando Hirsch y yo salimos de casa de Marx, y yo estaba bajo la profunda impresión de la personalidad de aquel gran hombre, Hirsch me preguntó qué pensaba de Marx. “Pienso —respondí— que es el Aristóteles del siglo XIX”. Y sin embargo, al decir esto, me di cuenta enseguida de que tal definición no abarcaba todo el “objeto”. Para empezar, es imposible imaginarse a Marx ejerciendo las funciones de cortesano respecto a Alejandro Magno junto a sus profundos trabajos científicos que tan poderosamente influyeron en una serie de generaciones. Y además, Marx nunca se desligó tan completamente —pese a lo que muchas veces se dijo de él— de los intereses humanos inmediatos como para contemplar los hechos y su entorno bajo esa luz fría y seca que es característica del mayor filósofo de la Antigüedad. No puede haber ninguna duda de que en Marx, el odio hacia el sistema de explotación y esclavitud asalariada que lo rodeaba no era solo intelectual y filosófico, sino también apasionadamente personal.

Recuerdo que una vez le dije a Marx que, al hacerme mayor, me parece que me vuelvo más tolerante. “¿Más tolerante? —respondió Marx—. ¿Más tolerante?” Estaba claro que él no se volvía más tolerante. Pienso que fue precisamente este profundo odio de Marx hacia el orden de cosas existente, y su crítica demoledora de sus adversarios, lo que impidió a muchas personas instruidas de la clase acomodada apreciar toda la importancia de sus grandes obras, y lo que hizo a sus ojos héroes de medianías y logómacos de tercera fila como Böhm-Bawerk, solo porque tergiversaban a Marx e intentaban “refutarlo”. Nos hemos acostumbrado ahora, sobre todo en Inglaterra, a combatir siempre con grandes botones blandos en las puntas de los floretes. Los furiosos ataques de Marx con la espada desnuda contra sus adversarios parecen indecorosos a nuestros duelistas científicos, caballerosamente hipócritas, y no son capaces de creer que un polemista tan implacable y un enemigo tan furibundo del capital y de los capitalistas fuera, en realidad, el pensador más profundo de nuestra época».

En 1880, Marx era casi desconocido para el público inglés. Su salud en aquel tiempo ya se debilitaba notablemente; el estudio intensivo (¡hasta 16 horas al día y más de trabajo intelectual!) había minado su organismo, los médicos le prohibieron trabajar por las noches, y yo aprovechaba —relata Hyndman— sus horas de ocio para conversar con él desde finales de 1880 hasta principios de 1881.

«Nuestra manera de conversar era bastante original. Marx tenía la costumbre de caminar rápidamente de un lado a otro de la habitación cuando se animaba en la discusión, como si estuviera paseando por la cubierta de un barco. Yo adquirí, durante mis largos viajes (a América, Australia, etc.), esa misma costumbre de ir y venir cuando la cabeza está especialmente ocupada en algo. Y así, se podía observar una escena tal que el maestro y el alumno desfilan dos o tres horas a lo largo y ancho de la habitación, alrededor de la mesa, discutiendo los problemas de la época actual y los asuntos de los días pasados».

Cuál era la posición de Marx sobre las diversas cuestiones que discutía con Hyndman es algo que este último no expone con detenimiento en ningún caso. Por lo expuesto arriba se ve que Hyndman se concentra, sobre todo y casi exclusivamente, en el aspecto anecdótico del asunto: esto corresponde a todo el contenido restante de su libro. La autobiografía de Hyndman es la biografía de un filisteo burgués inglés que, siendo el mejor de los mejores en su clase, se abre paso finalmente hacia el socialismo, sin desprenderse nunca completamente de las tradiciones burguesas, de los puntos de vista y los prejuicios burgueses.

Repitiendo reproches filisteos a Marx y Engels, como que supuestamente fueron «autócratas» en la Internacional «pretendidamente democrática», que no comprendían la práctica, que no conocían a los hombres, etc., Hyndman ni una sola vez intenta valorar ninguno de estos reproches sobre la base de una exposición exacta y concreta de la situación en los momentos correspondientes.

Resulta una anécdota, y no un análisis histórico de marxista. ¡Marx y Engels combatieron el asunto de la unificación socialdemócrata alemana (con los lassalleanos{142}), pero la unificación era necesaria! Esto es todo lo que dice Hyndman. Sobre que Marx y Engels tenían mil veces razón de principio contra Lassalle y los lassalleanos, ni una palabra en Hyndman. Ni siquiera se plantea esta cuestión. Sobre si el «democratismo» (organizativo) en la época de la Internacional no era una cobertura de las sectas burguesas que descomponían la construcción de la socialdemocracia proletaria, ni siquiera se pregunta Hyndman.

De ahí que la historia de la ruptura de Hyndman con Marx esté contada de tal manera que, salvo chismes (en el espíritu de los señores Dioneo), no resulta absolutamente nada. Engels, verá usted, era una persona «quisquillosa, suspicaz, celosa»; la esposa de Marx supuestamente le dijo a la esposa de Hyndman que Engels era ¡el «genio maligno» (!!) de Marx!; Engels, a quien Hyndman nunca siquiera conoció (en contra de lo que escribió el Sr. Dioneo en «Rússkie Védomosti»), era proclive «en las relaciones con aquellas personas a las que ayudaba (con dinero; Engels era muy rico, Marx muy pobre), a extraer el pleno valor de cambio de sus dinerillos»; ¡Engels supuestamente enemistó a Marx con Hyndman por temor a que Hyndman, que era entonces un hombre rico, ocupara el lugar de Engels como amigo rico junto a Marx!

A los señores liberales, por supuesto, les da gusto reproducir precisamente estas bajezas indecibles. Informarse, al menos, de esas cartas a Sorge (de Marx y Engels){143} que el propio Hyndman señala, y esclarecer dónde es necesario, es, naturalmente, algo que no está en absoluto en el interés de los plumíferos liberales. ¡De eso no se preocupan! Y sin embargo, consultar esas cartas, cotejarlas con las «memorias» de Hyndman, resuelve la cuestión enseguida.

En 1881, Hyndman publicó el folleto «Inglaterra para todos», en el que transita hacia el socialismo, siendo todavía un demócrata burgués muy, muy confuso. El folleto fue escrito para la entonces surgida «Federación Democrática» (no socialista), en la cual había una masa de elementos antisocialistas. Y he aquí que Hyndman, recontando y reproduciendo «El Capital» en dos capítulos de su folleto, sin nombrar a Marx, dice vagamente en el prefacio sobre cierto «gran pensador y escritor original» al que debe mucho, etc. Fue por esto por lo que Engels «me enemistó» con Marx —cuenta Hyndman—, quien al mismo tiempo cita una carta de Marx a él (del 8 de diciembre de 1880){144}, donde Marx escribe que, según palabras de Hyndman, él, Hyndman, «no comparte los puntos de vista de mi (de Marx) partido en lo concerniente a Inglaterra».

Está claro en qué consistía la divergencia, no comprendida, no notada, no valorada por Hyndman: en que Hyndman era entonces (como escribe directamente Marx a Sorge el 15 de diciembre de 1881) un «escritor pequeñoburgués de buen corazón», «mitad burgués, mitad proletario». Está claro que si una persona que conoce a Marx, se aproxima a él, se llama discípulo suyo, funda luego una federación «democrática» y escribe para ella un folleto tergiversando el marxismo y silenciando a Marx, Marx no podía dejar esto sin una «furiosa» protesta. Y, evidentemente, hubo protesta, pues Marx en la misma carta a Sorge cita extractos de las cartas de disculpa de Hyndman, quien se justificaba diciendo que «a los ingleses no les gusta aprender de extranjeros», que «¡el nombre de Marx es tan odiado!» (!!), etc. (El propio Hyndman informa que destruyó casi todas las cartas de Marx dirigidas a él, de modo que por este lado no hay nada que esperar del esclarecimiento de la verdad.)

¡Vaya disculpas! Y he aquí que, cuando la cuestión de las divergencias de entonces entre Hyndman y Marx se aclara con total precisión, cuando todo el librito actual de Hyndman demuestra que en sus opiniones hay mucho de filisteo y de burgués (por ejemplo, ¡con qué argumentos defiende Hyndman la pena de muerte para los criminales!), lo que se presenta para explicar la ruptura con Marx son las «intrigas» de Engels, ¡quien durante cuarenta años sostuvo una misma línea de principio con Marx! Pues si el resto del libro de Hyndman fuera incluso un barril entero de miel, esta sola cucharada de alquitrán bastaría...

Es muy característico cómo se revelan las divergencias de entonces entre Marx y Hyndman a partir de lo que este último transmite sobre la valoración que Marx hacía de Henry George. Esta valoración es conocida por la carta de Marx a Sorge del 20 de junio de 1881. Hyndman defendía a H. George ante Marx con argumentos tales como: «George enseñará más con su machaqueo del error que otros hombres enseñan con la exposición completa de la verdad».

«Marx —escribe Hyndman— no quiere ni oír hablar de la admisibilidad de semejantes argumentos. La difusión del error nunca podía ser útil al pueblo, tal era su opinión. “Dejar un error sin refutar significa alentar la falta de honradez intelectual. Por cada diez que vayan más allá de George, habrá quizá cien que se queden con los puntos de vista de George, y este peligro es demasiado grande para arriesgarse a correrlo”». ¡Así hablaba Marx!

Y Hyndman nos comunica que, por un lado, él sigue defendiendo hoy su anterior opinión sobre George, y, por otro lado, George era como un chiquillo con una vela de a kopek haciendo payasadas al lado de un hombre que tenía un reflector eléctrico.

La comparación es magnífica, solo que... solo que era arriesgado por parte de Hyndman poner esta magnífica comparación junto a su mísero chisme sobre Engels.

«Zvezdá» nº 31, 26 de noviembre de 1911. Firmado: Vl. Ilín

Se imprime según el texto del periódico «Zvezdá»